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Full text of "El nuevo rumbo de la libertad"

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ENRIQUE LARROQUE 



EL NUEW) RUMBO 

DÉLA 

LIBERTAD 




Ediciones de la 

Revista de Occidente 

Madrid 



EL NUEVO RUMBO 
DE LA LIBERTAD 



ENRIQUE LARROQUE 



EL NUEVO RUMBO 
DE LA LIBERTAD 




Ediciones de la 

Revista de Occidente 

Bárbara de Braganza, 12 

MADRID 




CB 
^37 



Copyright by Enrique Larroque-1970 
Editorial Revista de Occidente, S. A. 
Madrid (España) - 1970 

Depósito legal: M. 3.319-1970 



Printed in Spain - Impreso en España por 

Talleres Gráficos de Ediciones Castilla, S. A. 

Maestro Alonso, 23 - Madrid 



índice 

Prólogo 11 

Parte 1.* La nueva civilización. 

Capítulo I. La fase actual de transición. 

El fin de la civilización occidental 19 

La transformación de la estructura política 

internacional 28 

La desintegración por la violencia 40 

El vaciado ideológico y moral 46 

La rebelión juvenil 55 

El espíritu de innovación 66 

Capítulo IL Proyecciones sobre la nueva ci- 
vilización. 

Génesis de la civilización planetaria 71 

Las incertidumbres del futuro 81 

Los parámetros de la nueva civilización ... 89 

Las alternativas principales 100 

Etapa de perduración de la sociedad de 

consumo 106 

7 



Ideación de una fase institucionalizadora de 
la civilización planetaria 110 

Parte 2.* La libertad y las libertades concretas 
en la nueva civilización. 

Capítulo III. Aportaciones del pasado. De 
Platón a Marcuse. 

Platón y Aristóteles 121 

Maquiavelo 140 

Montesquieu y Rousseau 146 

Mounier 158 

Marcuse 167 

Capítulo IV. De la libertad general a las li- 
bertades tecnológicas y económicas. 

El problema general de la libertad 179 

La libertad tecnológica 197 

La liberación de la miseria 210 

España, entre subdesarrollo y desarrollo ... 217 

Las libertades económicas 227 

Capítulo V. La libertad sociopolítica. 

La estructura-barrera entre Estado y socie- 
dad: el caciquismo y otros entramados 
antisociales 235 

Opción entre violencia social y libertad aso- 
ciativa 243 

Libertad e integración en España 252 

Conclusiones 259 

8 



Apéndice. 

Apuntes sobre la libertad en la experiencia 
histórica española. 

La libertad en la historia de España, según 

Sánchez Albornoz 269 

Séneca 280 

La concepción democrática en el Medioevo 

y en el Renacimiento 285 

La libertad en el ensimismamiento histórico 

de España 295 

La idea de la libertad en la etapa anterior 

al despegue económico 308 



PROLOGO 



Quizá uno de los signos comunes a todos los 
hombres sea luchar, deliberada o inconsciente- 
mente, por trascender de sí mismos. De múlti- 
ples modos diferentes, aún percibiendo la limi- 
tación de sus esfuerzos, intentan dejar rastro 
de las cualidades que prefieren, a través de los 
hijos, de la acción política, del trabajo profe- 
sional, de la conducta privada, de una obra. 
Y esto lo realizan en virtud de un incontenible 
impulso de libertad, reflejado en los hechos 
donde cada uno entrega lo que íntimamente 
considera mejor de él. Pudiera acaecer que los 
resultados sean diametralmente opuestos a lo 
que se persigue, pero, en cualquier supuesto, 
la libre creatividad implica desprendimiento, 
solidaridad, sublimación. 

Cada vez nos damos más cuenta de dos fenó- 
menos generales, uno puesto de relieve por la 
física contemporánea, el otro por la experien- 
cia de la historia: el universo es un ingente 
proceso de creación, en el que la mente, el es- 
píritu, constituye la fuerza máxima que rige a 
la materia; y tanto el individuo como la socie- 

11 



dad carecen de perspectivas de eclosión cuando 
se dejan dominar por la insolidaridad y la ato- 
nía. Pues bien, para profundizar en ese univer- 
so del que formamos una partícula insignifi- 
cante y potenciar la condición humana, la ener- 
gía vivificadora yace en la libertad. 

Me empezó a tentar el propósito de escribir 
sobre este tema antes de abordar mi primer 
libro. Los viajes ulteriores, la participación en 
organismos internacionales, la enriquecedora 
amistad con investigadores e intelectuales, el 
trabajo en la industria y en problemas de la 
emigración, el contacto directo con gentes de 
muy diversa situación, nacionalidad y creen- 
cias, han sido una lección diaria que, a pesar de 
sus aparentes contradicciones, tenía un claro 
sentido. En efecto, la inmersión en la política, 
la sociología, la diplomacia, la ciencia, como 
en cualquier campo, nos lleva hoy a la defensa 
radical, sin compromisos, de la libertad. Por- 
que la libertad es un requisito indispensable 
para adelantar incesantemente las fronteras del 
hombre en el cosmos y, también, para la inno- 
vación que exige tanto el progreso de las zonas 
ya desarrolladas como la salvación del Tercer 
Mundo; ese Tercer Mundo que no queda ads- 
crito a determinados continentes o naciones, 
sino que existe aquí y por doquier. 

Todo va concatenándose en la historia de 
nuestro tiempo, que parecía inextricable. A mar- 
cha acelerada se abre paso una nueva civili- 
zación, la primera a escala planetaria, en la cual 
revierten las aguas de las precedentes. Con 
grandeza surge la interdependencia creciente 

12 



entre los pueblos, mientras se pone pie en la 
Luna, nos encaminamos a otra revolución ener- 
gética, la biología se adentra en los secretos de 
la célula viva y un viento de inquietudes corre 
por la juventud sedienta de amplios horizontes. 
Simultáneamente, se agravan los factores ne- 
gativos: la inmoralidad de la sociedad de con- 
sumo, el imperio de la sexualización y del prag- 
matismo, la indiferencia hacia los valores éti- 
cos, la ferocidad del comportamiento social, el 
arrinconamiento del individuo, las continuas 
guerras parciales y hasta la amenaza medible 
del cataclismo atómico en la nube de cambian- 
tes alianzas de políticas de poder. Como telón 
de fondo en estas paradojas, resalta la penuria 
de cientos de millones de niños, mujeres y hom- 
bres sumidos en la miseria. 

He escrito este libro en una etapa atormen- 
tada. A menudo, mi ánimo se inclinaba a pola- 
rizarse exclusivamente en la intolerable crudeza 
de unos hechos que debemos atacar. Sin em- 
bargo, me contenía una idea: la comunicación 
con los demás, para que perdure y no aver- 
güence a su autor, debe ser un mensaje cons- 
tructivo. No es mero criterio ético, que sería 
suficiente; responde al realismo, en el sentido 
de que la vida es pura posibilidad, quehacer 
hacia adelante. De otro lado, ¿no es falsear la 
realidad detenernos en la denuncia de la corrup- 
ción, el fariseísmo, el expolio, cuando a su lado 
figuran tantas y verdaderas calidades como to- 
dos vemos de cerca? Claro es que tampoco el 
afán de objetividad, y la caridad misma, no per- 
miten el compromiso con las estructuras que 

13 



conviene remover. Luego, siendo constructivos, 
se impone la intransigencia, porque hay en jue- 
go innumerables personas desvalidas. 

En este libro se enfoca tres cuestiones cuya 
solución está estrechamente unida: civilización 
planetaria, libertad. Tercer Mundo. Añadiré que 
requieren una actitud en la que me remito a 
palabras del P. Pire: «Tenemos que trabajar 
el doble que los demás, amigos míos, para po- 
der ser la voz de los sin voz.» 

Me consta hasta qué grado es fragmentario 
cuanto sugiero. A título de ejemplo, adelantaré 
que las consideraciones trazadas en torno al 
pensamiento de algunas figuras señeras son 
balbuceos del estudio que merecen; al igual 
que muchas facetas sociológicas han sido mar- 
ginadas o expuestas inadecuadamente. 

Ahora bien, reconociendo las equivocaciones 
de detalle, pretendo subrayar una circunstan- 
cia que me parece indiscutible: nos encontra- 
mos en una encrucijada. Lo que hagamos en 
un corto periodo próximo informará el destino 
de la humanidad. Así, la reclusión en la estric- 
ta esfera privada representaría una abstención 
inadmisible por la magnitud de la alternativa 
que se dilucidará: libertad o tiranía. No vivi- 
mos una fase de tranquila evolución o de cam- 
bio de una civilización por otra de contenido 
similar, según ocurrió en anteriores ocasiones. 
Al haberse unido la historia del mundo, mien- 
tras fuerzas tecnológicas colosales entran en 
movimiento, adviene una transformación deci- 
siva. Hora es, pues, de ir al fondo de los pro- 
blemas, recusar sin temor las falsedades, estre- 

14 



checes de miras y errores, enfrentarse a las 
estructuras sociopolíticas que consolidan la 
opresión y solicitar la renovación personal que 
termine con la atonía reinante. Hemos alcan- 
zado el punto de liberación de la energía hu- 
mana que ha ido acumulándose en incontables 
aventuras. De ahí el que, haciendo un llama- 
miento a la capacidad creativa del hombre, el 
lema inflamable sea uno: la libertad, no como 
un concepto genérico y abstracto, sino como 
una situación y un ideal a nuestro alcance. 

Terminaré repitiendo una frase de Sánchez 
Albornoz: «Las cosas son estáticas y el hombre 
es pura libertad y puro devenir. Sí; la vida hu- 
mana es esencialmente libertad.» Por ello dedi- 
co este esbozo de ideas, inquietudes y sueños 
a los que se oponen al capitalismo del Este y 
del Oeste, y a toda la juventud que con su 
ímpetu y generosidad, quiere abrir nuevas sen- 
das. Trabajemos a su lado en la libertad crea- 
dora de la civilización que surge, pujante, en 
el horizonte. 

Madrid, 2 de enero de 1970. 



15 



primera parte 

la 

nueva 

civilización 



CAPITULO I 

LA FASE ACTUAL DE TRANSICIÓN 

El fin de la civilización occidental 

Al igual que Arnold Toynbee, el intento que 
llevó a cabo recientemente Carrol Quigley, para 
remozar la filosofía de la historia, entraba en 
la enumeración y el análisis de las civilizacio- 
nes sin preocuparse demasiado por formular 
la idea sintetizada y precisa de lo que es una 
civilización. Ambos identifican este término con 
el de sociedad y, sin caer en la trampa de dispu- 
tar definiciones a la sociología, inmersos en la 
observación del pasado, se refieren estricta- 
mente a lo que Quigley llama sociedades pro- 
ductivas en estadio superior al de tribus o ban- 
das, concibiéndolas como interacciones de seres 
humanos y culturas. Son interacciones ocurri- 
das en un medio natural determinado, al cual 
se adaptan mediante cambios culturales. En tal 
proceso, la cultura es el factor decisivo para 
interpretar tanto la situación concreta de cada 
hombre como cualquier momento del acontecer 

19 



histórico. Por otra parte, en Quigley la cultura 
es una realidad muy sutil y compleja cuyo dis- 
tintivo más acusado radica en su dinámica, en 
estar constantemente transformándose, cons- 
tituyendo siempre un amasijo de personalida- 
des, objetos materiales, modelos de conducta, 
relaciones emocionales, ideas intelectuales y 
costumbres. Con distintas palabras cabría de- 
cir, pues, que la cultura, el elemento condicio- 
nante de toda civilización, está integrada por 
las cosas materiales que se usan, por modelos 
de acción, sentimiento y pensamiento, por re- 
laciones interpersonales y por relaciones entre 
personas y objetos. 

Es similar el punto de vista sustentado por 
Arnold Toynbee al abordar la esencia de esa 
«unidad inteligible» a la que denomina socie- 
dad, y que advierte no es ni un Estado nacio- 
nal ni la humanidad como un todo. Sin duda, 
es la cultura lo que forma la entraña de la civi- 
lización y de ahí el que, al emprender «Un es- 
tudio de la historia» antes de la Segunda Guerra 
Mundial, sostenía la coexistencia entonces de 
cinco civilizaciones y negaba que la occidental 
se hubiera impuesto y anulado a las demás, 
diciendo que, si bien los sistemas económicos 
y políticos estaban occidentalizados por do- 
quier, el mapa cultural continuaba siendo sus- 
tancialmente el anterior a la carrera de con- 
quista política y económica. Pero lo importante 
de la aportación del pensador británico fue, en 
aquella época y ahora, la insistencia sobre un 
punto: ni la sociedad ni la cultura pueden ser 
entendidas como un cuerpo orgánico, sino 

20 



como un sistema de relaciones entre personas 
que son a la vez individuos y seres sociales. La 
sociedad o civilización surge, así, como un 
«campo de acción común, pero la fuente de 
toda acción son los individuos que la compo- 
nen». Se apoya en unas frases de Bergson: «Es 
inútil mantener que el progreso social tiene 
lugar por sí mismo, poco a poco, en virtud de 
la condición espiritual de la sociedad... Cons- 
tituye realmente un salto adelante que solo se 
da cuando la sociedad ha resuelto hacer un ex- 
perimento... y la conmoción es siempre dada 
por alguien.» De hecho, el argumento de Toyn- 
bee es que la sociedad, como la cultura, es el 
producto de convulsiones espirituales, cuyos 
autores son individualidades extraordinarias. 
Rechazando simultáneamente que una civili- 
zación sea un conjunto orgánico con existencia 
independiente de los hombres, o un mero agre- 
gado de personalidades individuales, llegare- 
mos a la conclusión de que es la resultante de 
los hombres que la crean y desarrollan, su for- 
ma de comportamiento colectivo, sus ideas pri- 
mordiales, sus técnicas de dominio de la Natu- 
raleza, su mecanismo de producción, consumo 
y distribución, las obras en que expresa su 
peculiar visión del mundo. Ahora bien, ¿cuál 
es esa resultante? Si nos limitamos a examinar 
la civilización occidental en los últimos tres- 
cientos años, veremos las diferencias obvias que 
se registran por disponer de diligencias o de 
aviones de reacción para el desplazamiento, 
emplear mosquetones o bombas de hidrógeno 
para resolver conflictos bélicos, habitar en bur- 

21 



gos apacibles o en megalópolis; por el contra- 
rio, los valores y las actitudes responden a una 
línea homogénea cuyas variantes significan en- 
riquecimientos dentro de un fundamento co- 
mún. Advienen, por tanto, modificaciones es- 
pectaculares en el alojamiento, en la alimen- 
tación, en el cuidado físico, en modas y gustos, 
en los instrumentos materiales de combate y 
de control de la naturaleza, pero el cambio es 
de carácter técnico. 

Así, puede afirmarse que la civilización es el 
despliegue en el tiempo de una forma de con- 
cebir la existencia, es un estadio de la evolu- 
ción espiritual del universo, con las opciones 
que deciden unas generaciones consecutivas a 
través de distintas coyunturas y en un contomo 
tecnológico que incluso puede variar radical- 
mente los medios materiales sin alterar seme- 
jantes opciones intelectuales y morales. Cuan- 
do se pierde la fe en dichas opciones, comienza 
la decadencia de la civilización. 

Parece secundario detenerse en otras especu- 
laciones, como es la determinación del número 
de civilizaciones existentes hasta hoy (21 según 
Toynbee, 16 según Quigley), o el debate reno- 
vado sobre la desacreditada tesis de que la ci- 
vilización sigue el curso vegetativo de naci- 
miento, crecimiento, madurez y muerte, o la 
pretensión tan generalizada de hallar una me- 
cánica social a cuyas leyes habrían de sujetar- 
se los hechos históricos con idéntica precisión 
que un sólido sometido a la gravedad. Todo ello 
entorpecería la interpretación objetiva de la 

22 



historia, al encajarla en modelos trazados 
«a priori». 

No debe descartarse la posibilidad de que en 
el futuro, cuando se desarrolle la aplicación 
de los ordenadores electrónicos a la investiga- 
ción histórica, sea factible obtener principios 
relativos al acontecer humano. En definitiva, 
desde el arranque de la presencia del hombre 
en la Tierra, se ha presentido con frecuencia 
que el curso entero de la vida y del universo 
es un gigantesco fluir mental que responde a un 
orden eterno y no a un caos de azares sin posi- 
ble significado; quizá nuestros descendientes, 
con el avance de los revolucionarios mecanis- 
mos de computación que construimos, podrán 
aspirar a entrever leyes sociales parecidas en 
rigor a otras muchas de la física. Pero nada 
serio cabe hacer con el exiguo número de da- 
tos conocidos del pasado — exiguos, aunque 
queramos negar la evidencia — para tratar de 
formular conclusiones que están vedadas por 
la información embrionaria a nuestro alcance. 

De ese modo, queda también fuera de consi- 
deración científica el que, como Quigley, se diga 
que son fases necesarias de toda civilización las 
de mezcla, gestación, expansión, edad de con- 
flicto, imperio universal, decadencia e invasión. 
Entre ellas, indica que la fase de expansión se 
marca por cuatro características: aumento de 
la producción de bienes, reflejada eventualmen- 
te en crecientes niveles materiales; incremento 
demográfico, normalmente motivado por un de- 
clinar de la tasa de mortalidad; ensanchamien- 
to de la extensión geográfica de la civilización, 

23 



por ser un periodo de exploración y coloniza- 
ción; y aumento de los conocimientos. La sub- 
siguiente fase de conflicto es, para Quigley, la 
más compleja y crítica, al encerrar cuatro cir- 
cunstancias: declinante ritmo de expansión; 
creciente tensión de evolución y aumento de 
luchas de clases; frecuentes guerras imperia- 
listas y creciente irracionalidad, pesimismo y 
supersticiones. Desde este punto de partida con- 
templa la civilización occidental, que pasa la 
etapa de mezcla del año 300 al 730, la de ges- 
tación del 850 al 970, tres de expansión del año 
970 al 1300, de 1420 a 1650 y de 1770 a 1929, y 
tres de conflicto de 1300 a 1430, de 1650 a 1816 
y de 1929 al momento álgido actual. Por con- 
siguiente, recordando la experiencia de que a 
una etapa conflictiva ha seguido a veces otra 
de expansión, en lugar de advenir la decaden- 
cia, Quigley confía que los choques presentes 
reviertan en una edad de esplendor. 

Sin embargo, no es una deducción lógica, sino 
una esperanza basada en la anterior pujanza 
de la civilización de mayor amplitud y poder, 
que ya lleva destruidas cinco o seis civilizacio- 
nes coetáneas a su marcha. Frente a esa profe- 
sión de optimismo, una serie de hechos llevan 
a afirmar que la civilización occidental ha pe- 
netrado en una etapa de declinar irremediable. 
Lo que ahora vivimos es su disolución acele- 
rada, dentro de una fase de tránsito hacia otra 
civilización cuyas características propias van 
a superponerse al cabo de este tiempo. A esa 
coexistencia entre el ocaso de sistemas sociales 
agonizantes y la vitalidad oscura pero virulen- 

24 



ta de los nuevos parámetros de la historia se 
debe la confusión y tensión imperantes. 

Entre las causas que condicionan la situa- 
ción destacan la magnitud y velocidad del cam- 
bio en la tecnología, la economía y la estruc- 
tura política internacional, así como el vaciado 
ideológico y moral. 

En efecto, se ha llegado casi de golpe, en un 
plazo inverosímilmente corto, a una extensión 
tal del campo de desarrollo de la civilización 
occidental que esta no ha podido soportar la 
prueba. Durante siglos, su ámbito geográfico 
era Europa. A fines del cuatrocientos, el im- 
pulso español y portugués la trasplantó en Amé- 
rica, pero allí mantuvo un aliento especial, como 
si fuera un departamento estanco, sin repercu- 
tir prácticamente en el diseño de la historia. 
En el siglo xviii, con la occidentalización de 
Rusia por Pedro el Grande, imponiendo el sello 
político que habrían de continuar sus herede- 
ros, y con la independencia de Estados Unidos, 
aparecen dos nuevas potencias que amenazan 
la hegemonía europea, van acrecentando su po- 
der y, finalmente, toman el mando decidido de 
la civilización occidental al término de la Se- 
gunda Gran Guerra. Hasta aquel instante, las 
regiones históricamente no integradas eran sim- 
ples colonias o zonas sujetas a vigilancia, cuyos 
brotes de rebeldía se cercenaba con facilidad. 
Estados Unidos y Rusia trajeron nuevos mé- 
todos de dominación: unos controlaban eco- 
nómicamente mas, por tradición puritana y de- 
mocrática, otorgaban la independencia política 
a los pueblos que habían quedado apartados 

25 



durante largo tiempo de las principales deci- 
siones históricas; los otros establecían un fé- 
rreo control político de base ideológica y mi- 
litar, y en tal ideología surgían numerosos ele- 
mentos que en parte eran extraños a la esencia 
de la civilización occidental y, en su conjunto, 
implicaban una posición crítica y revisionista. 

Ahora bien, a la vez que se modificaba el 
«statu quo» internacional, con el paso a un se- 
gundo plano del eje civilizador — Europa — y 
la aparición del Tercer Mundo que salía de la 
colonización y ofrecía una creciente resistencia 
a los mecanismos de sujeción con que se pre- 
tendía amordazarlo, precisamente en el seno 
de las dos superpotencias rectoras surgió una 
revolución científica y una alteración de los 
modelos sociales e intelectuales vigentes en el 
pasado, que rápidamente lanzaron su impacto 
por todas partes. Así, un extraño estado de 
cosas se ha ido configurando paulatinamente: 
por una parte, las convulsiones internas de una 
gran civilización que, en contacto súbito con 
nuevos problemas de imprevista profundidad 
y magnitud, llega a la sensación de que no son 
válidos los modelos aún respetados hacia pocos 
decenios; de otro lado, los espasmódicos mo- 
vimientos de unos pueblos que no admiten 
como adecuadas las normas preparadas en el 
exterior y tratan también de liberarse de su 
propio pasado cultural para insertarse en un 
futuro diferente. Todo es vago, incierto, pero 
violento y estremecedor. 

Sin duda alguna, aunque sean dramáticos 
acontecimientos las guerras en Vietnam, Bia- 

26 



fra y el Próximo Oriente, la rebelión estudian- 
til, la revolución cultural china, etc., no hay en 
nuestra encrucijada nada comparable en espec- 
tacularidad al cataclismo con que se derrum- 
baron otras civilizaciones. Incluso podría cali- 
ficarse tales hechos como desajustes inciden- 
tales que no comprometen la evolución normal 
del orden constituido. Una tesis agradable para 
éste sería: ¿no prueban que Occidente, robus- 
tecido con los pilares de Estados Unidos y Ru- 
sia, ha iniciado una nueva fase expansiva con 
la recuperación económica europea, el Merca- 
do Común, el colosal crecimiento técnico y eco- 
nómico americano y ruso, el aparente entendi- 
miento entre Washington y Moscú, las inaudi- 
tas consecuciones científicas, la llegada a la 
Luna, las apasionantes perspectivas que abre 
la carrera espacial, la racional posibilidad de 
que los choques armados sean sustituidos por 
una dinámica competencia facilitadora del pro- 
greso? 

Conviene tener presente que una civilización 
puede acabar no por un hecho violento, como 
pasó con la caída de Bizancio, sino por un pro- 
ceso de desintegración interna. Esto acaece con 
la civilización occidental que, tan pronto como 
ha alcanzado la cúspide de su poderío, comien- 
za a disolverse, dando entrada a una nueva ci- 
vilización en la que se está fundiendo; hubiera 
sido imposible su supervivencia ante el verti- 
ginoso y enorme cambio que ha experimentado 
la humanidad. En otros términos, mientras 
que hasta 1945 cada civilización ha nacido y 
perdurado en contraste con otras, la occiden- 

27 



tal ha terminado por aniquilar a las restantes 
y aniquilarse a sí misma, sublimándose en la 
primera civilización planetaria que conoce el 
hombre. 



La transformación de la estructura 
política internacional 

Las realizaciones materiales de los países in- 
dustrializados donde se hallan enclavados los 
santuarios del capitalismo han sido excepcio- 
nalmente importantes durante el decenio de los 
años 60. Aunque la Unión Soviética haya con- 
tinuado su expansión, es innegable que los más 
notables avances corresponden a Estados Uni- 
dos. Con un P.N.B. de 692.000 millones de dó- 
lares en 1965 —297.000 millones la U. R. S. S.— 
y 860.000 millones en 1968 — superior al de los 
restantes miembros de la O. C. D. E., es decir, a 
la suma de Europa occidental, Japón y Cana- 
dá — , una producción industrial mayor que la 
del Mercado Común y Rusia, un tercio de la 
producción mundial de energía eléctrica, el 
40 por 100 de la de automóviles, una inversión 
en investigación científica que se acerca a 30.000 
millones de dólares anuales, la primacía de la 
exploración espacial y el progreso relampa- 
gueante en el desarrollo o creación de toda 
suerte de técnicas e industrias, ha alcanzado 
una cota de riqueza, eficacia y modernidad que, 
salvo crisis interior, le aseguraría el predomi- 
nio económico en los próximos decenios. 

Durante años, en el curso de 1955 a 1965, an- 

28 



daba el mundo occidental obseso con la aplica- 
ción de fórmulas tecnocráticas que a sí mismas 
se atribuían gratuitamente el mérito de la re- 
construcción europea y de la prosperidad rei- 
nante tanto en este continente como al otro lado 
del Atlántico. Pasados los momentos críticos de 
la primera etapa de la guerra fría, el conflicto 
de Corea casi no había sido otra cosa que un 
formidable negocio de grandes empresas indus- 
triales y de los especuladores del mercado mun- 
dial de materias primas, así como la experiencia 
ulterior de Cuba fue una inquietante confronta- 
ción ruso-americana tan prestamente cortada 
que pasó a ser una pequeña pieza de reserva 
dentro de la partida de ajedrez que disputan 
con cautela Washington y Moscú, ya habituados 
a desempeñar el papel de polos supremos de 
poder. En este mismo contexto de relativa 
tranquilidad y aceptable grado de pugnas di- 
rectas, tuvieron lugar el XX Congreso del Par- 
tido Comunista Soviético en que Khruschev 
denunció los crímenes de Stalin, la salida del 
cuerpo expedicionario francés de Indochina, 
la insurrección húngara ahogada por los rusos 
gracias a la indiferencia de los norteamerica- 
nos, el fracaso del desembarco franco-británico 
en Port Said que iba a poner término — por una 
temporada — a los métodos imperialistas clá- 
sicos, el lanzamiento del primer «sputnik» y 
la carrera espacial, la llegada al Elíseo del ge- 
neral De GauUe para terminar con la guerra de 
Argelia y con la IV República, la victoria de 
Fidel Castro, la ruptura chino-rusa, la guerra 
del Congo, el muro de Berlín, el Tratado de 

29 



Moscú sobre pruebas nucleares, el asesinato 
del presidente Kennedy, la explosión de la pri- 
mera bomba atómica china, el conflicto indo- 
pakistaní en Cachemira, el golpe de Estado 
anticomunista en Indonesia. Pese a sus aspec- 
tos negativos, esos hechos significaron el final 
de las estructuras coloniales, la evolución de 
las relaciones Este-Oeste hacia una determina- 
da coexistencia, y el montaje de un «statu quo» 
que protegía el progreso económico. 

Considerando la amplitud del avance econó- 
mico y técnico norteamericano, para Toynbee 
el análisis de los años 60 le hacía llegar a la 
opinión de que, en el porvenir inmediato, una 
de las dos grandes superpotencias actuales ha 
pasado a la defensiva mientras los Estados Uni- 
dos, empujados por las concatenaciones del 
conflicto vietnamita, se habían convertido en 
un poder netamente ofensivo y dominador. 
Desde este plano, y previendo que es inevitable 
una inmensa tormenta asiática y un consiguien- 
te enfrentamiento asiático-americano o asiático- 
soviético, Europa no tendría otro recurso que 
unirse, formando una «Gran Suiza» cultural. 

La idea era inteligente, en ciertos ángulos, 
pero completamente inviable; en primer lugar, 
por la irreversible conexión entre cuantos pue- 
blos componen el planeta y, sobre todo, porque 
la terrible convulsión de los espíritus que lleva 
consigo la caída de una sociedad no puede ser 
tampoco ahorrada a los europeos. Estos que- 
dan situados ante unos interrogantes angustio- 
sos — los que implica la edificación de una civi- 
lización a escala mundial — y no tienen otra al- 

30 



ternativa que participar o ser colonizados, nun- 
ca la posibilidad de mantenerse al margen de 
temas en cuya formulación son envueltos. 

Los seis primeros meses de 1968 bastarían 
para comprender la equivocación tanto de quie- 
nes pensaban en una Norteamérica monolítica 
y lanzada, sin posible oposición, al control de 
la Tierra, como de los que se dejaban seducir 
por el sueño de un perenne bienestar en Euro- 
pa. No parece oportuno repetir ahora los ar- 
gumentos que en mi libro Estrategia y política 
exponía en París, desde el prisma informativo 
de la O. C. D. E., sobre los síntomas de inquie- 
tud en las estructuras ya estáticas de los paí- 
ses industrializados y respecto de la probable 
destructuración interior norteamericana. En 
ese semestre de 1968, los motines estudiantiles 
italianos y alemanes o la agitación constante 
en la Universidad de Madrid eran examinados 
superficialmente por Herbert Lüthy diciendo 
que la juventud menos turbulenta de Europa 
era la francesa. «El progreso en la estabilidad, 
he ahí una divisa del régimen gaullista que no 
parecen rechazar sino algunos militantes... Lo 
más destacado en los cambios ocurridos en los 
últimos quince e incluso diez años es el encon- 
trarse frente a una Francia que no gime, que 
no invoca el pasado contra el presente.» Pocos 
días después de publicarse estas y otras idíli- 
cas imágenes sobre la alegre juventud parisien- 
se, en que se mostraba a St. Germain-des-Prés 
como un cuadro Victoriano en comparación al 
de Londres, estallaba la revolución universitaria 
en París, la huelga general, el intento de derri- 

31 



bar un régimen político que había dado a aque- 
lla nación la paz desconocida en muchos años. 
En la otra orilla del Atlántico, la simple apa- 
rición de MacCarthy, con la explosiva adhesión 
universitaria, aconsejaba a Johnson su retirada 
de la campaña presidencial; el 4 de abril de 
1969 era asesinado Martin Luther King, el Pre- 
mio Nobel de la Paz que propugnaba la inte- 
gración racial; el 5 de junio era muerto a tiros 
Robert Kennedy cuando replanteaba con éxito 
el programa de su hermano y polarizaba hábil- 
mente un ansia de renovación liberal que se 
corría como la pólvora desde Nueva York hasta 
San Francisco. 

En el plazo de unos meses, todas las especu- 
laciones de una sociedad cuyos cuadros de man- 
do estaban satisfechos de sus realizaciones da- 
ban la sensación de caer estrepitosamente. La 
rebelión juvenil no parecía una anécdota pri- 
vativa de uno u otro Estado, ni por supuesto 
se podía enjuiciar como el producto de un fan- 
tástico complot internacional. Lo que pasaba en 
París, Roma, Madrid, Berkeley, Harvard, Bu- 
dapest, era el síntoma de una descomposición 
social, de una petición implícita de remoza- 
miento en todos los continentes. 

La reacción ha sido clara. Una vez más, los 
conservadores del Oeste y del Este interpreta- 
ron los acontecimientos para endurecer sus po- 
siciones y sacar provecho. Aquellos desplegaron 
inmediatamente el peligro del caos y, en nom- 
bre del orden y de la autoridad, dieron nuevos 
pasos en el control represivo; estos llegaron 
a la misma línea dura, para defenderse de los 

32 



pretendidos contrarrevolucionarios. La inva- 
sión de Checoslovaquia enseñó hasta qué me- 
dida el equipo del Kremlin se encaminaba a 
una sonriente coexistencia — impuesta por el 
desarrollo militar y económico norteamerica- 
no — en tanto su «liberación» no provocara la 
menor desviación del dominio ruso en el bloque 
soviético ni el más leve debilitamiento de las 
atribuciones del partido. Paralelamente, un mo- 
vimiento de demagógico nacionalismo se ex- 
tendió en Estados Unidos, resucitando actitudes 
de intransigencia y xenofobia que algunos 
creían, ingenuamente, enterradas. 

En cualquier caso, tanteándose el entendi- 
miento para explorar nuevas vías de armonía 
entre las dos superpotencias, consumándose 
espectacularmente la supremacía tecnológica de 
Estados Unidos con la llegada del Apolo XI 
a la Luna en julio de 1969, al empezar el dece- 
nio de los años 70 está fuera de discusión que 
la verdadera disyuntiva para el hombre, no en 
el futuro remoto, sino en el inmediato, consiste 
en elegir entre la dictadura de cuño moderno 
— la masificación y robotización que ampara la 
tecnología, el sistema de economía de consumo 
y la referencia final a las decisiones de dos 
grandes Estados — y el rumbo que podría adop- 
tar la libertad sobre la triple apoyatura de hu- 
manismo social, ciencia y organización, que 
constituye la única plataforma de innovación 
respecto de las tendencias opresivas en marcha. 

Tras el magnicidio de John Kennedy en Da- 
llas, el que se perpetró cinco años después en el 
hotel Ambassador de Los Angeles con su her- 

33 



mano no es motivo para hacer digresiones lite- 
rarias sobre el sino de una familia ni para lan- 
zar injustas diatribas contra una sociedad na- 
cional a quien se acusó entonces de estar en 
manos de la violencia y del gangsterismo; des- 
borda el campo de la tragedia personal y tam- 
poco debe ser utilizada para trazar esquemas 
sociológicos hostiles a los Estados Unidos. Se 
ha convertido en el símbolo de un estado de 
cosas que afecta a la humanidad, manipulada 
por los extremistas siempre dispuestos a coar- 
tar la libertad con la represión sangrienta o so- 
lapada. Los países industrializados se conmo- 
vieron; pero mientras unos sectores se limita- 
ban a deplorarlo, otros se daban cuenta de que 
el camino hacia la libertad y la reforma de una 
sociedad caduca había de transformarse en un 
objetivo político urgente, si no querían verlo 
cerrado por el dogmatismo de los ultras. 

Lo cierto es que en el escaso tiempo trans- 
currido desde 1965, la situación política inter- 
nacional ha cambiado radicalmente. La Nato y 
el Pacto de Varsovia funcionan con múltiples 
dificultades, hay una tensión creciente para 
mitigar la bipolaridad ruso-americana dedicada 
a imponer subrepticia o abiertamente las deci- 
siones que respalda su aplastante predominio 
militar, la miseria en el Tercer Mundo se mues- 
tra como una fuente inextinguible de conmo- 
ciones, la alta tasa de aumento de la renta na- 
cional ha sido sustituida en diversos países 
ricos por una serie de fases de recesión y recu- 
peración que hacen dudar en la viabilidad de 
seguir logrando indefinidamente los ritmos de 

34 



avance del pasado, el sistema comercial y mo- 
netario está en crisis. Y, lo que es mucho más 
importante, el entusiasmo colectivo desaparece, 
las ideologías que todavía subsistían por iner- 
cia han perdido todo vigor, cada hombre se 
refugia en su propia temática individual, no 
existen metas comunes — salvo las de bienestar 
material y progreso tecnológico — que cubran 
el vacío ideológico. 

Por su parte, sometido a la brutalidad de la 
fuerza capitalista, para el Tercer Mundo ha 
sido una tragedia el decenio de los años 60. Se- 
ría suficiente conocer una proyección estadís- 
tica de la O. C. D. E. para comprender el alcan- 
ce del abandono y de la expoliación a que se 
ven sujetos dos tercios de la población del pla- 
neta: según los expertos de dicho organismo 
internacional, los países miembros pasarían de 
una renta media de 1.900 dólares por habitante 
en 1961 a 2.500 dólares en 1970, mientras que 
los subdesarrollados únicamente subirían de 
una renta media de 130 dólares a la de 150. 
Ello es, en tanto unos aumentan 600 dólares 
en diez años, los otros apenas superan los 20 dó- 
lares. 

Conforme a las proyecciones que figuran en 
el libro de Kahn y Wiener El año 2000 *, de 
1965 a 1975 la renta media en África aumen- 
taría en 33 dólares, la de Asia en 62, la de Amé- 
rica del Sur en 66, la de Europa (incluida 
la U. R. S. S.) en 607 y la de América del Norte 



* Ed. española por Revista de Occidente, «Biblio- 
teca de Política y Sociología», Madrid, 1969. 



35 



en 771, aún contando los islotes de opulencia 
en los continentes pobres. Con un enfoque dis- 
tinto, resulta que los 1.081 millones de habi- 
tantes de los pueblos desarrollados en 1965, 
con renta media de 1.675 dólares, serán 1.612 
millones de seres en el año 2000, con renta 
de 5.775 dólares; en la misma previsión «libre 
de sorpresas», es decir, suponiendo el progreso 
pacífico de los Estados ricos y la eliminación 
de las pesadillas que puedan surgir de la rebe- 
lión externa, los países subdesarroUados — con 
una población de 2.268 millones de habitantes 
y una renta de 135 dólares en 1965 — tendrían 
en el año 2000 unos 4.777 millones de habitan- 
tes y una renta de 325 dólares. 

Quizá esta proyección sea tan realista como 
la hecha por la O. C. D. E. para el decenio que 
acaba de terminar. No conviene, sin embargo, 
hacerse muchas ilusiones. El presidente del Ban- 
co Mundial, Georges Woods, decía en 1965 que 
de los 75 países integrantes del bloque subdes- 
arrollado durante la Conferencia de Comercio 
y Desarrollo, 18 se liberarían de la miseria en 
un plazo de diez años, 27 en una generación 
y 30 en un futuro indeterminable. Pues bien, 
no hay el menor indicio de que se cumpla tan 
sombría perspectiva: los resultados del últi- 
mo quinquenio son mucho peores, mientras son 
mejores los alcanzados por los países indus- 
triales. 

Carentes de medios, con una infraestructura 
embrionaria, congelados los precios internacio- 
nales de sus materias primas, contribuyendo 
de ese modo a la capitalización de los Estados 

36 



ricos, estancada la ayuda financiera de estos 
en una cifra parecida, revistiéndola parcialmen- 
te de condiciones tan onerosas que endeudan 
de por vida a los receptores, en un crecimiento 
demográfico explosivo, los actuales 700 millo- 
nes de chinos, 500 millones de hindúes, 110 mi- 
llones de paquistaníes, 100 millones de indone- 
sios y centenares de millones en otros lugares 
de Asia, África e Iberoamérica están aprisiona- 
dos por la falta de alimentos, de educación, de 
lo que exigen las necesidades primarias. No 
hace mucho se estimaba que 10.000 personas 
morían al día por inanición; así lo recogí en 
mi ensayo El hombre y la revolución cientí- 
fica y Fidel Castro lo reprodujo en una placa 
del Capitolio de La Habana. En realidad, son 
incontables más lo que perecen de tal modo. 
Kahn calculaba que la población de Paquistán 
incrementaría su renta de 91 dólares por ha- 
bitante en 1965 a 109 en 1975 y 200 en el 
año 2000; Indonesia, de 99 a 107 y 123, respec- 
tivamente; Colombia, de 277 a 298 y 359; Brasil, 
de 280 a 319 y 506. ¿Qué significan estas esta- 
dísticas, aparentemente asépticas? El hambre 
permanente. No es asunto de cifras para quie- 
nes sepan entenderlas, sino de una experiencia 
visual al alcance de cualquier hombre; tan te- 
rrible experiencia que, si se difundiera por los 
medios de comunicación, provocaría la náusea 
colectiva. Regiones inmensas de la América en 
que nací, dotadas de vastas reservas de mine- 
rales, de agua y tierra fértil, ven crecer a su 
población en la más cruel situación; sin nece- 
sidad de entrar en la verde inmensidad de la 

37 



Amazonia, hay territorios cercanos tan grandes 
como nuestra región andaluza, donde 100.000 
habitantes disponen de un solo médico y de 
una sola enfermera; repartidos en poblados 
de 50 a 100 familias, estos seres no se quitan 
las ropas hasta que caen los harapos, ignoran 
lo que es una medicina moderna, el enfermo 
a quien no salva su naturaleza muere sobre la 
tierra que constituye el suelo de su choza. Si 
cambiamos de horizonte, podemos contemplar 
horrores semejantes en los suburbios, en los 
poblados africanos, los desiertos árabes y asiá- 
ticos, en incontables puntos. Con un consumo 
inferior a 2.200 calorías diarias y una renta 
anual media que no llega a los 100 $, en la 
India mueren antes de cumplir el año de edad 
290 niños de cada 1.000 (25 en Francia, 21 en 
Inglaterra); sin techo donde cobijarse o en 
viviendas miserables, plagados de enfermeda- 
des, con una tasa de analfabetismo del 80 al 90 
por 100, el salario diario de los agricultores 
obligados a trabajar por cuenta ajena, cuando 
les falla su pequeña cosecha, asciende a 10 pe- 
setas por día, costando 25 la docena de hue- 
vos y 20 el kilo de arroz. Paro, usureros, anal- 
fabetismo en alta proporción, casi inexistencia 
de obreros cualificados, imposibilidad de acce- 
der a la educación para un porcentaje abruma- 
dor de niños, tal es la consecuencia de una mi- 
seria secular ante la que se estrellan los esfuer- 
zos de muchos políticos por la escasez de re- 
cursos financieros y la indiferencia o recelo de 
los países opulentos. 

En el umbral de una nueva civilización, ¿ has- 

38 



ta qué punto es tolerable lo que ocurre en el 
Tercer Mundo? En términos diferentes: ¿hasta 
cuándo esa situación no dará lugar a la acele- 
ración del proceso desintegrador de la sociedad 
industrial, moralmente caduca? Sin duda, una 
civilización mundial de otro signo está ya de- 
cretada. Queda pendiente saber si se hará por 
la violencia o, como es deseable, por transfor- 
mación pacífica. 

Las dos superpotencias y el grupo de los Es- 
tados industrializados de su contorno se han 
lanzado, por ausencia de capacidad creativa, 
a la carrera de armamento tecnológico, revir- 
tiéndolo en el incremento de la productividad 
económica. El objetivo de esa carrera es la se- 
guridad militar y el enriquecimiento, pero lo 
que termine siendo la sociedad sometida al ma- 
terialismo es una cuestión accesoria. La carre- 
ra de armamento tecnológico renuncia al hu- 
manismo, a toda teoría superior de la existen- 
cia, a cualquier problema ético e ideológico 
— que menosprecia como especulación arbitra- 
ria — y se centra en la expansión de la fuerza 
y de la eficacia. El famoso «debate de cocina» 
entre Khruschev y Nixon en Moscú se ha gene- 
ralizado tanto que la confrontación internacio- 
nal entre los países ricos se refiere a cifras de 
producción industrial, de comercio, de balanza 
de pagos, de reservas monetarias, así como al 
progreso técnico. Olvidado de hecho, excepto 
cuando puede ocasionar un conflicto político 
o bélico, el Tercer Mundo se debate en la mi- 
seria material e intelectual. La amenaza de pre- 
cipitar por la violencia la disolución de la civi- 

39 



lización occidental podría provenir de ahí — de 
la posibilidad de incesantes guerras revolucio- 
narias — o de la exasperación en el interior de 
la corrompida sociedad industrial. 



La desintegración por la violencia 

Marginemos las perspectivas de guerra nu- 
clear, que nunca son descartables. Es la situa- 
ción-límite que anularía las previsiones de cual- 
quier civilización. 

Más importante es considerar que una socie- 
dad que pierde progresivamente la responsa- 
bilidad ética, donde cualquier virtud e idea 
generosa es manipulada o prostituida por los 
grupos de presión, a quienes solo importa el 
mantenimiento de sus privilegios, que ha al- 
canzado un grado incalificable de mentira, fa- 
riseísmo y menosprecio del semejante, que no 
respeta sino el dinero o el látigo, que ha hecho 
del placer el fundamento de la existencia, está 
condenada a perecer. Eso es evidente, sin nece- 
sidad de citas apocalípticas. El interrogante 
radica en dilucidar si caerá por la violencia o 
mediante una transformación que emane de su 
propio interior. 

Hamlet, que no apreciaba su vida en lo que 
vale un alfiler, acabó centrando su duda en la 
elección entre dos violencias extremas. Le ten- 
taba recurrir al escape del suicidio, «porque 
¿quién aguantaría los ultrajes y desdenes del 
mundo, la injuria del opresor, la afrenta del 
soberano, las congojas del amor desairado, las 

40 



tardanzas de la justicia, las insolencias del 
poder y las vejaciones que el paciente mérito 
recibe del hombre indigno, cuando uno mismo 
podría procurar su reposo con un simple esti- 
lete?». Mas sentía un último temor, ir al más 
allá desafiando las leyes divinas. «¿Quién que- 
rría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo 
el peso de una vida afanosa, si no fuera por el 
temor de un algo, después de la muerte, esa 
ignorada región cuyos confines no vuelve a tras- 
pasar viajero alguno?» En el tormentoso silen- 
cio de las reflexiones que le asaltan ante el des- 
cubrimiento del asesinato del padre, la traición 
de la madre, la dulzura engañosa del usurpa- 
dor, la tranquila complicidad del ambiente que 
le rodea, va precipitándose entonces hacia la 
venganza. Y, en definitiva, su rebelión es contra 
la grosera sensualidad de unos tiempos donde 
«la virtud misma ha de pedir perdón al vicio y 
aún debe postrarse a sus pies, implorando su 
gracia». 

El sentido hamletiano de la dignidad huma- 
na adquiere extrañas resonancias en nuestra 
época de ramplón materialismo. A la pregunta 
que se hace — «¿qué es el hombre si el princi- 
pal bien y el interés de su vida consistieran en 
dormir y comer?» — contesta con una actitud 
que tantos comparten hoy, cuando los sistemas 
sociales se niegan a la integración de los nuevos 
hombres y estilos que podrían renovarlos: «Los 
males desesperados se alivian con remedios 
desesperados o no tienen alivio.» 

Es un lenguaje romántico que choca con la 
mentalidad de muchos tecnócratas polarizados 

41 



en la mejora administrativa y la capitalización, 
las masas pendientes de obtener más aparatos 
electrodomésticos y mayores retribuciones, los 
diversos grupos de presión repartiéndose des- 
proporcionados beneficios financieros y hacien- 
do de la política un mero juego de distribución 
y sostenimiento de puestos. Pero en torno a 
ellos, los jóvenes rebeldes, los cientos de millo- 
nes de seres en las zonas subdesarroUadas, los 
intelectuales y profesionales que resisten a la 
corrupción y a la robotización, se remueven in- 
quietamente. A lo lejos de las sociedades de 
consumo que se interrogan y quizá entren 
también próximamente en un periodo de re- 
forma, una tajante posición ha escogido la 
guerra permanente como la vía salvadora. Es 
la China de Mao. 

En el informe del IX Congreso del Partido 
comunista chino, presentado por Lin Piao y 
adoptado el 14 de abril de 1969, se extraen las 
consecuencias de la Gran Revolución Cultural 
Proletaria, un proceso que despertó la burla 
o incomprensión de Occidente y la U. R. S. S. 
pero que constituye una experiencia tras la cual 
se definen los fundamentos de una ideología que 
no cabe desdeñar e ignorar. Podría extenderse 
a lo largo del Tercer Mundo depauperado y de 
la civilización industrial en decadencia irrever- 
sible, si supera la difícil fase de consolidación. 
Su síntesis es un postulado político constante 
de Mao, explotar las contradicciones, ganarse 
la mayoría, oponerse a la minoría, aplastar a 
los adversarios uno a uno. El largo documento 
no menciona ni una vez la paz y la libertad. 

42 



Rebosante de adulaciones a Mao, de los invete- 
rados ataques al imperialismo americano y al 
social-imperialismo o revisionismo soviético, 
insultando a Nixon, Breznef y Liu Chao-chi, 
utilizando frecuentemente unos términos que 
llaman la atención por la simplicidad y hasta 
por la trivialidad, este informe es trascendental 
para el asentamiento de una doctrina cuya acier- 
to es poner en evidencia la invasión del espí- 
ritu burgués en Occidente y la U. R. S. S., así 
como su intrínseca inmoralidad. En respuesta 
a los partidarios de hacer de la economía el epi- 
centro de la vida, se proclama un enfoque radi- 
calmente distinto del materialismo reinante: 
«Hacer la revolución y promover la producción 
es un principio justo que establece correctamen- 
te la relación entre revolución y producción, 
espíritu y materia, superestructura e infraes- 
tructura económica, producción y fuerzas pro- 
ductivas. El presidente Mao nos ha enseñado 
siempre: el trabajo político es vital para toda 
nuestra labor en el dominio económico. Los 
oportunistas que se oponían a que se enfocaran 
los problemas desde el punto de vista político 
habían sido contestados por Lenin en estas pa- 
labras: la política no puede dejar de tener la 
primacía sobre la economía. Razonar de otra 
forma es olvidar el abecé del marxismo... ¿ Cómo 
podríamos continuar reforzando la base eco- 
nómica socialista y desarrollando las fuerzas 
productivas socialistas sin emprender la re- 
volución en el dominio de la superestructura, 
sin movilizar las masas obreras y campesinas, 
sin criticar la línea revisionista ni desenmas- 



43 



carar el puñado de renegados, de agentes se- 
cretos, de responsables comprometidos en la 
vía capitalista y otros contrarrevolucionarios, 
sin consolidar el poder dirigente del proleta- 
riado? No es cuestión de sustituir la revolución 
por la producción, sino de hacer que la revolu- 
ción mande en la producción, la estimule y la 
arrastre.» 

La fuerza de la burguesía basada en la solidez 
de los lazos internacionales' y en la costumbre, 
la lucha entre la clase obrera y la burguesía 
por conquistar o reconquistar el poder, el en- 
frentamiento entre las ideologías burguesa y 
proletaria, la necesidad de preparar la opinión 
pública y hacer un trabajo ideológico para de- 
rribar del poder al capitalismo, la amenaza 
del revisionismo en el seno del comunismo, los 
desviacionistas de derecha y extrema izquierda 
en el proletariado, el reconocimiento de la clase 
obrera (y sus aliados, los campesinos pobres 
y semipobres) como la única que debe ejercer 
la dirección en todo, la dictadura del proleta- 
riado ejercida por un partido compuesto de 
los elementos avanzados de aquel, la califica- 
ción del perfeccionamiento individual o de la 
personalidad individual como puro idealismo 
al servicio de la estructura burguesa, todo esto 
queda encomendado a un método de acción, el 
de la violencia. «La toma del poder por las ar- 
mas es principio fundamental del marxismo- 
leninismo... La verdad, el poder está en la pun- 
ta de mira del fusil, es asimilada cada vez más 
ampliamente por los pueblos y las naciones 
oprimidas.» 

44 



Una ideología que sostiene para la época pre- 
sente la burda división entre dos clases, prole- 
tariado obrero y burguesía, ignorando que las 
tendencias sociales son muy distintas y que el 
planteamiento del problema ideológico ha de 
ser forzosamente diferente del que pensaba 
Marx, testigo de la primera industrialización, se 
robustece en masas crecientes del Tercer Mun- 
do por lo que tiene de petición de radicalismo 
frente a la deshumanizada estructura de la so- 
ciedad de consumo. Podría argüirse que preci- 
samente con la revolución cultural, que Mao 
desencadenó para dar un giro original al comu- 
nismo antes controlado por Moscú, China que- 
do áutoaislada y ha perdido las importantes 
bazas de influencia que tenía en África, Asia y 
aun en parte de Iberoamérica; también son nu- 
merosos los expertos diplomáticos que detectan 
una crisis de autoridad del maoísmo en el con- 
tinente chino, secularmente azotado por la ten- 
dencia a la atomización política, a la servidum- 
bre impuesta por la proliferación de los llama- 
dos señores de la guerra. No obstante, al margen 
de las dudas que suscite la continuidad del ro- 
bustecimiento de esta potencia, que dispone de 
la bomba de hidrógeno y condiciona la política 
internacional del Kremlim, hay que tener pre- 
sente la capacidad ofensiva de la línea ideoló- 
gica concebida por Mao para el Tercer Mundo. 

Frente al lema maoísta de la guerra perma- 
nente y a su línea de ataque a la paz y libertad 
no es adecuada la respuesta del sistema capita- 
lista del Este y del Oeste, propio de la agoni- 
zante sociedad industrial. Capitalismo y maoís- 

45 



mo son incompatibles con la nueva civilización. 
Pero la aceleración de esta por las armas o en 
un proceso pacífico depende de que sea factible 
o no la innovación constructiva que trata de evi- 
tar el desbordamiento de las pasiones. El fraca- 
so del intento conduciría inevitablemente a la 
violencia. 



El vaciado ideológico y moral 

A la velocidad del cambio ocurrido se debe 
que no haya calado todavía en la conciencia de 
los pueblos algo capital que condiciona la to- 
talidad de la vida individual y colectiva: el fin 
de la civilización occidental y de las demás 
civilizaciones coetáneas. 

El torbellino de la existencia cotidiana, la 
presión de circunstancias que se precipitan unas 
tras otras sin apenas dejar tiempo para refle- 
xionar y, sobre todo, el ritmo de los aconteci- 
mientos, muchos de ellos impalpables por ser 
de naturaleza espiritual, explican que aún se 
tarde en percibir que nos hallamos en el prin- 
cipio de una nueva fase de la evolución humana. 

Así, el avance científico es tan variado y com- 
plejo que casi nadie está preparado para adi- 
vinar siquiera lo que significa en síntesis. Cada 
científico y cada equipo investigador se halla 
con tal cantidad de datos a resolver en su espe- 
cialidad que no pueden entrar a fondo en el 
análisis de su obligada interconexión con otras 
disciplinas. Se limitan, pues, a aplicar la parte 
que conocen de esas disciplinas para continuar 

46 



en la profundización de su campo de activida- 
des. De vez en cuando surge alguna obra suelta 
de filosofía de la ciencia, que intenta extrapolar 
los más destacados descubrimientos de nuestra 
época, para deducir nuevas concepciones rela- 
tivas al universo, a la estructura de las leyes 
que lo rigen, a la materia, al espíritu; su apor- 
tación principal ha sido la superación de la vie- 
ja dicotomía entre ciencias de la naturaleza y 
ciencias del espíritu, que quedan fusionadas en 
una identidad. 

Desde el ensayo histórico, sociológico o polí- 
tico hasta la literatura, con un paralelo floreci- 
miento de la novela de ciencia-ficción, se refleja 
el impulso imaginativo que incita tanto el po- 
deroso nivel científico de hoy como, particular- 
mente, las misteriosas y sugestivas perspectivas 
que le ofrece el futuro. Aparte esas especulacio- 
nes que giran en torno a la ciencia como uno de 
los recursos con que se alimenta la necesidad 
de evasión de la pobreza espiritual inherente al 
mecanismo de la sociedad de consumo, está to- 
mando cuerpo en el terreno intelectual la gene- 
ral sensación de que los esquemas de vida 
válidos hace muy pocos años son progresiva- 
mente inviables, siendo sustituidos por formas 
todavía confusas. Y la ciencia no cubre el vacío. 

Una reducidísima minoría busca profundizar 
en los resortes positivos de la revolución cien- 
tífica. Sin embargo, los dirigentes políticos se 
limitan, en su mayor parte, a procurar el au- 
mento del producto nacional bruto que permi- 
te el despliegue tecnológico, así como a solven- 
tar los aspectos más inmediatos y visibles de la 

47 



ordenación social que exige el crecimiento de- 
mográfico, la concentración urbana, el consu- 
mo en masa, las comunicaciones, etc., eludiendo 
las complicadísimas dificultades ideológicas y 
técnicas de una programación global de la so- 
ciedad que respondiera a la modificación de la 
base física de la existencia y a la nueva con- 
cepción de la realidad procedente de la ciencia 
contemporánea. Motiva ese estrecho pragma- 
tismo — el mismo con que la estructura capita- 
lista de Occidente y del bloque soviético se 
inhibe ante la renovación espiritual promovida 
por la Iglesia católica, por los cristianos en ge- 
neral y por los hombres de religión, moralistas 
e ideólogos — el desconcierto que trae la velo- 
cidad y variedad de una tecnología desbordante 
y el recelo por la profundidad del choque gene- 
racional, la amenaza a la seguridad del orden 
establecido y, sobre todo, la falta de ideales co- 
munitarios capaces de crear entusiasmo. 

La incertidumbre imperante en la política, la 
lucha sorda o abierta entre inmovilistas y pro- 
gresistas, las dudas o repudios de las creencias, 
los escándalos que trascienden de la boca de 
este nuevo Moloch que es el dios de la produc- 
tividad y «eficacia», invitan a modificar la ópti- 
ca característica de unos decenios que parecie- 
ron dorados y cuya desembocadura podría ser 
un cataclismo bélico mucho peor que el que 
puso término a los también denominados dora- 
dos años 20. Así, en varios de los Estados in- 
dustrializados, el Gobierno y algunas institu- 
ciones privadas han comprendido los peligros 
que encierra una simple política coyuntural a 

48 



corto plazo que busca el mero incremento de 
la renta nacional y «per capita». Advirtiendo 
que a los tres factores esenciales del desarrollo, 
según la teoría clásica delineada desde Adam 
Smith — tierra, capital, trabajo — se suma el de 
la cultura, han incluido la educación como cla- 
ve para la utilización de los recursos humanos, 
pero la abordan como instrumento de fabrica- 
ción de especialistas, ignorando lo que es la 
formación de hombres y ciudadanos, en tanto 
reducen la solución de los problemas sociales 
a una ecuación de productividad, desdeñan las 
ideas matrices, dejan de lado cuanto se refiera 
a valoración ética y, en suma, deshumanizan la 
acción pública, pese a que en el contexto de la 
sociedad se extiende la convicción de que hoy 
constituye la reivindicación máxima a satisfa- 
cer la dignidad del hombre como tal. 

Un ejemplo de los tanteos que empiezan a 
realizarse para superar semejantes absurdos lo 
tenemos en Francia y Estados Unidos. 

Al comprobarse las diferencias entre las pre- 
visiones y los resultados de cada Plan de Des- 
arrollo, la Alta Comisaría del Plan preparó un 
informe para el entonces primer ministro, Geor- 
ges Pompidou, indicando que en su investiga- 
ción de las causas del fallo había encontrado 
una razón sociológica y otra estructural. De una 
parte, la mayoría de los representantes guber- 
namentales, sindicales y empresariales que 
constituían los grupos preparatorios del Plan 
coincidían en ser economistas o ingenieros, pro- 
cediendo de los mismos centros de enseñanza, 
con lo cual su técnica y forma de enfoque para 

49 



el examen de los temas eran similares, exclu- 
yendo cualquier factor que no fuera tecnológico 
o económico; por otra parte, las programacio- 
nes no tenían en cuenta ni las transformaciones 
sociales ni las tendencias del progreso científi- 
co, es decir, exactamente los dos elementos prin- 
cipales — descubrimientos científicos, compor- 
tamientos colectivos, gustos, ideas — que im- 
primen la máxima profundidad y rapidez al 
cambio de la sociedad y de la economía. Pom- 
pidou decidió entonces la creación de un equi- 
po, al que se denominó grupo 1985, encargán- 
dole la previsión imaginativa de lo que podría 
ser el mundo veinte años después; este grupo 
despertaba legítimas esperanzas en su labor, ya 
que estaba compuesto por destacadas persona- 
lidades del país en el terreno intelectual, políti- 
co, sociológico, científico, cultural, pero desgra- 
cidamente las realizaciones fueron decepcio- 
nantes, al haberse trabajado aisladamente y no 
en conjunto, así como al no convocar hombres 
jóvenes que hubieran recogido los criterios de 
su generación. El intento resultó infructuoso. 
Paralelamente, en las grandes organizaciones 
estatales de programación se ha obtenido un 
buen grado de refinamiento en lo concerniente 
a las previsiones a corto plazo, pero no es igual 
en las previsiones a medio y largo plazo, por lo 
que sigue siendo muy relativa la eficacia última 
de unos planes trazados para el presente y el 
futuro inmediato, desvinculados de los objeti- 
vos mediatos que debe perseguir la sociedad. 

En Estados Unidos la captación del error que 
supondría el desarrollo sin ocuparse de su di- 

50 



rección y finalidad a distancia ha llevado a unos 
primeros pasos para encauzar más atinadamen-. 
te el esfuerzo de investigación. Por consiguien- 
te, empieza a no incidirse exclusivamente en las 
ciencias de la naturaleza y en las técnicas de 
rendimiento económico instantáneo, procurán- 
dose aumentar las consignaciones financieras y 
efectivos humanos en la investigación de las 
ciencias sociales y humanas, a la vez que se re- 
forman los sistemas de enseñanza de científicos 
e ingenieros para que dispongan de una forma- 
ción humanista que es reconocida teóricamente 
como base capital del progreso. Ahora bien, la 
política científica que no polarice la investiga- 
ción en física, matemáticas, biología, electró- 
nica, etc., dedicándose a la innovación en gene- 
ral, se encuentra todavía en una fase embrio- 
naria. Es una idea que está gestándose; lo que 
perdura y predomina es el inmovilismo de las 
estructuras de poder y la falta de interés por 
dar rumbo dinámico a las dos grandes fuerzas 
— la innovación social y la innovación científi- 
ca — que subterráneamente originan el obsole- 
tismo de una sociedad de consumo condenada 
a desaparecer dada su carencia de fondo moral 
e ideológico. 

La situación de la que Marcuse llama socie- 
dad industrial avanzada es desoladora: el ince- 
sante incremento de máquinas que únicamente 
se destinan, y no siempre, al bienestar econó- 
mico; el ensanchamiento de la sima entre los 
países ricos y pobres, entre los sectores privi- 
legiados y los desfavorecidos; la vulneración 
sistemática de normas morales proclamadas 

51 



como puntales imprescindibles; el arrincona- 
miento de cada individuo en sí mismo para 
hacer frente, con notoria debilidad, a la pre- 
sión de la estructura social y de los medios de 
comunicación que persiguen homogeneizar las 
aspiraciones y cloroformizar la posibilidad de 
crítica. 

Una regulación dictatorial de la sociedad, 
mucho más rigurosa que el rudimentario uso 
de la violencia física por las dictaduras políti- 
cas clásicas, se ha extendido en el horizonte. 
Quien no acepta las relaciones de puro poder 
que dominan el sistema social de la democra- 
cia de consumo y del comunismo no tiene otra 
perspectiva práctica que conformarse con la vía 
profesional y privada que le haya tocado en 
suerte, quedando excluido de la probabilidad de 
participar en los cometidos de repercusión pú- 
blica. 

Hombres dominados por máquinas y alian- 
zas de los intereses establecidos, estallante dis- 
ponibilidad de medios tecnológicos cuya utili- 
dad real para el individuo se admite sin 
medirla, ataque consciente o inconsciente a 
los valores, tal sería la síntesis de la civilización 
occidental en su ocaso. El hecho de que el Es- 
tado democrático o totalitario no haya sido ca- 
paz de una mejor sensibilidad para superar ese 
estado de cosas se explica por el deteriorado 
ambiente social. La atonía, la resignación o la 
desesperación ciegas es lo que rige la vida de 
las naciones. Rememorando el tópico de que 
cada pueblo tiene el gobierno que se merece, 
podríamos decir que el hombre de hoy ha lle- 

52 



gado al vacío y al fracaso íntimo por no haber 
sabido engrandecerse mientras agranda su dis- 
positivo económico y técnico. En el arranque 
de la odisea exclamaba Zeus, refiriéndose a 
Egipto, que los mortales culpan a los dioses de 
las cosas malas que les vienen, cuando son ellos 
quienes se atraen con sus locuras los infortu- 
nios no decretados por el destino. La deidad 
de los ojos de lechuza, Atenea, símbolo de la 
sabiduría, le respondió que Egisto yacía en la 
tumba por haber padecido una muerte muy 
justificada y dice que así perezca quien obre de 
semejante modo. 

En el verano de 1968 pasé unos días en el 
parador de turismo de Riaño, en la provincia 
de León. Por una carretera cuyo asfalto había 
sido destrozado en los rigores del invierno, su- 
bía mi automóvil penosamente el puerto de San 
Glorio, entre altas montañas agrestes, despo- 
bladas, ofreciendo un paisaje grandioso en su 
salvaje y áspera pureza. Al otro flanco del 
puerto me detuve en un pueblecito, la villa de 
la Boca de Muérgano. Un puñado de casas, una 
ermita y una pequeña iglesia ponían la nota 
humana en la verde tierra de pastizal. Allí me 
contó un campesino que la villa no tenía ya más 
de 60 habitantes, por una miseria secular que 
hacía emigrar a los jóvenes. Pronto se esfuma- 
ría lo poco que quedaba. A ocho kilómetros 
estaba Riaño y, a su alrededor, flanqueada por 
los puertos del Tamo y del Pontón, una dente 
campiña que regaba el Esla y mil corrientes 
albergaba otros pueblecitos cuyos nombres mis- 
mos quizá pasarían a las sombras cuando fue- 

53 



sen sumergidos por las aguas al terminarse la 
construcción de un pantano comprimido entre 
elevados riscos. 

La silenciosa y magna quietud de una natu- 
raleza donde el verdor de los valles y el gris y 
blanco de los montes se tornaban en azul al 
anochecer, durante los cortos meses de prima- 
vera y verano, se convertía en fragor de tem- 
pestades y silencio de nieves el resto del año, 
aislando a las contadas familias de la comarca. 
Así podría comprenderse las razones de unas 
palabras que oí al humilde párroco de Riaño, 
partícipe del drama de un abandono de siglos 
que iba a consumarse con el exilio forzoso de 
los moradores de la tierra. Tomando el pasaje 
de los evangelios en que Jesucristo llora por la 
ingratitud de Jerusalén, profetiza su destruc- 
ción y lanza a los mercaderes del templo, el 
sacerdote recordaba que, mientras el hombre 
puede recibir su premio o su castigo en este 
mundo o en el más allá, cada sociedad es estric- 
tamente terrenal y verá su obra recompensada 
o penada aquí. En todo momento hay seres 
dignos o corrompidos, aunque nunca de una 
forma total, más unos y otros tienen un destino 
ultramundano y no están marcados necesaria- 
mente por el signo de la sociedad en que viven. 
Por el contrario, una sociedad concreta puede 
alcanzar un punto de intrínseca injusticia y 
perversión; luego, en virtud de su temporali- 
dad, es preciso atacarla como tal y terminar 
con ella, puesto que su destino se cumple entre 
nosotros. Específicamente se refería a la socie- 
dad actual, que proclama el progreso y la cul- 

54 



tura en tanto se ha corrompido, ha perdido la 
conciencia del amor y se ha hecho inhumana. 
Lo que hubiera parecido una ridicula retórica 
en lugares más sofisticados, racionalistas, có- 
modos y, sobre todo, más acostumbrados a ju- 
gar con las ideas mientras dejan consolidarse 
las estructuras opresivas a condición de que 
obren eficaz y ordenadamente, cobraba since- 
ridad y realismo en la acusación de aquellos 
hombres hacia una sociedad que repudiaba e 
ignoraba el amor al semejante para montar la 
relación humana en función de la utilidad del 
sistema económico. Farisaica o agnóstica en lo 
religioso, hedonista en lo moral, represiva en 
lo político, la sociedad capitalista del Este y 
del Oeste mantiene aún sus privilegios mientras 
el Tercer Mundo, ese Tercer Mundo que no está 
enclavado solo en África, Asia e Iberoamérica, 
sino que se halla en todos los sectores sociales 
y regiones que sufren calamidades y sojuzga- 
miento, contempla los infraproductos humanos 
de las urbes industrializadas. La libertad, como 
liberación de los atentados al ansia de expan- 
sión de las personas aherrojadas por una es- 
tructura social mecánica e inanimada, es la me- 
jor respuesta posible que ha de encontrar la 
nueva civilización. 



La rebelión juvenil 

Dentro del contexto de un sistema social co- 
rrompido, se achaca a la juventud actual ser 
una generación dominada por una actitud crí- 



55 



tica lindante en la psicopatía; pero en realidad 
acaece que es aquel sistema social quien ha des- 
truido la confianza en los valores tradicionales, 
pretendiendo centrar la existencia en la como- 
didad material. Los jóvenes contestarlos postu- 
lan la revisión a ultranza y los dirigentes socia- 
les reaccionan con el inmovilismo. La creativi- 
dad tecnológica, única consecución del sistema 
imperante, va acompañada por la impotencia en 
sensibilidad y en formulación de empresas co- 
munitarias susceptibles de movilizar la adhe- 
sión popular. Lógicamente, muchos jóvenes se 
lanzan a la protesta contra la filosofía del bien- 
estar con que se ha querido encauzarles; el 
espíritu burgués es cuanto puede presentarles 
la sociedad industrial, cualquiera que sea el 
bloque político a que pertenezca. 

De hecho, en los países ricos la generación 
que ha rebasado los cuarenta años se formó en 
guerras y cataclismos públicos de todo género; 
el recuerdo de esa experiencia, la amargura de 
las duras circunstancias que atravesó, le ha 
conducido a querer ahorrar a sus hijos la re- 
petición de tantos infortunios y colmarles de 
facilidades. La sorpresa e incertidumbre que le 
causa ver el distanciamiento violento o pacífico, 
pero casi siempre radical, de una juventud así 
mimada, es un espectáculo penoso. Pero los he- 
chos son innegables, como innegable es la res- 
ponsabilidad de los que olvidaron el anhelo de 
ideales consustancial en los jóvenes. ¿Podían 
reemplazarlo los automóviles utilitarios, el di- 
nero, el señuelo del progreso material como un 

56 



fin en sí mismo? Los que lucharon en el Ebro, 
en el Volga, en Dunquerque, en Okinawa, cuan- 
do tenían veinte años, pensaron que la asepsia 
política era la fórmula oportuna para los des- 
cendientes que, al llegar a la misma edad, tratan 
como menores incapaces de desarrollar una 
personalidad propia. Sin embargo, esta equivo- 
cación sería una anécdota, repetida infinitas 
veces en el pasado, si no hubiera ocurrido algo 
mucho más grave: la aparición de unas estruc- 
turas sociales mecanizadas donde ha sido ba- 
rrida la función de los valores, poniéndose como 
todo objetivo el aumento del bienestar a través 
de los instrumentos de la productividad y el 
consumo. Tal ha sido la estrechez de miras de 
las políticas gubernamentales y del sistema so- 
cial, empecinándose en vivir al día y en renun- 
ciar al reforzamiento y creación de grandes 
principios rectores. 

En el desmayado curso de unas políticas ata- 
cadas de arteriosclerosis ha surgido, pues, la 
rebelión de la generación joven y la consiguien- 
te respuesta intolerante de los poderes públicos 
conservadores, a los que apoya la inmensa ma- 
yoría de unas masas que defienden con uñas y 
dientes su relativa comodidad, educada bajo el 
clima de cansancio y horror que trajo la Se- 
gunda Guerra Mundial. 

Con la intención de proyectar políticamente 
los difusos sentimientos de la juventud contes- 
tataria, lanzó Robert Kennedy una grave re- 
quisitoria que condensa el libro Hacia un mun- 
do mejor, punto de partida de la campaña presi- 

57 



dencial cortada por su asesinato. Probablemen- 
te lo más destacado de estas páginas es la cita 
de las manifestaciones de un representante es- 
tudiantil en la universidad de California: «He- 
mos pedido que se nos oiga. Os habéis negado. 
Hemos pedido justicia. Lo habéis llamado anar- 
quía. Hemos pedido libertad. Lo habéis llamado 
libertinaje. En vez de enfrentaros con el miedo 
y la desesperanza que habéis provocado, nos 
habéis calificado de comunistas. Nos habéis 
acusado de no utilizar caminos legítimos. Pero 
sois vosotros quienes nos habéis cerrado esos 
caminos. Vosotros, no nosotros, habéis levan- 
tado una universidad basada en la desconfian- 
za y en el fraude.» Es imposible resumir mejor 
el modo de pensar de una parte de los jóvenes 
que van a entrar en los puestos de mando du- 
rante el próximo decenio. 

Procede añadir literalmente algunos párrafos 
esenciales del análisis que presenta Kennedy, 
aplicables íntegramente tanto a nuestro país 
como a la civilización occidental entera: 

L «La brecha que separa a las generaciones 
empieza de pronto a ensancharse y los viejos 
puentes que sobre ella se extendían comienzan 
a derrumbarse.» 

2. «Vemos más claro el repudio en la apa- 
rición de esta especie de cultura subterránea 
que nace entre la juventud. Su esencia se basa 
en que toda participación en las cuestiones pú- 
blicas es puro negocio; que el poder corrompe 
irremisiblemente y que no existe otra salvación 
que la adopción de un nuevo estilo de vida... 
Estas comunidades son reducidas, pero existe 

58 



un sector mucho mayor de la juventud que 
simpatiza con su mensaje de extrañamiento y 
desilusión, aun cuando reniegue de su aparta- 
miento absoluto.» 

3. «Todavía repugna más a la juventud, 
como ha repugnado a todos los moralistas a lo 
largo de miles de años, la ética que lo juzga 
todo de acuerdo con el provecho que puede re- 
portar. Han visto nuestros jóvenes a los altos 
dignatarios de las corporaciones conspirar para 
fijar precios. Han intuido que el delito organi- 
zado, todo un imperio de corrupción, de codicia 
venal, de extorsión, sigue proliferando, y no ya 
de una forma tolerada, sino aliado a menudo a 
significativos elementos del mundo del trabajo, 
de los negocios y del propio Gobierno. E inclu- 
so, por penoso que a los liberales les resulte 
reconocerlo, tampoco se sienten satisfechos con 
las instituciones liberales. Piensan que el tra- 
bajo se ha suavizado y burocratizado con el 
poder, algunas veces abiertamente discrimina- 
dor, en ocasiones corrupto y explotador inclu- 
so: una fuerza que no tiende al cambio, sino al 
«statu quo», remisa, incapaz de formar gente 
nueva, indiferente ante los hombres que traba- 
jan en las minas de carbón de los Apalaches, 
ante las luchas de los recolectores de uva de 
California o de los campesinos del delta del 
Mississipi.» 

4. «Si sumamos a la falta de sinceridad y a 
la ausencia de diálogo lo absurdo de la política, 
comprenderemos por qué tantos de nuestros jó- 
venes han pasado de comprometerse a desinte- 

59 



resarse, de hacer política a la pasividad, de la 
esperanza al nihilismo.» 

5. «Al proceder así, hemos provocado entre 
las generaciones separaciones que irán aumen- 
tando con el transcurso del tiempo, cambios de 
valores, de actitudes y de opiniones, que se 
producirán cada vez con mayor rapidez. Pero 
la continuidad de valores, las creencias com- 
partidas, son de importancia vital para toda 
sociedad. La posibilidad de solución debe co- 
menzar con el diálogo, que es algo más que la 
libertad de poder hablar. Es la buena disposi- 
ción para escuchar y actuar. Porque la juventud 
se hace eco del mismo descontento común a sus 
progenitores, suscita cuestiones que, en todo 
caso, nos afectan directamente. Porque exige la 
observancia de ideales voceados en el curso de 
los siglos, no hace sino adoptar la función de los 
antiguos profetas.» 

6. «Cada generación tiene una preocupación 
primordial, ya sea la de acabar ima guerra, la 
de borrar una injusticia racial o la de mejorar 
la situación del obrero. Parece que la preocupa- 
ción que ha elegido nuestra actual juventud sea 
la dignidad del ser humano. Esta juventud exi- 
ge la limitación del poder excesivo. Exige un 
sistema político que proteja la comunidad en- 
tre los hombres. Exige un gobierno que hable 
abierta y honradamente a sus ciudadanos.» 

Diversos sondeos de la opinión pública en 
los países industriales, como en España, reve- 
lan que, estadísticamente, un porcentaje mino- 
ritario de la juventud universitaria muestra 
interesarse en los asuntos políticos y, de ellos, 

60 



no todos coinciden, por supuesto, en la actitud 
revisionista; la proporción disminuye aún más 
en los jóvenes obreros y es ínfima en el cam- 
pesinado. Ahora bien, ¿cómo ignorar la tras- 
cendencia y gravedad que para el futuro encie- 
rran las masas de «hippies» que huyen de sus 
hogares, el recurso a un escapismo que incluso 
llega al hundimiento en las drogas, el desen- 
canto y pesimismo de los más sanos? ¿Cómo 
rehuir la acusación de tales actitudes o, tam- 
bién, el empuje de los millones de jóvenes pre- 
parados que reclaman mayor sinceridad y vita- 
lidad? De otro lado, la mayoría absoluta de 
empresarios, técnicos y obreros no desea cam- 
bio sustancial alguno. Para muchos, lo que 
cuenta es el apego a la comodidad, la forma 
más favorable de resolver los problemas indi- 
viduales; para casi todos, las reivindicaciones 
estudiantiles, los gustos de los jóvenes, las ad- 
vertencias de un puñado de políticos, moralis- 
tas o científicos son expresiones típicas de los 
pocos años, especulaciones pedantescas o sos- 
pechosas ambiciones. Continúa al día lo que 
escribió Unamuno en el prólogo a la Vida de 
Don Quijote y Sancho. Una cosa es la murmu- 
ración crítica en un salón y el agudo sarcasmo 
con que se zahiere a los dirigentes, y una muy 
distinta es la falta de ánimo que se advierte 
para emprender en equipo tareas innovadoras, 
la amable sonrisa con que se reciben las ideas, 
los pretextos innumerables con que se niega la 
participación en cualquier cometido que no 
lleve aparejado el lucro económico o social. No 
cabe engañarse: escasísimos son los ya situa- 

61 



dos en el engranaje profesional normal que se 
comprometan de hecho en la innovación. La 
palabra riesgo está borrada del diccionario bur- 
gués y únicamente renace en las situaciones de 
catástrofe o cuando se amenaza — o se cree ver 
amenazada — la seguridad de los intereses esta- 
blecidos. En los círculos de profesionales, cada 
uno busca en los deberes de su puesto de tra- 
bajo la excusa conveniente para inhibirse de 
los problemas comunitarios de índole sociopo- 
lítica. En España como en otros Estados, estos 
profesionales ofrecen un balance positivo en un 
aspecto importantísimo: han contribuido bási- 
camente a modernizar el país, desde la Admi- 
nistración Central hasta la industria y los ser- 
vicios, siendo artífices del despegue económico. 
Pero, políticamente, los profesionales de treinta 
a cuarenta y cinco años son una «generación 
sandwich», colocada entre los que hicieron la 
guerra y los que empujan para dar un rumbo 
diferente a la sociedad. Más eficaces que ningu- 
na otra generación del pasado, en lo que res- 
pecta al progreso material, ha sido tan anodina 
su función en el desarrollo de valores morales 
y en la adopción de ideales, que pasará a la 
historia como ejemplo de buenos organizadores, 
sin más calificación. 

Es indudable que esta labor era fundamental. 
Después de un largo tiempo de querellas infruc- 
tuosas y de dar el país una imagen de impoten- 
cia congénita para las actividades económicas 
y técnicas, la generación aludida ha demostra- 
do que España podía incorporarse al llamado 
universo tecnológico, no reduciéndose a ser una 

62 



I 



cuna de sueños y convulsiones espirituales. Sin 
embargo, una vez dotados de la infraestructura 
de que carecíamos, ante una nueva civilización 
que requiere simultáneamente la continuidad y 
potenciación de la revolución científica con un 
formidable impulso creativo en el orden de las 
ideas matrices, parece llegado el momento de 
un giro radical en la dirección del esfuerzo que 
tiene encomendado el pueblo. Porque preciso 
es recordar que en las épocas de tensión y de 
grandes objetivos, la tradición española enseña 
que nada serio es posible con una estructura 
compuesta por una minoría mandando en una 
masa amorfa, sino por una integración popular. 

En esa línea, por mucho que las estadísticas 
hablen del exiguo número de jóvenes conscien- 
tes de la necesidad de acción política, es irreba- 
tible que dicho número irá creciendo rápida- 
mente. La juventud es, en suma, no el semillero 
de inquietud de los intereses establecidos, sino 
el resorte del futuro de innovación, como supo 
entrever Kennedy y puede comprobar cualquie- 
ra que conozca sin prejuicios malsanos la so- 
ciedad actual. Contiene la única esperanza de 
contrarrestar el peligro mortal que representan 
para la humanidad el capitalismo y el maoísmo. 

Leemos y oímos con frecuencia que el obje- 
tivo de nuestra época es la seguridad. En efecto, 
en España, en Francia, en Italia, en los Es- 
tados aburguesados en sus formas de vida, es 
el orden — o su equivalente de seguridad — lo 
que esgrime triunfalmente el «establishment», 
a la hora de las votaciones, como prueba de su 
superioridad. Natural es que lo haga, especial- 

63 



mente cuando la oposición está integrada por 
líderes desprestigiados o sin experiencia, con 
programas trasnochados e inscritos también en 
ideas y fraseologías caducas, rezumantes de re- 
sentimiento; la zona silenciosa, sin elementos 
de expresión en muchos países, tiene que limi- 
tarse a presenciar lo que es un contraste entre 
dos vacíos ideológicos que, a veces, recurren a 
la violencia para solventar sus discrepancias. 
Excepto en crisis de extrema gravedad, en que 
quedan al garete los centros neurálgicos de la 
Administración Pública, lo que se impone es el 
«establishment», como una estructura de enten- 
dimiento implícito entre los grupos detentado- 
res del poder, cuyo interés primordial es hacer 
subsistir tranquilamente sus privilegios, y la 
gran mayoría de la población, cuyo deseo es 
conseguir que el «pañis et circensis» sea lo más 
satisfactorio posible. De esa manera, la paz va 
empobreciéndose de contenido, se anquilosa 
paulatinamente y llega a ser una siesta. Aburri- 
miento, embotamiento de mente, desconfianza 
o ira hacia quienes tratan de perturbar la som- 
nolencia, sexualización, fijación del dinero como 
supremo valor, comedimiento y ambigüedad en 
las expresiones para el general contento, admi- 
nistrativismo de la existencia colectiva: tal es 
el escandaloso fruto que producen los últimos 
coletazos de la moribunda sociedad industrial 
en que ha parado la civilización occidental. 

«Hemos pedido que se nos oiga. Os habéis 
negado. Hemos pedido justicia. Lo habéis lla- 
mado anarquía. Hemos pedido libertad. Lo ha- 
béis llamado libertinaje.» Las palabras del des- 

64 



conocido estudiante de California son compar- 
tidas potencialmente, sin embargo, por el sector 
cualitativa y cuantitativamente más importan- 
te del planeta: los estudiantes que se revuelven 
con un aparente negativismo pendiente de en- 
cauzar, los que se resisten a verse incluidos en 
el sistema de los intereses del sistema social de 
consumo, los cientos de millones de hombres 
que están abandonados en el subdesarroUo eco- 
nómico y cultural y que pueden reaccionar en 
cualquier momento, los pueblos que parecen 
apartados de la historia y sentirán la urgente 
tentación de volver a ponerse en marcha. Aquí 
radica la justificada preocupación de los que 
se han empeñado en prolongar una civilización 
convertida en granja de animales. Tienen dos 
salidas: el endurecimiento de sus estructuras, 
reprimiendo por todos los medios los esfuerzos 
de innovación, o el adormecimiento de los re- 
beldes esperando el desgaste del tiempo y de la 
comodidad. Es un cálculo erróneo. En primer 
lugar, ellos mismos han atravesado una fase 
de la existencia en que poseían ideales, arries- 
gaban incluso su seguridad física en los campos 
de batalla, obedecían la ley connatural de lu- 
char por un. mundo mejor. Así, su fuerza moral 
es nula, en cuanto saben que no tienen derecho 
a imponer a sus descendientes una férrea ar- 
madura que les quite la aspiración a crear, a 
forjarse su propia personalidad. Luego, el gran 
interrogante de los dirigentes de calidad no es 
la oportunidad de mantener una opresión que, 
por simple razón biológica, está condenada al 
fracaso, como fracasaron a la larga o a la corta 

65 



todas las Santas Alianzas, sino hallar nuevas 
vías que, superando y no destruyendo, sustitu- 
yan a las que ha cegado el torrente de los acon- 
tecimentos de la etapa última. El más leve exa- 
men de la caótica, pero innegable, diversidad 
de actitud, conductas y ansiedades de la joven 
generación y de quienes se han apartado volun- 
tariamente de las oportunidades de mando, in- 
dica que es inevitable el cambio del sistema 
social, siendo mejor ayudarlo con el diálogo 
que detenerlo con compuertas y aguardar a 
que estas sean derribadas dando lugar a la 
anarquía o a otros despotismos que contarían 
con el ingente instrumental de la moderna tec- 
nología. 



El espíritu de innovación 

Estamos en el centro de un auténtico paro- 
xismo de confusión y expectativa, en el que 
crece sin cesar el desequilibrio psíquico colec- 
tivo. Síntomas del mismo, junto con incontables 
datos que prueban la acritud e insolidaridad 
imperantes, son en los países industrializados 
tres actitudes igualmente dañinas: el inmovilis- 
mo y despliegue del aparato represivo de los 
grupos reaccionarios y conservadores, temero- 
sos de unas conmociones que no alcanzan a 
comprender y que consideran un riesgo intolera- 
ble para el orden; los movimientos sediciosos 
que sistemáticamente emplean la crítica negati- 
va y detectan con certero instinto los fracasos 
del sistema, pero carecen de programas coheren- 

66 



tes con los cuales sería factible obtener la con- 
fianza pública y garantizar una reforma dinámi- 
ca capaz de impulsar el progreso; y la profunda 
atonía de la gran mayoría de la población, que 
solo por inercia y a fuerza de intensificarse la 
propaganda con los instrumentos de comunica- 
ción en masa participa, sin fe ni constancia, en 
las políticas coyunturales de los Gobiernos, aun- 
que siente tal repulsa a las presiones contradic- 
torias de las circunstancias que se recluye nor- 
malmente en el círculo de la intimidad y de la 
actividad profesional. Unos son los más culpa- 
bles, porque disponen del poder y han perdido 
imaginación para emplearlo en reformas a fon- 
do; otros no saben lo que proponer seriamente, 
postulan un precipitado corte generacional del 
que se aprovechan los líderes oportunistas o, 
indirectamente, los miembros de las estructu- 
ras dominantes, conocedores de su ineficacia y 
de la probabilidad de manipular las algaradas 
como pretexto para edificar nuevas barreras 
defensivas de sus intereses; y los restantes 
aceptan la existencia en una masa amorfa, sin 
percibir la falta de autorrespeto que implica 
contentarse con el relativo bienestar material. 

Pese a todo, la visión de lo que está ocurrien- 
do no debe justificar un pesimismo que sería 
la peor de las equivocaciones. 

En primer término, va surgiendo una tenden- 
cia a la innovación, que ineluctablemente pre- 
cipitará el fin de la sociedad en decadencia. 
Además, la propia fase de declive de aquella 
está echando las raíces de un futuro promete- 
dor. Por ejemplo, en nuestro país — como en 

67 



muchos — el desarrollo económico ha traído 
una transformación social cuyos efectos empe- 
zamos a palpar. Ese aumento del nivel de ri- 
queza es algo más hondo que la posesión de los 
medios derivados de la industrialización de es- 
tos años, puesto que lleva aparejada una diná- 
mica social alejada de la reciente estratificación 
de clases, una alteración de los comportamien- 
tos colectivos que tiene muchos aspectos favo- 
rables, un incremento sustancial del número de 
universitarios, una mejora visible en la prepa- 
ración de los obreros, una modernización de los 
métodos de trabajo; por encima de todo des- 
taca, en efecto multiplicador, la expansión de 
la enseñanza, aún más trascendental que la su- 
bida de la renta por habitante, la producción 
de acero y electricidad, la disminución de la 
población empleada en la agricultura. Por otra 
parte, si ponemos como punto de mira las con- 
secuciones de las economías más avanzadas, se 
comprueba inmediatamente que la exploración 
espacial, los ordenadores electrónicos, la ener- 
gía nuclear, el pase a la fase postindustrial, 
responden a una efervescencia del espíritu, a 
una recóndita pero vigorosa búsqueda de ideas 
que modificarán el curso de la humanidad. 
Como han señalado los principales pensadores 
de las culturas aparecidas en la historia, distin- 
gue al hombre de las demás especies su necesi- 
dad infinita de conocimientos, que es precisa- 
mente lo que constituye el mundo de lo humano, 
lo que Bakunin traduce como el mundo de la 
libertad; de modo que, según nos adentramos 
en la comprensión de la naturaleza y en su con- 

68 



trol técnico, el afán de realizar la libertad con- 
creta, no tolerando el papel de engranajes de 
una máquina inanimada y persiguiendo la defi- 
nición de ideas en permanente renovación, es 
una ley que nadie ni nada detiene. 

La industrialización desencadenó un pro- 
ceso evolutivo cuyas etapas resultan claras: 
aumento constante de producción, moderniza- 
ción tecnológica, automatización y racionaliza- 
ción, sustitución del esfuerzo muscular en el 
trabajo por una especialización donde la inteli- 
gencia y el adiestramiento profesional son ca- 
pitales, demanda incesante de técnicos para 
desempeñar puestos cada vez más complejos, 
política de enseñanza para atender las necesi- 
dades de la producción, acceso consiguiente a 
la educación por las masas antes apartadas de 
ella, aplicación de la investigación a las ciencias 
sociales y humanas, aparición del humanismo 
en el conjunto de la sociedad como réplica a la 
estandardización y robotización que se halla en 
la base del mecanismo de consumo. Como re- 
mate, la rebeldía y la innovación. 

El instante actual es propicio a la reivindi- 
cación social y a la acción innovadora; está cru- 
zado por corrientes paradójicas que apenas 
pueden sintetizarse, y también es uno de los 
más apasionantes que haya vivido la humani- 
dad. El desarrollo económico y tecnológico tie- 
ne repercusiones positivas, además de la me- 
jora del bienestar, porque contribuye a la eman- 
cipación respecto de los imperativos primarios 
y nos permite lanzamos a la utilización del po- 
der mental. En definitiva, se está dando un gran 

69 



salto en el camino de la libertad concreta del 
hombre, que implica liberación económica y 
libertad en su acepción ética, jurídica y políti- 
ca. Así es factible observar ya la continuidad 
del progreso tecnológico al lado de la captación 
paulatina de este gigantesco fenómeno históri- 
co que es la nueva civilización. Teilhard de 
Chardin decía: «¿Qué erupción es comparable 
a la explosión humana?» Con su clarividencia 
genial había adivinado la reconversión espiri- 
tual que iba a sufrir el hombre en estos dece- 
nios. De hecho, una generosa preocupación por 
descubrir nuevos sistemas de pensamiento y 
formas de convivencia social late bajo la super- 
ficie de las incomprensiones y desilusiones de la 
hora presente. Podemos contemplarlo en las 
obras de los más destacados filósofos y cientí- 
ficos, en los manifiestos de las procedencias 
más dispares. El que se disienta en las formu- 
laciones propuestas es secundario ante la evi- 
dencia de una conmoción que se abre paso. 
Y, en el terreno religioso, poco puede ser más 
esperanzador — pese a las incertidumbres de 
cualquier cambio — que la vivida posición to- 
mada por el cristianismo, cuya espiritualidad y 
ebullición rememoran el vigor de los tiempos 
de Pedro y Pablo. Estamos, pues, ante una se- 
rie de factores que coadyuvan al sentido huma- 
no de la civilización que empieza a configu- 
rarse. 



70 



CAPITULO II 

PROYECCIONES SOBRE LA NUEVA 
CIVILIZACIÓN 



Génesis de la civilización planetaria 

La nueva civilización tiene su plataforma 
en la interdependencia irreversible que ha ido 
trabándose entre todos los pueblos desde el 
término de la Segunda Guerra Mundial. 

En el orden político, esta interdependencia 
se ha producido por el efecto multiplicador de 
la descolonización. Regiones enteras que antes 
no conseguían acceso a las decisiones interna- 
cionales cuentan ya con personalidad jurídica 
propia y, de un modo u otro, cualquiera que 
sea su nivel de riqueza, hacen sentir su presen- 
cia histórica. Aun como simple factor de pro- 
testa, como votos en las Naciones Unidas y en 
los demás organismos multilaterales o como 
elemento de subversión, lo que ocurre en Ya- 
karta, La Habana, Salisbury, Lagos o Saigón 
repercute inmediatamente en la teoría de los 

71 



juegos que se desarrolla por las superpotencias 
y los Estados industriales. 

Paralelamente, no hay duda de que nos en- 
contramos en una fase de interrelación cada 
vez más intensa en el terreno económico. Los 
intentos de plasmar en bloques cerrados las ten- 
dencias integradoras han obtenido un éxito 
muy pequeño, pero, a pesar de la limitación de 
los resultados del Mercado Común, Comecon, 
etcétera, y de la falta de coordinación en el in- 
terior de vastas zonas geográficas, la economía 
internacional está siendo sustituida por una in- 
terpenetración mucho más compleja. En efec- 
to, el propio mecanismo de los países de alto 
grado de capitalización no les permite centrar- 
se en la recepción de materias primas a precios 
fijos y en la exportación de productos indus- 
triales, porque el déficit crónico de la balanza 
de pagos de los países deprimidos acabaría anu- 
lando su capacidad de compra en el exterior. 
Si a ello se añade que los mercados nacionales 
no bastan a la ley de la doble búsqueda de la 
expansión y la seguridad, que rige el funciona- 
miento de las grandes empresas industriales, la 
conclusión es que estas tienden aceleradamen- 
te a situar centros de gestión y producción en 
varios Estados, aunque controlen su marcha y 
sus beneficios. 

Hay una extraña e importante característica 
del sistema económico: la necesidad de un ili- 
mitado progreso tecnológico — que exige inver- 
siones incesantes para la modernización deri- 
vada de la competencia — y el acrecentamiento 
de mercado que supone el alza de la renta «per 

72 



capita», también teóricamente indefinido mien- 
tras no advenga una quiebra financiera o una 
guerra. Eso hace que las grandes empresas de 
la estructura industrial o postindustrial sean 
forzosamente imperialistas, en cuanto, como 
todo imperio, tienen que crecer o morir. Y al 
igual que los imperios políticos subsisten en 
constante pugna con otros imperios o con mo- 
vimientos que tratan de aniquilarlos, las gran- 
des empresas viven en una tensión interna tan 
intensa que suele quemar en breve plazo el sis- 
tema nervioso de los directivos. Como resumen, 
diríamos que el imperialismo consustancial a 
las organizaciones capitalistas les lleva al avan- 
ce ininterrumpido de la producción, en perma- 
nente renovación de máquinas y métodos. Esta 
exigencia de invertir, producir y ganar más y 
más, para invertir y hacer frente a la compe- 
tencia, es imposible sin contar con la corres- 
pondiente ampliación del mercado de consumo, 
que deben promover al máximo. Bajo tales tér- 
minos, por primera vez empiezan a ocuparse 
de «poner en órbita» a la población de los paí- 
ses pobres, dado que la polarización de sus 
actividades en el mercado de las zonas indus- 
triales no es una garantía de futuro. Cierto es 
que la inestabilidad de los nuevos Estados en- 
cierra una amenaza obvia de nacionalización y 
de otros medios de apoderamiento de las in- 
versiones, pero se compensa el riesgo con la 
rapidez de los beneficios; además, dichas inver- 
siones se llevan a cabo cautelosamente y, por lo 
común, se refieren a excedentes de capital cuyo 
uso en territorios marginales no debilita el des- 

73 



arrollo de las naciones industriales, abriendo 
siempre perspectivas de nuevos mercados de 
consumo con la protección de los Gobiernos 
fuertes. Existe, finalmente, un motivo comple- 
mentario que apoya la infiltración de capital en 
las zonas depauperadas: la superabundancia de 
recursos financieros redunda, a la larga, en in- 
flación y desequilibrio monetario, lo que justi- 
fica, por ejemplo, las inversiones efectuadas en 
estos años por Estados Unidos, Alemania y 
Suiza. 

De esta suerte, la interdependencia económi- 
ca opera en dos frentes principales: la interpe- 
netración entre los Estados capitalistas y la pe- 
netración de aquellos en el Tercer Mundo para 
ampliar el mercado de consumo, diversificar 
sus válvulas de seguridad y asentar el vasallaje 
sobre una base más amplia que la del tráfico 
comercial. 

Ahora bien, con ser tan dinámica la evolu- 
ción política y económica, en estos procesos 
que se apuntan toscamente a vuela pluma, no 
conducirían en sí necesariamente a la aproxima- 
ción entre los pueblos. Es más, estando asocia- 
das al instinto primario del poder, la política y 
la economía operando al desnudo conllevan el 
germen del conflicto y de la disociación. No en 
vano la acción realista del político o del empre- 
sario parece tener lugar sobre la distinción 
entre amigo y enemigo, como subrayaba la doc- 
trina de Karl Schmidt; y si, en diversas defi- 
niciones, se dice que la esencia de la política 
radica en la transacción, en el arte de lo posi- 
ble, u otros conceptos similares, ello coincide 

74 



en afirmar implícitamente que la política es 
siempre una técnica de imposición de determi- 
nadas voluntades. Preferible es entender la po- 
lítica como una fijación de valores, pero sus 
profesionales lo desdeñan en la práctica. Al 
igual que la economía, es una competencia tan- 
to más dura e implacable cuanto más se des- 
preocupa del condicionamiento de los valores 
éticos. He aquí la inconsciente, o consciente, 
paradoja de la tecnocracia, que, obsesa por pro- 
clamar la muerte de las ideologías y por redu- 
cir la vida pública a una técnica de administra- 
ción eficaz, no comprende que la paz y el 
equilibrio se convierten en una meta utópica al 
barrerse los frenos morales sin los cuales la 
competencia funciona con la ferocidad subya- 
cente en la confrontación de intereses. 

Dos elementos dan sentido constructivo a la 
interdependencia política y económica: la cien- 
cia y el humanismo. 

La revolución científica y técnica va montan- 
do una superestructura, el llamado por algunos 
universo tecnológico, que puede significar el 
primer correctivo del nacionalismo, el imperia- 
lismo y los procedimientos de puro poder. Así, 
cualesquiera que sean los intentos de evitar la 
interdependencia mundial base de la nueva ci- 
vilización, pugnan con la realidad de una trans- 
formación que es, por esencia, universal e in- 
tegrante. 

El segundo factor es la conmoción de ideas, 
actitudes y comportamientos humanos. En este 
aspecto, aparecen múltiples fenómenos de in- 
certidumbre, confusión, choque entre las es- 

75 



tructuras establecidas y la rebeldía de cuantos 
sectores se alzan contra los mecanismos de cuyo 
envejecimiento están convencidos. Esta crisis 
de conciencia es típica de toda época histórica 
en que comienza a derrumbarse una civilización 
para dar entrada a otra. Su duración ha sido 
incluso de varios siglos, en el pasado, pero en 
virtud de la enorme velocidad de la evolución 
tecnológica y social de nuestro tiempo, es pro- 
bable que halle su desembocadura en el último 
tercio del siglo xx. Quizá ocurra no sólo por el 
gigantesco cambio de las condiciones materia- 
les de la existencia, sino principalmente por la 
corriente ya irreprimible de sublevación moral 
contra el materialismo y pragmatismo en que 
vienen a dar las estructuras originadas por el 
nacionalismo y el capitalismo. Es un clima psi- 
cológico a escala intercontinental. Si alguna vez 
podría haber vacilado acerca de su generalidad 
me hubiese bastado la experiencia directa reco- 
gida durante un simple mes — diciembre de 
1968 a enero de 1969 — en que visité Bangkok, 
Saigón y Berna; las conversaciones que man- 
tuve con personas de muy distintas situaciones 
sociales, razas, religiones y sistemas políticos 
me permitieron ver una pujante analogía de 
lenguaje y aspiraciones. 

¿Se trata de una convulsión pasajera, una 
especie de transitoria herejía intelectual, una 
moda, una insignificante disensión formal? Así 
querrían tranquilizarse los miembros más op- 
timistas de los grupos privilegiados, en tanto 
otros lo juzgan como una expresión de delin- 
cuencia y un ensayo de alteración del orden que 

76 



conviene contener con severidad. Sin embargo, 
el transcurso del tiempo hace que la remoción 
social sea una situación de creciente tensión 
de los espíritus cuya consecuencia es el brote de 
una civilización predestinada a sustituir los sis- 
temas sociales vigentes. Nada escapa al ambien- 
te de innovación. En el mismo seno del catoli- 
cismo asistimos a un embate cerrado entre los 
partidarios de llevar adelante el «aggiornamen- 
to» sin ninguna pausa y los que preferían un 
amplio plazo de reflexión, para equilibrar el 
trasvase de la tradición en la nueva civilización 
que todos presienten; y también presionan ac- 
tivamente muchos para quienes lo atinado sería 
que la Iglesia de la Encíclica «Populorum Pro- 
gressio» trazase una línea conservadora en al- 
gún modo parecida a la que se está imponiendo 
en la política oficial norteamericana, rusa y de 
varios países europeos. El conservadurismo en 
lo religioso y en lo temporal — que es algo dia- 
metralmente opuesto al sostenimiento y poten- 
ciación de los principios morales perennes — 
recuerda a los antiguos casinos cuyos socios de 
edad avanzada, acostumbrados a la atmósfera 
de los salones cerrados, accedieran a dejar abrir 
las ventanas y, asustados por el aire purifica- 
dor, las cerrasen en seguida herméticamente 
por miedo a quebrantar su salud de invernade- 
ro. Pero lo que está en juego no es cuestión de 
terapéutica ni de disquisiciones triviales, sino 
del contraste entre dos posiciones de las que 
depende el futuro de la humanidad: la defensa 
de unas estructuras que quieren sobrevivir, y 
una reivindicación condenada a la persecución 

77 



por aquellas, más confiada en su triunfo finaL 
Es una confrontación que va pasando de los 
tanteos a una lucha clara que implica a cada 
hombre. 

Subrayémoslo. La nueva civilización basada 
en la revolución espiritual, social y científico- 
tecnológica está siendo detenida por dos fuer- 
zas que procuran echar un manto de silencio 
sobre el mundo: el capitalismo y el maoísmo. 
A ellas pertenece aún el control político y eco- 
nómico del planeta. 

El sistema capitalista tiene su centro en los 
Estados industrializados del bloque soviético 
y del occidental, bajo la bipolaridad hegemóni- 
ca de Washington y Moscú. En uno y otro se 
produce idéntico grado de endurecimiento e 
inmovilismo, idéntico vaciado de contenido 
ideológico, idéntica imposición — con las armas 
o con métodos más refinados — de lo que no es 
sino conglomerado de intereses de poder caren- 
tes de fórmulas para satisfacer las necesidades 
del futuro, idéntica insistencia en el manteni- 
miento de ideas propias del pasado mientras la 
acción estatal se centra exclusivamente en los 
objetivos del desarrollo económico y militar. 

Dentro del núcleo de santuarios capitalistas, 
que se extiende desde San Francisco hacia Mos- 
cú, Tokio y Melbourne, tras la escisión entre los 
denominados mundo libre y mundo comunista, 
que condicionó la guerra fría, se va a un «statu 
quo» de entendimiento soterrado que ensaya- 
ría consagrar el reparto esbozado por los acuer- 
dos de Yalta; naturalmente, ello matizaría 
durante cierto tiempo la pugna selvática que 

78 



está en la medula de los entramados de intere- 
ses, agazapados en una recíproca vigilancia, que 
no estallará en un gran conflicto bélico mien- 
tras subsista el riesgo del espasmo nuclear. Lo 
que determina dicho «statu quo» es la alianza 
provisional, para la supresión del maoísmo y 
de los movimientos innovadores, entre los ca- 
pitalismos del Este y del Oeste, cuyos distinti- 
vos comunes son el ejercicio del puro poder y 
el reemplazamiento de los valores éticos por el 
principio de la productividad y el señuelo del 
bienestar relativo. 

Preciso es señalar que el capitalismo no se 
refiere, ni mucho menos, al conjunto de la so- 
ciedad de los países comprendidos en la men- 
cionada franja geográfica. Del mismo modo que 
debe rectificarse el concepto de Tercer Mundo, 
para no incluir en la misma temática a los se- 
ñores feudales, los grandes terratenientes, los 
multimillonarios que colocan sus capitales en la 
Banca suiza y norteamericana, junto a los cien- 
tos de millones que pasan privaciones en sus 
territorios, tampoco es admisible calificar de 
capitalistas a Estados Unidos, Alemania, Fran- 
cia, Suecia, Rusia. Nada tienen que ver con el 
capitalismo los agricultores, los obreros indus- 
triales, los pequeños empleados, los jóvenes 
universitarios, los centenares de miles de profe- 
sionales que han hecho realidades tales como 
los vuelos de los Apolo o los lanzamientos espa- 
ciales soviéticos, los tres millones de investiga- 
dores científicos que aproximadamente traba- 
jan ahora en el mundo, los artistas e intelectua- 
les, los moralistas y hombres de religión. 

79 



El capitalismo consiste en un mecanismo de 
poder y opresión, así como en una condición 
humana, la de todos los que en posesión de una 
riqueza muy superior al promedio en su país, 
o como tributarios conscientes puestos a su 
servicio, usan sus puestos para su enriqueci- 
miento personal, permiten la miseria de sus 
semejantes, colocan como supremos objetivos 
de su conducta real el dinero y el dominio, em- 
plean lo que tienen para hacer prevalecer su 
voluntad, arrojan migajas de sus bienes para 
rodearse de una fachada que esconda su inmo- 
ralidad, no cesan de exigir derechos y de recha- 
zar responsabilidades, convierten la sociedad 
en una jungla donde prevalecen sus intereses y 
la violencia de los séquitos de que se rodean, 
manipulan las leyes y las instituciones para que 
faciliten su provecho. Todo lo prostituyen. No 
hay cargo, por respetable que sea su cometido, 
que no utilicen como trampolín para satisfacer 
sus caprichos. En su impotencia cultural y 
mental, no se les alcanza de cada palabra o 
idea nobles más que la intuitiva certeza de que 
procede adjudicársela a fin de presentarse como 
dechado de virtudes. Son modelos de perver- 
sión y mentira. Probablemente, solo desde un 
punto de vista superior, merecen piedad; nun- 
ca, sumisión. 

Frente al capitalismo, el maoísmo persigue 
recoger el clamor de las zonas desfavorecidas; 
pero este heredero del stalinismo ruso tie- 
ne como finalidad otro mecanismo de dictadu- 
ra. Al igual que la estructura capitalista, detesta 
la personalidad individual y aplasta la libertad. 

80 



Entre ambos, el Tercer Mundo. Y, planeando 
por encima, la interdependencia que conduce 
a la civilización mundial. 



Las incertidumbres del futuro 

Cuando abordan el problema de la civiliza- 
ción occidental, al margen de la diferencia de 
criterios sobre los ciclos que ha atravesado, 
todos los filósofos de la historia están de acuer- 
do en que su esencia es un sistema cultural 
donde el futuro importa más que el pasado e 
incluso que el presente. Aunque se disuelve esa 
civilización en virtud de la revolución científi- 
ca, el cambio de los comportamientos sociales 
y el replanteamiento de todos los aspectos de 
la existencia humana a escala planetaria, es 
obvio que subsiste la tendencia a concebir la 
vida individual y colectiva como un devenir, 
una empresa: sea lo que sea el hoy, poco sig- 
nifica en comparación con lo que vaya a ocurrir. 
La aparición de la prospectiva y la intensifica- 
da programación política, económica y social 
responden, pues, a una preocupación priorita- 
ria por el porvenir, que es la nota psicológica 
más dinámica y acusada de las sociedades con- 
temporáneas. A ello contribuye la opinión de 
que las estructuras actuales han envejecido y 
deben reajustarse urgentemente, la velocidad 
de la transformación — la idea del cambio inevi- 
table que late desde el arranque del pensa- 
miento griego — y la necesidad de condicionar 
las decisiones que se adopten a la creación de 

81 



formas de existencia donde indefectiblemente 
ha de producirse una sociedad de distinto cuño 
a la que subsiste. 

En la colección de conferencias del Premio 
Nobel Richard Feynman, que se publicó en 1967, 
figura un sugestivo capítulo sobre el concepto 
de pasado y futuro en física. Parte lógicamente 
del axioma universal de la irreversibilidad del 
tiempo, del reconocimiento de que pasado y fu- 
turo son completamente distintos, en forma tal 
que, mientras sentimos que nada puede hacer- 
se para modificar el pasado, la libertad de nues- 
tra voluntad solo puede actuar sobre el futuro. 
Lo que queda atrás, en su alegría o tristeza, 
está muerto; hagamos lo que hagamos, es im- 
posible resucitarlo, darle vida. Por ello, la reac- 
ción humana es un resignado conformismo 
ante el irremediable carácter perecedero de las 
cosas, o un exasperado ensayo de sobrevivir 
mediante obras e ideas capaces de traspasar 
los estrechos límites de la vida. 

Feynman recuerda que, en el estado actual de 
conocimientos de la física, las leyes que acepta- 
mos como incontestables están enunciadas des- 
de la hipótesis de no distinción entre pasado 
y futuro. Así, la ley de gravitación se cumple 
de manera que la dirección no influye; en el 
microcosmos nuclear, si modificáramos la ve- 
locidad de las partículas ocurriría como en una 
película que desenrolláramos, repitiéndose en- 
tonces las fotografías, aunque en el otro sen- 
tido, igual que al enrollarlas; del mismo modo, 
el tiempo aparece como reversible en las leyes 
de electricidad y magnetismo, en las de inter- 

82 



acción nuclear, etc. Sin embargo, la realidad 
física coincide con un principio captado intui- 
tivamente por el hombre: la irreversibilidad 
citada del tiempo, que científicamente se co- 
necta con el principio de entropía. 

Para la ciencia, como para cualquier otra ac- 
tividad de la mente, ahondar en el futuro es la 
más apasionante de las aventuras. Aparte las 
extrañas cabriolas que ha sufrido la idea del 
tiempo desde el momento en que Einstein 
enunció la teoría de la relatividad y en que la 
microfísica elaboró nuevos sistemas superpues- 
tos o paralelos al newtoniano, la evidencia es 
que la naturaleza significa un misterio radical 
frente al que todo investigador toma los cono- 
cimientos presentes como un punto de referen- 
cia superables tan pronto como se alcanza. En 
eso radica lo efímero y lo grande de su tarea. 

Aprehender el futuro, tal es el objetivo obse- 
sionante. Ahora, lúcidas inteligencias, como 
Feynman, como Heisenberg, confían que pró- 
ximamente se encuentren nuevas leyes físicas 
que resuelvan las contradicciones de una cos- 
mogonía confusa en que la materia se menta- 
liza — en tanto no es materia tangible, sino 
una realidad ultrasensible que comprendemos 
mediante representaciones matemáticas y abs- 
tracciones cada vez más intensas — , los diversos 
sistemas físicos son válidos según su campo de 
aplicación y ni siquiera se logra ver un nexo 
común a la multiplicidad de corpúsculos ele- 
mentales integrantes del átomo. Creen que nues- 
tra era presenciará la formulación de las leyes 
fundamentales de la naturaleza, estableciéndo- 

83 



las inmutablemente para el dominio y el con- 
trol del cosmos. No obstante, bien puede ase- 
gurarse que daremos pasos importantísimos 
adelante, pero no poseeremos la llave de la 
trama global del universo. Cada época lo ha 
esperado y se ha engañado. Estamos, además, 
con un bagaje de pocos miles de años de cono- 
cimientos, enfrentados con las incógnitas de 
hombre y del universo que hemos comenzado 
a recorrer en un insignificante rincón de una 
galaxia. El futuro es lo que cuenta y, por otra 
parte, lo que se realice en el orden de la física 
no constituye más que un sector reducido de 
la realidad total. Feynman prevé que, al defi- 
nir aquellas leyes fundamentales, la investiga- 
ción de la verdad se proyectará a la biología 
y a otras zonas casi abandonadas. Es induda- 
ble: el fenómeno de la vida y, muy en especial, 
el de la mente, será uno de los grandes cam- 
pos del desarrollo científico, al lado de la es- 
tructura de la materia, las fuerzas naturales, 
la explotación de fuentes energéticas, la auto- 
mación, la información y el sistema social. 

De todos modos, con generalidades no se 
puede encubrir la lección de las reiteradas equi- 
vocaciones habidas en la predicción del curso 
de los descubrimientos científicos. Leprince- 
Ringuet contaba recientemente en Madrid, du- 
rante un coloquio en que participé, las conti- 
nuas y agradables sorpresas que han tenido los 
físicos en estos decenios. Ha sido así, y seguirá 
siéndolo, porque el método normal de aproxi- 
mación a lo posible consiste en extrapolar el 
presente; después, los hechos se encargan de 

84 



demostrar que unas intuiciones o unos hallaz- 
gos casuales tiran por tierra las proyecciones 
más prudentemente preparadas. Nada raro es, 
pues, que los programas científicos se tracen 
a breve plazo, siendo su operatividad tanto ma- 
yor cuanto más sean susceptibles de readap- 
tarse con agilidad a las impredictibles variantes 
que se presenten en un instante cualquiera. En 
eso estriba parte del éxito de la política espa- 
cial norteamericana: su aptitud para ajustarse 
a los constantes cambios que introduce la apa- 
rición de los factores nuevos aportados por cada 
vuelo. 

Broglie advertía que la realidad donde tra- 
tan de penetrar los físicos está constituida por 
un número infinito de barreras y que, cuando 
se salva una de ellas, vuelve a tropezarse con 
el mismo infinito horizonte. El gran maestro 
repetía, como los más destacados sabios de 
nuestro siglo, que todo avance es una mera 
base de partida para los subsiguientes. Añada- 
mos que no siempre es perceptible la conexión 
de causa a efecto entre los descubrimientos. 
Se diría que forman una suma de haces dis- 
persos, en dispersas direcciones, muchos de los 
cuales tienen lugar sin relación directa con lo 
que esperan los científicos. 

¿ Cabe emprender la aventura de adivinar un 
proceso histórico de tan inmensa complejidad 
como es una nueva civilización? Intervienen en 
él unas evoluciones cuantitativamente compu- 
tables — como la magnitud del crecimiento de- 
mográfico, las reservas de materias primas, et- 
cétera — , pero ejercen mayor peso aún los actos 

85 



de voluntad, las creencias; los sentimientos; en 
resumen, la indeterminable libertad del espí- 
ritu, que desborda cualquier cálculo matemá- 
tico. 

Antes de tantear una solución adecuada, su- 
pongamos el proyecto de plantar un bosque 
sobre un terreno en que la primitiva vegeta- 
ción estuviera mortecina y diese rendimientos 
prácticamente nulos. Por las semillas que em- 
pleamos, sabremos con certeza la clase de árbo- 
les que van a crecer; luego, al ver qué semillas 
fructifican, casi desde el primer despunte de 
las plantitas nos damos cuenta de la dimen- 
sión probable del bosque, y hasta será factible 
imaginar su configuración de conjunto. Lo que 
no está a nuestro alcance es prever cómo y en 
qué número se extenderán las ramas, el brote 
y la caída de las incontables hojas, las sombras 
que tienden, el tamiz de la luz a su través, el 
paisaje que crea el arbolado según asciende, 
los temporales que lo azotarán, su desapari- 
ción. Algo similar acaece con la vida de las so- 
ciedades humanas. Individuo por individuo, si 
conocemos la educación que ha recibido y el 
ambiente social en que se desenvuelve, el dis- 
currir de la infancia y adolescencia, los gustos, 
los estudios, etc., continuaremos ignorando lo 
que vaya a hacer en situaciones especiales, pese 
a la eventual regularidad de su conducta y la 
frecuencia con que le hayamos tratado. En sus 
cuentos, Sommerset Maugham reconocía, en 
muchos pasajes, lo escasamente que había ca- 
lado en la naturaleza humana, tras haberse de- 
dicado, durante decenios, a observarla en in- 

86 



cansables correrías. Ortega y Gasset definió al 
hombre como el yo y su circunstancia; es exac- 
to: solo que esto revierte en la declaración im- 
plícita de que es utópico definirnos. Porque, 
aun admitiendo dividir la humanidad en de- 
terminados tipos psicosomáticos, la verdad es 
que cada individuo encierra un potencial de 
reacciones que son absolutamente imprevisi- 
bles para sus más íntimos allegados; en ello 
juegan las recónditas facetas de la propia per- 
sonalidad — cuyo soporte básico son los 10.000 
millones de neuronas que componen el cere- 
bro — y las circunstancias de su contorno. Todo 
hombre cumple un destino, un papel dentro del 
fluir del universo, pero muy pocos son los que 
perciben en qué consiste y, entonces, suele ser 
demasiado tarde para torcer su cauce si no les 
agrada. Lo más a que podemos aspirar es a en- 
trever ese destino, que en definitiva es el sen- 
tido de nuestra existencia, pero jamás conoce- 
remos lo que seremos capaces de hacer en los 
azares que nos separen de la línea de conducta 
propuesta. El hombre es como la hoja del bos- 
que imaginado: lo incalculable, lo ilimitada- 
mente inesperado. De aquí que quienes inten- 
tan fijarlo en un modelo automáticamente obe- 
diente a unos estímulos generales programados 
se irrogan una función que el instinto religio- 
so pone en las manos de Dios. Es factible entre- 
narle para una tarea específica en forma que 
responda fielmente a la preparación dada. No 
más. 

En cambio, respecto de la sociedad, de una 
civilización entera, si bien se nos escapa lo que 

87 



pueda pasar en el detalle de su evolución, lo 
decisorio es, como en el bosque, tener conoci- 
miento de las semillas que van a vivificarla, 
ya que nos permitirán prever las notas esencia- 
les condicionadoras de su curso. 

Es imposible ir más lejos. El análisis de una 
civilización cuando está naciendo, entre la con- 
fusión de múltiples contradicciones de hechos 
que se producen a golpes de ballesta desperdi- 
gados a lo ancho del planeta, podría constre- 
ñirse a esbozar vacilantes y gratuitas hipótesis. 
Las técnicas económicas, reforzadas hoy con el 
uso de los ordenadores electrónicos, apenas 
consiguen programaciones a cuatro o cinco años 
vista, y todavía arrojan, en tan estrecho mar- 
gen, errores de previsión que extrañan a los 
que consideran que únicamente entran en este 
campo variables cuantitativas. Las razones son 
obvias, pero siguen causando la estupefacción 
pública, pese a los ejemplos en que deberíamos 
aprender. Nadie hubiera sospechado en 1966 
que unas algaradas en Nanterre y la Sorbona 
iban a estallar provocando tal inestabilidad 
que la primera medida importante adoptada 
por el presidente Pompidou, en agosto de 1969, 
apenas ganadas las elecciones, sería la devalua- 
ción del franco. El ministro de Hacienda que, 
en una posición fuerte, había llegado a propo- 
ner la modificación del mecanismo monetario 
mundial, apoyado en la pujante balanza de pa- 
gos francesa, tendría que devaluar el franco 
sin consultar siquiera a los Estados miembros 
del Mercado Común. ¿Qué opinar de las pers- 

88 



pectivas de una programación social con nues- 
tros recursos informativos, ante la avalancha 
de elementos emocionales, ideológicos, éticos? 



Los parámetros de la nueva civilización 

En otros términos: el verdadero objetivo de 
la prospectiva de una civilización planetaria no 
radica en pretender averiguar lo que advenga 
en los milenios, siglos o decenios de su rumbo, 
sino en fijar los parámetros seguros que vayan 
a enmarcar la acción colectiva. 

¿Cuáles son esos parámetros? Precisarlo es 
la tentación de los filósofos de la historia, la 
cuestión en cuyo acierto yace la pervivencia de 
una política profunda, la meta perseguida por 
las instituciones que quieran orientar el es- 
fuerzo de las naciones. Desgraciadamente, unos 
se pierden en vaguedades inútiles, otros en mi- 
nucias que desdicen rápidamente las circuns- 
tancias. 

Entre los primeros, interesa mencionar los 
tres sistemas culturales que concibe Sorokin y 
que podrían traducirse como ideativo, sensato 
y ultrasensato, afirmando que la sociedad ac- 
tual presenta los rasgos del sistema sensato, 
con alteraciones que parecen conducir al otro 
estadio. 

Según Sorokin, la sociedad ideativa se tipi- 
fica por ser revelada, carismática, cierta, dog- 
mática, mística, intuitiva, infalible, religiosa, 
supersensorial, espiritual, absoluta, sobrenatu- 
ral, moral, emocional, mítica. El sistema sen- 

89 



sato es empírico, pragmático, operativo, prác- 
tico, mundial, científico, escéptico, tentativo, 
falible, sensorial, materialista, mecanicista, re- 
lativista, agnóstico, instrumental y comproba- 
ble empírica o lógicamente. El ultrasensato es 
cínico, desilusionado, nihilista, caótico, hastia- 
do, superficial, sofístico, formalista, ateo, tri- 
vial, mudable, sin sentido, alienado y comple- 
tamente relativista. Ahora bien, las generalida- 
des de Sorokin, como las de Spengler o Schu- 
bart, son muy interesantes en el plano intelec- 
tual especulativo, pero dan la sensación de in- 
suficiencia que nos asalta cuando alguien des- 
cribe una obra de arte o un acontecimiento 
con meros calificativos. En buena diplomacia, 
la regla capital de estilo es eludir los adjetivos 
y exponer los hechos rigurosamente; en ciencia, 
carece de seriedad lo que no sea síntesis de 
datos con un mínimo de palabras; en política, 
lo literario y emotivo debe revestir las ideas, 
para llegar al pleno entendimiento humano, 
siempre que el sistema de pensamiento sea una 
sólida armazón en historia; y en prospectiva, 
el adjetivo conlleva la oscuridad y el recono- 
cimiento implícito de la impotencia para suge- 
rir una visión de conjunto del acontecer de 
una época. 

Resalta de la hojarasca publicada, por su ca- 
lidad. El año 2000, de Kahn y Wiener. Para 
estos autores, la primera mitad del siglo xx se 
caracteriza por las siguientes facetas: tecnolo- 
gías nuevas y en rápida innovación; vastos mo- 
vimientos políticos, sociales y económicos co- 
rrespondientes a la explosión demográfica; con- 

90 



tinuado desarrollo de las comunicaciones en 
masa y los menos espectaculares, pero igual- 
mente relevantes, procesos de urbanización, in- 
dustrialización y modernización. Asimismo, po- 
nen énfasis en que tales fenómenos se desplie- 
gan en el seno de una sociedad occidental que 
tiende fundamentalmente hacia: 1) unas cultu- 
ras progresivamente sensatas, es decir, empí- 
ricas, terrenales, seculares, humanistas, prag- 
máticas, utilitarias, contractuales, epicúreas o 
hedonistas; 2) élites burguesas, burocráticas, 
meritocráticas, democráticas y nacionalistas; 
3) la acumulación de conocimiento científico y 
técnico; 4) la institucionalización del cambio, 
especialmente la investigación, el desarrollo, la 
innovación y la difusión; 5) la industrialización 
y modernización a escala mundial; 6) el aumen- 
to de la riqueza y del ocio; 7) el crecimiento 
de población; 8) la urbanización e incremento 
de megalópolis; 9) la regresiva importancia de 
los sectores económicos primario y secundario; 
10) la alfabetización y educación; 11) la cre- 
ciente capacidad para la destrucción en masa; 
12) el creciente ritmo de cambio; 13) la cre- 
ciente universalidad. 

Con ese soporte, Kahn y Wiener delinean 
tres clases de proyecciones para el periodo 
1965-2000: una previsión a largo plazo «libre 
de sorpresas», que supone la evolución pacífica 
de la sociedad en que vivimos, esto es, una 
sociedad marcada principalmente por los di- 
versos grados de desarrollo económico; una 
previsión con sorpresa, incluyendo desviacio- 
nes posibles de la evolución, aunque no nece- 

91 



sanamente computables en el momento actual; 
y una serie de hechos catastróficos que darían 
al traste con cualquier proyección. 

Sin embargo, el cálculo de probabilidades 
que hacen los dos autores norteamericanos está 
tarado por el deseo de concretar al máximo el 
futuro, con lo que dejan difuminarse el basa- 
mento indispensable de una proyección a largo 
plazo: las constantes que van a subsistir en 
cualquier contingencia. 

Las constantes o parámetros seguros del fu- 
turo son: el reforzamiento de la interdepen- 
dencia mundial; la influencia creciente de la 
ciencia; la penetración de la corriente impetuo- 
sa del ntentalismo en la cultura, y el también 
creciente peso de la organización en la vida 
colectiva. 

La interdependencia significa una doble ver- 
tiente de la nueva civilización. Por una parte, 
al abarcar la Tierra entera, quiere indicar que 
ningún problema importante podrá ser enfo- 
cado a escala local, regional o estatal. Esos son 
prismas del pasado que van desapareciendo 
velozmente. No hay un solo aspecto de la socie- 
dad que se resuelva con ellos. Temibles resul- 
tan, pues, los dirigentes que operan con lo que 
José Antonio Primo de Rivera llamó atinada- 
mente política de campanario; quizá sean sim- 
páticos pintoresquismos las cosas que dicen y 
realizan, pero constituyen la antítesis de la 
gran política. Su acción es entorpecedora o 
regresiva; tanto en quienes contemplan el por- 
venir con tal estrechez de miras que parecen 
pertenecer a una aislada taifa o a una tribu 

92 



perdida en la prehistoria, como en los que en- 
focan la administración pública al igual que 
una economía doméstica, o en los que com- 
prometen la unidad nacional con regionalismos 
trasnochados sin darse cuenta de que las exi- 
gencias de la descentralización no han de coar- 
tar, sino intensificar, la coordinación dentro 
de cada país y con todos los países. El progre- 
so y la paz dependen de la forma en que las 
comunidades políticas se atemperen a la rea- 
lidad histórica de la interpenetración, como un 
proceso irreversible y absorbente al que más 
vale no resistir; la cuestión estriba para cada 
pueblo en ponerse en la línea de cabeza de ese 
movimiento o ser arrastrado y sufrir las conse- 
cuencias de llegar tarde a las grandes conse- 
cuciones del porvenir, que, ya ocurre ahora, 
son pensadas a escala planetaria. Así como una 
industria es inviable sin alcanzar las cotas de 
capitalización, capacidad productiva y moder- 
nidad tecnológica necesarias para la competen- 
cia en los mercados internacionales, no es fac- 
tible una estructura sociopolítica de espaldas 
a las tendencias de una época en que todo re- 
percutirá casi automáticamente entre unos y 
otros pueblos del globo. Por otra parte, la nue- 
va civilización planetaria viene sellada por la 
conquista del espacio, que comenzó el «sputnik» 
soviético y ha puesto en marcha la arribada 
del Apolo XI a la Luna el 20 de julio de 1969. 
No conviene engañarse especulando sobre las 
limitaciones técnicas y financieras que presu- 
pone la continuidad de la aventura espacial. 
El desembarco de Armstrong y Aldrin en el 

93 



Mar de la Tranquilidad es la alborada de una 
era que llevábamos presintiendo en el último 
decenio. Cuando los presidentes de Venezuela 
y Colombia, Caldera y Lleras Restrepo, se re- 
unían en Bogotá pocas semanas después para 
limar las diferencias entre los dos Estados, 
subrayaron la vigencia de los ideales de demo- 
cracia representativa y libertad proclamados 
por Simón Bolívar y hablaron de las esperan- 
zas de sus naciones en el futuro que abre a la 
humanidad la conquista del espacio. Distaban 
de ser un fácil oportunismo esas frases; los 
líderes de dos países que no logran aún el 
despegue económico, reflejaban la sensación 
universal de que la interdependencia, potencia- 
da con la ruptura de las fronteras terrenas, es 
una de las claves de la solución del subdesarro- 
lio. En efecto, a la vez que la civilización mun- 
dial inicia la marcha hacia otros planetas, trae 
la seguridad de ir fusionando los niveles y for- 
mas de vida de los pueblos en virtud de una 
interacción que forzará a movilizar intensa- 
mente los recursos humanos sin distinción del 
lugar donde radiquen. Así, podemos tener la 
certeza de que vamos encaminados a una socie- 
dad supranacional. 

La ciencia remozará constantemente esta ci- 
vilización que aflora, y será uno de los instru- 
mentos capitales tanto para modificar y elevar 
el soporte material de la existencia como para 
avanzar en la teoría de las concepciones de la 
realidad. Se ha dicho, sin base estadística se- 
ria, que el 90 por 100 del desarrollo norteame- 
ricano se debe a la investigación científica y 

94 



tecnológica. El dato es inconsistente pero ex- 
presa el hecho innegable de que aquella super- 
potencia, al igual que Rusia, está apoyando su 
posición en el mundo sobre su progreso cientí- 
fico. Respecto de la nueva civilización, no será 
únicamente la primera que se extenderá a todo 
el orbe, sino que será la primera civilización 
científica, quedando sublimadas en ella las an- 
teriores civilizaciones, cu3^o sentido último pue- 
de interpretarse como una incesante singladura 
de la racionalidad. La ciencia, con sus leyes, 
métodos y aplicaciones, va a dominar la polí- 
tica, la ordenación social, la economía y el con- 
junto de los comportamientos colectivos. 

Como ha pasado en tantas ocasiones, muchos 
investigadores afirman, según hemos indicado 
al citar a Feynman, que pronto cerraremos las 
perspectivas de ulteriores conocimientos bási- 
cos de las leyes físicas, polarizándonos desde 
ese instante en la investigación aplicada y de 
desarrollo. Es un viejo sueño esperar la pró- 
xima llegada a los confines finales del saber. 
Afortunadamente, no pasa de ser una utopía. 
El hombre asiste al amanecer de la ciencia, 
como presencia el comienzo de la supranacio- 
nalidad y del lanzamiento al espacio exterior. 
Además, anotemos que apenas hemos entrado 
en el estudio de la vida y, dentro de él, prác- 
ticamente nuestra ignorancia de la mente es 
absoluta. Pues bien, una de las más apasionan- 
tes empresas de la investigación científica será 
la del potencial mental, que es la fuerza crea- 
tiva más poderosa del universo. En el cumpli- 
miento de dicho objetivo aguardan hallazgos 

95 



que podrían revolucionar los principios físicos 
y morales que trabajosamente ha ido elabo- 
rando la humanidad. ¿Hasta dónde alcanza la 
capacidad del cerebro cuando aprenda a uti- 
lizar sus 10.000 millones de neuronas, en qué 
consisten los inexplorados fenómenos psíqui- 
cos, cuál es la esencia y trascendencia de esa 
mente que Sherrington decía ser una x intra- 
ducibie en física, química, matemáticas? ¿Es 
el psiquismo la llave reveladora del hombre y, 
como intuía Teilhard de Chardin, el tejido mis- 
mo del universo? ¿Será la mente el trasfondo 
de la materia y de la energía? 

Parece una extraña paradoja que en el si- 
glo XIX, de cuya efervescencia intelectual ha 
partido la conmoción científica de nuestra épo- 
ca, hubiera una enorme curiosidad hacia los 
problemas psíquicos, mientras que, habiéndose 
encauzado la ciencia contemporánea por un nú- 
mero considerable de sectores de investigación, 
preste al tema una atención muy secundaria. 
Desde hace años, este ambiente va cambiando 
radicalmente. Científicos y filósofos hablan con 
frecuencia del psiquismo. La fantasía se des- 
borda y es preciso satisfacerla. Paso a paso he- 
mos captado fascinadores interrogantes en la 
cibernética, en el principio de incertidumbre 
de Heisenberg, en la ecuación de ondas de 
Schrodinger, en la astrofísica, en la filosofía 
teilhardiana, en los balbuceos de la psicología 
individual y social. Inevitablemente la ciencia 
intentará encontrar respuestas, a la vez que hará 
aumentar la duración media de la existencia 



96 



personal, vencerá enfermedades, explorará y 
empezará 1^ colonización del espacio, etc. 

Absurdo, no obstante, sería predecir los des- 
cubrimientos científicos. Lo que cuenta es el 
hecho de que la nueva civilización será condi- 
cionada por el progreso ininterrumpido de la 
ciencia, y esta abarcará todos los campos. 

Conectados estrechamente con la inmersión 
de la historia en la ciencia, el mentalismo y la 
organización formarán, respectivamente, la su- 
perestructura cultural y el condicionamiento 
sociológico. Mentalismo no es otra cosa que 
esplritualismo, una identificación de términos 
entre los que escogemos según nuestros prejui- 
cios. Marx y Engels, en su lucha contra la filo- 
sofía idealista — sin la que, paradójicamente, 
no sabría entenderse una parte sustancial de 
su sistema de pensamiento — anatematizaban 
el idealismo como un producto de la burguesía 
y del capitalismo. Pero la colosal transforma- 
ción de los conocimientos científicos y de los 
comportamientos colectivos reflejados en la 
reivindicación de la enseñanza y en la revisión 
de creencias, ha coadyuvado a la percepción de 
que todo está condicionado por la evolución 
de la mente. La creatividad, en general; el que 
los análisis del microcosmos se desenvuelven 
de modo que la materia va fundiéndose en es- 
tructuras matemáticas, con lo cual reflexiona- 
mos si Platón acertaba al hablar de la realidad 
sita en las ideas-concepciones-números más que 
en lo tangible y visible por los sentidos; la in- 
vestigación fundamental y la investigación ope- 
rativa; la teoría de la información; la progra- 

97 



mación; el enfoque del urbanismo y de la vi- 
vienda sobre la base de módulos matemáticos 
que se aplican en una integración arte-indus- 
tria, según los principios enunciados por Leoz; 
y, por encima de estas y otras circunstancias 
de la evolución, el ensayo de construir un hu- 
manismo integral que con plena certeza re- 
basaría el ámbito de las posiciones políticas 
para extenderse por cuantos vectores configu- 
ran la existencia. 

Preciso es considerar que el mentalismo o 
esplritualismo encierra dos dimensiones que 
se confunden entre sí, aunque sin que cada 
una pueda anularse: la mente de cada hombre 
y la mente a escala de la humanidad entera. Se 
insertan en una dimensión superior, la mente 
universal que en definitiva es el ser absoluto: 
Dios, que los cristianos reconocemos encarnado 
en Jesucristo, compendio de amor y sabiduría. 
Ambas dimensiones significan la superación, 
en el fulgurante espiritualismo por el que pue- 
de lanzarse la civilización, del individualismo 
y del colectivismo; conceptos ya tan anticua- 
dos como serán en política el de derecha e iz- 
quierda, o el racionalismo en la filosofía. 

En dicha línea, Teilhard decía que la huma- 
nidad no es solo para cada uno de nosotros el 
tallo que sostiene, sino la flecha que lleva a las 
realizaciones del porvenir. «Necesita el hombre 
creer en la humanidad más que en sí mismo, 
so pena de desesperarse.» No trataba de con- 
tribuir a la corriente de despersonalización que 
ha predominado en las ideologías y políticas 
del siglo; por el contrario, recogía con sensi- 

98 



bilidad el lamento de los hombres ahogados 
por los monstruos deshumanizados que iban 
surgiendo. Hombre y humanidad son indiso- 
lubles, en una unión que, pareciendo obvia, ha 
ido perdiendo vigencia en la práctica del sis- 
tema social. Así es: la nueva civilización impli- 
ca, por su contenido científico, un inmenso im- 
pulso de potenciación de la mente individual, 
junto a criterios de organización. En la filoso- 
fía teilhardiana hay la idea reiterada de que, 
a menos de contemplar el cosmos como un 
caos, se nos muestra como un permanente fluir 
y crecimiento del espíritu. Significa ello que 
la nueva civilización se centra en los recursos 
mentales individuales y en la mentalización de 
una sociedad planetaria, supranacional. El hu- 
manismo, basándose en el personalismo inte- 
gral y en la definición de la correspondiente 
escala de valores éticos, podría, por tanto, res- 
ponder al pujante mentalismo que despunta 
actualmente. 

En ese contexto entra la organización, como 
producto del mecanismo tecnológico. Inútil es 
que guste o no. El aumento demográfico, las 
megalópolis, la satisfacción de las necesidades 
socioeconómicas, son varios de los inconta- 
bles problemas que deben abordarse con firmes 
criterios organizativos que facilitan la teoría 
de la información y los computadores. Si se 
aplican con exceso puede cernerse en el extre- 
mo del péndulo el riesgo de una masificación 
robotizada, por incapacidad imaginativa para 
edificar los contrapesos que serían imprescindi- 
bles en el humanismo social a que cabe condu- 

99 



cir la revolución científica y espiritualista. El 
desequilibrio presente entre la creciente orga- 
nización y la coartada individualidad se agu- 
diza de día en día y no sabemos si la nueva 
civilización va a vencerlo. Porque no conviene 
olvidar que la mentalización no es forzosamen- 
te moralista; significa evolución intensiva y 
extensiva de la mente, pero eso puede orien- 
tarse hacia un colectivismo en que el individuo 
fuera aplastado. El avance en organización es 
irreversible; y no forma un parámetro seguro 
su equilibrio con lo mejor de la esencia de lo 
humano, que es el amor. 



Las alternativas principales 

Aparte los cuatro parámetros aludidos — in- 
terdependencia, ciencia, mentalismo y organi- 
zación — el resto es incertidumbre y, por ende, 
opciones a decidir. En apariencia, el cuadro 
que acabamos de delimitar es muy atrayente; 
en lo concreto, las variantes incluso podrían 
ser trágicas. Depende todo de cómo se actúe. 
Por ejemplo, el progreso técnico es tan fuerte 
que, a pesar del inquietante incremento de la 
población mundial, bastantes expertos sostie- 
nen la tesis de una próxima liberación de las 
necesidades materiales primarias. Sin embar- 
go, hace algún tiempo Colin Clark advertía 
que, si el planeta fuese cultivado como lo hace 
Holanda, no alimentaría a más de 15.000 mi- 
llones de habitantes con una dieta razonable, 
siendo así que, de confirmarse las proyeccio- 

100 



nes demográficas, el mundo habrá sobrepasa- 
do dicha cifra dentro de ciento cincuenta años. 
En un plano optimista, no es descartable de- 
tener la superpoblación con la regulación ins- 
tintiva que realiza la propia sociedad cuando 
se ve amenazada en su subsistencia; y, si fa- 
llara, probablemente habría tiempo para una 
consciente política restrictiva de la natalidad, 
que todavía no es acuciante, dígase lo que se 
diga: existen grandes zonas geográficas casi 
vacías, no ha empezado el arado de los océa- 
nos ni la puesta en cultivo de los desiertos, no 
ha}^ motivo para desconfiar de las soluciones 
derivadas de la investigación científica. Ahora 
bien, con la ciega despreocupación del capita- 
lismo hacia los desfavorecidos, quizá continúen 
y se agraven terribles realidades, como son los 
países con un incremento vegetativo del 2, 3 y 
hasta 4 por 100 anual en tanto su renta está 
paralizada o sube en porcentaje muy inferior. 
Muchos expertos opinan también que será inevi- 
table bajar la dieta alimenticia futura en un 
planeta hoy azotado por el hambre. En resu- 
men, el problema de nutrir la población queda 
condicionado, no por la confianza utópica en 
el automatismo y universalidad del progreso, 
sino por la inteligencia y sentido de solidaridad 
con que se lleve a efecto el aumento de recur- 
sos, su eventual modificación cualitativa y su 
distribución, lo que representa una serie de 
cuestiones de índole científica, política y moral. 
Kahn y Wiener adoptan el nombre de socie- 
dad postindustrial para rotular el contexto 
social que parece estar al alcance de los Esta- 

101 



dos industrializados. En el caso de que plas- 
mara efectivamente esta sociedad, destaca en 
ella lo siguiente: una renta «per capita» esti- 
mada en unas cincuenta veces superior a la de 
la fase preindustrial; la mayoría de las activi- 
dades económicas son terciarias y cuaterna- 
rias; las empresas no constituyen la principal 
fuente de innovación; el sistema de mercado 
pierde importancia ante la magnitud del sector 
público y las cifras de la contabilidad social; 
mejoran constantemente las instituciones y téc- 
nicas educativas; proliferan las «regulaciones 
de zona» a escala regional o mundial, para con- 
trol de armas, tecnología, polución, comercio, 
transporte, etc.; se diluye el respeto de la clase 
media a los valores de trabajo, eficacia y des- 
arrollo; queda erosionado el valor que denomi- 
namos interés nacional; se consolidan las ca- 
racterísticas de la cultura que Sorokin describe 
como sistema sensato. 

Conforme a los cálculos de Kahn y Wiener, 
en el año 2000 se encontrarán plenamente en la 
sociedad postindustrial Estados Unidos, Ja- 
pón, Canadá, Suecia, Suiza, Francia, Alemania 
Occidental y Benelux; se encontrarían en el 
principio de la misma Gran Bretaña, Unión So- 
viética, Italia, Alemania Oriental, Checoslova- 
quia, Israel, Australia y Nueva Zelanda. En la 
balanza internacional de poderes predicen un 
declinar comparativo de Estados Unidos y Ru- 
sia, al convertirse Japón en la tercera superpo- 
tencia, crecer la fuerza de Europa y China, y 
haber nuevas potencias medias en Brasil, Mé- 
jico, Paquistán, Indonesia, Alemania Oriental y 

102 



Egipto. Por último, en el terreno económico, el 
aumento de 3.348 millones de habitantes en 
1965 a 6.389 en el año 2000 va acompañado del 
incremento siguiente de renta «per capita», por 
continentes: 







Dólares 




1965 


2000 


Diferencia 


África 


141 


277 


+ 136 


Asia 


152 


577 


+ 425 


Sudamérica 


257 


695 


+ 438 


Oceanía 


2.000 


4.310 


+ 2.310 


Europa 


1.369 


5.055 


+ 3.686 


Norteamérica 


2.632 


6.255 


+ 3.623 



Nada extraño tiene que, con el angustioso 
ensanchamiento entre el desarrollo de las na- 
ciones punteras y atrasadas (la renta por habi- 
tante de África sería en 1965 el 10,3 por 100 de 
la de Europa y el 5,3 por 100 de la de América 
del Norte, y en el año 2000 bajaría al 5,3 por 100 
y 4,4 por 100, respectivamente), los tratadistas 
del Instituto Hudson incluyan en esa previsión 
libre de sorpresas determinados fenómenos po- 
líticos especiales, entre ellos la agitación de las 
nuevas naciones y la eventualidad de movimien- 
tos de masas de carácter mesiánico. Pero, 
¿cómo aceptar, en lógica elemental, la hipóte- 
sis de la pacífica evolución de un sistema que 
conlleva la explotación y, en consecuencia, la 
rebeldía? ¿En virtud de qué abstracción se afir- 
ma que, dentro del mecanismo político y eco- 
nómico en marcha, Paquistán, Indonesia y 
Egipto pueden llegar a la condición de poten- 

103 



cias medias, sin un previo proceso de destruc- 
turación del sistema vigente? Si nos atenemos 
a los hechos estadísticamente reflejados en los 
dos últimos decenios, comprobamos que la su- 
perindustrialización y la revolución tecnológica 
solo tienen lugar en América del Norte y Euro- 
pa, incluida la U. R. S. S. y sus satélites del Este 
europeo; salvo el misterioso empuje en la China 
de Mao. 

Así, en su segunda hipótesis, Kahn y Wiener 
citan perspectivas de muy distinto género, es 
decir, desviaciones, catástrofes y violencias que 
podrían irrumpir en el horizonte: invasiones y 
guerras, contiendas civiles y revoluciones, ham- 
bre, despotismo y persecución, desastres natu- 
rales, depresión o estancamiento de la econo- 
mía, reforzamiento del comunismo o reacti- 
vación del fascismo, enfrentamientos raciales, 
norte-sur, ricos-pobres, este-oeste, una China 
económicamente dinámica, impacto psicológi- 
co de nuevas técnicas, ideas y filosofías. No son 
descartables, ni mucho menos, estas causas de 
destructuración. Por doquier asoma en la esce- 
na política la guerra revolucionaria y, en for- 
mas muy varias, la sublevación contra el «statu 
quo» con cuyo absurdo desenvolvimiento nor- 
mal operan Kahn y Wiener en su proyección 
favorita. Claro es que tienen presente la extre- 
ma aleatoriedad de todo tipo de previsión a 
largo plazo, recordando, como ejemplo, que un 
estudio efectuado en 1937 sobre las perspecti- 
vas de la investigación científica no imaginaba 
siquiera los computadores, los reactores nuclea- 
res, los antibióticos, el radar, la propulsión a 

104 



chorro, los descubrimientos básicos de la etapa 
actual. Semejantes precedentes les aconsejan 
centrarse en una extrapolación de las tenden- 
cias económicas y tecnológicas, con un rigor 
que se echa de menos al considerar el sistema 
cultural — en que se remiten a generalidades de 
otros ensayistas — y los condicionantes políti- 
cos y sociológicos, que son los que más intensa- 
mente inciden en el curso de las distorsiones 
acaecibles en el futuro. En este punto, no cap- 
tan el vacío ideológico que explica la crisis 
coyuntural de la democracia, ni el proceso his- 
tórico capital: la civilización a escala planeta- 
ria, subyacente en cuanto presenciamos, con 
sus cuatro parámetros. 

En el supuesto de que el aparato represivo 
interno e internacional permitiera la continui- 
dad del sistema de sociedad de consumo, es pro- 
bable que durante el tercio final de este siglo 
los países industrializados se encaminen a los 
niveles materiales y mecanismos de organiza- 
ción que contienen la previsión libre de sor- 
presas elaborada en el Instituto Hudson. La 
validez del razonamiento subsistirá en tanto se 
cumplan dos condiciones: la primera es que, 
en ese tiempo, siga sin institucionalizarse en el 
campo jurídico internacional, en la política, en 
el mecanismo económico, en los sistemas socia- 
les y culturales, la civilización a escala mundial 
que produce la interdependencia, la revolución 
científica, el mentalismo y la organización; la 
segunda es que la propia sociedad de consumo 
no sufra una profunda modificación en su in- 
terior, por el juego de los cambios de compor- 

105 



tamientos colectivos, lucha generacional, con- 
flictos raciales e ideológicos, ansiedad de ideas 
vivificadoras para superar el despotismo y la 
robotización. 

La experiencia del pasado y las circunstan- 
cias hoy imperantes indican que son escasísi- 
mas las probabilidades de que la sociedad de 
consumo se afiance y de que el orden interna- 
cional subsista indefinidamente con el naciona- 
lismo, la estructura discriminatoria y las alian- 
zas inestables de superpotencias que se con- 
frontan y acechan a diario; pero la situación 
puede durar aún bastantes años y, en tal caso, 
se endurecerán las tendencias a las formas ti- 
ránicas, con lo cual el prólogo de la civilización 
planetaria constituirá una atormentada fase 
donde toda libertad sería una ficción. Den- 
tro del infinito niimero de variables que ofrece 
el porvenir, diríamos que el siguiente esquema 
tiene muchas probabilidades de realizarse en la 
etapa de perduración de dicha sociedad de con- 
sumo, cuyo límite en el tiempo es impredicti- 
ble: 



Etapa de perduración de la sociedad 
de consumo 



A. En el orden económico. 

— Hegemonía norteamericana durante todo 
este periodo. 

— Competencia aparente en los mercados 
mundiales — salvo en el bloque comunis- 

106 



ta — entre las empresas americanas, euro- 
peas y japonesas. 

Integración de Europa Occidental, pasan- 
do a ser el tercer poder económico homo- 
géneo en el mundo, matizado por la 
infiltración del capital y la tecnología ame- 
ricana en las empresas. 
Persistencia del bloque comunista como 
mercado cerrado. 

Alza del Japón como «poder en la som- 
bra» o como claro cuarto poder. 
Aumento progresivo de la distancia de 
renta por habitante y modernización en- 
tre los cuatro poderes y el Tercer Mundo. 
Superioridad creciente del sector público 
y de la contabilidad social sobre la empre- 
sa privada. 

Incremento incesante de la dimensión de 
las unidades productivas y de los merca- 
dos de consumo. 

Programación del desarrollo, cada vez 
menos indicativa y más compulsiva. 
Regulaciones cada vez más rígidas del co- 
mercio, el mecanismo monetario y la in- 
dustrialización, a escala internacional. 
Aparente influencia «moral» de dichas re- 
gulaciones, controladas por los países que 
se aproximan a los niveles postindustria- 
les mencionados por el Instituto Hudson. 
Concentración empresarial y ámbito in- 
ternacional de las grandes empresas, en 
parte socializadas y en parte privadas. 
Trasvase y fusión entre el Estado y la 

107 



empresa, en manos de una oligarquía ca- 
pitalista y tecnocrática. 

— En los países subdesarrollados y en vías 
de desarrollo: crisis constantes, depresio- 
nes y alzas repentinas, especulación. 

B. En el orden político y social. 

— Predominio del nacionalismo. 

— Reparto de esferas de influencia entre Es- 
tados Unidos y la Unión Soviética, con 
crisis del entendimiento y riesgos perió- 
dicos de confrontación nuclear. 

— Ruptura de la unidad política china o en- 
frentamiento directo con alguna de las 
dos superpotencias. 

— Dominio de los países altamente indus- 
trializados por la oligarquía capitalista y 
tecnocrática. 

— Desarraigo de toda posición ideológica y 
correspondiente uso del poder para el des- 
arrollo eficaz, la defensa de la oligarquía 
y la ordenación social. 

— Expansión de la enseñanza para satisfacer 
las necesidades de tecnificación de la pro- 
ducción y, secundariamente, abastecer las 
actividades típicas del sistema cultural. 

— Amplicísimos métodos de racionalización 
del trabajo. 

— Automatización y casi total supresión del 
esfuerzo manual. 

— Estandardización creciente de la urbaniza- 
ción, alojamiento, transporte, métodos e 
instituciones de enseñanza, entretenimien- 
tos. 

108 



i 



— Debilitamiento paulatino de la dinámica 
social. 

— Regulación rígida de la colectividad, con 
margen amplio para las acciones persona- 
les que no comprometan el sistema so- 
cial. 

— Violencia y criminalidad crecientes. 

— Estallidos frecuentes de subversiones de 
raíz generacional, racial, emotiva, etcéte- 
ra, bajo el signo de la protesta. 

— Democracias formalistas, con pérdida de 
la representatividad popular y entrega del 
control a la oligarquía. 

— Florecimiento de caudillismos y cesaris- 
mos. 

— En los países subdesarroUados y en vías 
de desarrollo: inviabilidad de muchos de 
los nuevos Estados, y dictaduras uniper- 
sonales y militares, por creciente dificul- 
tad de las instituciones democráticas; 
guerras civiles; xenofobia; proliferación 
de guerras revolucionarias o entre Es- 
tados. 

C. En el orden cultural. 

— Secularización. Agnosticismo. 

— Epicureismo. Pragmatismo. Materialis- 
mo. 

— Escala de valores integrada por seguri- 
dad, eficacia y dinero. 
Dejación de la solidaridad al automatis- 
mo de las estructuras sociopolíticas. 
En los países subdesarroUados y en vías 



109 



de desarrollo: humanismo pujante, con 
brillantes manifestaciones en la filosofía, 
el arte y la literatura. 

Ahora bien, ¿ qué cabe predecir sobre la evo- 
lución detallada de la civilización nueva, cuan- 
do su cauce definitivo está subordinado a la 
rapidez o lentitud de la desintegración de la 
sociedad de consumo? Las incertidumbres son 
tales, en este terreno, que impiden cualquier 
clase de proyección. En realidad, aquí aparece 
la opción más importante: hacer persistir un 
sistema social que conduce a la implantación 
del despotismo en el mundo, o liquidar urgen- 
temente ese sistema configurando programas 
concretos encaminados a una civilización huma- 
nista. No interesan las previsiones, sino la for- 
mulación de problemas y de programaciones 
para su solución. 

De las múltiples evoluciones históricas que 
puede imaginarse, en una posición democráti- 
ca sería factible imaginar el siguiente maxima- 
lismo, por utópico que resulte, como línea de 
orientación: 



Ideación de una fase institucionalizadora 
de la civilización planetaria 

A. En el orden económico. 

— Integración en grandes bloques regiona- 
les, posiblemente a escala continental, en 
dirección a una integración mundial. 

110 



— Programaciones para el desarrollo en di- 
chos bloques, dirigidos por organismos 
supranacionales. 

— Reforma del mecanismo monetario y co- 
mercial. 

— Polarización de la investigación científica 
en empresas supranacionales de ámbito 
continental o mundial. 

— Ayuda financiera y técnica masiva a las 
zonas subdesarrolladas, para una veloz 
modernización de su infraestructura. 

— Control social de las empresas. 

B. En el orden político. 

— Supranacionalidad. 

— Modificación y reforzamiento de las Na- 
ciones Unidas, con control del desarme y 
un ejército permanente para conservar la 
paz mundial. 

— Integración de los Estados en Federacio- 
nes. 

— Dentro de las Federaciones y Estados fe- 
derados, descentralización administrativa 
sin debilitar la unidad política, legislati- 
va y judicial. 

— Democracia representativa. 

— Pluralismo político-social, con intensa 
vida asociativa e instituciones de acción 
pública distintas a las estructuras actua- 
les de partidos y oligarquías. 

— Control social de la programación y eje- 
cución del desarrollo. 

— Control social de las redes de computado- 

111 



res y de los medios de comunicación en 
masa, así como de la política educativa. 

— Enseñanza obligatoria, universal y no dis- 
criminada, en todos los niveles educativos. 

— Internacionalización de los títulos aca- 
démicos. 

— Número creciente de universidades a es- 
cala internacional. 

— Superación de la oligarquía capitalista y 
tecnocrática, así como del caciquismo ru- 
ral, industrial y político. 

— Movilidad social. Destrucción del sistema 
de clases. 

— Impregnación ideológica de la vida polí- 
tica. 

— Lucha contra el dogmatismo. Coexistencia 
ideológica. 

C. En el orden cultural. 

— Escala de valores integrada por libertad, 
justicia y solidaridad, con un humanismo 
centrado en la idea de la persona inte- 
gral. 

— Adopción del valor innovación como prin- 
cipio informador de la existencia colec- 
tiva. 

— Primacía del significado moral sobre la 
eficacia y productividad. 

— Libre creatividad científica y artística. 

Pero desechemos cuanto pueda calificarse, 
razonablemente, de generalidad difusa, especu- 
lación arbitraria, falta de realismo o de base 

112 



científica. Lo que importan son los problemas 
— ya lo hemos indicado antes — y las solucio- 
nes, en un proceso que sí podemos dar por 
cierto: la civilización nueva y sus cuatro pará- 
metros. 

En un reciente documento norteamericano 
se indican como los principales problemas en 
1980 la superpoblación, los conflictos raciales, 
las relaciones entre naciones ricas y pobres, el 
espacio, la energía y armas nucleares, proba- 
bles ideologías nuevas (como socialismo afri- 
cano, «negritud», democracia dirigida, virulen- 
cia del comunismo chino), sistema monetario 
internacional, crisis en los recursos naturales 
de Estados Unidos y anomalías varias. 

El libro de Alvin Weinberg, Reflections on 
big science, publicado en 1967, sienta la opi- 
nión de que los dos problemas capitales con 
que se enfrentará la sociedad en las próximas 
generaciones serán la paz y la superpoblación. 
En este último tema, Weinberg afirma que no 
nos salvaremos si no se logra el control demo- 
gráfico, y señala que la población mundial no 
debe sobrepasar el doble de la de ahora. De 
cualquier modo, tiene conciencia de que la 
cuestión es tanto cuantitativa como cualitativa, 
habiendo de superarse la crisis de la energía y 
la crisis de la información. Lo primero repre- 
senta que, al aumentar la producción para cu- 
brir las necesidades crecientes de la demografía, 
es preciso continuar la revolución energética, 
confiando en los reactores rápidos y en la no 
descartable fusión termonuclear controlada del 
deuterio del mar. Por el contrario, en cuanto a 

113 



la segunda crisis, Weinberg subraya la incapa- 
cidad del individuo para absorber la magnitud 
de las impresiones sensoriales y de la informa- 
ción. El que los ordenadores electrónicos asu- 
man la tarea de computar, medir, coordinar y 
sintetizar la enorme masa informativa que pro- 
viene no solo de la explosión demográfica que 
aporta más y más seres creando ideas, contac- 
tos sociales o interacciones personales, sino de 
la opulencia y velocidad de las transformacio- 
nes sociales y técnicas, deja en pie la circuns- 
tancia de que los hombres tienden a especiali- 
zarse y a renunciar a una comprensión general 
de la existencia; con lo que esta pierde finalidad 
y propósito, autorrobotizándose el individuo. 

De ese modo, ocurre que hay una dimisión de 
la individualidad, por cuanto la especialización 
implica la adscripción a un puesto profesional 
y social muy limitado tanto en conocimientos 
como en actitudes intelectuales. El retroceso de 
la libertad es el corolario lógico, si se admite 
que ser libre exige participar en el mundo; 
participación tan acotada por aquella renuncia 
voluntaria o impuesta que supone la entrega 
de la sociedad a quienes controlen los grandes 
instrumentos de la información — computado- 
res, radio, televisión, prensa, medios audiovi- 
suales diversos — de día en día más sujetos a 
las leyes de concentración de capital. 

Además, es necesario recordar, con Wein- 
berg, un pensamiento de Galbraith: «Para los 
que son ricos y tienen ocio y están aburridos, 
nada es tan importante como el aburrimiento 

114 



y nada es tan importante como mitigarlo.» Es 
lo que pasa en un sistema social que produce 
el hastío y la desesperación según se limita a 
hacer del incremento de renta el objetivo ex- 
clusivo. No es, pues, descaminado que, al abor- 
dar la cuestión de los sectores científicos donde 
haya de aplicarse el mayor esfuerzo, Weinberg 
mencione las ciencias del comportamiento hu- 
mano — psicología, sociología, ciencia política, 
antropología y economía — al lado de la biolo- 
gía molecular, la física de altas energías, la ener- 
gía nuclear y la exploración espacial. En efecto, 
la carencia de motor espiritual, inherente a la 
sociedad regida tecnocráticamente y condenada 
por ello a su destrucción, trae que el desarrollo 
de las ciencias de la naturaleza y de la tecnolo- 
gía sea insuficiente para el funcionamiento pa- 
cífico de las comunidades humanas. Lo básico, 
como reconocen estos sabios, es el significado 
de la vida humana y sus objetivos. 

Rememoremos a Emmanuel Mounier. Habla- 
ba en un horizonte de inseguridad, renuncia y 
abatimiento, dominando la escena política el 
liberalismo burgués, el fascismo y el comunis- 
mo. Por eso soñaba en la creación de una civi- 
lización comunitaria y personalista capaz de 
sustituir lo que denominaba civilización bur- 
guesa, la de un individualismo que había aisla- 
do a los hombres en la misma medida que los 
había envilecido. «Mundo de masas, aglomera- 
dos humanos sacudidos a veces por movimien- 
tos violentos pero sin responsabilidad diferen- 
ciada. Es hacia la masa adonde tiende el mun- 
do de los proletarios, perdido en la triste ser- 

115 



vidumbre de las grandes ciudades, de los in- 
muebles-cuarteles, de los conformismos polí- 
ticos, de la máquina económica. Es hacia la 
masa adonde se desliza una democracia liberal 
y parlamentaria olvidadiza de que la democra- 
cia era primitivamente una reivindicación de la 
persona. Ninguna comunidad es posible en un 
mundo donde no hay ya prójimo, donde no 
quedan más que semejantes que no se miran. 
Cada uno vive en sí mismo, en una soledad que 
se ignora incluso como soledad e ignora la pre- 
sencia de otra; a lo más, llama sus amigos a 
algunos dobles de sí mismo, en los que pueda 
satisfacerse y tranquilizarse.» 

En esa forma de civilización, que coincide 
con el diagnóstico de la sociedad de consumo 
de nuestro tiempo, a la que habrían de ir los 
países industrializados tras el cataclismo de 
la Segunda Guerra Mundial y el equilibrio nu- 
clear entre las dos nuevas superpotencias, Mou- 
nier notaba que el enemigo común de los meca- 
nismos políticos establecidos era la persona. 
Y no solo es sospechosa la persona al pretendi- 
do racionalismo que dicen encarnar los dirigen- 
tes del falseado orden social montado, sino tam- 
bién la familia, que es para ellos lo irracional 
fundamental; así se deshace en cuanto no res- 
ponde al placer o al interés. «Una vez que se ha 
lanzado por esa facilidad, sus mismas creacio- 
nes fabrican una inercia cada vez más tranqui- 
lizadora.» Escandalizado también por el espec- 
táculo de unas minorías intelectuales que no 
actuaban sino como diletantes refinados, in- 

116 



mersos en la pura forma o en el frivolo cubile- 
teo de las ideas, si es que no eran simples 
servidores de la propaganda estatal, el huma- 
nista francés pensaba que el recurso de la cul- 
tura estaba en el pueblo. «Tomando su savia 
del pueblo, la cultura no debe eludir nuestra 
exigencia: no hay más cultura que la metafísica 
y personal. Metafísica, que mira por encima 
del hombre, de la sensación del placer, de la 
utilidad, de la función social. Personal, esto es, 
que solo un enriquecimiento interior del sujeto 
y no un acrecentamiento de su saber hacer o 
saber decir merece el nombre de cultura.» 

El balance de situación que nos presenta es 
tan válido como si hubiera sido escrito en nues- 
tros días; basta comprobarlo para percibir has- 
ta qué punto, salvo el aniquilamiento de la 
locura hitleriana, ha sido inútil en la zona in- 
dustrializada una hecatombe que costó la vida 
de decenas de millones de seres. Pero cae en 
una visión anacrónica cuando se decide a la 
profecía y a programar directrices, porque en 
ese instante apenas dista del lenguaje que po- 
drían usar los teóricos de siglos atrás. Pro- 
gresismo, responsabilidad, personalidad, liber- 
tad, son los epicentros permanentes de la gran 
aventura que constituye la marcha de la huma- 
nidad. Sin embargo, la civilización que ha em- 
pezado su singladura tiene que enfocarlos no 
solo en la esfera metafísica sino con instrumen- 
tos mucho más variados y complejos, dentro 
de las nuevas realidades científicas y sociales. 

Lo cierto es que los problemas a resolver 
son bastante más numerosos que los del citado 

117 



documento norteamericano y tampoco se pue- 
den sintetizar en los de la paz y la superpobla- 
ción, o en el personalismo difuso de Mounier. 
Pese a todo, en materia política, cuantos temas 
sea factible suscitar culminan en un problema 
radical: la libertad. 



118 



segunda parte 

la libertad 

y las libertades concretas 

en la 

nueva civilización 



CAPITULO II 

APORTACIONES DEL PASADO. DE PLATÓN 
A MARCUSE 



Platón y Aristóteles 

Uno de los puntos de partida de la filosofía 
de la historia que traza CarroU Quigley en su 
libro The evolution of civilizations es el con- 
traste entre las cualidades potenciales que in- 
tegran la naturaleza humana y las cualidades 
realmente desarrolladas que forman la perso- 
nalidad concreta. Esto sirve también para inci- 
tarnos al criterio de que la historia no es sino 
un largo y penoso intento del hombre para 
avanzar en el conocimiento y en la expansión 
de su personalidad. Cierto es que, como dice 
el mismo Quigley, el ser humano se encuentra 
en una situación tripartita: su cultura, su am- 
biente natural y su relación con otras culturas. 
Es un triple desafío al que debe responder si- 
multáneamente en cada una de las civilizacio- 
nes. A fin de cuentas, en cualquier esbozo de 
síntesis del camino recorrido hasta ahora se 



121 



podrá siempre comprobar que, pese a los re- 
trocesos coyunturales experimentados en algu- 
na fase, la profundización en el conocimiento y 
en la búsqueda de nuevas y más pujantes face- 
tas de la personalidad da lugar a un paralelo 
esfuerzo de aproximación a la libertad, como 
base para conseguir tales objetivos. Así, el bi- 
nomio creatividad-libertad representa una ten- 
dencia incontenible que, callada o espectacular- 
mente, marca su impronta sobre el destino hu- 
mano. 

Esta aventura hacia la libertad se ha llevado 
a cabo en constante tensión y en oposición al 
instinto primario de poder. 

Posiblemente, la mejor imagen con que se 
ha reflejado el trabajoso caminar y los riesgos 
del ansia de liberación, inserto en el hombre 
con tanta fuerza como el de dominio, se halla 
en el inmortal mito de la caverna. En el libro 
séptimo de La República, Platón habla de 
una caverna donde unos hombres habitan des- 
de su niñez, atados de manera que solo pueden 
permanecer en una misma posición y mirando 
hacia adelante. Si se pone a sus espaldas la lla- 
ma de un fuego que arde en lo alto y a distan- 
cia de ellos, no ven sino las sombras proyec- 
tadas por aquel fuego y coinciden en nombrar 
a esas sombras como si fueran verdaderas, con- 
siderando que son la realidad. Cuando alguno 
quedara libre de sus ligaduras y se le forzara a 
caminar y dirigir la mirada a la luz que pene- 
tra por la entrada de la caverna, lo primero que 
experimentaría sería dolor y deslumbramiento; 
obligado a remontar la escarpada subida hasta 

122 



enfrentarle con la luz del sol, los ojos no po- 
drían distinguir todavía el horizonte, cegados 
por el resplandor, pero la costumbre le permi- 
tiría mejorar gradualmente la percepción has- 
ta captar la plenitud de las cosas. Finalmente, 
sería capaz de contemplar el sol en sí y tal cual 
es. A partir de ese momento, pensando en quie- 
nes quedaron en la caverna, incluso en los que 
allí recibían honores o disfrutasen de riqueza, 
¿podría sentir envidia o preferiría ser labriego 
al servicio de otro hombre sin bienes, o cual- 
quier otra vicisitud, antes que sobrellevar la 
vida de quienes moran en un mundo de mera 
opinión? Ahora bien, si decidiese regresar para 
que sus compañeros tuviesen parecida suerte y 
se desprendieran de la esclavitud, sería muy 
probable que cuanto les contase moviera a risa, 
le acusaran de haber perdido él la visión y no 
juzgaran deseable emprender la subida. Lleva- 
dos de la brutalidad innata al hábito de no 
reflexionar y temer a la reflexión, si pudiesen 
cogerle en sus manos quizá procederían a dar- 
le muerte en el caso de que quisiera desatarles 
invitándoles al descubrimiento directo de la 
luz. 

En el arranque del diálogo. Platón indicaba 
que trataba de representar una coyuntura hipo- 
tética concerniente a la educación. Los símbolos 
que describe, asentados sobre las realidades 
descarnadas de la sociedad de entonces y de 
hoy, subrayaban la importancia de que el alma 
pase de la región de las tinieblas a la de la ver- 
dad; finalidad última de ascender al ser, que 
Platón entiende como la auténtica filosofía. Sin 



123 



embargo, sería un error suponer que el mito de 
la caverna constituye una serie de advertencias 
de ropaje poético para reconocer la excelsa fun- 
ción de la sabiduría y defender el cultivo del 
espíritu como medio de perfeccionamiento. Es 
algo mucho más amplio. El diálogo de La Repú- 
blica se denomina también de la justicia y se 
encuentra inmerso en un humanismo concreto 
concebido por la política y para la política, se- 
gún dijo Diés y rememora Mínguez en su preám- 
bulo a la traducción del diálogo, donde analiza 
la educación y la justicia como los ideales polí- 
ticos platónicos. Así, lo que ciertamente presu- 
pone el mito — que resumo en sus aspectos lite- 
rales más salientes — no es una exclusiva tesis 
en favor de la supresión de las cadenas de la 
ignorancia. Dicha tesis es una posición política 
trascendental que emana de la raíz de la civili- 
zación helénica y sigue rigiendo hasta tal grado 
que es la principal reivindicación social de nues- 
tro tiempo. Pero tiene mayor alcance: Platón 
formula un humanismo que consiste en la re- 
forma política a través de la reforma del hom- 
bre. Y en esta reconversión, el sistema platónico 
establece una escala de valores donde priman 
los de la sabiduría, la justicia y la libertad. 

El diálogo Fedón, que narra los últimos 
momentos del personaje excepcional que fue 
Sócrates, condenado a muerte porque se le ca- 
lificó como un peligro para el orden establecido 
en Atenas, contiene una frase que condensa la 
totalidad del mensaje socrático-platónico: «Se 
apoderó de mí el temor de quedarme completa- 
mente ciego de alma si miraba las cosas con los 

124 



ojos y pretendía alcanzarlas con cada uno de 
los sentidos. Por consiguiente, me pareció que 
era menester refugiarme en los conceptos y con- 
templar en aquellos la verdad de las cosas.» 
Significa la elección decidida entre las dos ióni- 
cas actitudes operativas en política: actuar en 
el campo de los hechos, en el de las estructuras 
constituidas, o ir a la transformación del mun- 
do creando ideas que influyan en la reconver- 
sión de los individuos y por esa vía configuren 
una conciencia moral colectiva que indefecti- 
blemente provoca el cambio estructural. 

De los tres valores — sabiduría, justicia y li- 
bertad — el primero exige avanzar incesante- 
mente en el intento de acercarnos lo más posi- 
ble a ese confín inaccesible que es la verdad, 
pero también encierra la convicción de que el 
conocimiento y la elaboración continua de ideas 
inciden inmediata o mediatamente sobre las 
conductas individuales y colectivas. En la ac- 
tualidad es un axioma que la clave de toda 
sociedad e individuo radica en la forma e in- 
tensidad con que se utilizan los recursos men- 
tales; la ciencia, y la cultura en general, pasan 
a ser el factor primordial del desarrollo eco 
nómico, por lo que la educación e investiga- 
ción científica son proclamados como el eje 
del progreso de cada pueblo. Tienen, pues, un 
eco perenne las palabras de Platón en el diá- 
logo Teeteto, identificando ciencia y sabidu- 
ría; curiosa conclusión formulada dos milenios 
atrás, que nos llega impetuosa en el momento 
en que ha sido barrida la distinción entre 
ciencias de la naturaleza y del espíritu, en que 

125 



la ciencia es entendida como la disciplina sis- 
temática del pensamiento de la cual deriva 
tanto la teoría de las concepciones del mundo 
como el instrumental tecnológico del que pen- 
de nuestro futuro. Una ciencia que en parte es, 
según recordaba el diálogo Parménides, la 
búsqueda de esa realidad en sí que es la ver- 
dad — aunque solo posea Dios la última entra- 
ña de la verdad — y en parte va al control de 
la naturaleza y a facilitar el nivel material de 
la existencia cotidiana. 

En su introducción a las obras completas de 
Platón, Miguez expone acertadamente su pre- 
ocupación por construir principios operativos; 
es algo muy diferente de la opinión tradicional 
de que el idealismo platónico pertenece al te- 
rreno de la metafísica y carece de interés polí- 
tico. «Sus ideas no son tan solo esencias y cau- 
sas generadoras, aún más, entelequias puramen- 
te conceptuales; son también realidades forma- 
les y absolutas, modelos de perfección y valores 
objetivos, puntos de referencia, en fin, que ga- 
rantizan la legalidad del mundo terreno, la 
aspiración a la justicia entre los hombres y a 
una moral que requiere las virtudes de tipo 
colectivo... Porque Platón, incluso más que 
Aristóteles, estuvo ligado a las cosas del mun- 
do, y en buena medida, a lo largo de su juven- 
tud, a los asuntos de la ciudad de Atenas... La 
justicia, que es virtud del alma, impele a diri- 
gir, gobernar y decidir, y a crear las condicio- 
nes del Estado sano.» 

De hecho, como dice el libro cuarto de La 
República, la justicia es la cualidad que con- 
cede su virtud a la ciudad; y no se trata de una 

126 



condición abstracta, sino de una situación es- 
pecífica social que debe escapar a las estrechas 
limitaciones del materialismo y del pragmatis- 
mo. Como en la Atenas aburguesada de su épo- 
ca, como en la sociedad industrial del siglo xx, 
donde el valor de la justicia es frecuentemente 
subsumido por el culto del bienestar y de la 
riqueza, de lo productivo y útil, dándose lugar 
a estructuras de creciente injusticia — discri- 
minaciones y tiranías soterradas o descaradas — 
el Alcibiades hace ver que la justicia no está 
subordinada a la utilidad, «Los atenienses y 
los demás griegos, muy pocas veces se pregun- 
tan qué es lo justo y qué es lo injusto, pues 
piensan que estas cosas son evidentes. Desde- 
ñando esto, examinan qué cosa es lo útil. Porque 
no son lo mismo, a mi entender, lo justo y lo 
útil; así, para muchos resultó ventajoso come- 
ter grandes injusticias y otros, en cambio, no 
sacaron provecho de sus acciones justas.» Sin 
embargo, el reconocimiento de la situación vi- 
ciada no se reducía a una crítica implacable y 
objetiva, porque de ella nacía una concepción 
firme de la justicia como virtud y norma de 
conducta. 

A la libertad le dedica Platón muy escasas 
referencias directas, pero se da la paradoja de 
que aparece implícitamente este problema a lo 
largo de la mayoría de sus diálogos. Se explica 
la insuficiencia de textos al respecto porque la 
libertad no es en el pensamiento platónico una 
toma doctrinal sino un valor y una situa- 
ción «sine qua non» para alcanzar la justicia y 
la sabiduría. El mito de la caverna, centrado en 



127 



la idea de la exigencia de liberación, bastaría 
para probarlo. 

Los partidarios de calificar peyorativamente 
el idealismo platónico, podrían recordar una 
frase del Fedón donde, en apariencia, la li- 
bertad es una simple condición del alma. «Todo 
hombre que se haya afanado, en cambio, en 
los placeres que versan sobre el aprender, y 
adornado su alma, no con galas ajenas sino con 
las que le son propias — la moderación, la jus- 
ticia, la valentía, la libertad, la verdad — en tal 
disposición espera ponerse en camino del Ha- 
des con el convencimiento de que lo emprende- 
rá cuando le llame el destino.» Y, sin embargo, 
no sería cabal interpretar ni siquiera esa frase 
como indicio de que para Platón la libertad es 
una estricta cualidad ética. Por el contrario, en 
los diálogos se trata sin cesar del hombre libre, 
pero no exclusivamente para ocuparse de la 
esencia y finalidad extrema de lo humano, sino 
para intentar una nueva sociedad y un nuevo 
tipo de hombre. 

Así lo vio claramente Hegel en su Historia 
de la filosofía, llegando a afirmar que el de- 
fecto de Platón era no ser bastante idealista. 
Se equivocaba en semejante apreciación, por 
detenerse demasiado en determinados aspectos 
que han llevado a definir a Platón como un 
teórico del sistema comunista, al haber pro- 
pugnado la abolición de la propiedad privada 
y el matrimonio, y la suspensión de la capaci- 
dad de elección de clase social. En palabras de 
Hegel, la principal característica de la Repúbli- 
ca platónica es la eliminación del principio de 

128 



individualidad. «Platón no reconocía el cono- 
cimiento, deseos y decisiones de los individuos... 
Lo contrario del principio platónico es el de la 
consciente voluntad libre de los individuos, que 
fue llevado más tarde por Rousseau a la pree- 
minencia: la teoría de que es necesaria la elec- 
ción libre por el individuo.» Hegel partía de la 
base de que, según Platón, la moral no puede 
ser independiente de las instituciones y que, en 
definitiva, la vida pública del Estado subsiste 
por las instituciones, en las cuales radica la 
fijación de los valores superando la libertad 
individual. Pero estas consideraciones no co- 
rresponden al sentido de la doctrina platónica. 
Sin duda postuló formas de colectivismo, por 
otra parte más próximas al actual concepto de 
socialización que al comunismo, en tanto este 
parte de un materialismo que nada tiene que 
ver con el esplritualismo y la preocupación por 
el fin trascendente de la vida del hombre que 
anidan en todos los diálogos de Platón. No 
obstante, es innegable que las estructuras le- 
gales delineadas en dos de los diálogos — La 
República y Las Leyes — son de secundaria 
importancia ante la tesis prioritaria: la subor- 
dinación de la política concreta a la reconver- 
sión del hombre, de cada hombre, bajo una 
norma de libertad y de ascensión en el cultivo 
de virtudes. 

Platón dedicó su existencia a desarrollar ese 
mensaje socrático, que se sintentiza con la má- 
xima pureza en el mito de la caverna y en 
Fedón: la liberación de las cadenas que im- 
piden avanzar en el conocimiento y en el per- 

129 



feccionamiento individual, de individuos soli- 
darios entre sí. Tal es la base de la estructura 
social que soñaba: conservar el culto a la li- 
bertad individual que floreció en la cultura he- 
lénica, barrer el pragmatismo que inundaba la 
Atenas de su tiempo, imponer una escala de va- 
lores claros — sabiduría, justicia, libertad — y 
construir una sociedad en que las instituciones 
y los hombres hicieran de dichos valores el eje 
de su acción. 

Cuando el héroe Héctor comprendió que los 
dioses le llamaban a la muerte a manos de 
Aquiles, lo aceptó con honor: «Cumplióse mi 
destino. Pero no quisiera morir cobardemente 
y sin gloria, sino realizando algo grande que 
llegara a conocimiento de los venideros.» Este 
supremo coraje fue el de Sócrates al admitir 
su injusto sacrificio, rechazando la posibilidad 
de huir. Con placidez terminó Platón sus días, 
mas tenía conciencia de un destino que le in- 
citaba a formular ideas para el futuro de la 
humanidad, se resignó al fracaso de sus pro- 
yectos y creó unos grandes ideales que han per- 
durado a lo largo de los siglos. Su llamada a la 
reconversión del hombre, su humanismo inte- 
gral, su concepción de la realidad y de los va- 
lores rectores, continúan y continuarán siendo 
vigentes. 

Aristóteles ha ejercido una influencia mucho 
más efectiva que Platón en el campo político. 
Parcialmente se debe a que Platón había en- 
trado en la definición de unos principios gene- 
rales cuyo desarrollo práctico requería circuns- 
tancias muy distintas a las entonces imperan- 
do 



tes, mientras que Aristóteles caló en fórmulas 
mejor atemperadas al instinto del poder, siem- 
pre anterior y más activo que el idealismo; ade- 
más, el filósofo de Estagira comprendió la in- 
viabilidad de la polis griega, la inutilidad de 
querer reformarla, su sustitución irreversible 
por organizaciones mucho más complejas don- 
de era absurda utopía la coparticipación de to- 
dos los ciudadanos en la conducción diaria del 
poder. De hecho, la civilización helénica, que 
en la etapa de Pericles encontró su cúspide y 
también el comienzo de un ineluctable decli- 
nar, estaba llena de contradicciones internas; 
según avanzaba en refinamiento cultural, rique- 
za y prosperidad económica y política, se ale- 
jaba la perspectiva de que pudiera mantenerse 
el mecanismo democrático implantado cuando 
Atenas tenía una pequeña dimensión geográfi- 
ca que permitía aquel fenómeno único de la 
entrega de las decisiones sobre los asuntos pú- 
blicos a todos los ciudadanos libres. Las nue- 
vas circunstancias creaban paulatinamente una 
estructura social ya antitética con los ideales 
democráticos; paso a paso, el desarrollo eco- 
nómico se apoyaba en el incremento del nú- 
mero de esclavos, mientras que una élite pri- 
vilegiada se imponía con la fuerza de los inte- 
reses que concentraba, haciendo que la políti- 
ca se caracterizase por la centralización del 
poder, con el soporte de grupos minoritarios 
cuyo objetivo era la supresión de las limita- 
ciones del control popular. Platón mismo no 
tenía la menor fe en la decadente democracia 
que contemplaba, pero el choque entre su aris- 

131 



tocratismo de sangre y las grandes ideas sobre 
la justicia evitaba que viera con claridad el 
modo de institucionalizar realistamente su doc- 
trina. Frente a ios proyectos que intentó rea- 
lizar varias veces, surgía en la historia la figura 
de Filipo de Macedonia, que daría el golpe de 
gracia a una Hélade atomizada en múltiples 
unidades políticas carentes de vitalidad. En 
efecto, este genio de la astucia y del arte mili- 
tar hizo tabla rasa de todo planteamiento ideo- 
lógico, liquidó la fragmentación política griega 
y consagró la monarquía centralista, integra- 
dora en su interior e imperial en su proyección 
externa, donde la voluntad del rey no tendría 
otro freno que el de las leyes dictadas para su 
propia consolidación; de ese modo se aborda- 
ría una sociedad de derecho con la centrifuga- 
ción del orden social bajo una legislación y una 
autoridad suprema, el rey, que actuaría como 
cumbre del mando de los individuos y de los 
grupos. 

El teórico de esa estructura tan similar a la 
del Estado renacentista fue Aristóteles. Pola- 
rizada su atención en el problema de las for- 
mas políticas, los argumentos que utiliza para 
poner a la monarquía hereditaria como la for- 
ma suprema, mejor que cualquier otra, se fun- 
damentan en el razonamiento de que consti- 
tuye la garantía de la libertad y de la justicia. 
Esto significaba una radical ruptura con la tra- 
dición helénica, con la que casi únicamente coin- 
cide en la repulsa de la tiranía. Desde las deli- 
beraciones entre los héroes ante los muros de 
Troya, la cultura griega siempre había repre- 

132 



sentado un canto encendido a la personalidad 
individual y, por consiguiente, un ánimo de opo- 
sición a cuanto implicara entregar la vida co- 
munitaria a la voluntad de un solo hombre. 
Según recuerda Kelsen en su comentario a la 
filosofía aristotélica, la figura mítica del rey 
Teseo se honraba como fundador de la demo- 
cracia. Pero todo ello no tenía ni un punto de 
contacto con Filipo. Concibiendo la polis como 
una agrupación de individuos libres, Isócrates 
decía que Atenas odiaba la monarquía por en- 
cima de las demás cosas, y Eurípides señalaba 
que nada era más pernicioso para el Estado 
que la ley hecha por un solo hombre. En cam- 
bio, Aristóteles no vacila en incluir la demo- 
cracia entre las constituciones pervertidas, has- 
ta como un medio de despotismo: «la forma 
extrema de la democracia es la tiranía», la ti- 
ranía que subraya como la peor de las solucio- 
nes políticas. 

Impotente resultaba el verbo de Demóstenes 
para contrarrestar el rulo arrollador del ejér- 
cito macedónico contra la agonizante Atenas. 
Sus discursos de ataque a Filipo fueron el ro- 
mántico canto del cisne de un sistema termi- 
nado. «¿Qué deseáis? Libertad. ¿Y no veis que 
el título de Filipo significa justamente lo con- 
trario? Porque todo rey y tirano es un enemigo 
de la libertad y del orden a la ley.» Mientras 
que Aristóteles distingue entre rey y tirano, 
afirmando que este es el que no se sujeta a 
más norma que su capricho y voluntad en tanto 
aquel opera en obediencia al Derecho. Demós- 
tenes intuía la trampa mortal de un juego dia- 

133 



léctico puesto al servicio del poder macedóni- 
co, capaz de engañar a las masas aunque no 
de encubrir indefinidamente el absolutismo 
real. En su libro sobre la política, Aristóteles 
no acosa de plano a la democracia pero, dedi- 
cándola algunas palabras amables, viene a des- 
cartarla como forma de gobierno deseable, de- 
jándola convertida en una difusa y hasta pe- 
ligrosa moral pública; tal es la actualidad de 
este teórico del despotismo, a quien dota de un 
sistema de pensamiento desconocido en la his- 
toria anterior. Tras delimitar la monarquía 
como una de las tres únicas formas puras de 
gobierno, asienta la tesis de que la institución 
monárquica es la fórmula idónea para superar 
los vicios de la democracia y de la oligarquía, 
evitar la opresión de los tiranos, defender el 
imperio de la ley y promover la existencia in- 
dividual en torno a un valor superior, la vir- 
tud. La justicia, paternalmente administrada, 
pasa a ser el principio ordenador del orden 
público, de modo que el primer deber del indi- 
viduo es su sometimiento al derecho y a la auto- 
ridad; en suma, el bien común, cuyo máximo 
intérprete y protector es el monarca, prima 
definitivamente sobre la persona. El hombre 
queda sujeto de hecho al Estado, cuyo poder 
se encarna en el rey. «El Estado es una crea- 
ción de la naturaleza, y el hombre es por na- 
turaleza un animal político... Así, el Estado es 
por naturaleza claramente superior a la fami- 
lia y al individuo, ya que el todo es necesaria- 
mente superior a la parte.» 

134 



Hábilmente, Aristóteles mostraba el concepto 
de democracia como una amenaza a la prospe- 
ridad, como expresión del resentimiento de la 
mayoría de desheredados; en esos términos, 
el contenido de la libertad quedaba difuminado 
como una situación sospechosa moralmente. 
De esa manera van surgiendo ideas y técnicas 
de confusionismo que no son muy lejanas al 
stalinismo y a los doctrinarios del capitalismo. 
«Las perversiones son las siguientes: de la rea- 
leza, la tiranía; de la aristocracia, la oligarquía; 
del gobierno constitucional, la democracia. 
Pues la tiranía es una clase de monarquía que 
solo contempla el interés del monarca; la ti- 
ranía tiene como punto de mira el interés de 
los ricos; la democracia, el de los necesitados: 
ninguna de ellas, el bien común de todos... La 
base de un Estado democrático es la libertad, 
que se afirma ser el gran fin de toda democra- 
cia. Un principio de la libertad es para todos 
gobernar y ser gobernado por turno, y verda- 
deramente la justicia democrática es la apli- 
cación de la igualdad numérica, no la propor- 
cional; de aquí se infiere que la mayoría debe 
ser suprema y que todo lo que la mayoría 
aprueba debe ser lo objetivo y lo justo. Cada 
ciudadano, se dice, ha de tener igualdad y, por 
tanto, en una democracia los pobres tienen 
más poder que los ricos, porque son más y la 
voluntad de la mayoría es suprema. Otro prin- 
cipio es que un hombre habría de vivir como 
lo desee. Es el privilegio de todo hombre libre; 
no vivir como se desea es la marca del esclavo... 
La diferencia real entre democracia y oligar- 

135 



quía es la pobreza y la riqueza. Dondequiera 
que los hombres gobiernen por razón de su ri- 
queza, sean pocos o muchos, eso es una oligar- 
quía, y donde los pobres gobiernen eso es una 
democracia... Y mientras la oligarquía se ca- 
racteriza por el nacimiento, la riqueza y la edu- 
cación, las notas de la democracia aparecen 
como las opuestas a estas, baja cuna, pobreza.» 
Preciso es rememorar el racismo latente en 
la civilización helénica, que caracterizaba su 
forma de entender las relaciones entre pueblos, 
ciudades, familias, individuos; eso explica que 
no solo por motivaciones económicas persistía 
la esclavitud en una sociedad altamente influi- 
da por principios humanistas. Aunque no ba- 
sada en diferencias de pigmentación de piel, 
sino en actitudes socioculturales, la discrimi- 
nación era tan intensa que merece el califica- 
tivo de racismo, sobre todo por la separación 
radical entre el mundo heleno y el exterior, al 
que se tildaba de bárbaro. Esta es la tradición 
que recogía Aristóteles hablando de la supe- 
rioridad intrínseca del señor sobre el esclavo, 
del hombre sobre la mujer; la convicción de 
las distancias innatas de calidad entre unos y 
otros seres humanos tenía que ponerlo enfren- 
te de la democracia. Para Aristóteles, el ideal 
democrático no era, en el fondo, sino una ac- 
titud revolucionaria, una fuerza destructora 
que debe superarse para preservar el orden. 
Sus conclusiones rematan, al efecto, en un ra- 
zonamiento en apariencia irrebatible que pre- 
tende demostrar por qué la monarquía heredi- 

136 



taria es el mejor escudo de la justicia social. 
«La democracia surge de la noción de que to- 
dos los que son iguales en algún aspecto son 
iguales en todo; como los hombres son igual- 
mente libres, reclaman ser absolutamente igua- 
les. La oligarquía se basa en la noción de que 
quienes son distintos en algún aspecto lo son 
en todo; siendo distintos, esto es, en propie- 
dad, suponen ser distintos absolutamente... La 
causa principal y universal del sentimiento re- 
volucionario ha sido ya mencionada: el deseo 
de igualdad cuando los hombres creen que son 
iguales a otros que tiene más que ellos; o el 
deseo de desigualdad y superioridad cuando, 
concibiéndose a sí mismos superiores, creen 
que no tienen más, sino lo mismo o menos que 
sus inferiores. Tal es el estado de mente que 
crea las revoluciones.» En suma, Aristóteles 
condena la democracia como un sistema intrín- 
secamente viciado, cuya raíz psicológica radi- 
ca en el resentimiento. 

De ese modo se centra la teoría de que la 
libertad es un tema accesorio en comparación 
con el problema fundamental del establecimien- 
to de la autoridad y la legalidad desde el trono. 
El deslizamiento de la estructura de coparti- 
cipación y de principios morales rectores hacia 
la estructura de integración y eficacia pragmá- 
tica configura, pues, el pensamiento aristotéli- 
co. «Dos son los principios característicos de 
la democracia, el gobierno de la mayoría y la 
libertad. Los hombres piensan que lo que es 
justo es igual, que la igualdad es la supremacía 
de la voluntad popular y que la igualdad y la 

137 



libertad significan que el hombre haga lo que 
quiere. En tales democracias, cada uno vive 
como gusta o, en palabras de Eurípides, según 
su fantasía. Pero esto es falso: los hombres 
no deben considerar como esclavitud el vivir 
conforme a la norma de la constitución, pues 
esta es su salvación.» 

Pronto pasaría Filipo, y Alejandro el Magno 
iba a cruzar como un meteoro de la historia 
haciendo de su corto periplo la más gigantesca 
tentativa realizada hasta ahora para la fusión 
de Oriente y Occidente. Su padre le había de- 
jado un ejército de extraordinaria calidad, pero 
Alejandro dio tal dimensión y grandeza a sus 
acciones que carecía de interés cuando perte- 
necía al pasado inmediato. Las ideas aristoté- 
licas parecían una anécdota irrelevante ante 
aquella inmensa llamarada que se extendió des- 
de Europa hasta la India. No fue ese el dictado 
del destino. Los sucesores de Alejandro deshi- 
cieron con sus querellas el imperio que no ha- 
bía tenido la duración suficiente para institu- 
cionalizar las intuiciones y el impulso que lo 
habían creado. Quedó Aristóteles. Con su es- 
pléndida metafísica se convirtió en la piedra 
angular de la escolástica; y la influencia de 
dicha filosofía, culminada en Santo Tomás de 
Aquino, favoreció la ampliación de su ámbito 
a la política, ayudando entonces a consagrar 
principios cuya ejecución se tradujo en las 
monarquías absolutas. Pese a la aparición del 
Cristianismo, los valores trascendentes inser- 
tos en la Verdad enseñada y ejemplarizada por 

138 



Jesucristo no podían contrarrestar, sino limar 
paulatinamente la dureza de unas circunstan- 
cias de miseria y violencia a las cuales respon- 
dían estructuras de explotación y servidumbre. 
La monarquía entendida según la doctrina aris- 
totélica, entonces robustecida con el marchamo 
carismático, resultaba ser la única institución 
capaz de poner coto a los abusos de los seño- 
res feudales; amparándose en un pretendido 
origen divino, los reyes constituían, con la Igle- 
sia, la garantía de estabilidad y orden en un 
mundo de arbitrariedades, privilegios de las 
castas dominantes y uso brutal de la fuerza 
para mantenerlos. La autoridad remitida a la 
instancia final del rey era el reducto de la leve 
justicia social posible en tales tiempos. Por 
ello, la libertad apenas figuraba en el lenguaje 
político; sin embargo, las transformaciones de 
una sociedad donde poco a poco perdió pie el 
mecanismo feudal, fue surgiendo y consolidán- 
dose la burguesía, y se luchó constantemente 
por perfeccionar una legislación a la cual se 
subordinasen los privilegios de los grupos rec- 
tores, junto al paralelo reforzamiento de la rea- 
leza, condujeron al Estado moderno. Además, 
entre tanta violencia difícil de controlar, fue 
factible en algunos países, especialmente Espa- 
ña, iniciar la inclusión de ciertas libertades 
concretas dentro del sistema legal en gestación. 
Ahora bien, no obstante la Carta Magna in- 
glesa o las normas establecidas en nuestras 
Cortes y fueros, la monarquía hereditaria y de 
derecho era la válvula de seguridad durante 

139 



muchos siglos de caos. La tragedia fue que la 
centralización y absolutismo justificativos de 
una fórmula de emergencia terminaría plas- 
mando en la idea del Estado-Leviatán de Hobbes 
y en el Estado totalitario hegeliano, en su ver- 
tiente fascista o stalinista cuando advino la 
industrialización y la sociedad de consumo. En 
ese instante, el despotismo seudo-legal e ilus- 
trado daría paso a dictaduras institucionali- 
zadas, provistas de un formidable aparato tec- 
nológico para la represión y so juzgamiento de 
la personalidad individual. 

La centralización y autoritarismo que habían 
sido la medula de la doctrina de Aristóteles 
desembocó, pues, con el transcurso de los si- 
glos, en una situación de hecho donde la liber- 
tad corre riesgos tan graves que su defensa es 
ya el problema político radical, como lo intuyó 
Demóstenes en su pugna con Filipo. La recon- 
versión del hombre — según Platón — y la es- 
tructura estatal sustentadora de relaciones de 
dominio plasmadas en Derecho — según Aristó- 
teles — serían por fin la alternativa más urgen- 
te en la alborada de la civilización a escala 
mundial. 



Maquiavelo 

El empleo de palabras en que se resumen 
ideales, para colocarlas al servicio de unas es- 
tructuras concretas completamente antitéticas 
con ellas, no es fenómeno exclusivo de nues- 
tros días, aunque ahora la magnitud y eficacia 

140 



de los medios técnicos de propaganda y presión 
sean muy superiores al pasado. Es más, en de- 
terminados casos se ha logrado resultados mu- 
cho más duraderos que los que obtienen los ins- 
trumentos científicos del momento presente, 
por cuanto tropiezan estos con la dificultad del 
cambio vertiginoso consiguiente a un régimen 
de consumo en imparable renovación, donde 
las banderías ideológicas, como los hombres 
y las cosas, pierden prestigio en un plazo muy 
corto. 

Uno de los ejemplos principales de esa cons- 
ciente subversión de términos es el pensamien- 
to de Nicolás Maquiavelo con respecto a la li- 
bertad. 

Como recuerda Barincou en la presentación 
de las obras completas de Maquiavelo, el flo- 
rentino no solo era un hombre de acción y un 
pensador que trataba de esquematizar las leyes 
de la evolución histórica, después de Aristóte- 
les y de Platón, antes de Vico y de Montes- 
quieu, sino que hacía suya la divisa «servir» 
de Leonardo de Vinci, intentando definir nor- 
mas políticas encaminadas a superar las fata- 
lidades de la historia para alcanzar un desig- 
nio. Dicho designio era, de un lado, la unidad 
y constitución de Italia; de otro, la implanta- 
ción de un régimen unipersonal, el del Prínci- 
pe. Ambos aspectos estaban trabados entre sí. 
De ahí el que, al final de su obra El Príncipe, 
tras exaltar la necesidad de que apareciera un 
redentor para Italia que concitaría la adhesión 
de todos y terminaría con los invasores, pi- 
diera a la Casa de Mediéis que, bajo su estan- 

141 



darte, la patria se ennobleciera y quedasen 
realizados los siguientes versos de Petrarca: 

Virtü contro a furore 

Prender a Varme; e fia el combatter corto: 

Che Vantico valore 

Nelli italici cor non é ancor morto. 

Sin entrar en el análisis de los vehementes 
sentimientos nacionalistas de Maquiavelo, de- 
seoso de la unidad de su país — cumplida en el 
siglo XIX por Cavour y Garibaldi — lo resaltado 
aquí es la identificación de la idea de nación 
con la del mando único y autoritario, que pre- 
senciamos en la época contemporánea con ma- 
yor intensidad que los intentos de desarrollo 
de la democracia; sigue siendo un hecho que 
el nacionalismo es una de las mayores barre- 
ras con que tropieza el progreso de la huma- 
nidad y a ella se condiciona incluso la libertad, 
porque son precisamente los más apasionados 
nacionalistas quienes suelen hablar de los prio- 
ritarios intereses de su patria para aumentar 
las atribuciones del poder central en detrimento 
de los individuos y de sus agrupaciones. Claro 
es que el cinismo habitual permite la ironía 
impune de afirmar que se consigue la libertad 
«real» evitando las llamadas amenazas del plu- 
ralismo. 

Esto lo anticipaba Maquiavelo refiriéndose 
a la libertad como consecución del absolutismo 
del Príncipe. Con la celebrada opinión de que 
el fin justificaba los medios, delineaba la teoría 
del «buen tirano», que busca ser reconocido 

142 



como defensor de la libertad mientras repri- 
me cualquier posibilidad de participación po- 
pular en el mando. Así se convierte El Prín- 
cipe en el libro de cabecera de Federico II, 
de Napoleón, de los líderes comunistas, para 
quienes las reglas del juego correcto se dejan 
para las actividades marginales a la política. 

En el Discurso sobre la primera década de 
Tito Livio se confirma el concepto maquiavé- 
lico de la libertad como condición únicamente 
alcanzable bajo la égida del Príncipe; y, por 
supuesto, no entra nunca en el contenido de 
lo que era para él simple palabra. En tanto que 
El Príncipe dice que el Principado viene del 
pueblo y de los grandes, en el libro I del Dis- 
curso establece que todas las leyes favorables 
a la libertad nacen de la oposición entre aque- 
llos, dando por sentado una estructura socioló- 
gica-política formada por dos factores, pueblo 
y aristocracia; composición similar a la de los 
regímenes totalitarios ulteriores, para quienes 
la sociedad se reduce a un partido que ordena 
y una población que obedece. Además, dado 
que la obsesión de Maquiavelo era la unifica- 
ción de la nación italiana bajo dirección uni- 
personal, tomaba caprichosamente el ejemplo 
de la historia de Roma para demostrar la difi- 
cultad o imposibilidad de que el pueblo acos- 
tumbrado a vivir bajo un Príncipe conservara 
la libertad si la pretendiera conseguir fuera de 
la institución monárquica. Para Maquiavelo el 
pueblo es muchedumbre sin madurez ni discer- 
nimiento de lo que le conviene, incapaz de or- 
ganizar y disfrutar la libertad. Cuando con- 

143 



cierne al hombre y a la sociedad debe de ser 
promovido y regulado por el Príncipe y sus 
consejeros, poseedores del conocimiento de lo 
que pueden alcanzar los demás seres humanos 
en cada instante. 

El cautivo Segismundo de La vida es sueño, 
de Calderón de la Barca, clamaba, comparán- 
dose con un ave «¿y teniendo yo más alma 
tengo menos libertad?», con un pez «¿y yo, con 
más albedrío, tengo menos libertad?», con un 
bruto «¿y yo, con mejor instinto, tengo menos 
libertad?», luego «¿qué ley, justicia o razón 
negar a los hombres sabe privilegio tan suave, 
excepción tan principal, que Dios le ha dado 
a un cristal, a un pez, a un bruto y a un ave?». 
Pero Maquiavelo, que a fuerza de adular al po- 
deroso, esperar todo de su magnanimidad y 
querer ser artífice de una empresa superior 
a sus fuerzas, muriendo de dolor por la pérdi- 
da de un cargo administrativo, se atreve a ma- 
nifestar que el pueblo liberado del Príncipe «es 
como un bestia bruta, naturalmente feroz y 
hecha para vivir en los bosques, después do- 
mesticada en la prisión y en la doma; si la 
suerte le lleva a la libertad de los campos, in- 
capaz de encontrar sus pastizales y su cobijo 
sería entonces la presa del primero que quisie- 
ra volver a encadenarla». En el capítulo siguien- 
te del mismo libro I del Discurso aborda nue- 
vamente la tesis del pueblo corrompido que 
consigue la libertad, para llegar a idénticas 
consideraciones: «Nunca tal pueblo podrá des- 
cansar mientras no se haya dado un nuevo 
amo, a menos que un hombre raro, por sus 

144 



cualidades, su virtud, le mantenga en estado 
de libertad, pero este estado durará sino mien- 
tras viva ese hombre extraordinario.» Al final 
de la fugaz aventura de la libertad, Maquia- 
velo no ve más opción para la llamada salva- 
ción de la libertad que la tiranía o el Príncipe. 
En el afán por interpretar la evolución de 
Roma como fuente de enseñanza de leyes his- 
tóricas permanentes, la intención de Maquia- 
velo consistía en consolidar la institución del 
Príncipe como fórmula de un gobierno pater- 
nalista y culto, cuidadoso del progreso y ba- 
sado en el apoyo aristocrático tanto como en 
el fervor popular. Es un programa que recuer- 
da en gran modo la experiencia de los despo- 
tismos contemporáneos, apoyados en la excusa 
de su eficacia para el desarrollo económico y 
sustentados en una diarquía sociológica simi- 
lar, aunque la nobleza haya sido sustituida, 
bien por el partido, bien por una alianza de 
grupos de presión. En esto, como en otros as- 
pectos esenciales de la política de nuestro tiem- 
po, es innegable la vigencia de Maquiavelo, muy 
probable fundador del término Estado y, des- 
de luego, teórico eminente de la técnica de go- 
bierno que iba a desplegar dicho Estado en su 
creciente concentración de poderes. El arrin- 
conamiento de la libertad por la autoridad y la 
negativa a cualquier sistema humanista sería 
quizá su legado más visible: la implantación 
de un cínico realismo, apartado de cualquier 
respeto a los valores, del que la práctica más 
descarnada aparecerá con la sociedad de con- 
sumo. Verdad es que la obra de Maquiavelo 

145 



presenta notables reflexiones de orden moral, 
propios de aquella ilustre mente de un Renaci- 
miento que buceaba en el pasado greco-latino 
para edificar un mundo más abierto y humano. 
Pero este es el Maquiavelo que apenas interesa 
hoy. Son sus ideas sobre el mando, la irrele- 
vancia de la libertad y la subordinación de los 
medios a los fines lo que prevalece; dudosa 
contribución cuyo alcance se revela en el mero 
enunciado del capítulo XXXIV del citado libro: 
«Que la dictadura hizo siempre bien y jamás 
mal a la República romana. Es la autoridad de 
que se apoderan los ciudadanos lo que perju- 
dica a la libertad, y no la que es conferida por 
los sufragios del pueblo.» La crítica histórica 
enseña que la dictadura en Roma era muy di- 
ferente de lo que Maquiavelo deseaba; y sus 
discípulos lo manipularon para justificar la dic- 
tadura absoluta, la absorción completa del in- 
dividuo por el Estado. 



Montesquieu y Rousseau 

Durante la gestación del clima político que 
provocó la Revolución francesa, dos grandes 
pensadores, pertenecientes a medios sociales 
dispares, iban a delinear los principios con los 
cuales se pondrían los cimientos de la proble- 
mática ideológica contemporánea. Proclama- 
ron la idea de que la soberanía reside en el 
pueblo e izaron la bandera de la libertad; des- 
de entonces, lo que defendieron ha quedado 
incorporado al terreno de la política concreta. 

146 



Ambos, Montesquieu y Rousseau, vivieron 
sesenta y seis años. El primero pertenecía por 
su cuna a la aristocracia, nunca padeció priva- 
ciones, abandonó voluntariamente una alta ma- 
gistratura que le fue conferida por razón de 
su nombre familiar, viajó y estuvo siempre en 
un ambiente mundano, disfrutó los privilegios 
que no cesó de otorgarle su clase social; pero 
al morir dejaba escrito El espíritu de las le- 
yes, colocando las bases del moderno Estado 
liberal de Derecho, con un estructura institu- 
cional completamente ajena al sistema que ha- 
bía gozado. El otro era plebeyo y extranjero 
en el París de Diderot, Holbach, Voltaire, 
D'Alembert; su extracción humilde, su desequi- 
librio psíquico, sus infortunios, forman el polo 
opuesto al bienestar y alegría de un Montes- 
quieu mimado por la fortuna. Agobiado por 
el contraste entre lo que deseaba y lo que con- 
seguía, obseso por la sensación de ser víctima 
de un hado desgraciado que atribuía íntegra- 
mente a las estructuras imperantes en su épo- 
ca, mediocre y timorato en cuanto se le pedía 
consejos para la acción pública, podría pare- 
cer el perfecto modelo del resentido, hasta el 
punto de que su comportamiento podría ser- 
vir de referencia de gran parte de las páginas 
dedicadas por Marx Scheler al estudio del re- 
sentimiento en la moral. Sin embargo, Emilio, 
El contrato social y Las confesiones marca- 
rían un sello indeleble en la concepción de 
la educación, en la configuración del comu- 
nismo y de la democracia contemporánea, en 

147 



el hegelianismo y en el romanticismo indivi- 
dualista. 

De acuerdo con la tradición doctrinal que 
tiene su punto de arranque en Aristóteles, Mon- 
tesquieu presta especial interés al tema de las 
formas de gobierno, que reduce a tres — repú- 
blica, monarquía y despotismo — , pero, enfren- 
tado con el planteamiento aristotélico y con el 
orden político de su tiempo, estableció decidi- 
damente la tesis innovadora de que la sobera- 
nía radica en el pueblo. En la definición de la 
naturaleza de esos tipos de gobierno dice que 
«un gobierno republicano es aquel en que el 
conjunto o una parte del pueblo posee el su- 
premo poder; la mgnarquía es aquel en que 
una persona gobierna por leyes fijas; en el 
gobierno despótico, una sola persona dirige 
todo por su voluntad y capricho». Mientras 
Aristóteles colocaba en la cúspide de las for- 
mas políticas puras a la monarquía y en toda 
su obra la democracia se expone como una 
forma viciada, Montesquieu adopta y extrapo- 
la el modelo constitucional inglés dando prio- 
ridad al análisis de las leyes relativas a la de- 
mocracia, es decir, el sistema político en que 
la soberanía corresponde a la totalidad del 
pueblo, contraponiéndolo a la aristocracia como 
el sistema en que el poder supremo pertenece 
a una parte minoritaria del pueblo. En esa de- 
mocracia son aspectos fundamentales el sufra- 
gio, la dimensión amplia de las asambleas y 
la representatividad de sus miembros; hostil 
a la actitud de las monarquías del despotismo 
ilustrado, que daban como hecho inapelable 

148 



la ineptitud de sus subditos para hacer polí- 
tica, el diletante de los salones de París, Lon- 
dres y Viena se atreve a afirmar que el pueblo 
es plenamente capaz, sin paliativos, de escoger 
aquellos en quienes deba confiar una parte de 
su autoridad. 

Ahora bien, ¿puede el pueblo conducir un 
asunto intrincado, aprovechar el momento crí- 
tico de la acción? No, ciertamente, para Mon- 
tesquieu, sin que de ello deduzca la convenien- 
cia de su apartamiento político; no cae, pues, 
en el fariseísmo de un Maquiavelo. En efecto, 
«si dudáramos de la capacidad natural del pue- 
blo para discernir los méritos, nos bastaría 
echar una ojeada sobre las sorprendentes elec- 
ciones hechas por los atenienses y los romanos, 
que nadie atribuye al azar». Estas reflexiones 
conducen a la tesis de que es imposible para 
el pueblo asumir la dirección de los problemas 
públicos, pero tal circunstancia, que impone la 
complejidad y magnitud de la sociedad moder- 
na, es precisamente lo que recomienda la elec- 
ción libre de quienes deban representar al pue- 
blo y actuar en su nombre. La monarquía no 
aparece como un sistema intrínsecamente per- 
judicial, pero al entrar en su crítica Montes- 
quieu refleja crudamente una situación socio- 
lógica que él conocía de cerca. Así, después de 
defender la máxima primordial de la sujeción 
del poder real a leyes cuyos depositarios han 
de ser los jueces de los tribunales supremos, 
como cuerpo encargado de contrarrestar la in- 
dolencia y menosprecio al poder civil por parte 
de la nobleza, manifiesta que la virtud es el 

149 



principio moral de las democracias y no de las 
monarquías, haciendo un examen despiadado 
de la corte que rodea a los monarcas. «Ambi- 
ción en la pereza; tontería mezclada con or- 
gullo; deseo de riqueza sin trabajar; aversión 
a la verdad; adulación, perfidia, violación de 
los compromisos, desprecio a los deberes civi- 
les, temor a la virtud del príncipe, esperanza 
en su debilidad, y sobre todo una perpetua vi- 
sión del ridículo de la virtud, son las caracte- 
rísticas por las que se han distinguido los cor- 
tesanos en todas las edades y países.» En la 
práctica, pues, el basamento ético sobre el que 
se mueve la monarquía es lo más ajeno a la 
virtud, que inspira la forma democrática: «Un 
gobierno monárquico presupone preeminen- 
cias y rangos, del mismo modo que una ascen- 
dencia noble; y como es la naturaleza del ho- 
nor aspirar a preferencias y títulos, es lo que 
se sitúa propiamente en ese gobierno.» 

Esas son las razones conforme a las cuales 
la libertad política solo puede producirse en 
un sistema democrático que Montesquieu, en 
último extremo, ve factible en tanto se asegure 
un Estado de derecho y el poder supremo ten- 
ga poderes intermedios o delegados que se di- 
vidan las funciones judiciales — en los tribu- 
nales — , las legislativas — en asambleas con re- 
presentantes elegidos por sufragio — y las eje- 
cutivas. En este punto deja bien claro que 
mientras las leyes sobre las formas de gobier- 
no afectan a la estructura constitucional del 
Estado, son las leyes concernientes al ciudada- 
no las que han de consagrar el ejercicio de la 

150 



libertad; término este tan equívoco que la 
mayoría de los tratadistas había eludido estu- 
diar su contenido. Montesquieu intenta desbro- 
zarlo. «La libertad política no consiste en una 
ilimitada libertad; en los gobiernos, esto es, 
en las sociedades dirigidas por leyes, la liber- 
tad puede radicar únicamente en el poder ha- 
cer lo que debemos querer y no quedar reduci- 
dos a hacer lo que no debemos querer. Hemos 
de tener constante presente en nuestras men- 
tes la diferencia entre independencia y liber- 
tad. Libertad es el derecho de hacer todo lo 
que las leyes permiten.» 

De ese modo, pese a la advertencia inicial 
sobre la importancia decisiva de la división 
del poder en el campo legislativo, ejecutivo y 
judicial, para el cumplimiento de la libertad, 
resulta que la totalidad de su filosofía política 
consiste en la institucionalización del Estado 
de derecho como la condición «sine qua non» 
de la democracia y, por tanto, de la libertad. 
Aparentemente, el pensamiento aristotélico per- 
manecía intangible, pero la manera con que 
Montesquieu concibe aquella institucionaliza- 
ción ya no tenía nada que ver con el absolutis- 
mo macedónico o borbónico; la soberanía po- 
pular y la libertad se introducían como pie- 
dras maestras del edificio político. El espíritu 
de las leyes sería la teoría donde se conden- 
saban las ideas que lograron desintegrar la 
sociedad tradicional, aunque no para llegar a 
auténticas democracias sino a soluciones inter- 
medias en que se acumularían los interrogan- 
tes y contradicciones hasta culminar en la fase 

151 



actual de revisión. En efecto, meditemos que 
la sociedad tradicional no terminó con la Re- 
volución francesa, puesto que tomó un nuevo 
ropaje con la industrialización y el primer es- 
bozo de liberalismo. Bajo la forma de repú- 
blica o de monarquía, con totalitarismo o libe- 
ralismo o democracia formal, continuó siendo 
esencia de la política el ejercicio del poder y 
el sometimiento a este de normas jurídicas que 
en el fondo encubrían los intereses de un gru- 
po dominante — nobleza, partido o capitalis- 
mo — dentro de un contexto de conservaduris- 
mo de los fundamentos doctrinales implanta- 
dos desde Aristóteles. Por consiguiente, es via- 
ble opinar que el proceso de descomposición 
de la sociedad tradicional opera en dos planos: 
el primero es el ideológico, que quizá empieza 
con las críticas y proposiciones de Montesquieu, 
continúa con los tanteos de Rousseau y Marx, 
y se remata en la sociología contemporánea; 
el segundo es el de hechos históricos entre los 
cuales destacan la decadencia de las monar- 
quías absolutas, la tensión creciente provocada 
por el reforzamiento y proliferación de las na- 
cionalidades, los cambios de los comportamien- 
tos sociales, la explosión demográfica, la pro- 
ducción industrial en masa, el mecanismo eco- 
nómico que aboca en la sociedad de consumo 
y la revolución científica y técnica. 

Lo que significa Rousseau es más dubitativo, 
al ser más contradictorias las interpretaciones 
posibles de sus ideas. El clarividente análisis 
que hace Laski nos recuerda la diversidad de 
su influencia, que se comprendía con solo ci- 

152 



tar el dato de que la primera frase del «Con- 
trato social» es la exhortación final del Mani- 
fiesto comunista, de Carlos Marx. Todo ello, 
con ser importante, no expresa la verdadera 
medula de las apasionantes sugerencias conte- 
nidas en la polifacética obra de Rousseau. Cada 
una de ellas, si es investigada aisladamente tal 
como fue expuesta, resultaría absurda, inco- 
nexa, carente de solidez; no hay una política 
coherente que quepa trazar sobre esa suma de 
pensamientos difusos que mejor parecerían 
reacciones emotivas de una existencia tempes- 
tuosa que gira en tomo a la candente presen- 
cia del eterno problema del bien y del mal. 
Holmes decía, hablando de Montesquieu, dos 
cosas: que, lo mismo que todos los grandes 
clásicos, sus libros están muertos bajo sus pro- 
pios triunfos y ya no pueden ser leídos con in- 
teligente apreciación si no es en el momento 
de la madurez de años dedicados a la reflexión; 
y que «El espíritu de las leyes debería de ser 
titulado Montesquieu». Una consideración si- 
milar podría hacerse respecto de los ensayos 
fundamentales de Rousseau. Paralelamente a 
la confusión de su personalidad, sus escritos 
forman una intrincada maraña con el intole- 
rante dogmatismo que traía de Ginebra y el 
febril ansia de renovación recogida de los gru- 
pos parisienses que le abrieron sus puertas, el 
lenguaje altisonante y la inseguridad que mues- 
tra, las constantes referencias a las leyes de 
la naturaleza y su ignorancia de las mismas, 
las farragosas especulaciones sobre leyes e ins- 
tituciones y su falta de formación jurídica o de 

153 



conocimiento de la mecánica del Estado, el li- 
beralismo y el absolutismo, el romanticismo y 
el realismo; en suma, la carencia de rigor in- 
telectual tantas veces probado en páginas de 
interminables divagaciones que no resisten una 
crítica seria, pero, a la vez, una espléndida flo- 
ración de intuiciones geniales. 

Rousseau es el molde donde se fragua direc- 
tamente el estilo de Marat, Danton, Robes- 
pierre, Saint-Just, de aquella explosión popu- 
lar que cambió la historia de Europa; late en 
los encendidos discursos de la Convención, en 
el demencial culto a la diosa Razón, en Valmy, 
en la guillotina, en la destrucción de los privi- 
legios aristocráticos y en cuantas convulsiones 
de uno u otro signo promovieron las revolu- 
ciones del siglo XIX. No obstante, es algo mu- 
cho más profundo: el formalismo aristotélico 
queda al descubierto en todo su engaño, el 
hombre pasa a ser el centro de la política, en 
el lugar detentado por las instituciones. 

En palabras diferentes, Rousseau es el pri- 
mer gran reto que se lanza, desde la consolida- 
ción del Estado renacentista, a la idea de que 
la raíz de lo político sea el poder y su institu- 
cionalización. La doctrina de Maquiavelo y de 
Bodino, que llevarían a sus últimas consecuen- 
cias Hegel y Lenin, empieza a ser removida en 
sus cimientos por este hombre de claroscuro, 
aun cuando sea el mismo que a través de la 
teoría de la voluntad general también daría 
su contribución a la línea del absolutismo, si 
bien fuese con un distinto planteamiento. Lo 
importante de Rousseau es haber sacado el 

154^ 



tema del hombre y de su libertad del campo 
de la filosofía para colocarlo como sujeto y 
objeto de la política, motor y fin de ella, no 
mero punto de reflexiones evanescentes tras 
las cuales se le sustituía, en resumidas cuentas, 
por las instituciones del poder. 

La nota de introducción al Contrato social 
subraya este enfoque revolucionario cuyo cum- 
plimiento es precisamente una de las tareas 
capitales de nuestra época: «Deseo investigar 
si, tomando los hombres como son y las leyes 
como pueden ser hechas, es posible establecer 
unas normas de administración justas y cier- 
tas en los asuntos civiles.» El ser humano sur- 
ge en la política no como una abstracción sino 
en su realidad, situado dentro de situaciones 
sociales concretas; después, Marx examinaría 
el hombre en su vertiente económica. Ortega 
en sí y en su circunstancia, los sociólogos ac- 
tuales en el conjunto de los sectores que cons- 
tituyen la estructura de la sociedad, los huma- 
nistas en su calidad de persona integral. El 
innovador principal fue Rousseau, que tenía 
conciencia de la compleja condición humana, 
de la necesidad de tratarla con completo rea- 
lismo. Así exclama pocas líneas a continuación 
de las mencionadas: «Si yo fuera un príncipe 
o un legislador no gastaría mi tiempo en decir 
lo que debe hacerse; lo haría o permanecería 
en silencio.» Se parece a la célebre frase de 
Saint-Just sobre la que se apoya El cero y el 
infinito, de Koestler — «no se sabría gobernar 
sin laconismo» — , pero Rousseau se daba cuen- 
ta de que no tenía la menor posibilidad de le- 

155 



gislar ni de mandar sobre los demás. Como 
repite con frecuencia, tanto él como los otros 
miembros de la sociedad, salvo los privilegia- 
dos, estaban en situación de alienación — tér- 
mino acuñado por Grocio y utilizado con rei- 
teración desde el marxismo — siendo su meta 
la reivindicación de los derechos que corres- 
ponden a todo hombre. Rousseau elevaba su 
protesta contra una situación que condenaba 
a cada individuo a ser simple espectador de la 
política, entregada secularmente en las manos 
de organizaciones despóticas; quería que el 
hombre fuera sujeto y fin principal de la acti- 
vidad política a que aspira como parte inte- 
grante esencial de su naturaleza. 

Al apoyarse en una experiencia personal que 
le hizo conocer de cerca la miseria y las lacras 
del orden social a que se veía sometido, Rous- 
seau presenta al hombre como un ser encade- 
nado por barreras y limitaciones que proceden 
de las estructuras todavía vigentes; no es solo 
la esclavitud espiritual — la más importante, 
sin duda — que Platón había expuesto en el 
mito de la caverna, sino también una esclavi- 
tud física, medible, perceptible con los senti- 
dos. Contra ella se alzan sus escritos. «El hom- 
bre ha nacido libre y por doquier está bajo ca- 
denas... El hombre más fuerte no es nunca 
bastante fuerte como para dominar siempre, 
a menos que transforme su poder en derecho 
y la obediencia en deber... Pero ¿qué clase de 
derecho es el que perece cuando la fuerza cesa? 
Es necesario obedecer por compulsión, no hay 
necesidad de obedecer por deber; y si los hom- 

156 



bres no están ya obligados a obedecer, la obli- 
gación toca a su término. Vemos, pues, que 
esta palabra «Derecho» nada añade a la fuer- 
za... Renunciar a la libertad de uno es renun- 
ciar a la cualidad de hombre, a los derechos y 
también a los deberes de la humanidad.» 

Antes de llegar a este último párrafo, plan- 
tea una lúcida meditación sobre el problema 
de la libertad; son observaciones que adquie- 
ren especial actualidad y han de ser tenidas 
en cuenta. Conviene anteponerlas a la teoría 
subsiguiente sobre el pacto social, conforme 
a la cual, tras intuir que el consenso es la clave 
de la institucionalización política, da pie a la 
idea del Estado totalitario popular que desarro- 
llaría el leninismo, afirmando que dicho pacto 
da al cuerpo político un poder absoluto sobre 
todos sus miembros. Las observaciones que 
mencionamos poco o nada tienen que ver con 
esa voluntad general despersonalizada que va 
a evolucionar y a manipularse por los nuevos 
despotismos, capaces de configurar la opinión 
pública con instrumentos técnicos de presión 
que no podía sospechar Rousseau. «Alienar es 
dar o vender. Mas ¿por qué una nación se 
vende a sí misma?... Se dirá que el déspota 
asegura a sus subditos la paz civil. Sea así, 
pero... ¿qué ganan con ello si esta tranquili- 
dad es en sí una de sus miserias?... Incluso si 
cada persona pudiera alienarse, no podría alie- 
nar a sus hijos; ellos nacen hombres libres; 
su libertad les pertenece y nadie tiene derecho 
a disponer de eso excepto ellos mismos. Antes 
de que lleguen a los años de discernimiento, 

157 



el padre puede, en su nombre, estipular condi- 
ciones para su preservación y bienestar, pero 
no someterles irrevocable e incondicionalmen- 
te; pues tal don es contrario a los fines de la 
naturaleza y rebasa los derechos de la pater- 
nidad. Por tanto, para que un gobierno arbi- 
trario pueda ser legítimo sería necesario que 
el pueblo de cada generación tuviera la opción 
de aceptarlo o rechazarlo; pero en tal caso, 
dicho gobierno no sería ya arbitrario.» 

El apasionamiento de Rousseau es el mástil 
de la bandera de la libertad que izaría la Re- 
volución francesa. Desgraciadamente, desde 
aquella gran convulsión histórica se converti- 
ría en una bandería de partidos, sin dejarse 
que la libertad alcanzara el contenido con- 
creto que precisa. 



Mounier 

En veinte años no puede cambiar mucho la 
fisonomía externa de París, emporio cultural 
donde cada artista, cada escritor, cada gran 
político de Francia, va dejando una huella de 
su presencia. Producto de la acumulación de 
estilos, creencias y modos de vida, el azar ha 
hecho que apenas haya sido tocada por la vio- 
lencia destructora esta ciudad en que un pue- 
blo ha ido concentrando sus consecuciones. 
España, Italia, Alemania, Bélgica, son países 
más diversificados; allí ha ido plantándose por 
doquier la obra del genio creador. Así, Madrid 
es un centro indispensable para la coordina- 

158 



ción nacional, pero España carece de sentido 
si no se entiende como un vasto caleidoscopio: 
es decir, sin la luminaria medieval de Santiago 
de Compostela; la fusión de civilizaciones en 
el crisol de Toledo; el refinamiento árabe en 
los mudos espacios de Granada, Córdoba y 
Sevilla, o en el murmullo del Generalife; la 
industria, el barrio gótico y el sortilegio de 
Gaudí en Barcelona; la trepidante actividad 
fabril de Bilbao. El presente de nuestro pueblo 
es igual a esa variedad del pasado; los impul- 
sos para su futuro pueden provenir indistinta- 
mente de uno u otro lugar. Por el contrario, 
París es, radicalmente, Francia. Quien quiera 
triunfar en Francia, debe triunfar en París; 
para que un nombre sea conocido y aclamado 
ha de pasar por el tamiz parisiense. Es una rara 
y deslumbrante urbe donde se puede comer 
en restaurantes enclavados sobre sillares ro- 
manos, habitar en pisos modernizados de casas 
construidas en tiempos de Richelieu o de 
Luis XIV, respirar la atmósfera de todas las 
corrientes espirituales que han sacudido y sa- 
cuden el mundo, participar en conmovedoras 
experiencias religiosas o entrar en los más de- 
cadentes ambientes, formar parte de círculos 
cuya sensibilidad intelectual es insuperable, o 
trabajar en pleno corazón de la Europa tecno- 
lógica que trata de abrirse paso. Sin embargo, 
con el desarrollo económico se ha deteriorado 
notablemente el clima del París de la post- 
guerra. Un aristócrata me comentaba la acri- 
tud actual de la gente diciendo despectivamen- 
te que se había implantado la democracia de 

159 



los conserjes; y al margen de las frases fáciles 
de desdén, el hecho es la crispación y agresi- 
vidad en que ha caído París como una mega- 
lópolis más, víctima del agigantamiento y ritmo 
enervado de la sociedad contemporánea, con- 
gestionada por crecientes problemas técnicos 
y psicológicos. 

En el París de finales de los 40 y principios 
de los 50 todavía no habían surgido los graves 
desequilibrios de la actual fase de transición. 
Entonces, junto al comunismo y al existencia- 
lismo, la universidad y los núcleos intelectuales 
bebían ávidamente las ideas de la revista Es- 
prit, dirigida por una figura excepcional, Em- 
manuel Mounier. 

Mounier fue mucho más que una moda. Su 
concepción del personalismo se anticipó a lo 
que habría de debatirse como una cuestión cla- 
ve en el momento de consolidarse la sociedad 
de consumo que no tuvo ocasión de conocer a 
fondo: la conexión libertad-persona. 

Para Mounier, la persona es «un ser espiri- 
tual constituido como tal por una forma de sub- 
sistencia y de independencia en su ser; mantie- 
ne esta subsistencia mediante su adhesión a 
una jerarquía de valores libremente adoptados, 
asimilados y vividos en un compromiso respon- 
sable y en una constante conversión; unifica 
así toda su actividad en la libertad y desarrolla 
por añadidura, a impulsos de actos creadores, 
la singularidad de su vocación». No obstante, 
interesa advertir que, siendo la persona la pre- 
sencia misma del hombre y su característica 
última, no es susceptible de definición rigurosa; 

160 



luego hay que tomar aquellas palabras a título 
indicativo. Quizá más importante sea la distin- 
ción que Mounier hace constantemente entre 
individualidad y persona, superando la confu- 
sión entre ambos términos que había manteni- 
do el liberalismo nacido durante la industriali- 
zación. La individualidad, según ve con acierto 
Mounier, significa dispersión y avaricia, mien- 
tras que la persona es señorío y elección, gene- 
rosidad, polarizándose, pues, en su orientación 
íntima, justamente a la inversa del individuo. 

Esta diferenciación se basaba en la posición 
antiburguesa de Mounier, precursor de la lu- 
cha ideológica contra el capitalismo. Testigo 
del deprimente espectáculo de una época escin- 
dida entre la mentalidad burguesa en que ha- 
bían parado las llamadas estructuras democrá- 
ticas, y el totalitarismo fascista o comunista 
— que no aceptaba sino la voluntad del Esta- 
do — su pluma contribuyó a la pugna contra 
esos polos dominantes de la política. Los con- 
sideraba como expresión de decadencia y como 
verdaderas aberraciones, actitudes falaces que 
aparentemente respetan al hombre en tanto 
impiden la integración de la personalidad hu- 
mana en la vida política, negándole en la prác- 
tica el ejercicio de sus derechos e impidiendo 
dar cauce a sus ilimitadas posibilidades de en- 
riquecimiento intelectual y moral. 

Tanto en el hedonismo de la burguesía como 
en los sistemas totalitarios, la esencia de lo per- 
sonal se limita a la esfera privada. Para la bur- 
guesía, la sociedad es de hecho un sistema 
establecido de intereses; para los fascistas y 

161 



comunistas, la humanidad es una abstracción, 
el hombre no cuenta sino a través del Estado. 
Paradójicamente, en un punto coincidían: la 
primacía de la voluntad general — llevada a 
la separación tajante entre la esfera pública y 
consecuencias que Rousseau no podía prever — , 
la separación tajante entre la esfera pública y 
la privada, la creación de la sociedad de masas. 
Como dice el autor del Manifiesto al servicio 
del personalismo, la creencia de que lo espi- 
ritual constituye un mero asunto privado de 
moralidad individual, es común a todas las doc- 
trinas que criticaba: el idealismo burgués, 
que abandona lo social a las leyes de bronce; 
el realismo fascista, que rechaza, hasta en la 
vida particular, cualquier otra autoridad espi- 
ritual que la del Estado; el materialismo mar- 
xista, para quien las seudorrealidades espiritua- 
les y personales no tienen relevancia en el 
mecanismo colectivista que postula. De ahí pro- 
cede la urgente reivindicación de los derechos 
de la persona. «El personalismo que hemos 
circunscrito coloca al contrario, un valor es- 
piritual, la persona, en el mismo corazón de la 
realidad humana.» «El marxismo ha descono- 
cido la realidad íntima del hombre, la de su 
vida personal. En el mundo de los determinis- 
mos técnicos, la persona no tiene sitio. Su op- 
timismo es el del hombre colectivo, que recubre 
un pesimismo total de la persona. La doctrina 
de la alienación supone que el individuo es in- 
capaz de transformarse a sí mismo. Las masas, 
por el contrario, son firmes y creadoras. Nos- 

162 



otros afirmamos que la persona es la única 
responsable de su salvación.» 

El «leitmotiv» de Mounier es el análisis des- 
piadado de la civilización burguesa y del capita- 
lismo, la denuncia de los intentos de convertir 
lo individual en simple esfera privada que no 
debe interferir en una sociedad concebida como 
voluntad general abstracta que siempre queda 
remitida al poder encarnado en el Estado. So- 
bre ello reafirma la constante ética de que el 
hombre no puede reducirse a que su guía su- 
prema sea el dinero o la satisfacción de las 
necesidades materiales. 

Por último, dos síntesis. La primera resume 
su actitud crítica: «el mundo moderno ha ima- 
ginado, probado y abusado de los sistemas po- 
larizados en la omnipotencia del Estado, la 
anarquía del individuo o el primado de lo eco- 
nómico, no pensando apenas una civilización 
que estuviese orientada a la protección y a la 
eclosión de personas humanas». La segunda de- 
fine principios que recuerdan los ahora latentes 
en todas las actitudes revisionistas. «Una revo- 
lución por la abundancia, la comodidad y la se- 
guridad, si sus móviles no son más profundos, 
conduce con mayor certeza, tras las fiebres de 
la revuelta, a una universalización del execra- 
ble ideal pequeño-burgués más que a una autén- 
tica liberación espiritual. Es en este sentido en 
el que denunciamos a un humanismo del con- 
fort y de la abundancia material, y no en nom- 
bre de un ascetismo sistemático que, para es- 
tablecer una norma colectiva, sería puramente 
exterior y sin utilidad formativa. Cuando afir- 

163 



mamos que el hombre se salva siempre por la 
pobreza, no queremos hipócritamente perpe- 
tuar la miseria, la degradante miseria. Quere- 
mos únicamente significar que, una vez vencida 
la miseria, cada uno debe estar desprovisto de 
apegos y de tranquilidad. Es decir, no opone- 
mos la revolución espiritual a la material; afir- 
mamos que no existe revolución material fecun- 
da sin que sea enraizada y orientada espiritual- 
mente.» 

En este contexto, cuya tesis básica es la 
armonización de lo público y lo privado en un 
valor común, la expansión de la personalidad 
humana, contra las tendencias desintegradoras 
o uniformizadoras imperantes en la sociedad 
contemporánea, es donde Mounier proclama la 
nueva dimensión que la persona introduce en 
el mundo: «la libertad, que es, ante todo, liber- 
tad espiritual, más trascendente y profunda 
que la libertad iniciada en la Revolución fran- 
cesa y corrompida por la burguesía. De ahí 
también su oposición a los difusos fines últimos 
del comunismo — la liberación del individuo, 
el reinado de la libertad y la desaparición del 
Estado — que desmiente con sus estructuras es- 
pecíficas y no puede resistir tampoco al análisis 
de su contenido teórico. Queda en la esencia 
del marxismo la negación de lo espiritual como 
realidad autónoma, primera y creadora, recha- 
zando verdades eternas y valores trascendentes. 
Su denuncia del idealismo burgués y su hipo- 
cresía social era una aportación considerable. 
Pero la realidad del hombre, su vocación cen- 
tral, no la contemplamos en la dominación de 

164 



las fuerzas naturales. La actividad científica e 
industrial no es inútil, ni siquiera para lo espi- 
ritual. Mas separar vida y metafísica, esto es lo 
que no podemos admitir». 

No obstante, el fallo de Mounier radica en su 
excesiva polarización en el intimismo. Cierto 
es que ha contribuido notablemente, con su 
clarividencia, a adelantar la denuncia del fra- 
caso de las interpretaciones burguesas o tota- 
litarias de la libertad, pero a la hora de desarro- 
llar unas ideas matrices que conservan su plena 
lozanía y validez, se autolimita a la esfera es- 
piritual y entorpece entonces el objetivo de 
insertar a la persona como pieza maestra del 
edificio social, por no saber coordinarla con 
las realidades políticas, económicas y científi- 
cas. La consecuencia es que cayó en otro tipo 
de abstracciones, en una forma de idealismo 
desgajado de las necesidades y aspiraciones del 
hombre concreto, es decir, de la persona en 
cuanto ser integral que existe en un mundo fí- 
sico. «La libertad de la persona es la libertad 
de descubrir por sí misma una solución y de 
adoptar libremente los medios de realizarla. 
Es adhesión, como compromiso con sentido y 
renovado en una vida espiritual, no la simple 
adherencia obtenida por la fuerza. Paralizar la 
anarquía en un sistema totalitario rígido no 
es organizar la libertad.» Las palabras son no- 
bles y ajustadas, mas parecen demasiado difu- 
sas — la vaguedad que achacaba a los llamados 
fines últimos del comunismo — cuando las cir- 
cunstancias exigían ya entrar en las libertades 
que deben realizarse dentro del mecanismo de 

165 



organización impuesto por la economía y la 
tecnología. La libertad de descubrir por nos- 
otros mismos y de llevar a cabo nuestras deci- 
siones era una bella frase; más incluso, un pos- 
tulado ético y político perenne. Sirve, induda- 
blemente, para enfocar cuestiones de acción 
social tan importantes como son, por ejemplo, 
la educación y la información. Sin embargo, la 
libertad, las libertades, componen un proble- 
ma vivo, ahito de especulaciones, clamando 
por soluciones incrustadas en los nuevos mo- 
dos de existencia; en caso contrario pasan a 
ser una romántica manifestación de deseo in- 
satisfecho, una entelequia para solaz de la pro- 
paganda estatal. Ese intimismo de Mounier 
tiene, pues, una proyección relativa, salvado el 
respeto intelectual que merece. 

«La persona no puede recibir desde fuera ni 
la libertad espiritual ni la comunidad. Todo lo 
que puede y debe hacer por la persona un ré- 
gimen institucional es nivelar ciertos obstácu- 
los y favorecer ciertas vías. A saber: 1) desar- 
mar cualquier forma de opresión de las perso- 
nas; 2) establecer alrededor de la persona un 
margen de independencia y de vida privada; 3) 
organizar todo el aparato social sobre el prin- 
cipio de la responsabilidad personal, hacer ac- 
tuar en él los automatismos, en el sentido de 
una mayor libertad ofrecida a la elección de 
cada uno.» Esto sería convertir la libertad en 
una pobre y desvaída utopía. 



166 



Marcase 

A través de los violentos encuentros entre la 
policía y los estudiantes en Nanterre o en las 
calles del Barrio Latino, los pensamientos es- 
critos sobre los muros de las facultades fran- 
cesas, la fiebre que de repente convulsiona a la 
juventud estudiosa en Alemania, Italia, España, 
Yugoslavia, Estados Unidos, Brasil, surge la 
figura de un anciano, antes conocido por una 
minoría exigua, cuyos libros alcanzan en pocas 
semanas la popularidad mundial: Herbert Mar- 
cuse. El profesor formado en la filosofía euro- 
pea, ideólogo heterodoxo del marxismo, al que 
habían leído unos contadísimos líderes de la 
protesta universitaria, se convierte bruscamen- 
te en símbolo de la crítica que suscita una so- 
ciedad carcomida por la decadencia moral, el 
inmovilismo de los grupos de intereses que se 
han apoderado del Estado contemporáneo, la 
satisfacción cada vez más estallante en las nue- 
vas generaciones. Animador inconsciente de la 
rebelión, lleno de contradicciones, carente de 
la menor sistemática, resulta que, con su fuerza 
y su debilidad, es un punto de referencia inex- 
cusable si tratamos de sondear en el tema de 
la libertad con un planteamiento puesto al 
día. 

Aunque en principio sea recusable la preten- 
sión de hacer la exégesis de Marcuse en unas 
escasas páginas, como ocurre respecto de cual- 
quier pensador, parece evidente que todo in- 

167 



tentó de sintetizar sus tesis acerca de la libertad 
en el terreno sociopolítico tendría necesaria- 
mente que subrayar cuatro aspectos: el con- 
cepto de sociedad industrial avanzada, la pre- 
sión que esta ejerce para anular la libertad 
individual, la inadecuación del modelo de capi- 
talismo protagonizado por Estados Unidos, así 
como del modelo comunista presentado por la 
Unión Soviética, y los métodos precisos para 
conseguir el objetivo de la auténtica libertad. 

La sociedad industrial avanzada es la que 
hoy existe en los principales países industriali- 
zados, parte de los cuales, según las previsiones 
de Kahn y de Wiener, habrán alcanzado en el 
año 2000 la fase de sociedad postindustrial o 
se encontrarán en sus linderos. Nadie ha hecho 
crítica más dura que Marcuse sobre esa estruc- 
tura social que durante años se esforzaba por 
crear ante todos los pueblos la imagen de ser 
la encarnación del bienestar perseguido por la 
Humanidad; crítica tanto más notable si se 
considera que a Marcuse no le interesan las 
aportaciones del estructuralismo. Ciertamente 
reconoce que la sociedad industrial ha logrado 
ser cada vez más vasta, más agradable y rica, 
pese a coexistir con el peligro incesante de la 
catástrofe atómica, pero pone de relieve un 
hecho que es sumamente paradójico cuando la 
propaganda de los medios de comunicación en 
masa insisten en presentarla como un produc- 
to acabado de la racionalidad científica: en su 
conjunto, es una sociedad irracional, totalita- 
ria, que constituye un sistema de dominación 
creciente. 

168 



Así diríamos que Marcuse disecciona el pro- 
ceso de tecnificación y cientificismo para llegar 
a la conclusión de que, siendo en su esencia un 
fenómeno racional, ha sido manipulado paula- 
tinamente hasta pasar a ser el instrumento de 
un irracional e inhumano estado de conviven- 
cia social. Como su maestro, Carlos Marx, ad- 
mite Marcuse la concatenación estrecha entre 
la tecnología, la economía y la política, en tan- 
to son elementos indisolublemente unidos des- 
de que adviene la primera revolución indus- 
trial, pero percibe que este encadenamiento no 
conduce forzosamente a la racionalidad, sino 
que en la práctica ha dado lugar a una sociedad 
inviable, condenada a su destrucción por la 
pérdida de sentido, contenido y finalidad en 
que ha parado la acción tecnológica, económica 
y política dirigida por el mecanismo de intere- 
ses establecido. 

En efecto, dice que «como universo tecnoló- 
gico, la sociedad industrial avanzada es un uni- 
verso político, es la última fase de un proyecto 
específicamente histórico que se realiza, en el 
cual la experiencia, la transformación y la or- 
ganización de la naturaleza son simples sopor- 
tes de la dominación... Por el trucaje de la 
tecnología, la cultura, la política y la economía 
se amalgaman en un sistema omnipresente que 
devora o rechaza todas las alternativas». Se 
trata de una configuración social mucho más 
vasta, polifacética y confusa que las del pasa- 
do; luego más difícil de diagnosticar y, por 
tanto, de atacar. Tan próxima en el tiempo a la 
sociedad decimonónica de la primera industria- 

169 



lización, apenas ofrece puntos de contacto con 
las circunstancias que habían facilitado a Marx 
propugnar lógicamente, aunque con tosquedad, 
la dicotomía de la sociedad en dos sectores 
básicos, burguesía y proletariado. Como bien 
indica Marcuse, el desarrollo del capitalismo 
ha alterado la composición y función de dichas 
clases, a las cuales no concede que conserven 
el papel de agentes de transformación históri- 
ca. No es que hayan desaparecido ambas cla- 
ses; así, el que los obreros y los patronos miren 
el mismo programa de televisión, lean iguales 
periódicos, etc., no denota la asimilación recí- 
proca, sino «hasta qué extremo las clases do- 
minadas participan de las necesidades y satis- 
facciones que garantizan el mantenimiento de 
las clases dirigentes». El problema consiste en 
que los módulos de opresión reinantes son in- 
comparablemente más sutiles, y ante este hecho 
pierde importancia la estructura clasista. Para 
Marcuse, lo grave de nuestra sociedad es que 
no hay campos deslindados nítidamente, polí- 
ticas radicalmente diferenciadas, medidas in- 
cuestionablemente tiránicas que provoquen la 
resistencia instintiva. Ni siquiera los Estados 
representativos de los denominados mundo li- 
bre y mundo socialista muestran disparidades 
sustanciales. Su trasfondo real es idéntico: la 
búsqueda decidida del incremento continuado 
de la productividad, y la eliminación automáti- 
ca de cuantos factores obstruyan la norma su- 
prema con que se pretende valorar cada indivi- 
duo, grupo o actividad, ello es, la eficacia. De 
ese modo, los distingos están en los rótulos con 

170 



que se disfraza públicamente el «establishment» 
interno de cada uno de los bloques, aun cuando 
uno y otro sean similares en su desprecio a los 
valores morales. Dentro de tal contexto, para 
Occidente son instituciones libres las que rigen 
los países cuyo sistema político se ha autodefi- 
nido como libre, siendo anarquismo o comunis- 
mo lo que intente remover la seguridad del or- 
denamiento legal consagrado. Es una lógica 
totalitaria que halla su paralelo en los países 
del Este, donde la libertad es estrictamente 
la rígida organización de vida que fija el régi- 
men comunista, tildándose de capitalismo, re- 
visionismo o desviacionismo de izquierda cual- 
quier otra situación o aspiración que no pro- 
venga de los dictados del partido. Las diferen- 
cias de nivel material de producción y consumo 
o de lenguaje político son secundarias; lo prin- 
cipal es el método común de calificar como 
subversión, resentimiento y peligro público a 
cuanto amenace la seguridad del «establish- 
ment» o no parezca eficaz para aumentar la 
productividad. 

En suma, la originalidad de la sociedad in- 
dustrial avanzada yace en la utilización inten- 
siva de la tecnología para disponer de medios 
crecientemente potentes en el aplastamiento 
del individuo bajo el peso de una colectividad 
amorfa. Las trampas de la teoría del funciona- 
lismo respondían muy bien a esa sociedad ma- 
sificada, despersonalizada; su sustitución por 
doctrinas similares sigue la línea implacable de 
unas estructuras carentes de contenido ético y 
obsesas por la simple continuidad del progreso 

171 



económico como justificación de los privilegios 
establecidos. Bajo no importa qué definición o 
teoría, esas estructuras persisten en hacer pa- 
gar el terrible precio de la pérdida de libertad 
y del arrinconamiento de los valores espiritua- 
les. Así, Marcuse ha hecho ver que la evolución 
de la democracia, en el capitalismo, no condu- 
ce a la libertad, pese a lo que dice machacona- 
mente su propaganda, ya que la democracia 
queda anulada por las fuerzas dominantes del 
mecanismo de poder de la sociedad industrial. 

El examen de los grupos de presión que rigen 
el entramado político de las democracias occi- 
dentales, le conduce a la opinión de que el des- 
potismo encubierto de ahora es mucho más 
grave que en el pasado. «La democracia conso- 
lida la dominación más firmemente que el ab- 
solutismo; libertad administrada y represión 
intuitiva se convierten en fuentes incesantemen- 
te renovadas de productividad... La comodidad, 
la eficacia, la razón, la falta de libertad en un 
marco democrático, he aquí lo que caracteriza 
la civilización industrial avanzada... Los dere- 
chos y libertades, que eran factores esenciales 
en los primeros estadios de la sociedad indus- 
trial, pierden su vitalidad en un estadio ulterior, 
se vacían de su contenido tradicional... A medi- 
da que se hace realizable la liberación respecto 
de la miseria, contenido concreto de toda liber- 
tad, las libertades ligadas a un estadio inferior 
a la productividad pierden su contenido ori- 
ginal.» 

Marcuse considera, atinadamente, que la so- 
ciedad de consumo mediante la cual el proceso 

172 



de liberación de las necesidades primarias va 
acompañado del aplastamiento de la persona- 
lidad, tiene como consecuencia natural el auto- 
matismo, la masificación y hasta la robotiza- 
zación del ser humano, subyugado por las exi- 
gencias de esa economía de consumo. «Es típi- 
co de la sociedad industrial avanzada la forma 
en que ahoga las necesidades que piden libera- 
ción, comprendida la necesidad de liberarse de 
lo que es soportable, ventajoso y confortable... 
Los controles sociales hacen nacer de ella la ne- 
cesidad irresistible de producir y de consumir 
lo superfluo, la necesidad de un trabajo em- 
brutecedor que no es realmente necesario, la 
necesidad de formas de ocio que halagan y pro- 
longan ese embrutecimiento, la necesidad de 
mantener libertades decepcionantes, como la 
libertad de competencia de precios previamen- 
te arreglados, la libertad de una prensa que se 
censura a sí misma, la libertad de escoger entre 
marcas y ''gadgets''.» Ahí reside precisamente el 
hecho de que unas estructuras que se atribuyen 
la encarnación suprema de la racionalidad, 
sean las más agudamente propicias a los peo- 
res frutos de lo irracional. «Uno de los aspec- 
tos más molestos de esta sociedad industrial 
avanzada es el carácter racional de su irracio- 
nalidad. Produce, es eficaz, es capaz de aumen- 
tar y generalizar la comodidad, hace de lo su- 
perfluo una necesidad, hace constructiva la des- 
trucción... La realidad tecnológica ha invadido 
el espacio privado y lo ha restringido. El indi- 
viduo está enteramente tomado por la produc- 
ción y distribución en masa... En este proceso, 

113 



la dimensión interior del espíritu que podría 
provocar una oposición al ''statu quo" se ha 
limitado... El concepto de alienación se hace 
problemático cuando los individuos se identi- 
fican con la existencia que se les impone y en- 
cuentran en ella realización y satisfacción... Es 
una forma de vivir mejor que antes y como tal 
se defiende contra todo cambio cualitativo. Así 
toman forma el pensamiento y los comporta- 
mientos unidimensionales.» 

Conforme a Marcuse, hay claramente tres 
grandes libertades: la económica, que significa 
verse a salvo de la presión de las fuerzas y re- 
laciones económicas, así como de la lucha co- 
tidiana por la existencia; la libertad política, 
que es para los individuos ser libertados de 
toda política en que carezcan de control efec- 
tivo; y la libertad intelectual, que implica la 
restauración del pensamiento individual, apri- 
sionado por la comunicación en masa y el adoc- 
trinamiento compulsivo desde el Estado. Cons- 
ciente de la fuerza acumulada en un sistema 
social contrario por naturaleza a tales liberta- 
des, se apresura a señalar que «si estas propo- 
siciones tienen un tono irrealista, no es porque 
sean utópicas, sino porque se oponen a su rea- 
lización fuerzas potentes». De ello deriva la 
tesis final en la cual han venido a incidir los 
movimientos revolucionarios de los últimos 
años en la universidad: no cabe esperar una 
mayor libertad de la evolución pacífica del sis- 
tema, sino de la lucha. «La sociedad es irracio- 
nal hasta tal punto que la conciencia no puede 
alcanzar la libertad de la racionalidad superior 

174 



sino entablando la lucha contra la sociedad es- 
tablecida.» 

Aparte la consigna de lucha que está soterra- 
da en el conjunto de la doctrina marcusiana, al 
abordar el problema de los medios imprescin- 
dibles para conseguir la libertad auténtica se 
plantea la clásica reflexión de que nada es fac- 
tible sin la renovación del hombre. Desdichada- 
mente, en ese aspecto se mezclan factores que 
hacen dudar de la seriedad de tales ideas. «Para 
que los individuos alcancen una autodetermi- 
nación auténtica, es preciso que tengan un con- 
trol social efectivo sobre la producción y la 
distribución del producto social... La autode- 
terminación no será efectiva sino cuando no 
haya masas sino individuos liberados de toda 
propaganda, de todo adoctrinamiento, de toda 
manipulación, que sean capaces de conocer y 
comprender los hechos, de evaluar, en fin, las 
soluciones posibles. En otras palabras, la socie- 
dad sería racional y libre en la medida en que 
fuera organizada, puesta en forma y renovada 
por un sujeto histórico esencialmente nuevo.» 
Es el regusto por la utopía, propio del marxis- 
mo decimonónico: al igual que el objetivo de 
la sociedad sin clases, el reinado de la libertad 
pura y la desaparición del Estado, con que Le- 
nin y Stalin «compensaban» la dictadura de 
hecho implantada en el bloque comunista, Mar- 
cuse comete la ingenuidad de pensar en hom- 
bres mental y moralmente perfectos, deificados 
hasta el grado de ser capaces de conocer y 
comprender el sentido de cuanto acaece en su 
contorno. Lo afirma cuando una de las mayores 

175 



dificultades con que tropieza el progreso cien- 
tífico es que, ante la acelerada conexión entre 
todas las disciplinas, cada investigador o equi- 
po de investigadores no puede profundizar en 
su limitado campo de trabajo sino dedicándose 
de lleno a la enorme abundancia de datos con 
que debe operar en ese campo, teniendo que 
renunciar al estudio de los sectores científicos 
más próximos. Semejantes utopías son útiles 
para disfrazar las acciones políticas opresoras, 
y parecen disculpables en quienes forjan una 
vía de escapismo de la realidad, pero conllevan 
un demoledor pesimismo en el terreno doctri- 
nal y práctico. La pregunta que pueden suscitar 
visiones de esta clase es si debemos renunciar 
al desarrollo de la libertad desde el momento 
en que solo es factible por y para tipos humanos 
inviables. 

Sin embargo, sería injusto contemplar en 
Marcuse los elementos irracionales y míticos 
de su propia crítica de la irracionalidad del sis- 
tema social vigente. Esa crítica está repleta de 
aciertos y refleja, a la vez, la generosa desespe- 
ración de los que se enfrentan al nuevo aparato 
de esclavitud que tenue y despiadadamente ha 
ido tejiendo una espesa red sobre la conciencia. 

Entre las numerosas quiebras de Marcuse es 
de notar que no considera siquiera los elemen- 
tos principales de la colosal revolución cientí- 
fico-tecnológica de nuestro tiempo, sin percibir 
que nada cabe en política haciendo abstracción 
de la aventura espacial, la automatización, los 
ordenadores electrónicos, la energía nuclear, la 
bioquímica, las nuevas matemáticas, etc. Sin 

176 



embargo, la intuición de este filósofo y sociólo- 
go le permite entrever, aunque sea ligeramente, 
que la ciencia es ya un medio y método sustan- 
cial para contribuir a la formulación de las fu- 
turas libertades. Unas frases lo resumen con 
claridad. «En lugar de quedar disociados de la 
ciencia y del método científico, en lugar de 
abandonarse a la preferencia subjetiva, a una 
sanción irracional y trascendental, las ideas de 
liberación, que antes eran consideradas como 
ideas metafísicas, pueden constituir el objeto 
mismo de la ciencia. Pero este desarrollo obliga 
a que la ciencia se convierta en política, a reco- 
nocer que la conciencia científica es una con- 
ciencia política, que la empresa científica es 
una empresa política.» 

Evidente es que Marcuse, a continuación, 
confunde ciencia y tecnología, da pruebas pal- 
marias de haberse ocupado muy poco del sig- 
nificado de la ciencia contemporánea, cuanto 
menos de sus consecuciones concretas. De igual 
modo, sus tesis sobre la libertad sexual, su con- 
fusionismo ético, su ignorancia de la economía 
y de la tecnología, su postura eminentemente 
negativa, aparte la carencia de rigor expositivo, 
le quitan la posibilidad de iluminar a la socie- 
dad, salvo en los más sombríos aspectos. 



177 

12 



CAPITULO IV 

DE LA LIBERTAD GENERAL A LAS 

LIBERTADES TECNOLÓGICAS Y 

ECONÓMICAS 



El problema general de la libertad 

La rápida y parcial incursión en la teoría bá- 
sica sobre la libertad tenía por objeto situarnos 
intelectualmente en algunas de las ideas capi- 
tales que grandes pensadores han ido trazando 
respecto de una cuestión que interesa a todo 
individuo, cualquiera que sea su actividad y 
situación. No obstante, es una primera apro- 
ximación insuficiente, en cuanto la libertad es, 
a la vez, un concepto general y un sector can- 
dente de la existencia humana. Impresa a fuego 
en la naturaleza del hombre, la libertad es el 
ideal que más lentamente va siendo explorado, 
que con más ferocidad y falsía se ataca, sufrien- 
do detenciones y hasta retrocesos durante lar- 
gos periodos; sin embargo, aun siendo inal- 
canzable en su plenitud, como lo es la verdad,, 
resulta innegable que, en una comprensión. uni- 

179 



taria de las distintas civilizaciones aparecidas 
en la Tierra, constituye una tarea que marcha 
adelante a pesar de los frenos que se le inter- 
ponen. 

Al ser la libertad idea y necesidad primaria, 
introspección personal y situación social con- 
creta, son aplicables las reflexiones de Sánchez 
Albornoz negando que la historia sea simple 
historia del pensamiento. «¿No sería más pru- 
dente escribir que la historia es la historia de 
la vida, en que se entrecruzan las fuerzas su- 
prarracionales, racionales e infrar racionales 
que la generan y la rigen? Porque lo estimo así, 
no puedo seguir tampoco a Collingwood cuan- 
do limita el fin de la historia al conocimiento 
de la mente humana. La historia no intenta 
solo conocer la mente del hombre; intenta 
conocer al hombre mismo, que no es al cabo 
sino la obra de la historia.» Pero ciertamente 
reconoce la importancia decisiva de las ideas 
para entender las consecuciones de la humani- 
dad — entre las que figura la libertad con espe- 
cial relieve — y cita una frase de Ortega y Gas- 
set, a quien llama, con razón, mago de su épo- 
ca: «La historia de las ideas constituye una de 
las dimensiones radicales de la historia del 
hombre. Son los hombres quienes desde una 
cierta fecha están en ellas. Todo lo que hacen, 
piensan y sienten, dense cuenta o no, emana de 
la básica inspiración que forma el suelo histó- 
rico sobre que actúan, la atmósfera en que 
alientan, la sustancia de que son. Por eso los 
nombres de estas ideas matrices designan épo- 
cas.» 

180 



Semejante es la doble consideración de la 
libertad. De un lado, no hay que perder de 
vista determinadas aportaciones de la reflexión 
teórica política; arrojan luz sobre la aventura 
mental en que tantos cerebros lúcidos sobrepa- 
saron las limitaciones de su propio contorno 
exterior, dejándonos un legado cultural que en 
muchas ocasiones continúan siendo orientacio- 
nes válidas para nuestro desconcertante presen- 
te y para el tormentoso futuro en el que vamos 
a luchar. De otra parte, y en particular refirién- 
donos a España, no es factible alcanzar el 
sentido de la libertad sin conocer, además de 
los criterios expuestos por escritores eminentes, 
las convicciones, actitudes, modo de ser, que 
trascienden de un pueblo al que pertenecemos 
y que ha formado una concepción vivida de 
este tema puntero del acontecer. La historia de 
España es un embate donde la configuración 
de la libertad halla enseñanzas de tal riqueza 
que, si nos desentendiéramos de la veta popular 
y de un secular fenómeno de fusión de culturas, 
haríamos una absurda dejación. Igual ha de 
llevarse a cabo cuando nos inclinemos al exa- 
men de la encrucijada presente: tendremos que 
recoger la contribución de los principales tra- 
tadistas nacionales y extranjeros mas, por en- 
cima de especulación alguna, son las caracte- 
rísticas concretas de la sociedad y sus tenden- 
cias hacia la nueva civilización lo que influirá 
en la apertura de soluciones originales eslabo- 
nadas con los esfuerzos de nuestros antece- 
sores. 

Hemos llegado a un punto en que hace falta 

181 



reafirmar la esencia del problema y proyectar- 
nos a su realización dentro del horizonte real 
en que nos encontramos. Porque ¿no es hora de 
preguntarnos si la cuestión genérica de la liber- 
tad es menos importante que las libertades 
específicas a proclamar y defender? ¿No es 
realista opinar que, además de terminar la lí- 
nea decimonónica, que hizo de la libertad un 
vago sentimiento romántico y una bandería de 
partidos, convirtiéndola en un conglomerado de 
derechos contrarrestados por el desarrollo tec- 
nológico y el sistema social, lo urgente es replan- 
tear las libertades como los modos de liberación 
de las presiones económicas, técnicas, políticas 
y culturales, para dar entonces a la libertad un 
contenido positivo y una viabilidad histórica? 

Hasta la actual etapa, dos son los grandes 
planteamientos que han prevalecido: el inte- 
lectualista y el político. 

Desde Platón, la mayoría de los filósofos han 
coincidido en que el hombre es sustancialmen- 
te libre, necesita ser liberado de lo que se opon- 
ga a su intrínseca capacidad de creatividad, a 
su facultad de discernimiento; no puede ni 
debe verse sujeto por cadenas que impidan la 
ilimitada expansión de su personalidad. 

El arranque de una novela de Thomton Wil- 
der es el súbito hundimiento de un puente, el 
de San Luis Rey, que se hallaba en el camino 
real entre Lima y Cuzco. Un franciscano, el her- 
mano Junípero, presenció cómo se precipita- 
ban por el abismo cinco personas que, en el 
momento de la rotura, atravesaban el puente. 
Entonces le asaltó un interrogante: ¿por qué 

182 



ha sucedido precisamente a esos seres? Al final, 
en un capítulo que titula Wilder «Acaso una 
intención» se contienen reflexiones que se ha 
formulado siempre el hombre. «Pronto morire- 
mos y con nosotros todo el recuerdo de los 
cinco que dejaron la tierra, y a nosotros mis- 
mos nos amarán un poco de tiempo y nos olvi- 
darán. Mas el amor habrá bastado; y todos los 
impulsos de amor retoman al amor de donde 
vinieron. Ni siquiera el recuerdo es necesario 
para el amor. Hay una tierra de los vivos y una 
tierra de los muertos, y el puente que las une 
es el amor, lo único que sobrevive, lo único que 
tiene sentido.» Inútil sería abandonarnos a la 
polémica entre los que creen que todo está pre- 
fijado y quienes afirman la libertad absoluta 
del hombre para pensar y decidir su existencia. 
El frailecito de la novela no podía resolver el 
problema inicial, percibió la imposibilidad de 
probar que la muerte en el puente estaba reser- 
vada a los que allí cayeron, vio que sus vidas 
formaban una armonía de dolor y acabó intu- 
yendo que cada individuo representa algo con- 
creto y significativo en el fluir de amor del 
universo. 

Dilthey decía que la vida es una extraña tra- 
ma de azar, destino y carácter. Con otras pala- 
bras, de mil maneras distintas — entre ellas, la 
de Wilder — los hombres se preguntan en su 
enfrentamiento con la naturaleza, consigo mis- 
mos y con los demás, si la existencia consiste 
en la libertad o en el juego de un destino que 
les maneja como piezas de un guiñol. Apenas 
hay diferencias de fondo en esta angustiosa 

183 



duda, desde los tiempos en que la humanidad 
se sentía inerme ante las fuerzas naturales, las 
deificaba y se desenvolvía en el terror de las 
tinieblas de la noche, hasta los físicos en pos 
de leyes inmutables, los biólogos tras los resor- 
tes del control de las enfermedades, de la 
mente y de cuanto moldea la personalidad. Fre- 
cuente es también la opinión de que todo está 
condicionado por la estructura económica, con- 
figurándose según el modelo de sistema econó- 
mico vigente. Pero es ahora, en un mundo que 
pretende desmitificarse y encarnar la raciona- 
lidad mientras crea los mitos de la automática 
y lleva la irracionalidad hasta el extremo de 
hacer del hedonismo y del materialismo los ejes 
de la moralidad, cuando más rigor y énfasis 
adquiere la alternativa entre la libertad y la 
deshumanización mecanicista. Ya no es asunto 
de abstracciones y sentimientos sino, a la vez, 
de una confrontación en hechos de la que de- 
pende el futuro. 

Para esa confrontación, un gran punto de re- 
ferencia es el Concilio Vaticano II, que marca, 
sin lugar a dudas, un hito en la consagración 
del principio general de la libertad en el plano 
ético y religioso. Recordando el mensaje eter- 
no de Cristo, el sumo liberador, ha lanzado tres 
ideas. La primera consiste en que los hom- 
bres se proclaman libres e intentan serlo real- 
mente; la segunda radica en que la libertad es 
un germen cuyo fruto pende de una larga libe- 
ración; y la tercera define la libertad como un 
estilo y una participación en el ser que no está 
limitada por ninguna dependencia. Partiendo 

184 



de esto, el destino no se entiende como un Hado 
implacable que impone sus designios cualquie- 
ra que sea nuestra voluntad, sino como futuro, 
como empresa o camino a recorrer, siendo su 
clave la responsabilidad auténtica, es decir, la 
toma de conciencia del servicio que cada indi- 
viduo y cada colectividad puede prestar para 
preparar un porvenir fundado en la solidari- 
dad. Así se reivindicaba no solo la raíz de la 
liberación, que se concibe a título de supresión 
de toda esclavitud, sino que se le otorga una 
finalidad: la salvación — aquí y ultraterrena — 
con un incesante enriquecimiento espiritual ob- 
tenido mediante la reforma interior. En el 
esquema cristiano, la libertad deja de ser una 
condición etérea, al transformarse en un come- 
tido del individuo y de la comunidad: la rotura 
de las cadenas de todo signo, pero no en la 
anarquía y destrucción, sino con el deber de 
servir al semejante, en un movimiento de as- 
censión simultánea hacia el amor y el conoci- 
miento. La libertad es, en suma, hominización, 
progreso, solidaridad, trascendencia de la indi- 
vidualidad y del colectivismo, pasión y razón. 
No admite ninguna clase de tiranía, como tam- 
poco el pragmatismo y el mecanicismo. De ahí 
el que, conforme a la doctrina de Cristo, la po- 
sición del cristianismo postconciliar sea la 
identificación entre libertad y dignidad hu- 
mana. 

La más brillante experiencia espiritual que 
se ha producido en el cristianismo contemporá- 
neo ha sido ese Concilio, promotor de una es- 
pléndida conmoción de las conciencias frente a 

185 



las tentaciones del triunfalismo, clericalismo y 
juridismo con que respondían los sectores con- 
servadores de la misma Iglesia. 

Ocurre que, aparte su contenido, ha golpeado 
en la sensibilidad de los pueblos el clima de 
optimismo y confianza del Concilio, tan necesa- 
rio en una coyuntura dominada por el recelo, 
el odio y las prácticas de desnudo poder. En 
el discurso de apertura, Juan XXIII citaba a los 
que no ven en los tiempos modernos más que 
prevaricaciones y ruinas, mostrando que no 
han aprendido nada de la historia. Con una 
límpida seguridad en el hombre, con una vi- 
sión global de la historia como una continua 
evolución del plan divino, sabiendo que solo 
hemos cubierto una parte ínfima de tal evolu- 
ción, el Concilio dio un ropaje nuevo a una 
moral perenne en la que el problema de la 
libertad no se polarizaba exclusivamente en el 
terreno religioso; delimitó la idea de la liber- 
tad fundamental, rechazando todas las formas 
de dominación, presión y violencia, recabando 
el diálogo, el respeto mutuo, la participación 
social, el pluralismo, la renovación del espíritu 
y de las estructuras. Como remate, en un re- 
torno a la prístina lección de Pedro y Pablo, 
pidió la simplicidad y el contacto con los po- 
bres, la revalorización de los humildes, com- 
prendiendo la liberación que supondría respec- 
to del culto del poder. 

Con el transcurso de los años, la expectación 
y esperanzas que despierta un acontecimiento 
son limadas por otros hechos, nombres, modas 
que surgen y se esfuman en la quema de cosas 

186 



y ansia de novedades que es típica del curso 
histórico. De ello se aprovechan los intereses 
que planean sobre los mejores logros, para res- 
tablecer el status. Esto se ha tratado de repetir 
con el «aggiomamento» conciliar; con las incer- 
tidumbres y desajustes que provoca lógicamen- 
te la aplicación del espíritu del Concilio, se 
justifica el cierre de líneas de los conservadores 
de dentro y fuera de la Iglesia, tan cuidadosos, 
como los conservadores de cualquier época, en 
defender el orden, la seguridad y la producti- 
vidad, elevados a categorías absolutas. Sin 
embargo, la innovación del Concilio es irrever- 
sible y constituye un punto de partida sobre el 
cual no cabe retroceder. Las alianzas de intere- 
ses en lo religioso, como en lo intelectual, po- 
lítico o científico, tienen sus días contados a 
corto plazo. El sistema de pensamiento sobre 
la libertad acordado en el Concilio subsistirá 
por motivos poderosos: refleja el estadio má- 
ximo de la evolución conseguido por la huma- 
nidad, hacía suyas las aspiraciones más legíti- 
mas y las necesidades más acuciantes, y conti- 
nuaba la dirección de una ética trascendente 
imperecedera. Graves cuentas de conciencia ten- 
drán que salvar los que se opusieron a la ma- 
yoría aperturista del Concilio para proteger 
privilegios anacrónicos, los que luego se empe- 
ñaron en inmovilizar el desarrollo subsiguiente 
y los que se dedicaron a utilizar el Concilio para 
satisfacer resentimientos o ventilar pequeñas 
políticas localistas. Pero eso es un tema inci- 
dental: lo que prevalece es la radiante concep- 
ción de la libertad creadora que pugna por 

187 



extenderse entre los hombres cualesquiera que 
sean su credo y situación. 

La visión integral de la libertad está dibuja- 
da. En síntesis, lo que el ser humano intenta 
siempre es luchar con su libre condición para 
vencer los mecanismos de sujeción que monta 
el instinto del poder. Estos son mucho más 
uniformes y monótonos de lo que pudiera pa- 
recer; lo que varía es el aparato administrativo 
y jurídico así como los instrumentos tecnológi- 
cos que facilitan la explotación. El camino de 
la libre creatividad es, por el contrario, infini- 
tamente multiforme y rico, debiéndose a él 
cuanto de bello y grande ha producido el hom- 
bre en busca de un sentido a esa fuerza cósmica 
que es su personalidad. La libertad total es una 
quimera; estamos condicionados por los prin- 
cipios culturales en que nos educamos, por el 
contexto social y económico que nos circunda, 
por las relaciones interhumanas, por la tecno- 
logía, por el azar de las imprevisibles circuns- 
tancias que nos advienen. Además, nuestro yo 
es influido en vasta medida por los elementos 
genéticos que se han combinado en la gesta- 
ción. Acaece, pues, que la personalidad es un 
conjunto en que intervienen los factores bioló- 
gicos, la familia, la educación, la situación eco- 
nómica, las notas características de la sociedad 
a que pertenecemos. Pero el progreso hacia una 
creciente libertad está a nuestro alcance. 

¿Qué es la libertad sino, en último término, 
la posibilidad de remontarse sobre aquellos 
condicionantes, y una exigencia innata de re- 
beldía que adquiere fuerza cuando es creadora 

188 



y coadyuva activamente al devenir del univer- 



so? 



Contemplada globalmente, la presencia del 
hombre en la tierra es una penetración en ver- 
tical hacia la libertad. Paradójicamente, nos- 
otros no cesamos también de ponerle obstácu- 
los. La sociedad, que es, por otra parte, indis- 
pensable para el perfeccionamiento individual 
y la solidaridad en convivencia, está maleada 
por normas, intereses, estructuras, modelos de 
conducta, que tienden a la opresión de la per- 
sona; pero asimismo es cierto que dentro de la 
sociedad es donde opera la libertad creadora. 

La sociedad industrial ha sido organizada de 
forma que los pesimistas y los desesperados tie- 
nen numerosos motivos para estimar inelucta- 
blemente la despersonalización. Es exagerado: 
la nueva civilización dispone de recursos sobra- 
dos para un gran salto adelante de la libertad. 

Cierto es que en un ordenamiento donde im- 
pera la violencia, abierta o disfrazada, se supri- 
me sistemáticamente a quien se juzga peligroso. 
Y no es la violencia un método de solución de 
conflictos achacables principalmente al Esta- 
do; los promotores son los grupos privilegia- 
dos del sistema social, cuyos miembros frecuen- 
temente a veces no ocupan puestos en la má- 
quina estatal o tienen apariciones fugaces y 
anecdóticas en la misma. Su técnica es la ac- 
ción indirecta, manipulando la ley de modo que 
una banda de leguleyos con apoyo pecuniario, 
la respetabilidad oficial de sus representados y 
las influencias subrepticias sondean las debili- 
dades de los opositores que estorban al entra- 

189 



mado de intereses sito entre el Estado y la 
masa. El gangsterismo, el engaño, el abuso de 
las instituciones jurídicas, forman el estilo ope- 
rativo de esas gentes sin escrúpulos, especial- 
mente dotadas, por pobreza de espíritu y fari- 
seísmo, para liquidar a todo aquello que difi- 
culte el cumplimiento de los caprichos de tur- 
no; no les falta, por supuesto, la colaboración, 
de buena o mala fe, de jerarquías propicias a 
dejar impunes los atropellos. El sistema social 
imperante es, en resumen, una excelente apo- 
yatura para la libertad de sus dueños y el ahe- 
rrojamiento de los demás tan pronto como les 
molestan. Toca, pues, a esta ancha zona de 
parásitos ajenos a toda empresa comunitaria 
el disfrute de los privilegios, y a los restantes 
les incumbe el sacrificio y el esfuerzo de crea- 
tividad. 

De los nobles a quienes se dirigía Cervantes 
en demanda de protección para mal vivir apenas 
si conocemos el nombre, por las dedicatorias 
de las obras, y nada queda de su poder y for- 
tuna, mientras Don Quijote y Sancho han pasa- 
do a la inmortalidad; mas es evidente que los 
aristócratas gozaron de los mayores bienes ma- 
teriales que ofrecía su época, en tanto que Cer- 
vantes sufrió la miseria. Esta es, casi siempre, 
la dura alternativa: o renunciar a la libertad 
creadora para aspirar a lo productivo y con- 
formarse con lo mejor que depare una actitud 
utilitaria, o desafiar a cuanto quiere hacer del 
ser humano un objeto inanimado, el pobre gui- 
jarro de un torrente, en favor del lucro de unos 
pocos avispados irresponsables. Quien opte por 

m 



lo primero traiciona a su irrenunciable perso- 
nalidad; si escoge lo segundo, contribuirá al 
deber de creación, que es la sustancia de la 
libertad. No hay términos medios en esta de- 
cisión sometida a cada hombre. Un San Pablo 
o un San Francisco, un Beethoven o un Bach, 
un Cervantes o un Dostoievsky, un Goya o un 
Gauguin, la mujer que trabaja incansable para 
alimentar y educar a su prole, el campesino que 
arranca el fruto de la tierra frente a las incle- 
mencias, el obrero que sostiene su dignidad en 
un ambiente embrutecedor, el intelectual que 
no se corrompe, he aquí a los que debe la liber- 
tad su condición de objetivo indeclinable. 

Ahora bien, ante la virulencia de las estruc- 
turas de explotación, la idea general de la li- 
bertad y su proclamación teórica, a la vez que 
persisten y se refuerzan los sistemas opresivos, 
se reduce a declaraciones de principio carentes 
de eficacia. Hablar, por consiguiente, del hom- 
bre como portador de valores eternos, según 
hizo José Antonio Primo de Rivera, responde a 
una profunda tradición humanista iniciada en 
los griegos y potenciada por la filosofía cristia- 
na; pero la falta de una política apropiada para 
proyectar el humanismo hacia las condiciones 
específicas de una sociedad influida por la trans- 
formación económica y tecnológica tiene como 
consecuencia que apenas pese sino como una 
tenue guía sentimental en la acción pública, 
cada vez más polarizada en la efectividad y 
la organización tecnocrática. Entre estas bellas 
vaguedades, la libertad ha sido un elemento se- 
cundario en el terreno político, al concebirse la 

191 



política como arte de lo posible y ejercicio del 
poder conforme a los intereses establecidos 
preponderantemente en cada momento. 

Ya hemos indicado el drama de la experien- 
cia griega, en que el idealismo platónico, con 
su aspiración a la libertad espiritual para as- 
cender a una forma superior de existencia, se 
diluyó rápidamente ante la inviabilidad de la 
polis y la implantación del centralismo y del 
Estado de derecho, que en definitiva han subsu- 
mido la libertad en el orden, la seguridad co- 
lectiva y el privilegio de los grupos rectores. 
Justificando dicho tipo de Estado como el me- 
jor mecanismo para el ejercicio de la libertad 
— lo que, en general, es atinado — es incontro- 
vertible que, de hecho, muy poco se han ocu- 
pado los dirigentes de la expansión de la liber- 
tad, construyéndose el derecho más bien como 
medio de acotamiento, dadas las sospechas 
constantes de que la libertad se convierta en 
puerta de la anarquía. 

El primitivo ensayo de democracia en Atenas 
es una remota reminiscencia. Las instituciones 
de los imperios, monarquías, repúblicas o dic- 
taduras coincidieron en la obsesión de usar el 
poder a título de freno y no de promoción de 
la libertad, que progresa trabajosamente, en la 
mayoría de las ocasiones recluida en la meta- 
física, la ética y la religión; cada uno de sus 
avances es precario y, con harta regularidad, 
un golpe de Estado violento o una maniobra 
palaciega o un ataque de nervios gubernamen- 
tal echa al traste lo conseguido en largos años 
de prudencia y evolución pacífica. 

192 



Como síntesis, diríamos que la libertad no ha 
remontado casi el nivel de las generalizaciones 
y de la palabrería, en política, teniendo su úni- 
co reducto seguro en la existencia individual, 
en la naturaleza misma de la persona. Esto pa- 
rece poco si nos atenemos a lo hasta ahora 
realizado. Solo desde la Revolución francesa 
pasó a la política concreta, enarbolándose como 
objetivo en múltiples convulsiones populares y 
en la propaganda oficial, pero continuó care- 
ciendo de un programa y un contenido realis- 
tas; paralelamente las estructuras sociopolí ti- 
cas han evolucionado en sentido contrario, por 
la fuerza inherente al capitalismo de la primera 
industrialización. Así hemos llegado al instante 
en que el santuario de la individualidad corre 
verdadero peligro, porque la tecnología de que 
disponen esas estructuras represivas atenta a 
la intimidad de donde arranca el impulso crea- 
dor del hombre. Los descubrimientos científi- 
cos permiten, con sus diversas aplicaciones, 
que el sistema social de puro poder disponga 
de unos medios de presión sobre la personali- 
dad, en sus últimas capas. Mientras que en el 
pasado una estructura sociopolítica, por des- 
pótico que fuera su signo, no rompía el equili- 
brio natural básico, al subsistir en su plenitud 
la potencia de libre creatividad de los indivi- 
duos, a partir de esta época es tan grave lo que 
puede ocurrir si no se neutraliza el instinto pri- 
mario del poder — expresado con la mayor in- 
tensidad en la política y en la economía — en 
tanto progresa vertiginosamente la nueva cien- 
cia, que es absolutamente urgente encontrar 

193 

13 



regulaciones encaminadas a evitar la eventual 
destrucción del individuo como tal. 

Es una situación parecida a la que se registra 
en otros sectores de la naturaleza. Por ejemplo, 
los recursos del mar sobrepasaban en tanta me- 
dida a las necesidades del consumo que nadie 
podía alarmarse por la ausencia de una utiliza- 
ción racional. En nuestro siglo han tenido que 
prepararse Acuerdos multilaterales de diferente 
índole, que son insuficientes; uno de los pun- 
tos de controversia en el inestable Derecho In- 
ternacional vigente es la determinación del lí- 
mite del mar territorial, con manifiesta pugna 
entre los Estados industriales que tienden a 
reducir al máximo la zona de soberanía, para 
dar el mayor espacio posible a la acción de sus 
flotas pesqueras, y los Estados que desean ex- 
tender su dominio exclusivo sobre una anchísi- 
ma franja que les preserve de la competencia; 
al propio tiempo, una embrionaria ciencia ocea- 
nógrafica se lanza apresuradamente a la inves- 
tigación de la fauna subyacente, del mismo 
modo que busca métodos para la preservación 
de las especies en vías de extinción y la repo- 
blación de los mares. Esto se refleja en la acer- 
tada frase de que hasta hoy nos hemos reducido 
al arado de las aguas, quedando tan retrasados 
como estaban los romanos en el cultivo de la 
tierra, y, de golpe, hemos de quemar en pocos 
años el atraso de siglos para que la humanidad 
cuente con un medio de alimentación vital en 
la superpoblación previsible. Incidentalmente, 
volviendo a un tema fundamental de la futura 
investigación científica, comentaríamos que la 

194 



oceanografía es un sector comparativamente 
tan subdesarroUado como el del conocimiento 
de la mente humana. Y algo también similar 
pasa con la polución del aire y con otros pro- 
blemas de vastísima importancia. 

Interesa descartar de una vez para siempre 
el enfoque político de la libertad con las pre- 
misas de la sociedad preindustrial, industrial y 
postindustrial, por sustentar estructuras de po- 
der que son anacrónicas. En la línea de rizar el 
rizo en torno a conceptos desfasados ponemos 
en riesgo la supervivencia de todo humanismo, 
visto el desequilibrio entre una ciencia explo- 
siva sin control y unos sistemas que deben ser 
superados, revisando incluso ideas con las cua- 
les estamos, a justo título, identificados hoy. 
Nuevas ideas y nuevos estilos proceden para 
impedir la pérdida del equilibrio natural. 

Conforme a esta revisión imprescindible, con- 
viene desechar la mayoría de los intentos con- 
temporáneos de renovación de la doctrina de- 
mocrática, que tratan la libertad como una 
cuestión principalmente filosófica o jurídica, 
marginándose a las nuevas realidades técnicas 
y económicas, para las cuales necesitamos ins- 
tituciones y criterios políticos originales. 

Una obra reveladora del clasicismo trasno- 
chado es La, démocratie, de Georges Burdeau, 
quien, después de subrayar que democracia y 
libertad están indisolublemente unidas — lo que 
es auténtico — distingue entre tres formulacio- 
nes democráticas: la democracia gobernada, 
procedente del espíritu burgués que preparó la 
Revolución francesa, donde el pueblo cedía la 

195 



soberanía a sus representantes; la democracia 
gobernante o de participación, con que se quie- 
re hacer intervenir en el gobierno a la mayor 
parte posible de los grupos sociales; y la even- 
tual democracia consentidora, que Burdeau 
prevé si continúa el proceso creciente de poder 
unipersonal. Pese a lo sugestivo de estas rotu- 
laciones, en su desarrollo son meras palabras 
vacías y mantienen el planteamiento formal- 
institucional iniciado por Aristóteles; Burdeau 
comete, como tantos otros, el error de delinear 
la democracia como una técnica legislativa de 
definición de quien debe ostentar el poder y 
cómo ha de ejercitarse respecto de los diferen- 
tes sectores sociales. Luego la democracia se 
postula como modo de gestión o, según dice 
Burdeau, como «un aparato técnico, un conjun- 
to de mecanismos protectores, una fórmula de 
gobierno que permita conciliar la libertad del 
hombre con las exigencias de un orden políti- 
co». Pero ¿qué significa el institucionalismo, 
petrificado al margen de la transformación so- 
cial, económica y tecnológica? Simplemente, la 
reafirmación de un sistema opresivo por natu- 
raleza, que debe ser atacado en su esencia. 

Para que la libertad no se vea ahogada hasta 
en el reducto de lo privado, como consecuencia 
de la tecnología puesta al servicio de los inte- 
reses institucionalizados de estricto poder, y 
para que ocupe el puesto de luminaria en la 
nueva civilización, no podemos contentarnos 
con dejarla en un concepto general. El espíritu 
de innovación reclama desplegarla en liberta- 
des concretas en todos los planos de la existen- 

196 



cía. Así empezó a intuirse en nuestro Medioevo; 
así urge llevarlo a cabo, definitivamente, antes 
de que el universo tecnológico nos aniquile. El 
objetivo de la libertad se cumple a condición 
de revisar, sajar y construir en el sistema so- 
cial, en el político, en el cultural, en el control 
tecnológico; el aislamiento de uno cualquiera 
de esos planos de la civilización daría pie al 
desbordamiento de la opresión que acecha. Por 
eso afirmamos que la democracia es sinónimo 
de libertad; y que no es democrático todo sis- 
tema político que se incorpora el lema de la 
libertad como una palabra, mientras rechaza y 
entorpece el ejercicio de la libertad concreta, 
mientras permite que el grupo asentado en el 
poder monopolice la preparación, la expresión 
y la ejecución de sus ideas, actitudes, decisiones 
e intereses. Tendrá virtudes innegables, será efi- 
caz en diversos sectores, pero entre sus atribu- 
tos no figuran los de democracia y libertad, que 
son la misma cosa en política. Y ninguna razón 
prueba que estas sean antitéticas con la efica- 
cia. Hay contradicción radical entre progreso 
y anarquía; no la hay, ni puede haberla, entre 
el desarrollo y la libertad en la paz. 



La libertad tecnológica 

Entre las 100 innovaciones técnicas que Kahn 
y Wiener consideran muy probables durante el 
último tercio del actual siglo, figuran bastantes 
que contribuyen al reforzamiento del proceso 
de robotización social e individual. Al margen. 

197 



de ellas están las que, de una forma más direc- 
ta, serían una neta amenaza a la libertad, caso 
de no ser controladas adecuadamente. Claro es 
que cada uno de estos avances — que podemos 
reputar como seguros, no como probables, por 
ser desarrollos de descubrimientos ya logra- 
dos — son mejoras indiscutibles que solo se 
transforman en perjuicios manifiestos si son 
utilizados al servicio de las estructuras socio- 
políticas de opresión. Se trata de los siguientes 
puntos de la lista de Kahn y Wiener: 

1. Educación audiovisual en el hogar y en- 
señanza programada y por medio de computa- 
dores. 

2. Nuevas y más seguras técnicas educati- 
vas y de propaganda que afecten al comporta- 
miento humano, privado y público. 

3. Uso práctico de comunicación electróni- 
ca directa con estimulación del cerebro. 

4. Nuevas, más variadas y seguras drogas 
para control de la fatiga, descanso, viveza, ca- 
rácter, personalidad, percepciones, fantasías y 
otros estados psicobiológicos. 

5. Mayor capacidad para cambiar el sexo de 
niños y adultos. 

6. Técnicas sencillas para externos y perma- 
nentes cambios cosmetológicos (facciones, qui- 
zá complexión e, incluso, color de la piel). 

7. Sueños estimulados, planeados y quizá 
programados. 

8. Hibernación humana durante periodos 
relativamente amplios. 

19S 



9. Otros usos extensos de los ordenadores 
electrónicos para ayuda individual y profesio- 
nal (traducción, enseñanza, investigación, diag- 
nósticos médicos, control de tráfico, detección 
del crimen, cálculo, análisis y hasta cierta fun- 
ción como colaboradores intelectuales). 

10. Uso amplio de robots y máquinas «es- 
clavas» de los humanos. 

11. Ordenadores (¿públicos e interconecta- 
dos?) de uso parcial, disponibles para el hogar 
y los negocios. 

12. Uso generalizado de la automatización y 
de la cibernética en la administración y la pro- 
ducción. 

13. Centralización (o interconexión automá- 
tica) extensiva e intensiva de la información ac- 
tual y pasada sobre personas y negocios, en 
ordenadores electrónicos. 

14. Otras nuevas técnicas de vigilancia, di- 
rección y control de individuos y organizacio- 
nes. 

15. Amplia utilización de ambientes super- 
controlados para uso público y privado. 

16. Nuevos métodos biológicos y químicos 
para identificar, rastrear, incapacitar o anular 
gente, para usos pacíficos y militares. 

17. Nuevas y relativamente eficaces técnicas 
contrarrevolucionarias (y quizá, también, técni- 
cas revolucionarias). 

18. Baratura y amplia disponibilidad de ar- 
mas de guerra central y sistemas de armas. 

Además de la relación de 100 puntos, Kahn 
y Wiener exponen 25 innovaciones que consi- 

199 



deran menos probables, aunque no descarta- 
bles. Entre las mismas figuras las siguientes: 

1. «Verdadera» inteligencia artificial. 

2. Aumento directo de la capacidad mental 
humana por la interconexión mecánica o eléc- 
trica del cerebro con un ordenador. 

3. Control químico o biológico del carácter 
e inteligencia. 

4. Algún control directo de los procesos del 
pensamiento individual. 

Las previsiones son muy modestas, porque se 
limitan a las técnicas iniciadas hoy, siendo ima- 
ginable con facilidad que durante las próximas 
décadas aparecerán descubrimientos sensacio- 
nales, gracias al potencial investigador puesto 
en marcha desde hace años. Ahora bien, con 
estas o cualquier otra clase de listas enumera- 
tivas no se supera la confusión e incertidumbre 
reinantes sobre el universo tecnológico en que 
estamos inmersos, dada la cantidad de sectores 
a que afecta la innovación, su entrecruzamien- 
to y la dificultad de comprender las implica- 
ciones que suponen. Es preciso, pues, remon- 
tar el vértigo que produce la opulencia de la 
investigación científica, llegando a síntesis que 
nos permitan abordar con eficacia el problema 
del control tecnológico. 

A fin de explorar una primera aproximación 
a esas síntesis, cabría clasificar los medios de 
presión sobre la personalidad que derivan del 
progreso técnico en medios dados por la bio- 
logía, la física, la química, la ingeniería, la in- 

200 



formación y la organización. La mayoría de 
ellos son intrínsecamente útiles, en cuanto sir- 
ven para modernizar y ampliar el soporte ma- 
terial de la existencia; el mal posible estriba 
no en su hallazgo y desarrollo sino en cómo se 
emplean por las estructuras sociopolíticas. 
Cuando se habla del peligro de deshumaniza- 
ción que irroga la fulgurante tecnología de 
nuestro tiempo, lo que se plantea es la necesi- 
dad de delimitar la forma en que revierta en 
favor del individuo y de la sociedad. 

Está de moda, entre los oponentes al sistema 
social de consumo, clamar contra la inutilidad 
de muchas aportaciones técnicas que se juzgan 
como «gadgets» impuestos con la publicidad a 
las masas, para enriquecimiento de las empre- 
sas y empeoramiento de la atonía mental de 
unos pueblos a quienes se infunde un afán 
psicopático de compra. Eso es reaccionarismo, 
sin paliativos. En la sociedad tradicional eran 
frecuentes las diatribas sobre la artificiosidad 
y pretenciosidad del progreso, entendiendo que 
el camino de la felicidad se abre con la contem- 
plación y aceptación de la naturaleza intocada; 
por entonces, se veía la técnica como desafío 
a Dios y orgullo demoniaco, en un falso huma- 
nismo ignorante de que la libre creatividad es 
la máxima exigencia de la condición del hom- 
bre. Semejante línea de actitud ha dado tam- 
bién sus frutos, especialmente en la ética y la 
metafísica, constituyendo el trasfondo de es- 
pléndidas obras que forman parte del indeleble 
legado de las generaciones pasadas. Pero los 
pueblos en que ha prevalecido tal humanismo 

201 



embrionario cayeron en el subdesarrollo, con 
las secuelas del hambre y la pobreza, sacrifican- 
do injustificadamente a incontables seres. 

En el presente, es ridículo rechazar la tecno- 
logía. Desgraciadamente, la fuerza inercial de la 
tradición inmovilista es todavía muy intensa 
en los países económicamente atrasados. Por 
ejemplo, en los pueblos de religión budista, un 
grave obstáculo para el despegue económico es 
la pasividad ambiental, una especie de resigna- 
ción inane y de falta de interés hacia la inven- 
ción técnica, momificándose culturas repletas 
de grandes valores por la lentitud de adapta- 
ción a una corriente mundial irreversible. Y lo 
cierto es que esta indiferencia de hecho en la 
mayoría de la población representa vina de las 
principales dificultades del progreso en Asia, 
África e Iberoamérica. 

No nos engañemos respecto de España: late 
en la reticencia de muchos dirigentes a la in- 
vestigación científico-técnica, a la hora de plas- 
mar las declaraciones discursivas en aceptar 
sacrificios y movilizar recursos, la estereotipa- 
da frase unamunesca «que inventen ellos», con 
la cual se resume la psicología tradicional de 
los países subdesarroUados y en vías de des- 
arrollo, dejando la carga y la riqueza de la in- 
vención a otras naciones. Lo dramático es que 
no hay diferencias de capacidad creativa entre 
las diversas comunidades, sino de sistema so- 
cial. Incontables experiencias lo prueban hasta 
la saciedad, bastando citar a los múltiples in- 
vestigadores de todo el mundo que trabajan 
en los centros norteamericanos o la productivi- 

202 



dad de los emigrantes en las industrias punte- 
ras europeas. Es cuestión de hallar un clima 
retrógrado o favorable, más que de retribucio- 
nes. En España, pese al espectacular crecimien- 
to de la industrialización y a la modernización 
general, se mantiene una posición de frenaje de 
la innovación tecnológica, mientras la importa- 
ción de patentes y «know how» aumenta ince- 
santemente, repercutiendo sobre la balanza de 
pagos. En la base de la investigación, que es 
la enseñanza universitaria, apenas se modifica 
el clasicismo típico de la universidad española. 
Después, parte de las promociones de ingenie- 
ros, físicos y químicos no encuentran colocación 
y deben irse al extranjero o recurrir a empleos 
sin relación con sus títulos; los miles de estu- 
diantes que sienten la vocación de investigar 
apenas tienen esperanzas de descubrir un hue- 
co para ese trabajo; la investigación en la in- 
dustria privada es un remedo caricaturesco de 
la política habitual en las empresas de los paí- 
ses industrializados. ¿Cómo reconocer sensibi- 
lidad en materia científica, cuando se admite 
implícitamente la futura colonización? Las zo- 
nas subdesarroUadas a5rudan al capitalismo del 
Este y del Oeste no solo con la evasión de los 
fondos de los magnates que temen por su segu- 
ridad, el aprovisionamiento de materias primas 
a bajos precios, la compra de caras manufac- 
turas y la entrega de la incipiente industriali- 
zación al control de aquel capitalismo, sino 
también con la carencia de una política cientí- 
fica dinámica y el exilio forzado de jóvenes 
cerebros. Por la persistencia de un más que 

203 



mediocre esfuerzo de investigación, pese a los 
éxitos obtenidos en varios sectores, España po- 
dría acabar siendo un mercado marginal, aun- 
que valioso y con un confortable nivel de vida, 
convirtiéndose en la dócil filial de los Estados 
industrializados y en lugar favorito de los tu- 
ristas. 

No obstante, hay razones objetivas que indu- 
cen al optimismo. Hasta el más superficial ob- 
servador capta que la preocupación por parti- 
cipar en el universo tecnológico invade paulati- 
na e irreprimiblemente a todos los pueblos. Es 
uno de los aglutinantes de la nueva civilización 
a escala planetaria. Mucho se ha escrito, desde 
las novelas de Pearl Buck hasta los recientes 
libros sobre la Revolución Cultural china, acer- 
ca del apasionante pase de la sociedad tradicio- 
nal china al estado de convulsión en que un 
brote científico-técnico ha permitido la pose- 
sión del arma termonuclear, mientras en Tai- 
wan se registra un rapidísimo ritmo de desarro- 
llo, se multiplica el número de investigadores 
en la India — cuyo presupuesto en energía nu- 
clear es ocho veces el de España — y un viento 
de ansia de progreso tecnológico circula por la 
generación joven del Tercer Mundo. Podemos 
tener la plena certidumbre de que toda la Tie- 
rra se unifica en un impulso tecnológico común. 

Poner barreras a un impulso de tal potencia 
sería absurdo, además de inconveniente. En 
realidad, expresa la libre creatividad de los 
hombres que sueltan las cadenas de los tabús. 
Por consiguiente, corresponde a cada comuni- 
dad humana hallar el modo de incorporarse a 

204 



las líneas de avanzadilla de la innovación y la 
modernización, y vencer las limitaciones psico- 
lógicas — puesto que se trata más de voluntad 
que de carencia insalvable de recursos — que 
redundan en lentitud del ajuste a un movimien- 
to de ámbito universal. 

La libertad tecnológica significa en primer 
término, pues, potenciar al máximo la capaci- 
dad de investigación técnica tanto en las em- 
presas como en las instituciones estatales y 
supranacionales. Promocionada por programas 
coherentes en cada nivel, debe constituir una 
movilización compulsiva de los medios finan- 
cieros disponibles. 

Evidentemente, el porcentaje de las inversio- 
nes en investigación respecto de la renta ha de 
variar según las condiciones de la economía en 
que se opera, mas parece, en general, que debe 
ascender a un mínimo del 1 por 100 del pro- 
ducto nacional bruto de los países subdesarro- 
llados, al 2 por 100 en los países en fase de 
despegue y al 5 por 100 en los desarrollados, 
obviándose paralelamente el ensanchamiento 
de las diferencias entre los Estados con la pro- 
liferación de organizaciones internacionales. 

En todo caso, los programas de desarrollo 
científico-tecnológico tienen fisonomía propia y 
procede que sean compulsivos porque la liber- 
tad de innovación no es solo un derecho sino 
también un deber de cumplimiento inexcusable 
para el nuevo sistema social. Dista de ser una 
contradicción de conceptos establecer la liber- 
tad innovadora como obligación: hora es de 

205 



que la libertad sea un objetivo prioritario al 
que se subordine la acción pública. 

Tampoco hay contradicción entre esta con- 
clusión y las observaciones concernientes a los 
riesgos que conlleva el universo tecnológico 
como factor calculable de despersonalización. 
Todo radica en la dirección y control del des- 
arrollo técnico. 

La pregunta angustiosa que se formula por 
doquier, al respecto, es muy clara: si en la fase 
histórica presente, con un estado tecnológico 
que cabe considerar embrionario en compara- 
ción con el que indefectiblemente se logrará, 
motivan protestas justas el recular de la per- 
sonalidad individual, la pérdida de intimidad y 
el aherrojamiento del individuo por las estruc- 
turas sociopolíticas establecidas ¿qué adven- 
dría propugnando el incremento del esfuerzo 
de innovación tecnológica sin el equilibrio de 
un humanismo vivificador? 

En el terreno de los armamentos, hasta el 
comienzo del siglo xx se siguió la norma de 
contraponer la coraza al proyectil, y viceversa. 
Ocurrió con la espada, la lanza, la pólvora; en 
las unidades de combate, con las guerrillas, la 
falange macedónica, la legión romana, las mes- 
nadas, los regimientos, los ejércitos en masa. 
Pero la evolución técnica era lenta y no corría 
peligro la supervivencia de la humanidad. Los 
gases tóxicos y la previsible magnitud de los 
conflictos bélicos internacionales llevó a unos 
acuerdos multilaterales que se respetaron en 
cierto grado, especialmente en las regulaciones 
tendentes a dulcificar la situación de la pobla- 

206 



ción civil y de los prisioneros, continuándose 
la carrera permanente por romper el equilibrio 
de fuerza técnica entre los Estados. La matan- 
za de la Primera Guerra Mundial fue una terri- 
ble experiencia, mas no cambió la orientación 
anterior. Frente al Reich hitleriano, Francia con- 
fiaba en la invulnerabilidad de la Línea Maginot 
— su coraza — y el Estado Mayor alemán repo- 
nía con determinadas variantes el Plan Schlief- 
fen, proyectando las operaciones sobre la base 
de las divisiones blindadas, que eran su proyec- 
til. Los dos primeros años de la contienda que 
estalló el I."" de septiembre de 1939 no aportaron 
nada original al clásico juego de enfrentamien- 
to directo entre medios técnicos defensivos y 
ofensivos, conquista territorial, etc., pero des- 
pués surgió un horizonte radicalmente distinto, 
en un climax de revolución tecnológica que 
culminó con el bombardeo atómico de Hiroshi- 
ma y Nagasaki. Desde ese instante, los esque- 
mas bélicos en los que había funcionado la 
historia no tenían validez alguna. La estrategia 
de cobertura nuclear y la de guerra revolucio- 
naria serían los dos planteamientos que ya in- 
fluirían decisivamente en la «decisión making 
policy». A partir de la explosión de la primera 
bomba atómica rusa, las dos superpotencias es- 
taban condenadas a una desenfrenada compe- 
tición de investigación de nuevas armas; a ello 
se añadía el hecho de que el desarrollo cientí- 
fico de un número creciente de países permitía 
esperar que, en un plazo relativamente corto, 
una parte cada vez mayor del mundo dispon- 
dría del instrumento que, con eufemismo, se 

207 



llamaba de «disuasión». Así, la humanidad al- 
canzaba un estadio en que se dispone de un 
arma absoluta susceptible de aniquilarla o de 
hacerla retroceder en milenios. Cierto es que 
la guerra nuclear parece una pesadilla impen- 
sable, pero ello es un razonamiento ético al que 
pueden desbordar los irreconciliados intereses 
de la estructura internacional imperante. De 
esa manera, la solución a la amenaza no pro- 
viene de la carrera de armamentos sino de una 
modificación global del sistema de las relacio- 
nes internacionales, en la que son tanteos ini- 
ciales los Tratados de prohibición de pruebas 
nucleares y de no proliferación. Mientras ello 
acaece, aumenta de día en día la perspectiva 
del espasmo atómico, si se considera la acritud 
del ambiente y el abaratamiento y facilidad de 
fabricación del arma nuclear. 

El control de la tecnología para impedir que 
atente a la libertad es de análoga urgencia y 
complicación, aunque las fórmulas aplicables 
sean forzosamente distintas. La supresión del 
armamento atómico depende de los Acuerdos 
internacionales, es decir, de la coordinación de 
las voluntades de los Estados. Por el contrario, 
el control tecnológico es cuestión del sistema 
social que se institucionalice en el interior de 
las naciones. Una cosa es indiscutible: con los 
sistemas actuales, en las regiones ricas o sub- 
desarroUadas, el progreso técnico se utiliza 
para coadyuvar a la masificación, robotización 
y tiranía, junto a la mejora de bienestar eco- 
nómico. En la decadente sociedad de consumo 
regida por el capitalismo, los valores morales 

208 



son engañosamente proclamados, cuando en la 
práctica no hay más ley que el lucro, la explo- 
tación y la división de la colectividad entre una 
minoría que monopoliza el poder y una mayo- 
ría que absorbe la producción en masa; en los 
países subdesarroUados son frecuentes los mo- 
delos de opresión típicos de las dictaduras tra- 
dicionales, con su secuela de asonadas revolu- 
cionarias y golpes de Estado, atonía intelectual 
e impunidad en la rapiña. El objetivo en que 
coinciden ambos sistemas es la defensa de la 
seguridad de los intereses situados en el poder; 
el deber primordial es socialmente, en uno, la 
productividad y, en el otro, la obediencia. Así, 
la tecnología se emplea para afianzar esos ob- 
jetivos y deberes; en consecuencia, coadyuva a 
difuminar la personalidad individual, siendo la 
novedad el que ahora facilita la opresión con 
una eficacia insospechada hace decenios. En 
cuanto al porvenir próximo, ¿imaginamos lo 
que podrá hacerse con las redes de computado- 
res de vigilancia, información y organización, 
los medios de presión física, química y biológi- 
ca, en manos de las estructuras hoy dominan- 
tes? ¿Qué posibilidades de creación de nuevas 
ideas que, por esencia, difieren de las pública- 
mente consagradas, subsisten en unos sistemas 
de creciente inmovilismo, dotados de un apara- 
to represivo sutil? Aún más, supuesta tal crea- 
ción ¿ qué perspectivas ofrece la difusión de las 
ideas en cuanto despierten el recelo del poder 
establecido? 

La segunda conclusión, pues, es la necesidad 
del control social del progreso tecnológico, lo 

209 

14 



que implica un nuevo sistema social diferente 
de los que suhsumen la libertad en el desplie- 
gue indiscriminado del poder y la productivi- 
dad. La tecnología es un instrumento al servicio 
del hombre. Luego la participación de todos los 
sectores sociales, a través de representantes 
libremente designados y revocados, en el con- 
trol de los medios de comunicación, de infor- 
mación, de educación, de las consecuciones, en 
suma, que entrega la innovación científico-téc- 
nica, es la única fórmula adecuada para supe- 
rar los riesgos latentes y aprovechar racional- 
mente este inmenso caudal de riqueza. 



La liberación de la miseria 

En opinión del Premio Nobel de Química 
Alexander Tod, las metas humanas siempre 
han sido y serán liberarse del hambre y de la 
necesidad, buscar calor y protección, vencer las 
enfermedades, disfrutar de tiempo libre y de 
recreo razonable, y «con ello, la libertad de bus- 
car una comprensión del fermento del univer- 
so en que vive». Estas palabras traslucen el 
aforismo permanente del «primum vivere dein- 
de filosofare», aunque la jerarquía reconocida 
no excluye, ni mucho menos, la introspección 
desde la cual partimos para el conocimiento y 
dominio de la naturaleza; para la ciencia, re- 
solver los problemas materiales de la existen- 
cia implica un continuo ahondar en la teoría 
y la experimentación. Por tanto, en el mundo 
científico la libertad consiste en rechazar los 

210 



obstáculos con que se intente encorsetar la in- 
vestigación fundamental o aplicada; ningún 
dogmatismo apriorístico debe respetarse cuan- 
do sea antitético con la actitud de creatividad 
que busca la continua mejora de la base física 
de la existencia y la penetración máxima posi- 
ble en la verdad. 

Para cualquier ser consciente, la lucha contra 
la miseria y el subdesarroUo es una finalidad 
capital en todas las épocas. En la nuestra, y en 
el futuro, ningún argumento onnubila hasta el 
punto de hacer creer que las espectaculares 
realizciones de la sociedad opulenta en las zo- 
nas más favorecidas de los países ricos revier- 
ten en bienestar del resto de la población del 
planeta. No es extraño. Por regla general, al 
rico no le entusiasma ni la competencia ni la 
beneficencia excesiva; aparte de que el favore- 
cido tampoco suele agradecer mucho el dona- 
tivo o préstamo y le gusta pedir más. Es un 
juego que, trasladado al campo internacional, 
produce recíprocas insatisfacciones y la per- 
sistencia de mecanismos equivocados, a falta 
de la imprescindible reconversión de concien- 
cias. En los mismos Estados Unidos, las mar- 
chas de los pobres y la Ciudad de la Resu- 
rrección que Abernathy plantó en las inmedia- 
ciones del Capitolio de Washington en la 
primavera de 1968, son anécdotas que reflejan 
temas de discriminación económica dentro de 
un país que ocupa el primer puesto en renta 
y producción. A escala mundial, las contradic- 
ciones internas del Estado más poderoso pare- 
cen conflictos sofisticados en comparación con 

211 



la subalimentación de centenares de millones 
de hombres, la muerte por hambre de varios 
miles al día, la renta inferior a los 200 dólares 
en la mayor parte de África y Asia o en vastas 
zonas de Iberoamérica. 

Con la explosión demográfica y el estanca- 
miento o insuficiencia del desarrollo en dos ter- 
cios aproximadamente de la humanidad, la 
probabilidad de un aumento incesante del nú- 
mero de seres mal alimentados, vestidos y alo- 
jados se intensifica cada hora, pese al gigantes- 
co avance científico; lo que prueba la irraciona- 
lidad de la estructura internacional y la inade- 
cuación de los sistemas sociales constituidos, 
así como la urgencia de un giro de timón. Se- 
gún el atinado criterio de Todd, que siente un 
mercado escepticismo respecto del control de 
la natalidad, la cuestión de la alimentación es 
prioritaria; recoge la inquietud que comparten 
los dirigentes responsables de la política al 
contemplar el pavoroso incremento demográ- 
fico, el fallo del mecanismo de cooperación 
montado hasta ahora por los Estados ricos, la 
falta de capital con que las zonas desfavoreci- 
das se encuentran para modernizar sus infraes- 
tructuras, la cruel insolidaridad entre unas y 
otras comunidades nacionales. Eludamos las 
cómodas esperanzas: en el siglo de las mayo- 
res empresas técnicas acometidas por el hom- 
bre, el espectro de la miseria no se ha esfuma- 
do. Todd indica que, con una intensiva aplica- 
ción de la tecnología agraria cabría duplicar la 
producción de alimentos en los próximos veinte 
años; e incluso sin computar la acción sustitu- 

212 



tiva de la industria química, la rehabilitación 
de antiguas zonas fértiles y el acondicionamien- 
to de los desiertos asegurarían la llegada al 
siglo XXI sin desequilibrio entre la oferta y la 
demanda. Sin embargo, estas sugerencias re- 
quieren una sincronización, y hasta una inte- 
gración de orden político, técnico y cultural que 
nada tiene que ver con la situación en que hoy 
nos movemos. Por otra parte, recordemos las 
reflexiones del director general de la FAO, el 
hindú Binay Ranjan Sen, en la obra El mundo 
en 1984: 1) tomando como hipótesis el nivel 
alcanzado en 1964, se necesitará una subida 
general del 57 por 100 de la producción de ali- 
mentos del mundo para 1984, y del 68 por 100 
en las regiones menos desarrolladas; 2) consi- 
derando los cambios de población y la mejora 
de las dietas existentes, el suministro de víveres 
para las regiones menos desarrolladas habría 
de ser en 1984 dos veces y cuarto mayor que en 
1964, y tres veces en los alimentos de origen 
animal; 3) la producción de los países desarro- 
llados podrá subir en un 60 por 100 para 1984 
y rebasar así sus necesidades, que aumentarán 
probablemente en un 30 por 100, sobre la base 
de las tendencias en los factores población y 
renta; 4) en cuanto a las regiones menos des- 
arrolladas, mediante un esfuerzo considerable 
la producción podría ascender para 1984 en un 
85 por 100, mientras que la demanda alimenti- 
cia — definida en función del aumento demo- 
gráfico y de unas modestas mejoras cuantitati- 
vas y cualitativas de las dietas — se habrá in- 
crementado aproximadamente en un 120 por 

213 



100. Esta desproporción que, de confirmarse, no 
se traduce en una fría estadística sino en un 
futuro sob recogedor, justifica el amargo cuadro 
que describe el paquistaní Abdus Salam: «Den- 
tro de veinte años, estoy seguro de ello, el 
mundo menos desarrollado padecerá tanta 
hambre, estará tan relativamente poco des- 
arrollado y tan desesperadamente pobre como 
hoy en día. Y esto a pesar de que sabemos que 
el mundo tiene suficientes recursos técnicos, 
científicos y materiales para poder eliminar la 
pobreza, la enfermedad y la muerte prematura 
para toda la raza humana.» 

En relación con el nivel de riqueza de la 
franja industrializada, el espectáculo de la po- 
breza en Asia, en el mundo árabe, en el África 
negra, en el campesinado y suburbios urbanos 
de Iberoamérica es una intolerable tragedia. 
Decía en Estrategia y política que un vasto 
clamor se alza desde el Tercer Mundo. En ver- 
dad, ¿cómo se explica, si no es por la pérdida 
de sensibilidad, la degeneración moral o la falta 
de información, el actual encogimiento de hom- 
bros ante las muchedumbres de niños, mujeres 
y hombres en harapos, deformes o escuálidos, 
mirándonos sin que nosotros vayamos hacia 
ellos? Es inimaginable, pero real; tan real y 
tangible que produce náuseas nuestra inconmo- 
vida actitud frente a lo que ocurre en los con- 
tinentes depauperados y aun aquí, a nuestro 
lado. ¿Qué razón, justicia, condición, defende- 
ría tal pasividad? 

Entre otras causas, a escala internacional 
impera el fariseísmo que caracteriza a la bur- 

214 



guesía de la sociedad de consumo y al caciquis- 
mo de todas las latitudes. Unas obras calcula- 
das de caridad y un trato cortés en la forma, 
encubriendo la ferocidad de la conducta; ex- 
cepcionalmente, unas cuantas instituciones au- 
ténticamente benéficas — que honran a sus 
miembros como islotes de caridad en medio 
de los sistemas corrompidos — donde hallan 
acogida los anhelos de una parte pequeña, aun- 
que ilustre, de los que se ocupan de la suerte 
del semejante. Esta es la respuesta al clamor del 
Vaticano, a las estériles admoniciones de los 
moralistas, a la generosidad de las mentes que 
intentan traspasar el hedonismo, al silencio o 
la subversión de millones de desvalidos. Fari- 
seísmo. He aquí el rótulo que corresponde, aun 
sonando teatralmente, a la política seguida en 
relación con el Tercer Mundo; no es una «real- 
politik», como muchos creen, porque nada tie- 
ne de realismo mantener y promover la raíz de 
la rebeldía y de la inestabilidad. El que la eta- 
pa inmediata no se desenvuelva en una pacífica 
evolución, sino en un tormentoso ajuste de 
cuentas, el que los grupos desesperados esco- 
jan la revolución permanente como protesta 
contra los agravios, deriva del grado de injus- 
ticia reinante, que todavía empeoran los dis- 
fraces dialécticos de las estructuras opresivas. 
Cuando en la escena del próspero París de 
1965 y en la atalaya informativa de la O. C. D. E. 
adelantaba la posibilidad de prontas conmocio- 
nes internas en los Estados punteros, me su- 
maba a las continuas advertencias de quienes, 
en la magistratura religiosa o con el conoci- 

215 



miento directo de las circunstancias sociopolí- 
ticas, veían que con la propaganda de los éxi- 
tos económicos en la zona industrializada no 
es factible contener las reivindicaciones de las 
masas de pobres y el ansia de ideales que cru- 
za nuestro planeta. 

Los acontecimientos posteriores incitan a la 
revisión a fondo y al despliegue de la imagina- 
ción creativa para abordar la liberación de la 
miseria. De otro modo, los ambiciosos objeti- 
vos de la nueva civilización, en el mínimo de 
paz indispensable, serán inviables; el despilfa- 
rro y una inhumana distribución de los recur- 
sos arrastra la efervescencia crítica y el des- 
encadenamiento de los instintos destructores. 

El análisis de los proyectos que se han for- 
mulado en los últimos años para hallar una 
solución a las cuestiones de alimentación y 
alojamiento conduce a reforzar la tesis de que 
la liberación de la miseria, cualesquiera que 
sean sus enfoques concretos, está subordinada 
a un gigantesco esfuerzo innovador en tres pla- 
nos supraeconómicos: una moral radical, la 
racional utilización de la revolución científico- 
técnica y la transformación institucionalizada 
del sistema social. En caso contrario, el fenó- 
meno del hambre se agravará, en lugar de des- 
aparecer, porque está probado que todo depen- 
de de una voluntad de solidaridad y de unas 
exigencias éticas superpuestas a los intereses 
coyunturales. 



216 



España, entre suhdesarrollo y desarrollo 

Mucho saben los españoles sobre las priva* 
ciones materiales. Cuando Machado canta «Por 
la desierta estepa castellana, polvo, sudor y 
hierro, el Cid cabalga» no utiliza una licencia 
poética, sino que pinta la fisonomía exacta, en- 
tonces, de un país sediento de agua, recubierto 
en parte por la piedra, talados sus bosques por 
guerras de siglos, quemado por el sol. Nadie 
como Antonio Machado ha sabido pintar ese 
paisaje, que dominaba la península desde la 
cintura verde del Norte: 

Y otra vez roca y roca, pedregales 

desnudos y pelados serrijones, 

la tierra de las águilas caudales, 

malezas y jarales, 

hierbas monteses, zarzas y cambrones. 

¡Castilla varonil, adusta tierra, 
Castilla del desdén contra la suerte, 
Castilla del dolor y de la guerra, 
tierra inmortal, Castilla de la muerte! 

La penuria ha sido la cruda realidad en que 
se ha visto secularmente envuelto el pueblo es- 
pañol. Sánchez Albornoz se refiere a la endé- 
mica hambre: la que empujaba a los cántabros 
contra sus pobres vecinos del sur, para poder 
alimentarse de harina de bellotas en sus mon- 
tañas; la de los «años del Barbate» en que los 
musulmanes desembarcados por Tarik se ex- 
patriaban a África; la que obligaba a comer 
bestias, perros y gatos en los tiempos de que 

217 



hablan los Anales Toledanos; la que diezmaba 
la población como si se tratara de la peste, se- 
gún nos cuentan el Cronicón de Cárdena y el 
Cronicón Conimbricense. En el reinado de Feli- 
pe II, un dominico explicaba la razón de la osa- 
día hispana en contraste con la pasividad timo- 
rata de los italianos, diciendo que aquellos 
aventuraban la vida ya que «la tienen tan mala 
que en perderla poco pierden, porque andan 
descalzos, desnudos y maltratados». Siendo 
príncipe heredero, don Felipe escribía a su pa- 
dre, el emperador Carlos, reflejando la diferen- 
cia entre España y Francia: «La gente común 
a quien toca pagar los servicios, está reducida 
a tan extrema calamidad y miseria que muchos 
de ellos andan desnudos sin tener con que cu- 
brirse, y es tan universal el daño que no solo se 
extiende esta pobreza a los vasallos de vuestra 
majestad, es aún mayor en los de los señores, 
que ni les pueden pagar su renta, ni tienen con 
qué, y las cárceles están llenas y todos se van 
a perder.» En la novela picaresca del Siglo de 
Oro, en el peregrinar de Don Quijote y Sancho 
— uno fiel a su locura, el otro soñando ínsulas 
de Barataría que le dieran una existencia más 
placentera — , en las denuncias de los memoria- 
les, en las sombrías palabras de Feijoo, de Jo- 
vellanos, de Costa, es decir, desde Estrabón 
hasta el final de la década de los recientes años 
50, podríamos leer relatos escalofriantes de ca- 
lamidades, interrumpidas por cortos periodos 
de bienestar. 

Estas circunstancias contribuyeron al éxodo 
de una población que cruzó los océanos, con- 

218 



quistó un continente y siempre ha gustado de 
esparcirse por la Tierra. El Amazonas, cuya ex- 
ploración completa se haría siglos después con 
medios técnicos adecuados, era recorrido en 
toda su longitud por aquellos extraños seres 
que, con pesadas armaduras, soportaban sin va- 
cilar el calor, la selva, los mosquitos y las fie- 
bres; se extendían por la Pampa, atravesaban 
el istmo de Panamá, remontaban el amenaza- 
dor Orinoco, se perdían por la Florida, Califor- 
nia y el archipiélago filipino. La leyenda negra 
les ha retratado como una bandada de aventu- 
reros sin escrúpulos y ha cerrado los ojos ante 
el heroísmo de la gesta, ante la fusión racial, la 
colonización, las universidades implantadas, el 
hecho de que la independencia de los actuales 
Estados hispanoamericanos fue producto de 
una sociedad evolucionada. Magno ha sido el 
acontecimiento del alunizaje pero, al contem- 
plarse el automatismo que regulaba cada mo- 
vimiento de los astronautas — casi convertidos 
en máquinas — y el prudente tanteo con que 
Armstrong y Aldrin ponían pie en la Luna y 
daban su corto paseo por la superficie del saté- 
lite, no podía por menos de pensarse que en 
nada le cedía la audacia de los que se lanzaron 
en minúsculas embarcaciones a un Atlántico 
que los mitos presentaban como el Mar Tene- 
broso, y realizaban hazañas calificables cientí- 
ficamente como tarea de dementes. 

En gran medida, fue el contacto con las ad- 
versidades materiales una de las causas deter- 
minantes de la disposición de los hispanos a 
escapar del horizonte que les rodeaba, y de su 

219 



proyección hacia aventuras de increíble mag- 
nitud, así como del humanismo que revela el 
legado dejado en las tierras donde llegaron; le- 
gado bien distinto del que podríamos denotar 
en los Estados que practicaron el colonialismo 
capitalista, si les devolviéramos la moneda de 
la leyenda negra. No obstante, esto es inciden- 
tal. La cuestión es que nuestro propio pasado 
nos enseña a valorar lo que significa el proble- 
ma de la liberación de las necesidades económi- 
cas. Por otra parte, España es un caso excep- 
cional de la economía contemporánea: ningún 
país ha despegado del subdesarrollo en los úl- 
timos decenios con tanta rapidez e ímpetu, nin- 
guno ofrece contradicciones de mayor variedad. 
Los imponderables se han acumulado en esta 
interesante lección del despegue desde las fron- 
teras de la penuria. 

Los españoles con más de cuarenta años de 
edad hoy, conocieron la paupérrima estructura 
del agro, una industria incipiente con fábricas 
mal utilladas y proletarios harapientos, antes 
de una Guerra Civil que fue la explosión social 
donde culminaron los odios clasistas; pasaron 
muchos años de postguerra con la alimenta- 
ción racionada en cartillas de abastecimiento, 
caóticos medios de comunicación, restricciones 
eléctricas, automóviles funcionando con gasó- 
genos, cifras enormes de paro registrado y en- 
cubierto. Es evidente la distancia de la univer- 
sidad actual, con un número de alumnos que 
desborda los centros construidos, disponen de 
libros de cualquier signo intelectual y viajan 
por Europa durante las vacaciones, respecto 

220 



de la universidad de antaño, con viejos edifi- 
cios sucios y hasta malolientes, un ambiente 
intelectual en que se anatematizaba a Ortega y 
Unamuno, paraba la historia del pensamiento 
en Aristóteles y Santo Tomás, era imposible 
cruzar la frontera, se cercenaba las ideas dis- 
crepantes o los tímidos intentos de innovación. 
El observador neutral reconocería el salto de 
nivel material en el decenio de los años 60; 
son muchos los datos estadísticos en que po- 
dría basarse. Y, sin embargo, curiosas parado- 
jas desconcertarán a los que más tarde exami- 
nen esta transformación. Entre ellas, no será 
la menor un factor generacional de que no ha- 
bría otro precedente cercano que en el si- 
glo xviii, y a escala más reducida. Se trata de 
los jóvenes estudiantes que en los años 40 vi- 
vieron un clima dogmático y empobrecido. 
Aquellos universitarios que arbitraron mil ex- 
pedientes para leer a Ortega y Unamuno, Ma- 
chado y García Lorca, Nietzsche y Hegel, Sar- 
tre y O'Neill, Broglie y Einstein, adoptaron el 
lenguaje de la nueva fase técnica e industrial de 
Europa, rompieron en un plazo inverosímil los 
moldes del pasado, contribuyeron a reformar la 
mentalidad y los métodos de trabajo en la in- 
dustria y en la administración. Son, en efecto, 
una paradoja. Sin convicción política, se des- 
politizaron y pusieron los cimientos de la gran 
política, renunciaron a las acciones individua- 
les espectaculares y aceptaron el anonimato, 
desecharon ideologías que juzgaban infructuo- 
sas y dieron orden al país, perdieron pulso y 
garra pero europeizaron España como no lo 

221 



había logrado ninguna generación desde Car- 
los I. Apenas recibieron honores, pero cambia- 
ron nuestra historia. Muy probablemente la 
mayoría está ya incapacitada para infundir el 
impulso vital que necesita la nueva civilización, 
pero ha prestado un servicio admirable. A su 
lado figuran, como motores del desarrollo eco- 
nómico, dos elementos: el turismo y los emi- 
grantes. 

Ambos aportan los principales ingresos de 
divisas en la balanza de pagos, pero ejercen una 
función más importante, aunque no sea estima- 
ble matemáticamente, sobre todo lo que con- 
cierne a la emigración. La salida de esos hom- 
bres a Europa tiene una característica peculiar: 
así como la emigración a Ultramar en los dece- 
nios iniciales del siglo era, casi en su totalidad, 
definitiva, aumentando la población iberoame- 
ricana — ^y con ello sostenía la profunda vincu- 
lación humana con ese continente — en el caso 
de la corriente hacia Europa que provocó el 
subdesarroUo interno y el «boom» económico 
occidental, se ha registrado un incesante flujo 
y reflujo gracias a lo cual los repatriados y los 
emigrantes en vacaciones han influido decisiva- 
mente en la mentalidad, forma de trabajo y 
enfoque general de la existencia en el país; es 
una oculta revolución sociológica la que han 
traído los emigrantes, íntegramente positiva. 

Esto nos lleva de la mano a otro hecho tan 
ignorado como el de la acción de la citada ge- 
neración universitaria y de los emigrantes que 
en cientos de miles se han distribuido por la 
geografía europea desde 1955: la progresiva 

222 



modificación de la psicología industrial y cam- 
pesina. Cuantos tuvieron la oportunidad de 
conocer la entraña de la empresa hace solo diez 
años, saben que los obreros eran tratados, y se 
comportaban, según un estilo que podríamos 
llamar faraónico. De un lado, la productividad 
personal — como la calidad de los productos 
que se entregaban al mercado — era irrelevan- 
te, aplicándose el criterio de reclutar masas de 
mano de obra con un salario miserable; de 
otro, los obreros se conducían anodinamente, 
pendientes de la simple supervivencia física, sin 
sentir el menor estímulo de promoción profe- 
sional o cultural, ajenos a toda inquietud co- 
munitaria, incluso oponiéndose a iniciativas 
parciales que facilitaran la educación de sus 
hijos, quienes eran obligados a trabajar y aban- 
donar sus estudios en cuanto cumplían la edad 
mínima. A partir de entonces, la situación ha 
cambiado en tal grado que aún no comprenden 
los mismos interesados lo que implica, por su 
hondura. El ajuste a las técnicas importadas, 
la productividad y eficacia crecientes y, por en- 
cima de todo, la reivindicación educativa, dan 
lugar a una expectativa de futuro sustancial- 
mente mejor de lo que se podía prever recien- 
temente. Un análisis constructivo del presente 
estado de cosas indica que el ambiente es pro- 
picio a sistemas sociales en que no tiene cabida 
la estructura clasista del pasado. De acuerdo 
con ópticas interesadas, unos dirían que los 
campesinos y obreros industriales españoles es- 
tán lejos de alcanzar la formación técnica y 
la productividad que requiere el ritmo del pro- 

223 



greso moderno, otros acudirán al ejemplo de la 
pasividad popular ante los grandes asuntos pú- 
blicos para afirmar que es una masa amorfa 
que ha adquirido los vicios del capitalismo sin 
acceder a su nivel de riqueza. En parte es ati- 
nado, como lo probaría una encuesta socioló- 
gica, pero también las encuestas sobre la juven- 
tud, hechas con absoluta probidad, informan 
que la mayor parte de los universitarios — mi- 
noría, en sí, de la juventud — se desentiende 
de la política y de cuanto no sea lo que en 
francés se denomina «el buen placer»; no obs- 
tante, sucede la rebelión de la universidad, el 
clima efervescente y la experiencia, sobrada- 
mente constatada por los educandos, de que 
basta un puñado de líderes para que muchos 
estudiantes apáticos cooperen. De siempre, el 
dirigente conoce que un pequeño núcleo es su- 
ficiente para montar una amplia operación po- 
lítica, a condición de que la actitud colectiva 
sea favorable. Pues bien, el proceso de moder- 
nización de la sociedad en los últimos años no 
puede ser interpretado como un aburguesamien- 
to paulatino, sino como una toma de concien- 
cia de las aspiraciones y necesidades del mundo 
actual. Parece descartado que se revierta en el 
tipo de sociedad fustigado por Marcuse porque, 
antes de advenir al nivel de renta que presupo- 
ne, muy probablemente se consumará la des- 
composición interna de las estructuras capita- 
listas. La verdadera alternativa no es la socie- 
dad de consumo o el subdesarroUo, sino la 
común a todos los pueblos: la revolución per- 

224 



manente o la participación activa en la civiliza- 
ción planetaria, donde España podría cooperar 
a la reconversión del Tercer Mundo. 

Acercándonos a tal opción, es indiscutible 
que las medidas económicas específicas varían 
según se refieran a un país en fase de despegue 
o en pleno desarrollo. En la transición que 
aquella fase representa, son frecuentes la falta 
de rigor en los Planes nacionales, las inversio- 
nes irrentables, la inflación o la estabilización 
apoyada básicamente en la congelación salarial, 
la ausencia de responsabilidad en los fracasos 
de política económica, la especulación desatada. 
El capitalismo decimonónico se sustituye por 
un capitalismo tecnocrático en que los grupos 
de presión controlan anchas zonas casi sin di- 
nero ni riesgo. El bisturí de un Quevedo haría 
que otro diablo Cojuelo, al levantar los tejados, 
destapase un piélago de inmoralidades exten- 
diéndose por la sociedad; así como el abuso 
estaba solo al alcance de una exigua minoría 
privilegiada, en el pasado, la amplitud de la 
economía moderna hace que el mal ejemplo de 
de los grupos de presión arrastre una secuela 
de especulación en la bandada de pececitos 
que nadan a su alrededor. Afortunadamente, al 
igual que una economía de despegue no está 
aún definida y su intrínseca inestabilidad se 
contrapesa por la posibilidad de innovar y po- 
ner orden sin los sacrificios que eso acarrea en 
ios gigantescos sistemas económicos que operan 
sobre una renta superior a los 1.500 dólares 
por habitante-año, el neocapitalismo tecnocrá- 
tico es una estructura que cabe desmontar y 

225 



encauzar con facilidad. Diríamos, en suma, que 
todo país inmerso en las vacilaciones del paso 
de la sociedad tradicional a la organización de 
la producción y consumo en masa tiene mejor 
oportunidad de reajustar su progreso para lo- 
grar las innovaciones de carácter material e 
intelectual con las cuales se dirige hacia la ci- 
vilización planetaria. 

Situados en esta rara perspectiva que nos 
permite comprender las necesidades de los Es- 
tados ricos y pobres — porque España es, a la 
vez, desarrollo y subdesarroUo, capitalismo y 
Tercer Mundo — cabe rechazar los criterios de 
quienes abordan el desarrollo como simple in- 
cremento de productividad al margen de las 
consideraciones sociopolíticas, y los de quienes 
se ven reducidos a luchar por la supervivencia 
diaria y a actuar con el pie forzado de la eco- 
nomía preindustrial. 

Así vuelve a repetirse el papel catalizador 
que toca a España jugar en ciertas coyunturas 
históricas. A ello apunta esa situación interme- 
dia, especialmente importante como experien- 
cia-piloto. Claro es que tales palabras son sos- 
pechosas en el nacionalismo exacerbado al uso, 
pero no se trata de xenofobia alguna, sino de 
integrarse en la nueva historia de ámbito mun- 
dial. En este sentido, conviene una actitud op- 
timista, afirmadora de las expectativas de una 
comunidad que conoce de cerca la miseria y el 
comienzo del bienestar, una comunidad que 
cuenta con una pujante generación joven, más 
preparada y capaz de solventar la alternativa 

226 



fundamental de su tiempo con altura de miras 
y no para detenerse en la dudosa satisfacción 
del revanchismo. 



Las libertades económicas 

¿En qué radica la libertad, la libre creativi- 
dad, en economía? El tema ha sido tratado pro- 
fusamente, con la multitud de soluciones que 
figuran entre los puntos límites de la anarquía 
del librecambismo y el vacío de la estatización. 
Sin embargo, es extraordinariamente tentador 
preguntarse si, a fin de cuentas, la variedad de 
políticas seguidas hasta ahora no indica que las 
fórmulas económicas deben ser esencialmente 
oportunistas, cambiarse conforme a las circuns- 
tancias del momento y servir siempre al cum- 
plimiento de la escala de valores establecida 
por la civilización. La doctrina del «laissez faire 
laissez passer» pertenece al desván de los obje- 
tos inútiles; y la colectivización de los medios 
de producción y comercio está condenada a 
desaparecer por su irrentabilidad en numerosos 
sectores. Lo único que tiene horizonte es la 
programación flexible, sin dogmatismo. 

Dentro de ella, los principales problemas son 
dos. ¿ Cómo coordinar la iniciativa privada, ten- 
dente al capitalismo, con la acción del Estado, 
tendente a la burocratización y a la desperso- 
nalización? ¿Cómo dejar indefinidamente que 
el progreso económico se aborde en programas 
a corto plazo, que además buscan solo el incre- 
mento cuantitativo de la productividad, elu- 

227 



diendo los objetivos de reestructuración so- 
cial? Algo es indudable: la inoportunidad de 
las programaciones que no entran en la sustan- 
cia de las estructuras vigentes. La política eco- 
nómica ha de encaminarse al aumento cons- 
tante de la capitalización y de la rentabilidad, 
pero debe subordinarse tanto a la liquidación 
de la penuria como a la integración social y a 
la libre creatividad del hombre. 

Ello se opone al librecambismo y al absolu- 
tismo colectivista, traduciéndose en libertades 
concretas. 

La primera y fundamental libertad consiste 
en la liberación del hambre. Un gran porcenta- 
je de la población en la sociedad de consumo, 
habituada a la comodidad y a la insolidaridad 
— que cree remediar con algún gesto suelto de 
benevolencia — , ignora lo que pasa a dos tercios 
de la humanidad. Ahora bien, el problema es ac- 
tual y candente. No es preciso señalar en qué 
han parado Egipto, Roma o Grecia, de cuya 
opulencia perduran unas ruinas en piedra, o la 
quiebra de fortunas que se consideraban invul- 
nerables. Los hombres hoy tan indiferentes a 
su contorno social olvidan también que una 
posición en apariencia sólida se esfuma por 
mil causas, como son una guerra, una crisis fi- 
nanciera, una equivocación personal, unos des- 
cendientes dilapidadores o ineptos. El constan- 
te subir y bajar no es privativo de las socieda- 
des pobres. A escala nacional, entre las prime- 
ras potencias industriales ¿ qué vivieron los nor- 
teamericanos en 1930, los rusos en 1917, los 
alemanes en 1945? Es insensato dar por dilui- 

228 



do el espectro del hambre, cuando se asiste en 
Occidente a recesiones y riesgos de crisis, con- 
tinúa la miseria de cientos de millones de seres 
en todo el planeta y se calcula, con datos serios, 
el ensanchamiento del desequilibrio entre la 
producción alimenticia y las necesidades, en el 
próximo decenio, si no hay una transformación 
rápida del sistema social. 

Constan los argumentos de los economistas 
para quienes, pasado el cabo de los 1.000 dóla- 
res anuales de renta, el desarrollo tiene lugar 
mecánicamente, en virtud del refinado dispo- 
sitivo que ese nivel conlleva; así como las de- 
claraciones públicas de que es impensable otro 
«crack» parecido al de 1929, por la cooperación 
del capitalismo internacional, que confirma la 
frecuencia con que se ha salvado la libra ester- 
lina y el franco gracias a los créditos concedi- 
dos en pocas horas. Admitiendo esas tesis, para 
no entrar en inútiles discusiones, no obstante 
los razonamientos que redundan en prever una 
eventual crisis a la que podría abocarse por la 
inadecuación del sistema monetario, el desequi- 
librio crónico de diversas balanzas de pagos y 
otros factores, quedan hechos concluyentes: 
dada una hipotética continuidad del desarrollo 
estable en las regiones superindustriales, lo 
cierto es que la estructura internacional no per- 
mite resolver el problema del subdesarroUo del 
Tercer Mundo y la prolongación y hasta agra- 
vamiento de la penuria imposibilita la paz, re- 
percutiendo a la larga en inestabilidad y des- 
tructuración del sistema económico mundial. 

No es cuestión de moralistas, de admonicio- 

229 



nes que susciten el desdén de algunos expertos. 
Basta meditar en las consecuencias que ha teni- 
do la guerra vietnamita en la sociedad norte- 
americana o la argelina en la sociedad francesa, 
para percibir, con el ejemplo de estos conflic- 
tos anecdóticos, lo que sucederá en breve plazo 
con 3.000 millones de seres entregados a la 
miseria. 

Por consiguiente, la liberación del hambre 
es, como han dicho estadistas y científicos, el 
problema número uno de nuestro tiempo. Exige 
cambiar el sistema económico internacional 
mediante la superación del principio de las na- 
cionalidades. El hambre es un problema global, 
no cabe solventarlo en un Estado o grupo de 
Estados y permitir que se produzca en otros, 
porque su efecto multiplicador negativo es in- 
evitable. Respecto del sistema monetario, se 
coincide implícita o explícitamente en la con- 
veniencia de reformarlo, a través de una coor- 
dinación cada vez más institucionalizada que 
apunte a la integración; pero es más urgente e 
imprescindible la integración en la lucha para 
la adecuada alimentación y cuidado físico de 
los hombres. La Tierra dispone de vastos recur- 
sos naturales por explotar y, sobre todo, de una 
tecnología progresiva susceptible de satisfacer 
las necesidades primarias durante un largo pe- 
riodo. Así, la programación de ámbito planeta- 
rio, con programaciones paralelas en cada co- 
munidad, y una concepción más amplia de la 
seguridad social, forman el eje de la liberación 
de la miseria. 

Se infiere, en estricta lógica, que esa libera- 

230 



ción implica hacer del desarrollo económico 
una meta suprapolítica, en el sentido de que es 
superior a cualquier discrepancia ideológica. 
Ahora bien, siendo la función del desarrollo 
atender las necesidades primarias y, seguida- 
mente, aumentar sin cesar el nivel de vida ma- 
terial, a él se incorpora una condición sin la 
cual pierde eficacia: el equilibrio. 

La idea del desarrollo equilibrado es clave de 
la política económica que se analiza y propug- 
na desde la O. C. D. E. y los demás organismos 
directivos, nacionales e internacionales, pero la 
evolución de los últimos años ha hecho ver las 
dificultades para aplicarla. Es posible que ello 
se deba a que la técnica preventiva de la infla- 
ción y propulsora del equilibrio se polarice en 
resortes estrechamente enfocados: el presu- 
puesto y el gasto público en general, el sistema 
fiscal, la moneda, la relación precios-salarios. 
Paso a paso va comprendiéndose que resultan 
insuficientes cuando se utilizan desde una óp- 
tica exclusivamente económica. Así, la interac- 
ción entre precios y salarios no es reductible a 
ecuaciones de productividad, como se creyó en 
los tanteos iniciales de la política de rentas, si- 
no que intervienen delicadísimos aspectos ideo- 
lógicos, psicológicos y de estructura social; los 
sindicatos, por ejemplo, no pueden aceptar que 
el incremento de los salarios dependa de las 
mejoras de productividad, en cuanto su argu- 
mento, de fuerza innegable, es que supondría 
consagrar la base de partida de las diferencias 
de riqueza con los grupos ya privilegiados, 
mientras que el fin a perseguir es la redistribu- 

231 



ción de la rentas y el cambio de la estructura 
existente. 

Lo mismo cabe decir del gasto público o del 
sistema fiscal. El presupuesto es un arma de 
gran utilidad para promover el crecimiento 
cuando hay un periodo de recesión o para for- 
zar la austeridad ante un riesgo de proceso 
inflacionista. Pero se presentan motivos de dis- 
crepancia nada desdeñables, en la práctica. De 
hecho, y habida cuenta de que es un fenómeno 
universal la proporción creciente del presupues- 
to y el gasto público respecto del producto na- 
cional bruto, no obstante la justificación del 
aumento en cada coyuntura, es legítima la preo- 
cupación de que inexorablemente esto repercu- 
ta en la absorción por el Estado de la actividad 
económica, convirtiéndose aquel en el verda- 
dero empresario de la sociedad entera. Con ello 
se define una de las leyes del capitalismo: como 
la concentración estatal se acompaña del do- 
minio del capital privado por la Banca, quedan- 
do en realidad la iniciativa de todos los secto- 
res del desarrollo bajo la plena dependencia 
de los poseedores de los medios financieros. 
Estado y Banca, el sistema capitalista se enca- 
mina fatalmente a una estructura económica 
bipolar dominada por la hurocratización públi- 
ca y los grupos de presión, subsumiendo la 
libre creatividad individual y social. Por otra 
parte, ¿en qué consiste la determinación del 
gasto público sino en decisiones que están in- 
fluidas más por el predominio de una persona- 
lidad o un grupo que por un criterio de racio- 
nalidad?; estas, como otras preguntas, son 

232 



también importantes, aunque secundarias fren- 
te al razonamiento anterior, que responde a los 
hechos contrastados. 

Los daños previsibles en un futuro próximo 
serían de incalculable trascendencia si no se 
corrigen las políticas económicas que, incons- 
cientemente, por su obsesión en buscar meca- 
nismos automáticos para hacer frente a los pro- 
blemas de la coyuntura, están provocando un 
desequilibrio de fondo difícil de reparar: des- 
equilibrio, porque, al ponerse en contadas ma- 
nos e instituciones las auténticas posibilidades 
de iniciativa, se reduce el círculo de la plura- 
lidad en que radica la dinámica económica; 
desequilibrio, porque al centrarse el desarrollo 
primordialmente en el aumento cuantitativo de 
la renta, se ocupa muy poco de los aspectos 
cualitativos y consolida una estructura injusta 
y viciada de raíz; desequilibrio, porque faci- 
lita el ensanchamiento de las distancias de nivel 
de vida entre unos y otros grupos, entre unas 
y otras naciones, entre unas y otras regiones. 
Como culminación, puede afirmarse que el des- 
arrollo en el sistema social vigente favorece la 
entropía de la explotación y la despersonali- 
zación. 

Trabando, pues, los diversos elementos de 
juicio que aporta el análisis económico, se 
llega a un criterio idéntico al que deriva de 
la ética; la libertad económica, consistente en 
la liberación de la penuria y la elevación equili- 
brada e incesante del nivel material de vida, 
va unida indisolublemente al control social del 
desarrollo. 



233 



Esta es la única vía racional frente a la opre- 
sión en el terreno económico. Hasta hoy, los 
intentos llevados a cabo para emprender dicho 
control social están plagados de errores: la 
intervención de los grupos sociales en la elabo- 
ración de los Planes y programaciones nacio- 
nales o sectoriales es demasiado parcial, la vi- 
gilancia de la ejecución de esos Planes se ejer- 
ce solo por la vía parlamentaria y cuando los 
fallos son hechos consumados de repercusión 
inevitable, la participación del personal en la 
gestión de la empresa ha sido abordada en for- 
ma genérica y nadie sabe cómo articularla, la 
cooperación entre el Estado y la sociedad para 
la programación y utilización del gasto públi- 
co es también un asunto que se zanja en unas 
cuantas sesiones de Parlamento, etc. En suma, 
se ha avanzado muy poco en la contención del 
monopolio del poder económico por el Estado 
y por los núcleos financieros dominantes. Cons- 
ciente o inadvertidamente, el presente sistema 
económico coadyuva en grado decisivo al des- 
potismo, no al pluralismo en que revierte la 
libertad a promover. El control social del des- 
arrollo, como participación de toda la sociedad, 
plural y libremente representada desde la fase 
preparatoria hasta la de funcionamiento de las 
programaciones, es la fórmula de la nueva ci- 
vilización, si prevalece el valor hombre sobre las 
tendencias tiránicas. 



234 



CAPITULO V 

LA LIBERTAD SOCIOPOLITICA 



La estructura-barrera entre Estado y sociedad: 
el caciquismo y otros entramados antisociales 

Se suele plantear la libertad como si depen- 
diera de la forma de gobierno. Apenas hay 
discrepancia entre la opinión común actual y 
la vieja doctrina griega de que ciertas formas 
de gobierno son intrínsecamente opresivas mien- 
tras otras facilitan la libertad. Tal enfoque es 
inadecuado y conduce a especiosas disquisi- 
ciones sobre la inactualidad o viabilidad de la 
monarquía, las ventajas y perjuicios de diver- 
sos tipos de repúblicas, las consecuencias de 
las dictaduras unipersonales o colegiadas. Se 
está perdiendo de vista uno de los fenómenos 
contemporáneos más claros: conforme aumen- 
ta la dimensión, variedad y complejidad de la 
sociedad y del desarrollo económico y tecnoló- 
gico cada vez las instituciones supremas fun- 
cionan como resultante, no como elemento mo- 
triz básico, del sistema social. 

235 



Ello se debe a que ya no cabe enfocar la polí- 
tica aisladamente, como si fuera un mero arte 
y técnica de conquista y dirección del Estado. 
Los grandes problemas que suscita la regula- 
ción de las colectividades humanas tienen que 
resolverse adentrándose simultáneamente tanto 
en las estructuras políticas como en el sistema 
social de conjunto. 

Encontramos en la nueva configuración so- 
ciopolítica una serie de planos que, en lugar 
de estar diferenciados en una disposición je- 
rarquizada, como en el Medioevo o en el mun- 
do moderno, se interaccionan de modo que es 
un capricho dialéctico determinar cuál repre- 
senta el eje de la situación. Hablamos del Es- 
tado como de una entidad con personalidad 
propia, como de un cuerpo orgánico de cuyas 
características y funcionamiento pende la suer- 
te de la sociedad, pero una observación objetiva 
de cada país nos muestra que la realidad es 
distinta: el Gobierno y las diversas institucio- 
nes que componen el Estado suelen ser terreno 
invadido por grupos de presión que subterrá- 
neamente luchan por repartirse el poder cen- 
tral. El problema de estos grupos tiene cre- 
ciente importancia porque, en vez de operar 
como nuevos elementos coadyuvantes al pro- 
greso social equilibrado, en su mayoría actúan 
de modo que, por muy aperturistas y liberales 
que se llamen, tienden a cerrar el paso a 
quienes no se inscriben en sus filas o se nie- 
guen a aceptar sus dictados. De hecho, so 
pretexto de vagas razones públicas, implantan 
un despotismo sutil. Sin embargo, son coyun- 

236 



turales, responden a las características de la 
decadente sociedad de consumo y sus perspec- 
tivas de institucionalización parecen escasas. 

Más inquietantes resultan otros aspectos de 
la estructura sociopolítica. Entre ellos destaca, 
por su solidez, persistencia y signo sistemáti- 
camente negativo, la existencia de una barrera 
de potencial entre los sectores dirigentes y la 
masa mayoritaria de la sociedad. Esta barrera 
de potencial — término físico aplicable a la so- 
ciopolítica — obstaculiza e incluso impide la 
comunicación social y, por consiguiente, la li- 
bertad, cuya esencia es la solidaridad. Se trata 
del caciquismo, elemento parasitario por exce- 
lencia, motivador de desequilibrio, incompren- 
sión recíproca y violencia. 

En España, con su antecedente remoto en las 
taifas, ha agarrado como una sanguijuela en la 
sufrida geografía rural. Indiqué en Estrategia 
y política determinadas reflexiones sobre nues- 
tro agro: «Olor y color de pobreza por do- 
quier, alojamientos infrahumanos, inseguridad, 
ignorancia, carencia de incentivos, son la coti- 
diana experiencia de este inmenso círculo don- 
de se halla sumida casi la tercera parte de la 
población española... Los pequeños propieta- 
rios y los empleados por cuenta ajena escapan 
a la ciudad, no solo porque allí pueden encon- 
trar un nivel retributivo mejor, sino porque en 
el campo carecen de oportunidades de educa- 
ción, de promoción, de entretenimiento. Como 
mucho, disponen de una escuela de enseñanza 
elemental; los sitios de esparcimiento son ra- 
ros e ínfimos; la sociedad local, altamente je- 

237 



rarquizada e inmóvil, les ahoga.» Va cambian- 
do ese paisaje, afortunadamente, dentro de la 
modernización general; pero el obstáculo que 
persiste contra todos los esfuerzos para acele- 
rar el proceso al ritmo de los demás sectores 
sigue siendo el caciquismo, que en el campo es 
donde tiene el reducto más seguro. 

Soterrado, con un exquisito cuidado en ser 
poco conocido fuera de su ámbito de operacio- 
nes, sin dar pretexto para la noticia que atraiga 
la atención de los medios informativos, el ca- 
ciquismo mantiene el control de grandes regio- 
nes. Su método es lento, pero seguro; sin las 
ambiciones e inquietudes de los capitanes de 
la gran industria — sometidos siempre al azar 
de la competencia y de la coyuntura — su base 
de poder es la propiedad de 4a tierra, que en- 
sancha generación tras generacjóp. Señores de 
cuanto les circunda, los caciquea también se 
encargan de la ramplona beneficencia local o 
comarcal y de caridades religiosas calculadas, 
gustosos del papel de bienhechores que taima- 
damente desempeñan para tener un séquito de 
tributarios agradecidos dispuestos a defender- 
les o consentir su imperio. A la vez, cuidan de 
disponer de delegados, pagados espléndidamen- 
te, para la promoción de sus intereses ante la 
Administración; si alguno de esos delegados 
sube a un alto puesto público — lo que es muy 
frecuente — , se teje aún más la malla y ya se le 
integra vitaliciamente en el mecanismo caciquil. 
En lo ético, los caciques colocan el dinero como 
supremo «valor»; por encima de cualquier con- 
sideración moral, lo que les importa es la con- 

238 



servación y aumento del capital propio. En lo 
económico, no cesan de reclamar derechos es- 
peciales, de difundir en su contorno social la 
idea de que los males provienen del abandono 
o la injusticia de los poderes públicos, mien- 
tras ellos se enriquecen y eluden al máximo la 
imposición del Fisco. En lo político, no son 
nada, puesto que nunca se comprometen en fir- 
me con esta o aquella idea; son modestos par- 
tidarios del «orden», a condición de que sirva 
de escudo para preservar y reforzar los privi- 
legios adquiridos; al igual que, respetuosos de 
la Iglesia cercana, desprecian la auténtica ca- 
ridad, hacen profesión de obediencia al poder 
constituido aunque no estén dispuestos a acep- 
tar la más leve empresa comunitaria, y utilizan 
la tradición como mera fuente de los títulos de 
propiedad que arrancaron sus antepasados. No 
admiten sacrificio alguno, y el desarrollo eco- 
nómico nacional ha de atemperarse, en el ni- 
vel local, a sus designios, entre los cuales no 
figura, por supuesto, el lema de innovación. 
Naturalmente, alérgicos a la cultura, en cuanto 
instintivamente presienten sus peligros, no de- 
jan de ayudar a alguna escuela y de sostener 
a algunos becarios, porque lo capital es la más- 
cara agradable tras la que encubren el sistema 
de dominio sobre quienes les rodean; en esto 
son implacables, como lo son para el apodera- 
miento y la destrucción de todo aquel que es- 
torbe no ya a su interés, sino a su capricho. 
Encerrados en su ambiente de estulticia y abu- 
rrimiento, es ilimitada la capacidad de odio 
silencioso y rencor que sienten estas gentes de 

239 



trato normalmente cortés y formalista hacia 
quienes, incluso inconscientemente, les ofenden 
en su penosa psicología de mando y vanidad. 
Lo que acaece en esta versión actual de las 
taifas es tranquilo, dulce, irrelevante, nada pro- 
picio al sensacionalismo que nutre a los perió- 
dicos, radio o televisión; y los que trabajan 
directa o indirectamente en su favor, no ven 
razones que aconsejen denegar los servi- 
cios que se les solicitan de vez en cuando. Así 
unos y otros entran a saco el mundo que se 
pone al alcance de su tela de araña. 

Es una estructura eficacísima que afecta a in- 
contables seres humanos, condenados a la ato- 
nía espiritual, a recoger las migajas de prospe- 
ridad que se les lanza, a la resignación y al 
temor. No les queda sino esa sumisión triste o 
emigrar a lugares donde olviden la pesadilla 
vivida. Este caciquismo, cuya fuerza en España 
es mayor en las zonas poco comunicadas o aún 
subdesarrolladas, constituye un verdugo de cen- 
tenares de millones de personas en la agricul- 
tura mundial. Culpable número uno del hambre, 
la penuria y el atraso, es una de las más depra- 
vadas estructuras sociales padecidas por la hu- 
manidad; y la más cobarde, por su carácter so- 
lapado. Solo si se creen impunes son capaces 
de soltar las riendas de sus guardaespaldas; 
mientras tanto, les bastan los abogados y la 
extorsión en la sombra. Feroces son los hechos 
que realiza con su actividad o pasividad; y ta- 
jantes deben ser y serán los métodos para ex- 
tirpar este cáncer, esta cizaña. 

Con el paso de la economía agraria a la in- 

240 



dustrialización y urbanización, el caciquismo se 
ha extendido también por los restantes secto- 
res. Prolifera por doquier y su variedad es tan 
sorprendente que no cabe sintetizarlo sino 
como lo anteriormente sugerido: barrera de 
potencial interpuesta entre la mayoría y los nú- 
cleos dirigentes para impedir la cooperación y 
sabotear las empresas comunitarias. A esta 
fisonomía de insolidaridad, acción secreta y 
consciente contra el Estado y la sociedad, en- 
torpecimiento del progreso cultural y corrup- 
ción ética, corresponden numerosos grupos de 
fuera y dentro de nuestras fronteras. 

Hay organizaciones claramente delictivas que 
son puestas al margen de la ley. Su persecu- 
ción es extremadamente complicada en ciertos 
casos, por las ramificaciones del poder que han 
obtenido; además, hoy emplean la violencia di- 
recta solo como recurso excepcional. Incluso en 
la «Maffia» terminaron los tiempos de «Lucky» 
Luciano, Anastasia, Costello y Capone, con la 
expeditiva liquidación de los contrarios me- 
diante el balazo o el golpe del punzón de hielo, 
sustituyéndose por la red de abogados, el co- 
hecho y la presión económica. Muy de tarde en 
tarde, un ajuste de cuentas hace renacer el an- 
tiguo estilo. Mientras bulle este submundo de 
juego, prostitución, drogas y vicio con que se 
hunde la salud física y mental de las víctimas, 
los promotores y beneficiarios suelen compor- 
tarse aparentemente con lo que se calificaría 
de intachable conducta. 

Sin embargo, pese a la importancia de unas 
organizaciones cuyo radio de acción es interna- 

241 

16 



cional, movilizando cifras de negocios pareci- 
das a las de los gigantes industriales, cabe con- 
tenerlas con los medios previstos para los de- 
litos comunes; por lo menos, corren el riesgo 
de ser descubiertas, acarreándose el castigo ti- 
pificado en las leyes penales. 

Mucho más peligrosos resultan los entrama- 
dos que, a imagen del caciquismo rural, no for- 
man organizaciones concretas. Estas estructu- 
ras vienen constituidas por los individuos que, 
siendo miembros de instituciones civiles, mili- 
tares y religiosas, aprovechan su posición en 
el Estado, en las empresas, en los sindicatos, en 
organismos de toda índole, conforme a los mis- 
mos principios inspiradores del caciquismo en 
el campo. Han existido a lo largo de la historia, 
de la cual se han marginado para ejercer el 
parasitismo. No obstante, la consolidación del 
espíritu burgués y, posteriormente, la sociedad 
de consumo, les ha dado oportunidades de ex- 
pansión inimaginadas. Con la amplitud de la 
industrialización y el crecimiento de riqueza, 
se multiplica su número. Por otra parte, han 
dejado de actuar aisladamente: como demues- 
tran los escándalos que estallan por exceso de 
imprudencia, forman alianzas de intereses per- 
sonales, con una recíproca ayuda, que les faci- 
litan el montaje de negocios inverosímiles por 
su magnitud, así como operaciones de corrup- 
ción en el ambiente sociopolítico. De hecho, 
tales barreras de potencial constituyen una for- 
midable dispersión de energía, canalizando ma- 
sas de capital en vastísimas especulaciones. Su 
osadía no conoce límites; a menudo, arriesgan- 

242 



do sumas ridiculas, llegan a manipular, me- 
diante el crédito, cantidades colosales. Lo que 
les distingue del caciquismo agrario es la ve- 
locidad de movimientos, el lujo y la publici- 
dad. Tradución político-financiera del gangste- 
rismo, comprometen sin pudor el prestigio de 
las instituciones a que pertenecen, y en eso se 
basan, razonablemente, para suponer que se 
meditará mucho antes de tomar medidas repre- 
sivas, por su incidencia. Lo peor de todo es 
que contribuyen notoriamente a corromper la 
moralidad general, ya que el espectáculo de 
estos núcleos es una constante invitación a 
ejercitar idéntica desfachatez en cualquier 
nivel. 

Así hemos alcanzado en el mundo un clima 
psicológico de violencia y de compromiso im- 
plícito en la corrupción, que implica el reinado 
de la insolidaridad. 



Opción entre violencia social y libertad 
asociativa 

Frente a semejante situación, no serviría una 
consigna de austeridad y restablecimiento de 
la moral pública, en tanto subsistan las estruc- 
turas intermedias que impiden la integración. 
La libertad sociopolítica exige atacar el fondo 
del problema, que es ético y estructural. 

En este último terreno, parece que coadyu- 
vará a superar la configuración de barreras de 
potencial una expansión dinámica de las aso- 
ciaciones de todo tipo, para que el Estado y la 

243 



sociedad adquieran el grado necesario de in- 
tercomunicación y pluralismo. De ese modo, 
podría llevarse a cabo mejor la coordinación 
entre los principios de organización y libertad, 
que son esenciales; también sería un instru- 
mento idóneo para evitar la masificación y anu- 
lar el peligro de la soledad que siente el indi- 
viduo. Los hombres precisan asociarse a fin de 
sublimar su microcosmos personal y construir 
un sistema social de contenido humanista. 

Ralf Dahrendorf ha escrito ampliamente so- 
bre el ímpetu asociativo norteamericano, como 
uno de los trazos positivos principales de aquel 
país. Los juicios que le suscita son muy valio- 
sos porque reflejan objetividad. «Participación 
activa en la asociación es sinónimo de integra- 
ción social. El que no pertenece a una asocia- 
ción, el que no es miembro activo, no es tam- 
poco, en el fondo, miembro de la sociedad... 
Quien se queda solo consigo mismo levanta 
sospechas. Claro está que habrá algunos con el 
suficiente vigor para superar el aislamiento for- 
zoso que se deduce de esta actitud, las mur- 
muraciones, los ataques abiertos o velados, 
que son las sanciones impuestas al desviacio- 
nista. Mas como todos somos seres sociales y 
nuestra propia conciencia se forma y mantie- 
ne por la confrontación con otros, estas desvia- 
ciones solo serán soportables en casos excep- 
cionales.» 

Es tesis de Dahrendorf que la omniprescien- 
cia de la sociedad en Estados Unidos proviene 
de la extraordinaria movilidad de la población, 
explicativa también del respeto al principio de 

244 



igualdad y la tendencia al conformismo. De 
acuerdo con el autor alemán, cabría destacar 
en el contexto sociológico de Estados Unidos 
dos vertientes derivadas de la primacía de la 
sociedad, en contraste con la institucionaliza- 
ción estatal característica del continente euro- 
peo. Una es la polarización de la vida social en 
asociaciones políticas, económicas, recreativas, 
culturales, religiosas; la otra viene dada por 
tres elementos concatenados, que son la movili- 
dad, la igualdad y el conformismo a normas e 
ideas preestablecidas y sedimentadas por el 
tiempo. No obstante, estos aspectos de la socie- 
dad norteamericana, a los que puede añadirse la 
vitalidad, el gusto de la aventura, el espíritu de 
modernización, la libertad de expresión y la 
capacidad de autocrítica — incomprensible para 
la mayoría de los pueblos, acostumbrados al 
dogmatismo intelectual y a la alternativa en- 
tre el sometimiento o la revolución — se contra- 
pesan por el clima de violencia. Algunos obser- 
vadores coinciden en expresar la sensación de 
que falta homogeneidad a ese país y sufre el 
riesgo constante de movimientos destructura- 
dores internos, atribuyéndolo a la violencia de 
las costumbres, que se revela tanto en los ín- 
dices de delincuencia y en la inseguridad per- 
sonal como en la acritud de las relaciones in- 
terhumanas en las megalópolis y la altanería 
hacia otros países y culturas. Recordando la 
manoseada frase de Shakespeare, se diría que 
algo huele mal en una nación cuyas últimas 
campañas presidenciales tomaban como lema 
común la lucha contra el crimen, donde las ci- 

245 



fras facilitadas oficialmente por el FBI son ate- 
rradoras y donde se desatan continuas campa- 
ñas para advertencia contra unos males reco- 
nocidos. 

Procede precisar que es ciertamente la vio- 
lencia el producto de las injusticias reiteradas 
y de los fallos estructurales de la sociedad. Por 
lo que respecta a Estados Unidos, en páginas 
precedentes citaba lo que decía Robert Kenne- 
dy en defensa de la juventud y ataque a las 
lacras del sistema social, poco antes de seguir 
el trágico camino de su hermano y de Martin 
Luther King. No obstante, el problema de la 
violencia no es privativo de Norteamérica, aun- 
que allí alcance mayores proporciones; sería 
una burda hipocresía y un juego demagógico 
ocultar lo que impera en casi todo el mundo, 
expresada de mil maneras diferentes. 

Por hacer nuestra autocrítica, si nos incli- 
náramos sobre la época medieval, en que se 
forjó la personalidad hispana, resonarían pa- 
labras de Sánchez Albornoz. «¡Áspera y dura 
Castilla, así saturada por un ímpetu demonia- 
co de violencia! Motines populares en los que 
igual caían los judíos de la ciudad que el má- 
ximo héroe castellano después del Cid. Revo- 
luciones sociales. Luchas entre concejos o en- 
tre aldeas. Batallas entre repobladores. Asaltos 
a palacios, iglesias, monasterios. Clérigos y ju- 
díos, hiriéndose entre sí. Bárbaras costumbres 
comunales. ¡Áspera y dura Castilla, así sacu- 
dida por una desenfrenada inclinación de las 
masas populares a dirimir por la fuerza sus 
querellas y a vengar por la fuerza sus agravios; 

246 



de las masas populares habituadas a gozar de 
libertad sobre una tierra pobre y en medio de 
un paisaje épico! ¡ Dura y áspera Castilla pron- 
ta a la acción directa ''por un quítame allá esas 
pajas"; acostumbrada a la práctica multisecular 
de la violencia en las rudas, largas, sangrientas, 
tremendas horas de la batalla contra el moro, y 
obligada luego a verter torrencialmente la ener- 
gía vital acumulada en ellas! » 

Pero estas realistas consideraciones no se 
detienen en una fase histórica, sino que se apli- 
can a toda nuestra historia; solo que esta la- 
mentable tradición de violencia va unida a una 
mezcla de desenfrenado individualismo y de 
remisión a la voluntad del Estado, que en Es- 
paña se convierte en blanco de todas las iras 
y en ungüento milagroso de todas las necesi- 
dades. «Tanto en el pasado remoto como en el 
cercano, los españoles han sacrificado muchas 
veces los intereses de la comunidad a sus ape- 
titos de poder, no han vacilado en desgarrar a 
su pueblo en sañudas contiendas civiles, han 
hecho difícil su convivencia en un solar histó- 
rico y han preferido ver rodar a España a la 
miseria y al caos antes que renunciar al po- 
derío y a la riqueza. Con frecuencia han inten- 
tado disfrazarse al asaltar o al defender el po- 
der con la careta del cruzado por un ideal; 
pero esa hipócrita máscara no ha llegado a 
cubrir la verdadera intención que los movía... 
Pasada la etapa heroica en que triunfó la ini- 
ciativa individual en la aventura americana, ni 
siquiera en Francia ha desempeñado el Estado 
papel tan absorbente como al sur del Pirineo. 

247 



Llega un momento en que todo se espera y exi- 
ge del mismo. De las medidas protectoras del 
Estado han esperado su propio medro agricul- 
tores, ganaderos, industriales y comerciantes. 
Al Estado han culpado de sus males las diver- 
sas profesiones, las diversas clases sociales, las 
diversas regiones. Hasta la Iglesia se ha consi- 
derado en trance difícil y en grave peligro cuan- 
do no se ha hallado resguardada y protegida 
por el Estado. Al triunfo de ese Estado tauma- 
túrgico, de ese Estado providencia, hubo de 
contribuir, aunque parezca paradoja el supo- 
nerlo, el hiperindividualismo hispano.» 

Crudas y descarnadas palabras que sajan sin 
piedad. Y, a pesar de ellas, inmediatamente des- 
pués Sánchez Albornoz habla del hombre inte- 
gral que también ha sido el español y da de 
este la imagen más esperanzadora. «Los espa- 
ñoles no solo se han unido cuando han comul- 
gado en la misma creencia o han visto alzarse 
ante ellos hombres superiores. Se han asociado 
muchas veces, con éxito, por el camino del ra- 
zonamiento y con inhibición de su conciencia 
emotiva. Aunque Castro lo niegue basándose 
simplemente en lacras de la vida política his- 
pana — caudillismo, caciquismo, mesianismo — 
que pueden explicarse por claras sendas ló- 
gicas.» 

Este pensamiento es el único que habría de 
prevalecer al abordar el futuro. La libertad en 
la violencia es una antítesis sin sentido, al 
igual que la libertad entendida como desinte- 
gración de la comunidad. Para eludir tales con- 
tradicciones, el sistema social que pretenda ser 

248 



solidario tiene que institucionalizarse, irreme- 
diablemente, en un asociacionismo ilimitado. 
Sin duda alguna, la conducta asociativa es 
la mejor base operativa para desarrollar la li- 
bertad individual y colectiva, en cuanto cada 
persona obtiene la posibilidad de insertarse en 
organizaciones cuyo ambiente, normas y fines 
estima satisfactorias. En este aspecto, asisti- 
mos a una encrucijada. Si el estatismo típico 
de la mentalidad europea, y exacerbado en Es- 
paña, cae en el error de entorpecer a las aso- 
ciaciones o de transformarlas en organismos 
controlados directa y activamente por el Esta- 
do, la función que pueden desempeñar será 
nula. Las controversias que surgen en torno al 
tema indican que todavía no hay una convic- 
ción general sobre un principio: la libertad 
total de asociación es rigurosamente indispen- 
sable para potenciar la iniciativa privada, evi- 
tar la concentración del poder en el Estado y 
en los grupos de presión, superar las estructu- 
ras caciquiles, fomentar la solidaridad a través 
de la multiplicación de empresas comunitarias, 
annnorar el clima de violencia que procede del 
aislamiento personal y de la carencia de opor- 
tunidades de múltiples sectores colocados hoy 
en la sombra o en la subversión. Esa libertad 
debe ser total porque así es la libre creatividad 
inserta en la naturaleza humana; con la exclu- 
siva limitación de no poder plasmarse en unas 
actividades calificables como delitos comunes. 
De ahí el que no parezca recomendable el re- 
celo ante las asociaciones políticas o su ads- 
cripción a una dirección prefijada, porque algo 

249 



que necesitan perentoriamente los hombres es 
riqueza en el terreno de las ideas políticas; que 
se llamen o no partidos es indiferente, siempre 
que operen dentro de cauces constitucionales 
democráticos y no se encaminen a objetivos 
disgregadores u opresivos. Además, lo que en 
definitiva persigue el nuevo humanismo social 
es arbitrar métodos cuya finalidad sea el má- 
ximo de participación de los individuos en el 
progreso. La libertad de asociación es parálela 
a otra libertad fundamental concreta, la de ex- 
presión, dentro del principio general de la li- 
bertad de participación, que requiere una ins- 
titucionalización política variada y ágiL Esta 
libertad de participación debe plasmarse en un 
amplicísimo abanico, como en la educación y el 
sindicalismo, que requieren pluralidad de ac- 
ciones, representatividad y coordinación, en un 
clima de confianza y dinamismo. 

La eclosión del asociacionismo es una cues- 
tión estructural que adquiere su significación 
adecuada según una escala de valores en la que 
prima la libertad: nada impide el despotismo 
cuando los mecanismos montados están vacíos 
de contenido ético y operan dentro de una con- 
ciencia social dominada por el materialismo 
y el reaccionarismo. Al referirse a la sociedad 
norteamericana, Dahrendorf señala que la in- 
tromisión excesiva en, la persona y la inclina- 
ción al conformismo, acompañadas de un pre- 
dominio constante del materialismo, es decir, 
del pragmatismo y de los intereses económicos 
sobre los valores morales — como consecuen- 
cia de un crecimiento económico que ha llega- 

250 



do a ser una auténtica obsesión — contrarrestan 
el efecto constructivo del asociacionismo y tie- 
nen como resultado la crisis de confianza que 
apuntaba John Kennedy, subrayó Robert y está 
plasmando en los conflictos raciales y sociales 
de los años en curso. «Ahora viene el gran pro- 
blema. ¿Continúa teniendo América una meta? 
Naturalmente, las antiguas metas solo apare- 
cían siempre como el presupuesto del mayor 
bienestar para el mayor número posible. Pero, 
una vez alcanzado, en ninguna parte como en 
América se lamentan tanto los hombres del 
materialismo de la vida en el seno de una so- 
ciedad libre y próspera... Norteamérica ha per- 
dido sus fines. El darse cuenta de esta realidad 
no se hace más llevadero por el hecho de que 
muchos americanos crean que el comunismo ha 
quitado el sitio a América... Es posible que se 
mantenga la libertad existente en las institu- 
ciones norteamericanas, pues los pilares de la 
Constitución siguen intactos: la lucha por el 
poder, el control del poder, la libertad para 
razonar, las recetas kantianas de una paz du- 
radera. Pero también es posible que esta liber- 
tad desaparezca. Las Constituciones no flotan 
en el aire, sino que se hallan vinculadas a de- 
terminadas estructuras sociales.» Con esos an- 
tecedentes delinea una opinión que resume con 
atino el criterio del nuevo liberalismo: «Sabe- 
mos que las recetas liberales del pasado son 
demasiado simples para la actual situación; sa- 
bemos que, por fatalidad, algunas recetas tota- 
litarias parecen adecuadas; vemos incluso la 
posibilidad de una vuelta al autoritarismo irra- 

251 



cional de las tribus sin jefes. En estas circuns- 
tancias, pocas cosas serán más urgentes que 
una teoría política original de la libertad, em- 
parejada con una práctica política de igual 
originalidad.» 



Libertad e integración en España 

Abocamos a la reflexión sobre la libertad 
sociopolítica en su dimensión más inmediata 
para España. Hora es de poner coto a los mi- 
tos que hemos creado o soportado sobre nos- 
otros mismos. El apasionamiento, la pereza, el 
absolutismo intelectual, el hiperindividualismo, 
como defectos; la austeridad, el valor, el res- 
peto a la institución familiar, la espiritualidad 
religiosa, como virtudes. La lista sería inacaba- 
ble sobre lo que se nos concede y se nos acusa. 
Y, todo ello, gratuitamente. Mal cuadra la pe- 
reza con el profesional que apenas tiene tiem- 
po para ver a sus hijos en el hogar, el obrero 
que cubre las exigencias más duras de la mo- 
derna organización del trabajo; o la austeri- 
dad con el despilfarro y hasta el endeudamien- 
to para la ostentación, que se contempla por 
doquier. Estas cosas son producto de la equi- 
vocada creencia de que cada raza, cada país, 
cada región, tienen modos de ser diferenciado- 
res. En lo bueno y en lo malo, la variedad del 
género humano es incalculable, pero a escala 
personal, no a la de las comunidades, que se 
distinguen por su grado de desarrollo econó- 
mico, por sus sistemas sociopolíticos y cultura 

252 



en general. Luego el presente y el futuro depen- 
den de las decisiones comunitarias que se to- 
men, porque todo está al alcance. Además, y 
conviene reiterarlo por mucho que resuene a 
viejas reacciones ultranacionalistas: las mejo- 
res consecuciones de nuestra historia se deben 
precisamente a la integración social, al univer- 
salismo y al sentido de la libertad. 

Es penoso que la integración social se inter- 
prete como centralización o como base para 
hacer renacer los regionalismos y localismos 
de antaño. La centralización estatal constituye 
un residuo de situaciones desfasadas por el 
progreso económico, tecnológico y social, sien- 
do su única pervivencia lógica el totalitarismo, 
ello es, la peor de las perspectivas del hombre. 
Pero, frente a esa tendencia, entrados de lleno 
en la fase de interdependencia mundial, con 
una necesidad irreversible de ir adelante en las 
supranacionalidades, sería dramático que per- 
sistiera el signo de un país forzado demasiadas 
veces a seguir defendiendo su unidad interna. 
Esta es incuestionable, y la libertad es incom- 
patible con los separatismos; un hecho es la 
conveniencia de descentralizaciones adminis- 
trativas y económicas, al amparo de la corrien- 
te pluralista, y otro muy distinto es la disper- 
sión de energía, la consagración de la insoli- 
daridad entre zonas que han hecho juntas el 
pasado y harán juntas el porvenir. Julián Ma- 
rías se refiere con belleza y acierto a la diver- 
sidad y paralela homogeneidad de España. «Eso 
que llamamos España es el resultado de innu- 
merables miradas sobre una porción del mun- 

253 



do, desde incontables puntos de vista, matiza- 
das por tantos estados de ánimo, creencias, 
ideas previas, esperanzas y desesperanzas... Se 
puede ver — más que pensar — que España es 
una fabulosa pluralidad de posibilidades; se 
puede soñar una potenciación de cada una de 
ellas, de manera que alcancen esa intensidad y 
energía que su expresión física tiene; se puede 
adivinar una España futura en que cada uno de 
sus ingredientes asuma una parte insustituible 
de una empresa compleja y matizada, de esas 
que no puede ejecutar la homogeneidad de un 
regimiento, sino más bien la fina diversidad de 
una orquesta. Cuando se cree que la unidad de 
lo múltiple y vario es débil, es que se tiene 
una idea pobre y tosca de la unidad. Y es esta 
la unidad que dura: la que se sostiene, ágil, fle- 
xible, móvil, elegante, resistiendo a la muerte.» 
Sería injustificable que la diferenciación re- 
gional fuera abordada con el modelo de los 
movimientos separatistas o con el imperio de 
un centralismo artificial que no está arraigado 
en la tradición ni responde a las exigencias de 
la nueva civilización humanista y científica. Es 
un problema a resolver con vitalidad alegre, 
espíritu constructivo y confianza recíproca. Del 
mismo modo, nos encaminamos a la revisión 
del municipio, para la debida ordenación del 
territorio, cuyo objetivo consiste en lograr uni- 
dades eficaces y prósperas en el campo admi- 
nistrativo, jurídico, económico y cultural. Sin 
embargo, en ningún caso cabe comprometer 
la unidad de una comunidad que es, esencial- 
mente, una cohesión de empresas comunes. 

254 



España, síntesis y culminación de sus regiones, 
solo podrá volver a alcanzar peso histórico y 
participar en la nueva civilización supranacio- 
nal si actúa plural y unitariamente, no si se 
atomiza. 

En ese marco se encuadran las libertades 
concretas sociopolíticas aplicables en nuestro 
país. A muchos parecerá disparatado y ensoña- 
dor sugerir desde este pequeño rincón geográ- 
fico unas empresas comunitarias, funciones pu- 
jantes en la historia, humanismo revoluciona- 
rio, libertad. Pero estas ideas son realistas y 
factibles. Del mismo modo, cuando se denuncia 
el caciquismo y sus crímenes contra nuestra 
sociedad, hay detrás el apoyo de datos vividos 
y ciertos; me consta hasta qué punto personas 
específicas se saben envueltas en tales palabras, 
quizá escondiendo la cólera mientras maduran 
su reacción. Asimismo, cuando llego a una ab- 
soluta e inquebrantable profesión de fe en un 
pueblo y en la humanidad, no es porque me 
base exclusivamente en la doctrina de seres 
ejemplares, sino pensando en inolvidables ex- 
periencias al lado de quienes tuve la suerte de 
tratar en muchas oportunidades de distinto sig- 
no. Además, la defensa de valores éticos, la rei- 
vindicación de los sectores sociales desfavoreci- 
dos, la revolución científica, etc., no son térmi- 
nos discursivos, sino asuntos candentes de los 
que dependen la paz y el futuro inmediato. 

Confianza en lo humano, confianza en las 
perspectivas del individuo y de la sociedad, 
¿por qué no sustentarla? Parecerá romanticis- 
mo, quizá, en una etapa de desnudo culto de po- 

255 



der, acostumbrada a medir la viabilidad de los 
proyectos, y hasta de las ideas, según la fuerza 
física que respalde. Pero, aunque suene a para- 
doja gratuita, a poco que arañemos en la su- 
perficie de las corrientes que conducen a la 
nueva civilización, comprobaremos el enorme 
potencial romántico — diría creativo e insobor- 
nable — de los jóvenes de todas las latitudes, 
de los pensadores que tantean originales teo- 
rías del mundo, de los científicos y técnicos 
que nos llevan al espacio exterior y domeñan la 
naturaleza, de los líderes que luchan por la 
democracia. No es descartable la continuidad 
de los entramados de la opresión imperante, 
pero implicará un mero retraso: lo que ahora 
ya late en la conmoción de las conciencias y 
del sistema social se impondrá inevitablemen- 
te. No es una feliz utopía, sino otro gran im- 
pulso del hombre, que también sufrirá erro- 
res innumerables. La cuestión, pues, estriba en 
adelantar nuestras fronteras, y se hará. 

Si nos atenemos al círculo español, dentro 
de la ingente transformación en curso, conviene 
citar unas proyecciones preparadas en Estados 
Unidos para 1984, que nos presenta como un 
país contrario a las tendencias generales. Pa- 
rece lo habitual, dentro del recelo e interés que 
levanta nuestro país. Kahn y Wiener lo ponen 
más de relieve cuando formulan unas predic- 
ciones-pesadillas: «Entonces, la crisis económi- 
ca fuerza una serie de quiebras bancarias. Una 
inesperada alianza se forma entre estos elemen- 
tos de protesta y la clase trabajadora española 
con su tradición de acción anarquista y sindi- 

256 



calista... En esta situación, un grupo de jóve- 
nes intelectuales lanza un manifiesto culpando 
de las dificultades económicas y de la impoten- 
cia de España y de Europa a su sumisión en el 
siglo XX a los valores burgueses y americanos... 
quieren un control estatal racionalizado de la 
industria, la producción ''para las necesidades 
humanas y no para el beneficio'', la restauración 
del poder militar y la autonomía política de 
Europa, el abandono voluntario de los privi- 
legios de los ricos, un plazo de servicio de cada 
ciudadano en organizaciones sociales o mili- 
tares del Estado y el abandono del egoísmo. 
Este movimiento logra un dramático éxito en 
España y, en el poder, establece un nivel de 
competencia y energía gubernamental descono- 
cido por España en este siglo. La economía es- 
pañola todavía sufrirá la depresión mundial, 
pero hay un digno e igualitario programa na- 
cional que incluye servicios sociales altamente 
efectivos, una impresionante distribución justa 
de los bienes, una brillante labor asistencial del 
Estado en las artes y las empresas intelectua- 
les. La doctrina romántica del régimen y su 
éxito manifiesto en la restauración de la moral 
nacional y el notable nivel de conducta indi- 
vidual en España, alcanza un enorme impacto 
en toda Europa. Tras un periodo de cinco años, 
el experimento español alimenta al núcleo de 
los movimientos europeos que firmemente quie- 
ren limitar o cancelar los gobiernos parlamen- 
tarios y los viejos partidos políticos, integran- 
do la mayor parte de la Europa Occidental y 
de la Europa Central en una unión económica 

257 

17 



bajo una brillante tecnocracia internacional, 
promoviendo la empresa científica europea, di- 
solviendo, lenta pero enérgicamente, los gru- 
pos e intereses burgueses, reaccionarios y mer- 
cantiles... La política exterior de esta Europa 
es intensamente hostil a Rusia, como una tira- 
nía desacreditada y explotadora, un Estado 
''reaccionario" tal como Rusia siempre ha sido 
vista por la Europa Occidental, y a los Estados 
Unidos, la, principal sociedad nacional de los 
valores burgueses y mercantiles y de la 'Vulga- 
rización" humana... Los éxitos de la nueva 
Europa refuerzan una política cada vez más 
agresiva en el lanzamiento de influencias exte- 
riores desde el continente y en el ataque a los 
intereses y a la influencia política americana 
en África, Asia y América Latina (donde la nue- 
va Europa es contemplada con entusiasmo, es- 
pecialmente entre los jóvenes y las élites inte- 
lectuales).» 

Esto es puramente especulativo, aunque re- 
fleja cómo, entre las «pesadillas» con que se 
imaginan las posibilidades de destructuración 
de la sociedad materialista, de la dispersión de 
Europa en nacionalidades irreconciliables y 
de la opresión del Tercer Mundo, cuenta nues- 
tro país más de lo que suponen muchas perso- 
nas empeñadas en considerarlo un fundo pri- 
vado puesto al margen de la historia. En rea- 
lidad, la disyuntiva con que se enfrenta radica 
en su apartamiento del mundo o en ser uno de 
los actores de la nueva civilización que está 
germinando. 

Si la voluntad comunitaria consiste en actuar 



258 



de lleno en el avatar histórico, se dirigirá al 
objetivo de realización de la libertad, de la li- 
bre creatividad de una humanidad que se re- 
siste a caer en la robotización. La libertad es 
la clave del destino del hombre. Se ha dicho 
que no es posible rehuir el desafío de la inno- 
vación y que no es lícito abstenerse en una 
encrucijada decisiva. Pues bien, con o sin nos- 
otros hay que canalizar el actual torrente de 
la historia y convertirlo en fuente de ilimitada 
energía. Ello depende del nuevo rumbo que se 
imprima a la libertad. 



Conclusiones 

En las Constituciones de ios Estados y en el 
seno de las Naciones Unidas se han enunciado 
diversas libertades concretas. Representan nor- 
mas jurídicas fundamentales en virtud de las 
cuales se protege a los individuos, a los grupos 
sociales y a la sociedad con postulados tan va- 
riados como son las libertades de expresión, 
prensa, reunión, asociación, sindicación, em- 
pleo, circulación, enseñanza, religión, etc. En 
función de la seguridad pública y del respeto in- 
dividual recíproco, no se ha pretendido en nin- 
gún caso, ni puede pretenderse, un ejercicio 
ilimitado de tales derechos, puesto que en defi- 
nitiva quedan inscritos en el contexto del orden 
social y del desarrollo. 

Pero la vida impone su realidad sobre las 
leyes y, en el acontecer histórico, ocurre que el 
sistema social formado por las alianzas de in- 

259 



tereses predominantes y por la mentalidad de 
culto del poder, pragmatismo y materialismo, 
implica que la libertad, pieza maestra de la de- 
mocracia y del progreso del hombre como tal, 
se difumine poco a poco dentro de los Estados 
más declaradamente democráticos y sea barri- 
da en los demás. De hecho, salvo en algunos is- 
lotes excepcionales, la libertad se ha reducido 
a la esfera privada y aceleradamente está esfu- 
mándose según aumenta la homogeneización de 
consumo, trabajo y hábitos sociales producida 
por las regulaciones de la existencia individual 
y colectiva en la creciente organización auto- 
mática de la sociedad industrial. 

Incluso en el terreno de las creencias, obvio 
es que la infiltración, en los hogares, de la pro- 
paganda comercial, política y cultural que faci- 
litan los modernos medios de comunicación en 
masa, amenaza las posibilidades de crítica, de 
independencia y de intimidad. La opulencia de 
corrientes intelectuales, tanto mayor conforme 
se agudiza la decadencia, es una mera diversión 
anecdótica que carece de fuerza para contener 
el imperio de las estructuras de poder, deten- 
tadoras de la llave de las decisiones a que son 
sometidas las comunidades. 

Por esto, aún reconociendo la validez teórica 
de las libertades proclamadas en el proceso 
que arranca de la Revolución Francesa y cul- 
mina en las Conferencias de las Naciones Uni- 
das, parece urgente replantearlas a la luz de la 
situación tecnológica, económica y sociopolítica 
de nuestro tiempo, dado que está en juego el 
sentido humano de la civilización planetaria; de 

260 



otro modo, la despersonalización, el automatis- 
mo y la opresión serán inevitables. 

El replanteamiento se traduce en un objeti- 
vo: poner término al sistema social del capita- 
lismo del Este y del Oeste. La situación es gra- 
vísima por la violación de valores humanos que 
conlleva. En consecuencia, no proceden fórmu- 
las de compromiso; no proceden tampoco el 
nihilismo ni la acción revolucionaria ciega, que 
constituyen medios de escapismo parecidos al 
empleo de drogas en que ha caído una parte 
de esta sociedad desesperada. 

Por ser manifiestamente irracionales y por 
atentar a la capacidad creativa inserta en la na- 
turaleza del hombre, hay que rechazar sin pa- 
liativos las prácticas encaminadas a hacer del 
desarrollo económico y tecnológico un fin en sí 
mismo; urge también propugnar y construir 
las libertades concretas de orden político, so- 
cial, económico. Si es preciso, esta actitud de 
neta intransigencia y defensa del verdadero pro- 
greso deberá ser mantenida en una política de 
catacumbas, es decir, de resistencia a la perse- 
cución montada por los intereses establecidos 
y apoyada en el cansancio y escepticismo de 
unas masas cloroformizadas por el ansia del 
bienestar relativo. 

En resumidas cuentas, no se trata de contra- 
poner peligrosas vaguedades a la necesaria me- 
jora de nivel económico, sino de propagar que 
el desarrollo no es una virtud exclusiva de las 
estructuras tiránicas: al contrario, el óptimo 
se alcanza con libertad, evitando las formida- 
bles desigualdades inherentes al despotismo. 

261 



Nada es definitivo y los poderes más sólidos 
desaparecen. La incorruptibilidad moral tiene 
mayor fuerza y perdura. De otro lado, lo que 
ahora contemplamos es el desconcierto de mu- 
chos dirigentes que perciben la inviabilidad de 
continuar su mando indefinidamente mante- 
niendo ideologías anticuadas o polarizándose 
en la administración tecnocrática. Luego el cho- 
que ideológico es lo que se aguarda por doquier, 
con esperanza; y cuando me refiero a choque 
ideológico, marco la necesidad de cubrir el va- 
cío de ideas rectoras en la sociedad mecaniza- 
da. Desarrollo político y social, he aquí lo im- 
portante: para España, en su proyección inter- 
na y exterior; para todos, en la reforma de las 
estructuras capitalistas. 

Al despuntar el decenio de los años 70, el pa- 
norama parece desolador para los combatientes 
de la libertad: entendimiento ruso-americano; 
satelización de los Estados de segunda y tercera 
fila; y aislamiento de los Estados subdesarro- 
Uados en una campana neumática cuyas con- 
vulsiones son objeto de vigilancia policial. Las 
políticas interiores se ajustan a la tónica gene- 
ral de injusticia: ocupación del Estado por 
grupos monopolistas, anestesia de la moralidad, 
inmovilismo social. No hay otra ética política 
que el uso descarnado del poder. Socialmente, 
una increíble corrupción campea en todos los 
sectores, carcomiendo las instituciones y gru- 
pos más sanos. Una consigna es común: elimi- 
nar a cualquier individuo que estorbe. Solo que 
ahora la supresión física es rara; una técnica 
mucho más sutil de buenos modos, silencios 

262 



oportunos, amordazamiento de los órganos de 
expresión, prostitución de palabras e ideas, se 
extiende como una impalpable tela de araña. 
De tarde en tarde estalla algún escándalo, pero 
rápidamente adviene el olvido reparador. En 
tales condiciones, la corrupción aumenta sin ce- 
sar el número de sus adeptos. Los débiles de 
espíritu captan la dificultad de una línea que 
es calificada de vago romanticismo, cuando no 
de residuo adolescente, y se pasan al servicio 
de los entramados de dominio. 

No obstante, esto dista de ser tan estable 
como se supone. En estricta política hay otras 
proyecciones que difieren de una larga bipolari- 
dad Washington-Moscú, satelización y arrinco- 
namiento del Tercer Mundo. A escala interna- 
cional, ni los intereses americanos y soviéticos 
son netamente coincidentes ni dejan de susci- 
tar serios interrogantes el crecimiento econó- 
mico de Japón y Alemania, la coordinación 
europea, la agresividad china, la ebullición de 
los tres continentes subdesarrollados, así como 
otras eventualidades que los expertos del Insti- 
tuto Hudson denominarían «pesadillas». Por lo 
demás, peores circunstancias ha conocido la 
humanidad y ha sabido remontarlas. Un filóso- 
fo ilustre decía, aproximadamente, que la his- 
toria consiste en el curso de la libertad. Infati- 
gables, los mecanismos de represión remozan 
sus instrumentos, pero la libertad logra salir 
adelante, a veces en zancada gigantesca, a veces 
con el titubeo de la primera infancia. 

Creo que se borrará la sonrisa de los recto- 
res de los círculos sociales directamente culpa- 

263 



bles de la corrupción. Por lo pronto, con su ac- 
tuación motivan el radicalismo de las posicio- 
nes. 

Ya no es, en efecto, el momento de los com- 
promisos. En estos términos, libertad y parti- 
cipación, libertad y moralidad, libertad y racio- 
nalidad, libertad y progreso técnico-económico- 
social, son identidades a sustentar sin concesio- 
nes. El producto de la opresión no es el pro- 
greso, sino el aburrimiento y la pérdida de fines 
respetables. Pero las mencionadas identidades 
serían utópicas sin cumplir un requisito prima- 
rio: la libertad como solidaridad e integración. 
¿ Es que dejaría de ser un privilegio de una mi- 
noría el ejercicio de las libertades cuando se 
ensancha la diferencia económica y cultural 
entre los sectores ricos y pobres? 

Así, la empresa prioritaria es la lucha por 
el Tercer Mundo. Con más de 40 millones de 
personas que mueren de hambre al año y con un 
incremento incesante del porcentaje de la po- 
blación mundial subalimentada (38 % en 1940 
y 52 % en 1966), sojuzgada política y socialmen- 
te, sin acceso a la educación, no podemos con- 
cebir la libertad como un tema doméstico de 
las zonas sociales favorecidas, sino como una 
liberación que muy en primer término debe ser 
la de ese Tercer Mundo. 

Citaré unas frases inmortales de Gandhi que 
figuran esculpidas en piedra a la entrada del 
Memorial erigido en Nueva Delhi: 

«Recuerda la faz del más pobre e indefenso 
hombre que hayas visto, y pregúntate si lo que 

264 



piensas hacer es para él de alguna utilidad. 
¿Podrá ganar algo con ello? ¿Le devolverá el 
control de su propia vida y destino? En otras 
palabras, ¿ conducirá a la autodeterminación de 
los millones de nuestros compatriotas ham- 
brientos y espiritualmente depauperados? En- 
tonces descubrirás que se evaporan tus dudas 
y tu propio yo.» 

Del Tercer Mundo, el que hay aquí y por do- 
quier, se desprende un silencioso gesto de pe- 
tición de ayuda, aunque también unas calidades 
humanas netamente superiores a las que ofrece 
la decadente y satisfecha estructura opulenta. 



265 



apéndice 



APÉNDICE 

APUNTES SOBRE LA LIBERTAD EN LA 
EXPERIENCIA HISTÓRICA ESPAÑOLA 



La libertad en la historia de España, 
según Sánchez Albornoz 

El indómito sentido de la libertad es con- 
sustancial a la historia de España desde que 
empieza a germinar durante el periodo prerro- 
mano esta peculiar característica de nuestras 
gentes; en modo alguno podemos situar el co- 
mienzo de esa personalidad en la confrontación 
hispano-árabe, según opina Américo Castro, si- 
no en muchos siglos antes, de acuerdo con Me- 
néndez y Pelayo, Sánchez Albornoz y Menéndez 
Pidal. La pasión con que nuestros primeros an- 
tepasados oponían la fuerza de su libre indivi- 
dualidad a los intentos de sojuzgamientos se 
prueba en ejemplos innumerables. Así, los as- 
tures de las Medulas se mataron entre sí con 
tal de no ser reducidos a la esclavitud, como 
hicieron los cántabros, numantinos y tantos 
otros pueblos de la península. Tras citar algu- 

269 



nos de esos casos, Sánchez Albornoz subraya 
el largo tiempo que tardaron los romanos en 
dominar aquellos territorios, en contraste con 
la rapidez de las campañas de sumisión lleva- 
das a cabo en lo que ahora conocemos como 
Europa y Próximo Oriente. «Otros pueblos de 
Oriente y Occidente lucharon contra Roma en 
defensa de su libertad nacional y algunos de 
ellos pelearon también con bravura innegable. 
Pero algo debió diferenciar el ímpetu, la resis- 
tencia, el desdén por la vida y el amor a la 
independencia de los peninsulares para que los 
señalasen con asombro los escritores clásicos 
y para que los romanos tardasen dos siglos 
en conquistar Hispania, mientras otros países 
fueron domados por ellos en una campaña, y 
en solo una década fueron vencidas las valero- 
sas y fortísimas Gallas.» 

Las luchas con los invasores que han llegado 
a la península en el curso de los siglos, desde 
el neolítico, así como sus subsiguientes cruces 
culturales y étnicos son, como señala el mismo 
insigne historiador, pugnas y simbiosis que tie- 
nen lugar entre osados y aventureros grupos 
de los pueblos de Europa, Asia y África; con- 
dición de audacia que prueba el hecho de 
abandonar sus lares para seguir ruta hasta al- 
canzar el «finis terrae», último confín del mun- 
do conocido. En esta permanente calidad de 
encrucijada geográfica, racial y cultural se apo- 
ya Sánchez Albornoz para hablar de la singula- 
rísima contextura vital del español, al que defi- 
ne como ser ávido de aventuras, amador de la 
libertad, sufridor de dolores y fatigas, gustador 

270 



del caudillaje, nada razonador, acerado, orgu- 
lloso, arriscado, bravo, impulsivo y vehemen- 
te. Curiosa mezcla que vemos reproducirse una 
y otra vez desde Sagunto y Viriato hasta hoy. 
Es un tipo psicológico complejo — culturalmen- 
te polarizado con frecuencia en temas trascen- 
dentes como son la muerte y la dignidad hu- 
mana — que se refleja en una serie de constan- 
tes filosóficas y literarias producidas con Séne- 
ca, San Ignacio, Calderón, Cervantes, Unamuno. 
Provoca la simpatía o el temor de pueblos más 
racionales, nunca la indiferencia; pero ofrece 
una imagen de tensión e incertidumbre que abre 
amenazadores interrogantes para un futuro 
donde la libertad debe ser construida no sobre 
el canto de glorias pretéritas ya irrepetibles ni 
sobre el repudio de ese pasado, sino a partir de 
su análisis objetivo y de la voluntad de innova- 
ción que exige la nueva sociedad. 

La concepción de la libertad en España, como 
la inmensa mayoría de las grandes consecuen- 
cias que se han logrado, no era un producto 
intelectual o una actitud de minorías, sino el 
resultado de unas tendencias democráticas de 
base popular. Tanto es así que precisamente 
desaparece el interés por la libertad al consu- 
marse en la decadencia de los Austrias el pro- 
ceso de anulación del pueblo por los privilegios 
de una corte distante, jerarquizda y triste; 
cuando en el siglo xix se alza de nuevo el ideal 
de la libertad, sería difuminado por un meca- 
nismo de caciques — dignos herederos de las 
taifas — capaces de controlar el remedo de 
partidos y de política que se implantó; y en el 

271 



siglo XX, los ideólogos sin altura ni convicción 
y los tecnócratas contorneados por las nuevas 
formas de caciquismo mantendrían la insensi- 
bilización social hacia los grandes problemas 
políticos, entre ellos el de la libertad, adoptan- 
do parte de los vicios de la sociedad industrial 
avanzada sin recoger más que una parte de sus 
ventajas. 

Algo muy peculiar ha sido lo que latía en 
la fase prerromana, fraguó en la Edad Media y 
animó la gigantesca eclosión de España por el 
mundo. Bastan, para entender la raíz popular 
de la incipiente democracia española, unas fra- 
ses de Sánchez Albornoz. «Si en Francia, como 
Américo Castro quiere, las incitaciones litera- 
rias provenían de la corte de París o de las 
cortes feudales o de los grandes monasterios o 
de las universidades y escuelas, en Castilla pro- 
vinieron del pueblo. De la Chanson de Roland 
al Cantar del Mió Cid hay la diferencia que 
mediaba entre la Francia señorial y feudalizada 
y la Castilla democrática, islote de hombres li- 
bres en el Occidente cristiano; islote de hom- 
bres libres en el que no habían medrado aún 
las dos aristocracias laica y clerical.» 

Al hablar de Castilla, dice que nació de la 
conjunción en proyección horizontal de cánta- 
bros, vascos y godos, cuajó como comunidad 
histórica en cientos de años de guerra contra el 
moro, lejanía y abandono del gobierno central, 
libertad interior, ausencia de grandes señores y 
de siervos. Entonces «se hizo perdurable el 
caudillismo tradicional de los iberos, se reafir- 
mó la pasión por la libertad de pueblos como 

272 



el cántabro y el vascón, las formas de vida 
germánica permitieron el florecimiento de un 
vivaz sentimiento de igualdad entre quienes te- 
nían abiertos los mismos caminos por la libre 
relación de vasallaje y por la libre intervención 
en la vida política y económica de la comuni- 
dad. Se basó la organización social, más que 
en la diferencia de nacimiento, en la diversifi- 
cación de la eficacia frente al señor y frente al 
pueblo y, por ende, en la graduación del ímpe- 
tu. Se acentuó por tanto la exaltación de las 
fuerzas volitivas, emocionales e instintivas de 
la persona. Y se agudizaron los filos, siempre 
hirientes, de las pasiones e ímpetus de los tres 
pueblos ayuntados en la angustia y en la fiereza 
de la guerra... Me he explicado después el mo- 
vimiento ascensional de Castilla en la escena 
histórica como resultado del ayuntamiento de 
dos realidades. Por su condición de pueblo de 
hombres libres, horros del poder mediatizador 
de grandes magnates laicos y de grandes seño- 
res eclesiásticos; de hombres libres, todos rec- 
tores de sus propias vidas articulados en clases 
fluidas — infanzones, caballeros, ciudadanos, 
hombres de behetría y solariegos — y siempre 
abiertos hacia horizontes de afortunados me- 
dros económicos y sociales, en el libre juego 
de la historia». 

La intensidad del deseo de libertad en el pa- 
sado histórico español es un dato irrebatible 
que damos al olvido. Sánchez Albornoz puede 
afirmar sin exageraciones que, del mismo modo 
que no se reglamentan los riesgos sino donde 
es escasa el agua, en la Carta Magna inglesa se 

273 

18 



definieron libertades mientras que en la Carta 
Magna de León se fijaron normas de justicia; 
hasta ese punto el derecho a la libertad estaba 
consagrado en la sociedad de aquel tiempo. Sen- 
cillamente acaecía que el hiperindividualismo 
español implicaba la primacía de la libertad so- 
bre cualquier otra condición. «Orgullo más 
amor a la libertad — a la autodeterminación, 
diríamos mejor — multiplicado por coraje más 
pasión, he ahí la fórmula algebraica cuyo resul- 
tado fue el individualismo hispano primitivo.» 
Es muy probable que Sánchez Albornoz, 
como Madariaga, se hayan excedido al presen- 
tar la pasión como el gran elemento condicio- 
nador de la personalidad española. Desde un 
punto de vista científico debe, por el contrario, 
asentarse la tesis de que la racionalidad, en 
España como en todo el mundo, ha ido aumen- 
tando según avanza el progreso sociocultural; 
en la presencia del hombre sobre la Tierra, la 
libertad es un producto de la racionalidad. Así, 
descendiendo al análisis de la historia de Es- 
paña, cabe asegurar que los castellanos, nava- 
rros, vascos, aragoneses, catalanes, que ponen 
cortapisas al poder de la realeza y de la aristo- 
cracia no son hombres dominados por un ciego 
e irracional instinto de rebeldía contra la opre- 
sión, sino seres que intentan la institucionali- 
zación de derechos y de conductas sociales con- 
forme a razón. Al establecer vínculos volunta- 
rios y recíprocos con la autoridad se adelanta- 
ban en varios siglos a la teoría del contrato 
social formulada por los precursores de la Re- 
volución francesa. Quienes trazaron la doctrina 

ZI4 



de los justos títulos o de la libertad de comu- 
nicación, como quienes consagraron libertades 
concretas en los Fueros, no eran inconscientes 
servidores de impulsos ilógicos. Los antropólo- 
gos han dado múltiples pruebas de que el hom- 
bre primitivo que paso a paso descubrió el 
fuego, la rueda, la vela, los números, la organi- 
zación social, el derecho, ascendió progresiva- 
mente de la ignorancia y del predominio de los 
instintos a la racionalidad; nunca se comportó 
como un objeto inanimado obediente a las in- 
mutables leyes de la mecánica física. Igual acae- 
ce con el sendero de la libertad en la historia de 
nuestro pueblo. 

Como una conclusión esencial a la que liá 
llegado tras una larga investigación del pasado, 
Sánchez Albornoz delinea un esquema de filo- 
sofía de la historia que gira últimamente en 
torno a la libertad. Este pensamiento surge con 
nitidez casi al principio de España, un enigma 
histórico, obra indispensable para cuantos 
quieran conocer la entraña real de España. 
«Los pueblos no giran dormidos, como los as- 
tros, por órbitas trazadas desde la eternidad. 
No, los hechos humanos no se repiten en el 
tiempo eternamente, como los hechos de la na- 
turaleza. Las cosas son estáticas y el hombre 
es pura libertad y puro devenir. Sí; la vida hu- 
mana es esencialmente libertad. Y la libertad 
referida a la acción no es solo, como algunos 
pretenden, un "non fiat'' que reprime los im- 
pulsos del instinto, sino una fuerza positiva, 
audaz y creadora que mueve y dirige.» Segui- 
damente, con el recuerdo constante de las ideas 

275 



de Ortega y Gasset sobre la libertad, en esa 
confrontación consigo mismo y con los demás 
que constituye la medula de la existencia hu- 
mana, Sánchez Albornoz señala la influencia de 
ciertos factores sobre los individuos y los pue- 
blos. «La vida humana es esencialmente liber- 
tad, pero ¿puede el hombre ejercer esa libertad 
de decisión sin limitaciones ni trabas ni fre- 
nos? ¿No se alzan frente al hombre cada día y 
aun a cada hora murallas que no puede saltar? 
¿No choca a cada hora con obstáculos insupe- 
rables que nacen de su propia idiosincrasia, de 
la naturaleza en que se mueve, de los otros hom- 
bres con quienes convive y de los hombres que 
han vivido antes en el mundo? Con razón ha 
dicho Ortega y Gasset que vivir es sentirse li- 
mitado y ha teorizado sobre la prisión del hom- 
bre por su circunstancia... Mas si el hombre es 
libre de decidir su destino dentro de las limita- 
ciones que su temperamento psicofísico, la na- 
turaleza, sus semejantes y el pasado le impo- 
nen, un pueblo, es decir, el conjunto de los 
hombres sometidos por siglos y a veces por 
milenios al mismo influjo de los poderosos 
reactivos de la tierra y de la herencia — de la 
herencia, obra de la raza y de la historia — 
encuentran aún mayores obstáculos para ejer- 
citar la potencialmente plena libertad de albe- 
drío de que gozan las unidades humanas que 
lo integran.» 

Se deduce, como resumen, que en este gran 
historiador la libertad es uno de los distintivos 
capitales del hombre en general y de cada pue- 
blo, pero tras la lenta gestación de una colec- 

276 



tividad con personalidad propia en la historia, 
queda comprimida por ciertos elementos exter- 
nos entre los que destacan el medio físico y el 
carácter o modo de ser ya acuñado. Ahora bien, 
no late en página alguna de Sánchez Albornoz 
la sensación de que el pasado, con sus aporta- 
ciones de creación y fracasos, sea un determi- 
nante imposible de salvar. Al revés de ello, 
comparte la convicción orteguiana de que la 
vida es devenir, tarea y, por ende, posibilidad. 
El optimismo respecto del futuro es otro de 
los generosos mensajes que le debemos. Espa- 
ña, un enigma histórico ha sido dictado como 
una gigantesca lección de esperanza, donde el 
acontecer de nuestros antepasados se presenta 
como un punto de partida, no como un proceso 
cerrado, del cual hemos de extraer el coraje 
para el futuro. Su prólogo lo proclama. «Espa- 
ñoles e hispanoamericanos, después de leer mi 
medroso diagnóstico de los males de España y 
de lo hispano — un crítico italiano lo ha califi- 
cado de formulación de metapolítica — , habrán 
comprobado que no padecemos una tara here- 
ditaria ni un mal incurable. He demostrado que 
nuestras disimilitudes frente a los otros pue- 
blos de Occidente y nuestras crisis y caídas han 
sido resultado de accidentes históricos en que 
no nos cupo responsabilidad, y de errores de 
hombres ocasionalmente rectores de nuestros 
destinos. Para soslayar en lo posible los zarpa- 
zos del azar y para remediar las consecuencias 
de los pasados yerros, es ante todo necesario 
que españoles e hispanoamericanos venzan su 
complejo de inferioridad, a veces doblado de 

277 



estériles soberbias. Del orgullo satánico pasa- 
mos antaño al pesimismo mimético; hoy pode- 
mos abrirnos a la esperanza. Se acerca un ma- 
ñana decisivo en nuestra historia. Pero es tal 
mi angustia ante el temor de que otra vez fra- 
casemos en la elección de nuestra senda que, 
aun a trueque de merecer befas o dicterios, 
deseo brindar a los españoles ocasión para que 
mediten sobre nuestro porvenir al enfrentarse 
con mi interpretación de nuestro pasado.» 

Así ocurre con la libertad. No es hora de re- 
petir algunas de las trampas en que cayó Me- 
néndez y Pelayo, en su patriotismo desespera- 
do, cuando, por ejemplo, trataba de otorgar a 
la ciencia española un peso del que carecía. De 
idéntico modo, sería inoportuno buscar prue- 
bas que condujeran a presentar España como 
un país que ha jugado un importante papel en 
la definición de los derechos políticos moder- 
nos sobre la libertad. Desde hac? muchas gene- 
raciones estamos apartados en este punto, como 
en otros, de los avances logrados por diversos 
países. Y, sin embargo, en el momento en que 
se derrumban civilizaciones y comienza a des- 
puntar otra cuya arquitectura queda por deli- 
mitar, lo que interesa es saber si los elementos 
más positivos del pasado y las aspiraciones del 
presente son favorables para participar en la 
empresa de liberación humana, que ha de ser 
dinámica y renovadora. En ese aspecto, la res- 
puesta es afirmativa porque está intacta la 
calidad creativa del pueblo y la inferioridad en 
que le han sumido minorías oportunistas va 

278 



siendo sustituida por una sociedad mejor pre- 
parada y con mayor confianza en sí. 

Pesimistas son los que se dejan impresionar 
por coyunturas poco propicias o los que me- 
nosprecian la condición humana hasta el extre- 
mo de creer que el hombre no puede disfrutar 
de libertad. Sánchez Albornoz analizó objetiva- 
mente las realidades españolas y, a pesar de su- 
frir él mismo la amargura de la lejanía de una 
patria a la que amaba y dedicaba su desvelos, 
supo extraer de la raíz histórica de España 
un cuadro de sobrecogedora vitalidad creativa. 
En tal actitud, lo que indica sobre la libertad 
es exacto: constante permanente del hombre, 
objetivo de todos los pueblos. Ante ella no 
existen sino limitaciones temporales, porque en 
cualquier instante es factible dar nuevos pasos 
adelante. Hoy, como siempre, es esa la actitud 
a adoptar. Por supuesto, ha sido superada defi- 
nitivamente la identificación entre libertad e in- 
dividualismo, al igual que no puede reducirse 
el ejercicio de la libertad a poner freno a las 
competencias de la realeza, de los señores, se- 
gún hicieron las Cortes y los fueros medievales. 
En la era de la organización, la libertad deja 
de ser mero asunto privado o de mantenimien- 
to de derechos de pequeños burgos. Es, simul- 
táneamente, un problema personal y comunita- 
rio; pero de la persona entendida más amplia- 
mente de lo que ha sido hasta ahora, y de una 
comunidad nacional integrada en el mundo, no 
una comunidad municipal o regional tan solo. 
Y lo paradójico es que un país automarginado 
durante siglos de la marcha de la historia se 

279 



apoyaría en una tradición de fusión de cultu- 
ras, de primacía de valores humanos, de en- 
raizamiento popular y de dureza ante la adver- 
sidad que le hacen ser especialmente apto para 
contribuir a la nueva civilización. 



Séneca 

El estoicismo senequista ha sido citado en 
innumerables ocasiones como una de las ex- 
presiones más depuradas y nobles de una de- 
terminada concepción de la vida reivindicada 
como constante cultural de España. Esto es 
muy discutible, superficialmente, por varias 
razones: en primer término, porque Séneca 
fue, ante todo, un ciudadano de Roma, habien- 
do antepuesto su condición de miembro ilus- 
tre del imperio a su origen cordobés, que solo 
era un lazo sentimental secundario; en segun- 
do lugar, porque su filosofía pertenece de Heno 
a una escuela cuyo epicentro estaba en Roma; 
y, finalmente, porque su propia vida fue un aca- 
bado espejo de la élite romana de la época. Sin 
embargo, lo notable de un hombre que estuvo 
en los más altos niveles de un sistema despó- 
tico, se enriqueció escandalosamente, aduló 
con abyecto servilismo a los emperadores y, 
desde luego, no dio muestra seria alguna de 
austeridad, es que ha ido consolidándose su 
pensamiento hasta ser reconocido por doquier 
como frontispicio del edificio de valores mora- 
les levantado a lo largo de la cultura produ- 
cida por la tierra que le vio nacer. 

280 



En efecto, por encima de las contingencias 
de una vida de hedonismo y conformidad con 
unas estructuras entregadas a la violencia y 
a la corrupción desenfrenada, lo que importa 
de Séneca, más que la dignidad con que afron- 
tó la muerte, es la ética desarrollada en sus 
obras principales; un legado que no podía en- 
contrar herederos en Roma, actuando en extra- 
ño «boomerang» para integrarse en la cultura 
española. Contenía una reafirmación de las vir- 
tudes individuales como fundamento de la vir- 
tud de la sociedad. Dicho de otro modo: desde 
Séneca se ha consagrado en el ser de España 
la convicción de que no cabe distinguir entre 
los valores rectores de la comunidad y de la 
persona. Entre esos valores, ciertamente, figu- 
ra la libertad. 

El personalismo e intimismo de la ética se- 
nequista trasciende de la esfera individual, con- 
virtiéndose en la base de los principios comu- 
nitarios. Así, de las normas de conducta que 
presuponen, nadie puede considerarse excluido. 
Séneca, en una situación social de desigualda- 
des radicales, defendió la idea de la igualdad 
de todos los hombres en cuanto a sus respon- 
sabilidades en el orden moral; constantemen- 
te insiste en esa equiparación que habría de 
propugnarse por las mejores mentalidades es- 
pañolas del pasado. Aunque se haya fracasado 
reiteradamente, es innegable que dentro de 
nuestra psicología sociocultural siempre ha 
planeado la aspiración senequista sobre la igual- 
dad de la obediencia a unos principios morales 
de los que deben pender la ley y la política. 

281 



Se dice en el libro De la vida bienaventu- 
rada: «Entre el vulgo incluyo yo a los que 
llevan clámice o corona, porque no miro yo el 
color de los vestidos con que se cubren los 
cuerpos; no me fío de mis ojos al juzgar al 
hombre; tengo una lumbre más certera para 
discernir lo verdadero de lo falso; el bien del 
alma, hállele el alma.» 

En concreto, las normas de conducta que 
son comunes a todos los seres humanos se 
fijan en el epígrafe siguiente de la misma obra. 
«Vida bienaventurada es, pues, aquella que 
conviene a su naturaleza, conveniencia que no 
se puede alcanzar sino teniendo primordial- 
mente el alma sana y en inalterable posesión 
de la salud; luego es menester que sea enér- 
gica y ardiente; también hermosamente sufri- 
da, dispuesta a toda eventualidad; cuidadosa, 
pero sin ansias de su cuerpo y de todo lo que 
toca a su cuerpo; solícita de las otras cosas 
pertinentes a la vida, pero sin deslumhrarse 
por ninguna de ellas; preparada a usar los 
dones de la fortuna, no a servirla como escla- 
va. Harto comprendes, aunque no lo haya aña- 
dido, que a esto se sigue una tranquilidad per- 
petua y una verdadera libertad, expulsadas 
todas aquellas cosas que nos irritan o nos 
aterran.» 

Cierto es que lo que Séneca llama la verda- 
dera libertad consistía más bien en un estado 
de alma, no en una situación social concreta. 
En este terreno prácticamente fue un confor- 
mista — como resultaron serlo Platón y Aris- 
tóteles en su tiempo — con la estructura ro- 

282 



mana, cuya estabilidad y progreso descansa- 
ban en la esclavitud. Se atuvo, por tanto, a re- 
cabar un trato a los esclavos que, de haberse 
seguido, hubiera cambiado el trasfondo mis- 
mo del intolerable régimen explotador existen- 
te. Así, en su libro De la clemencia dice: «Go- 
bernar suavemente a los esclavos es cosa de 
alabar. También en el esclavo has de conside- 
rar no los castigos que le puedes infligir impu- 
nemente, sino los que te consienten la bondad 
y la justicia, que mandan perdonar a los mis- 
mos cautivos y los adquiridos por dinero. ¡ Con 
cuánta más justicia preceptúa no abusar de los 
hombres libres y de los nobles, como si fue- 
sen esclavos, sino tratarlos como a quienes 
solo te son inferiores en jerarquía, y de los cua- 
les se te fue entregada no la servidumbre, sino 
la tutela! » De ahí su advertencia a todo gé- 
nero de opresiones políticas: «Así como los 
amos crueles son señalados con el dedo por 
toda la ciudad y son objeto de aversión y de 
odio, así la injuria hecha por los reyes se es- 
parce más notoriamente y su infamia y su odio 
pasan de siglo en siglo.» 

En las cartas a Lucillo, la sensibilidad de 
Séneca frente al problema de la esclavitud 
queda subrayada en frases inolvidables. «¡Son 
esclavos! Pero también hombres. ¡Son escla- 
vos! Pero viven bajo el mismo techo. ¡ Son es- 
clavos! Pero también humildes amigos. ¡ Son 
esclavos! Son siervos como nosotros, si refle- 
xionas que igual poder que en ellos tiene so- 
bre nosotros la Fortuna... Piensa que este a 
quien llamas esclavo tuyo nació de tu misma 

283 



semilla, que goza del mismo cielo, que respira 
igualmente, que vive igualmente. Tanto puedes 
tú verle libre a él como a ti puede verte escla- 
vo... Con todo, aquí tienes el resumen de mi 
doctrina: vive de tal manera con el inferior 
como quisieras que el superior viviera contigo... 
No es razón, caro Lucillo, que vayas a buscar 
a tu amigo solo en el foro y en el Senado; si 
atentamente lo considerares, también lo halla- 
rás en tu casa... ¡Es esclavo! Pero acaso libre 
de espíritu. ¡Es esclavo! ¿Esto le va a perju- 
dicar? Muéstrame un hombre que no lo sea. 
El uno sirve a la lujuria, el otro a la avaricia, 
el otro a la ambición y todos a una al miedo... 
No hay servidumbre peor que la voluntaria.» 

Séneca sabía, como confesó en sus escritos, 
que no hablaba de sí mismo, sino de la virtud 
en general, y que, cuando reprobaba los vicios, 
en primer lugar reprobaba los suyos. Conscien- 
te del poder omnímodo de los emperadores, 
temeroso de sus posibles represalias y dispues- 
to a utilizar su inteligencia para mejorar su 
personal comodidad, se daba cuenta de los abu- 
sos inherentes a un mecanismo político que 
estaba condicionado a desaparecer por su cruel- 
dad. En todo momento intentó dulcificar los 
métodos represivos, la arbitrariedad, el aplas- 
tamiento de cuantos no obedecían los dictados 
caprichosos del poder, pero en sus actos se ple- 
gó cuanto pudo a las circunstancias y única- 
mente encontró en la muerte la oportunidad 
de alcanzar la libertad suprema. 

Desde Séneca, la indiferencia a la muerte, 
la defensa de la libertad espiritual, el axioma 

284 



de que no es factible para una comunidad o un 
hombre ser libres mientras carecen de auto- 
exigencia moral, haciendo prevalecer los debe- 
rs de la virtud sobre los deseos del instinto, se 
plasmarían en la cultura española. La libertad 
como resultado de la primacía de la moral en 
la conducta individual y colectiva: este es el 
mensaje lanzado en la Roma de Tiberio, Calí- 
gula, Claudio y Nerón. 



La concepción democrática 

en el Medioevo y en el Renacimiento 

En la colección de ensayos de Maravall titu- 
lada «Estudios de historia del pensamiento es- 
pañol» hallamos unas consideraciones atinadí- 
simas sobre las ideas democráticas que fueron 
germinando y plasmando institucionalmente en 
España durante la Edad Media. Este proceso 
político suele ser ignorado porque, a falta de 
un gran teórico que perpetuase dichas ideas, 
solo recientemente ha podido ir esclareciéndo- 
se ese caso excepcional de una mentalidad po- 
pular forjada a través de una aventura bélica, 
social y cultural de ocho largos siglos — los 
que transcurren desde el desembarco de Tarik 
el año 711 hasta la caída de Granada en 1490 — 
encontrando su cauce definitivo por la confron- 
tación con el Islam. 

Durante tan amplio periodo, la brutal ten- 
sión que supuso ver amenazada día a día la 
independencia respecto de otro pueblo, las 
creencias religiosas, las instituciones sociales, 

285 



el modo entero de vida, tenía que producir for- 
zosamente una afirmación de la propia perso- 
nalidad; de esa forma, la coexistencia de va- 
rios reinos dentro de la España cristiana era 
una circunstancia accesoria ante la unidad re- 
ligiosa y cultural catalizada por el choque con 
el mundo árabe, choque que, por otra parte, 
iría acompañado también de la integración de 
elementos procedentes del campo enemigo. Las 
Cruzadas en Tierra Santa no pasaron de cons- 
tituir unas anécdotas aisladas: la única cru- 
zada que con carácter total conoció la Cris- 
tiandad tuvo lugar en nuestro país, a quien 
correspondió la función de detener la que pa- 
recía incontenible ola expansionista islámica. 

Así, en último término se convierte en cons- 
tante histórica de España el ecumenismo: ecu- 
menismo en la triple vertiente de afirmación 
religiosa, fusión de culturas y fusión de pueblos. 

Tras haber sido una encrucijada geográfica 
de múltiples civilizaciones, adviene este fenó- 
meno único de la Historia en que un país de- 
fine su personalidad como producto de una 
pugna de ocho siglos con una gran civilización 
que aquí pierde su garra y acaba siendo absor- 
bida, fundiéndose en un extraño ser donde la 
sangre ibera, celta, romana, germánica, se une 
a la árabe y a la judía. El pueblo que surge 
de semejante hecho no podía ni puede compar- 
tir los principios nacionalistas que consagra- 
rían los Estados modernos. Actor o espectador 
de la Historia, arrinconado en unas estrechas 
fronteras o extendiéndose por el planeta, su 
nota peculiar sería el ecumenismo, la univer- 

286 



salidad. De ahí el error de cuantos han que- 
rido y quieren hacerlo vegetar con los mode- 
los nacionalistas, que son excluyentes, por esen- 
cia, de exterior. 

Como avanzadilla y glacis defensivo de un 
continente frente al avance árabe, España fue 
el centro del combate, y luego de la integra- 
ción recíproca, con el Islam, mientras que el 
resto de las unidades políticas europeas vie- 
ron facilitada la evolución interna de las distin- 
tas estructuras sociales que se sucedieron des- 
pués del desplome del Imperio romano, la ger- 
manización y la aparición de un poder supremo 
de dirección espiritual y política, la Iglesia, 
capaz de superar cualquier clase de contingen- 
cias favorables o adversas. En esa diferencia 
de situaciones — ^un estado de tensión que pro- 
duce empresas comunitarias y, asimismo, eta- 
pas de agotamiento físico y consiguiente retrai- 
miento o ensimismamiento, en contradicción 
con el desarrollo más continuado de otros paí- 
ses que con eso acumulan riqueza y fuerza — 
radica nuestro drama, con sus cúspides de po- 
derío y sus fases de sueño, nuestra inadapta- 
ción a lo que no sea golpes de ballesta en la 
historia. 

En la Edad Media, la confrontación expre- 
sada fue obra del pueblo en su totalidad, no 
solamente de los reyes y los magnates, según 
ocurría en gran parte de Europa. Tras culminar 
con Isabel y Fernando aquel derroche de ener- 
gía, el cambio de rumbo político que dieron los 
Aus trias, haciendo del pueblo un objeto y no un 
sujeto político, fue una catástrofe de la que 

287 



aún no nos hemos recuperado. Como dice Ma- 
rá valí en el preámbulo de su libro, «la pertur- 
bación y la pérdida de posibilidades españolas 
en el rumbo de la modernidad, que se habían 
anunciado vigorosamente en las primeras dé- 
cadas del siglo XVI, no dependen de caracteres 
heredados por el pueblo español, más o menos 
indeleblemente, de la época medieval, sino de 
los factores situacionales en que aquel se vio 
colocado... Sobre esta situación operan, como 
siempre sucede, múltiples causas; entre otras, 
la condición social de los estamentos privile- 
giados que restablecieron su predominio desde 
fines del siglo xvi; las directrices de gobierno 
que se impusieron en la cerrada sociedad espa- 
ñola de la época; las formas de vida alucinantes 
que fueron asumidas y difundidas por los gru- 
pos dirigentes, etc.» En efecto, la decadencia 
— más bien, el apartamiento de la historia acti- 
va — ha sido consecuencia de una subversión de 
la personalidad española, acaecida desde que se 
logró subordinarla a la voluntad de unos secto- 
res privilegiados minoritarios y quedó el pue- 
blo, como tal, sin participar activamente en la 
adopción de las decisiones básicas concernien- 
tes a la política. 

La democracia, en su aspecto primario y fun- 
damental de participación del pueblo, es una 
forma política de cuya iniciación puede jac- 
tarse España mucho antes que la mayoría de los 
demás Estados europeos. Hora es de dejarlo 
en claro, pese a la imagen estereotipada, dentro 
y fuera de nuestras fronteras, sobre nuestra 
llamada congénita impotencia para las fórmu- 

288 



las democráticas. Esta imagen se centra en tres 
acusaciones: la pasión anarquista; la práctica 
del caudillaje, como salida salvadora de anar- 
quías; y el despotismo intelectual, como radi- 
cal incapacidad para la comunicación pacífica 
y el diálogo que solicita la democracia. Anar- 
quismo, caudillaje, absolutismo mental, son he- 
chos innegables en la historia española, pero 
hay algo más significativo e importante: la nor- 
mal separación entre la sociedad y el Estado. 
Durante incontrolables generaciones, el país 
ha carecido tanto de minorías dirigentes autén- 
ticamente encarnadas en el pueblo, como de 
instituciones políticas adecuadas a ese pueblo. 
Una y otra vez, desde los Austrias coexisten 
paralelamente dos Españas: la oficial, acostum- 
brada a seguir la idea de la minoridad de edad 
del pueblo para participar en la vida pública; 
y la sociedad, que se ajusta rápidamente a cuan- 
tas posibilidades se le permiten para desarro- 
llar en su interior el potencial de que dispone. 
La primera no cree en la libertad, la segunda 
practica la libertad; la primera es xenófoba y 
recelosa, la segunda está abierta al mundo y 
posee una psicología democrática que asombra 
a los extranjeros que la conocen de cerca; la 
primera opera a base de alianzas entre grupos 
privilegiados, la segunda antepone las consi- 
deraciones humanas a las clasistas. Raramente 
coinciden, y cuando ello ocurre sobreviene una 
explosión de creatividad, desarrollo y ecume- 
nismo. 

Desde el arranque de la Edad Media, el pro- 
blema prioritario de la vida nacional fue la 

289 

19 



coordinación entre autoridad y libertad. Al prin- 
cipio parecía que solo podía cuajar la concep- 
ción providencialista de Orosio, típica de la 
institución monárquica, conforme a la cual su 
poder procede de Dios y no responde más que 
ante Él; sus deberes respecto del pueblo perte- 
necían al orden de la moral, ligados con los 
ideales religiosos y sin otra expresión que unas 
palabras difusas que la voluntad omnímoda del 
rey podía torcer a su capricho, siempre que 
fuera respaldado por los principales magnates. 
La homilía de San Leandro «In laudem Eccle- 
siae» proclamaba que el rey había de asegu- 
rar los principios de unidad, amor y paz en el 
pueblo; de hecho, en los Concilios de Toledo 
se fijó la norma de la elección del rey por los 
magnates y alto clero, practicándose la unción 
por primera vez en Europa, con un criterio 
muy similar al teocrático aunque comenzaba 
a reconocer que la elección se hacía con el 
consentimiento del pueblo. 

Todo esto se modificó y tomó el cauce de- 
mocrático con la movilización militar, cultu- 
ral y social de la Reconquista. Así, Maravall 
indica que el rey medieval no surge ya como 
guerrero, sino como gobernante público y ob- 
jetivo que aplica su potestad a los fines de 
recuperar territorio y defender al pueblo. Poco 
a poco, la doctrina del origen divino de la rea- 
leza se catalizó por vía laica, donde el recono- 
cimiento popular, y no la elección por los mag- 
nates como título de legitimación del poder, 
era un requisito de perfeccionamiento. Mara- 
vall subraya lo que llega a ser la figura del rey. 

290 



«El rey español no es el representante de los 
grandes terratenientes feudales, como dice 
Dopsch de otros reyes europeos. El rey español 
— y los condes de Barcelona entran plenamen- 
te bajo esa rúbrica — es autoridad pública que 
ostenta una potestad de origen divino y base 
democrática, para gobierno y defensa del pue 
blo.» En suma, a partir de los documentos que 
se conservan desde el siglo x, se confirma la 
línea de coordinación entre autoridad y pue- 
blo, la identificación y no contraposición entre 
la preeminencia real y la participación popular. 
La evolución medieval se encaminó por la 
vía del intento de una incipiente democracia. 
Consolidada la Reconquista, cada vez se alejó 
más la posibilidad de un poder absoluto de la 
monarquía, la nobleza y el brazo eclesiástico, 
mediante un juego de limitaciones que se for- 
malizó en determinadas instituciones apoyán- 
dose en el clima comunitario que caracterizó 
el Medioevo español. Maravall hace recordar 
diversos datos, para demostrarlo. «Fernando TI 
de León declara en 1170 que provee al gobierno 
del reino *'cum bonorum hominum consilio pon- 
tificum, militum, burguensium".» En la Asam- 
blea de Carrión, con Alfonso VIII, participan 
los representantes de las ciudades. En los de 
cretos de Alfonso IX de León, en 1188, mucho 
antes que en Inglaterra, se decide la partici- 
pación del estado llano, del pueblo, en las Asam- 
bleas políticas. En las Cortes de León de 1188, 
que el citado historiador contempla como un 
admirable punto de referencia del proceso cons- 
titucional español, así como en las Cortes de 

291 



1189, 1202, 1208, 1255, el rey legislaba con los 
obispos, magnates y los elegidos por las ciu- 
dades, señalándose en las Cortes de 1208 que 
la ley es obra del consentimiento general. Ha- 
bida cuenta de las garantías concretas que se 
encuentran en dichas Cortes y en los fueros a 
los derechos individuales, no es posible olvidar 
su importancia como ensayo de regular la li- 
bertad personal en el ordenamiento jurídico. 
En el siglo xii, la Crónica Silense constituye 
otro hito en la idea de la participación popu- 
lar. Eso mismo es lo que se postula en la his- 
toriografía del siglo XIII y en el reconocimiento 
explícito del pueblo, como sujeto político, por 
parte de Alfonso X el Sabio. Después, la Baja 
Edad Media con su tendencia a la organización 
del Estado moderno, la centralización, las uni- 
versidades, el reforzamiento de la burguesía y 
la burocratización de la función pública, contri- 
buiría al despliegue de la comunidad democrá- 
tica de coparticipación institucionalizada. Des- 
graciadamente, quizá con el aplastamiento de 
los comuneros en el siglo xvi y, desde luego, 
a partir de Felipe II, la sociedad que hizo la 
Reconquista, la unidad nacional, el descubri- 
miento y la colonización del Nuevo Mundo, fue 
desviada hacia otras estructuras sociales silen- 
ciosas y desmeduladas que darían lugar al pe- 
simismo triste de Gracián y Quevedo, a la in- 
trospección exasperada de Unamuno, al revi- 
sionismo crítico de Ortega y Gasset, a la pér- 
dida de confianza y a la interrogación cons- 
tante sobre nuestra propia razón de existir. 
Nada o muy poco tiene que ver la lamen- 

292 



table inutilización de recursos humanos que 
perdura en la época de ensimismamiento, con 
la vitalidad que rebosaba en este país desde el 
Medioevo hasta las aventuras ultramarinas. 
La participación del pueblo y el equilibrio en- 
tre libertad y autoridad eran los verdaderos 
motores de las consecuciones de un vasto pe- 
riodo tras el cual ha quedado imborrable la 
huella de lo mejor de la sociedad española en 
el mundo. 

A primera vista, podría creerse que tales prin- 
cipios eran simples máximas morales o forma- 
lismos jurídicos; así cabe interpretar, por ejem- 
plo, el libro de Alexandro que recomienda al 
rey aconsejarse de sus vasallos y hablar con 
ellos, el Setenario que pide al monarca tener 
muchos y buenos consejeros, el Speculum de 
Alvaro Pelayo que incluye entre los 71 casos 
de tiranía el no solicitar consejo de los intere- 
sados en los negocios públicos o el Rimado de 
Palacio del Canciller López de Ayala que in- 
sistía en parecidas sugerencias. Sin embargo, 
la coparticipación y la libertad eran algo más 
profundo, la nota distintiva de un sistema so- 
cial del que son indicios accesorios, no obstan- 
te su importancia, los fueros, las Cortes, el 
propio Consejo Real que reorganizó Juan I para 
dar mayor peso a la presencia de caballeros y 
ciudadanos. En esta Edad Media, en la eclo- 
sión de los Reyes Católicos, incluso en las vas- 
tas realizaciones de Carlos I, la libertad del 
hombre y el peso del individuo y de la socie- 
dad en la política eran la raíz de la acción pú- 
blica, no vagas apelaciones a la sabiduría ni 

293 



normas promulgadas al margen de la realidad. 
La práctica cotidiana de la democracia fue in- 
discutiblemente favorecida por el incesante 
crecimiento de la burguesía y la consiguiente 
fuerza social del estado llano, pero se debió 
principalmente al dinámico trasvase social que 
provocaba la permanente movilización contra 
el Islam y, luego, el despliegue de la persona- 
lidad ecuménica entonces forjada. Acertado se- 
ría observar que las Cortes no alcanzaron un 
poder legislativo eficaz, pero lo que prevaleció 
fue un clima psicológico que moderaba las as- 
piraciones absolutistas naturales en los prín- 
cipes y frenaba las apetencias de los magnates. 
En suma, el pensamiento político español 
está marcado en el Medioevo por la consagra- 
ción del principio de la libertad personal y por 
el esfuerzo para someter a Derecho la voluntad 
real. El ejercicio de los derechos inherentes 
a los individuos y al pueblo se contemplaba 
fundamentalmente en la participación; esta se 
institucionalizaba en un grado escaso, pero en 
el fondo era mucho más amplia que lo reflejado 
en las actas de las Cortes o en los fueros, por- 
que planeaba por encima de todo una empresa 
colectiva que no podía ser conducida exclusi- 
vamente por los reyes y magnates, en una con- 
tienda global y diaria que durante ocho siglos 
nos enfrentó al mundo árabe y durante otro 
siglo más nos condujo a ser la primera poten- 
cia mundial. 



294 



La libertad en el ensimismamiento 
histórico de España 

Gracián vive de 1601 a 1658, Quevedo de 1580 
a 1645. En esa primera mitad del siglo xvii se 
expulsa a los moriscos, tiene lugar la batalla 
de Rocroy, se rompe la unidad peninsular y 
se produce el último gran conflicto bélico entre 
católicos y protestantes — la guerra de los trein- 
ta años — terminando con unos Tratados en 
que se pone en marcha el reparto del imperio, 
perdemos la hegemonía en Europa y queda el 
país deshecho. 

Con El criticón, Baltasar Gracián es el fiel 
espejo de un pueblo que toma conciencia de 
su derrota. El trasfondo de la Paz de Westfalia 
representaba, en verdad, la consumación de un 
largo esfuerzo tras el cual España estaba ago- 
tada físicamente y no podía participar ya en el 
nuevo orden internacional; desde entonces, el 
retroceso será incesante, pedazo a pedazo de 
territorio va desapareciendo la presencia polí- 
tica española en el mundo y lo que resta a la 
nación se ve sacudido por rebeliones y movi- 
mientos separatistas que habrían de desembo- 
car en un constante estado de guerra civil y de 
amenaza de desintegración. 

Ahora bien, esta ruina política, al igual que 
la económica, traída por la desproporción entre 
los medios disponibles, la magnitud de las ta- 
reas emprendidas y el número y fuerza de los 
adversarios, hubiera podido superarse de no 

295 



haber implicado también una serie de facto- 
res psicológicos negativos: la desesperanza, la 
desconfianza en sí mismo, la contracción de 
los objetivos nacionales a uno solo — el man- 
tenimiento de la unidad religiosa — , la separa- 
ción de unos grupos dirigentes sin sensibilidad 
social ni preparación técnica ni grandeza polí- 
tica respecto de un pueblo caído en la miseria, 
la atonía y el desgarramiento interno por pa- 
siones turbias que sustituían a las virtudes del 
pasado. España queda como aletargada, en un 
coma profundo, autoencerrada en una cárcel 
donde rige la violencia, la envidia y el mando 
de unas instituciones caciquiles parecidas en 
mentalidad y procedimiento a lo que ahora de- 
nominamos gangsterismo. 

Gracián refleja ese terrible salto en el vacío, 
donde los españoles sentían tal desaliento que 
su país parecía sellado por las palabras célebres 
de Dante: «lasciate ogni speranza». En la in- 
mortal obra de Cervantes que se edita en el 
despuntar del siglo, Don Quijote advierte a 
Sancho que sus aventuras no son aventuras de 
ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no 
se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o 
una oreja menos. La frustración y el más som- 
brío realismo era lo característico de un pue- 
blo que se veía atacado por doquier y se consi-, 
deraba impotente para recontar el hado que 
se cernía sobre él. Así dice no a la realidad 
hostil y se recoge en sí mismo. Los idealistas 
pasan a ser una especie desdeñada o compa- 
decida; no hay otro realismo que a ras de tie- 
rra, sin alas para elevarse. Por ello el cura 

296 



meditaba: «Dios te tenga de su mano, pobre 
Don Quijote, que me parece que te despeñas 
de la alta cumbre de tu locura hasta el profun- 
do abismo de tu simplicidad.» Por su parte, 
Sancho sería una noble muestra de la crítica 
de aquella sociedad desplomada. «El día de hoy, 
mi señor Don Quijote, antes se toma el pulso 
al haber que al saber: un asno cubierto de 
oro parece mejor que el caballo enalbardado.» 
Inútilmente Don Quijote preguntaba si es asun- 
to vano o es tiempo mal gastado el que se gas- 
ta en vagar por el mundo, no buscando los re- 
galos sino las asperezas por donde los buenos 
suben al asiento de la inmortalidad. El país ha- 
bía dejado de creer en sus empresas y le aguar- 
daba contemplar mudo lo que ocurría en la 
historia, rechazando los intentos de sacudirle 
de su somnolencia. 

En sus primeras obras, especialmente El 
político, en que Gracián analiza la figura de 
Fernando el Católico para dibujar unos mode- 
los de conducta a seguir por los monarcas, 
todavía se percibía un cierto rescoldo de la 
voluntad de hacer frente al peligro de derrum- 
bamiento del imperio, tratando de restablecer 
una confianza que se esfumaba a ojos vista. 
Las circunstancias se encargaban de probar, 
sin embargo, que el país no se encontraba ya 
en condiciones de dialogar en paridad con los 
nuevos poderes. La consecuencia lógica es el 
pesimismo que inunda El Criticón, editado en 
su primera parte bajo anagrama — poco des- 
pués del Tratado de Westfalia — , en su segunda 
bajo seudónimo y la tercera sin autorización, 

297 



costándole el destierro y graves admoniciones. 
El Criticón denunciaba implícitamente el am- 
biente de fracaso y la imposibilidad de asumir 
las responsabilidades de la nueva época, pos- 
tulando el retorno a la filosofía estoica como 
la mejor defensa personal ante el desengaño 
sufrido. El aforismo de Hobbes «el hombre es 
el lobo del hombre» se encuentra en Gracián 
cuando exclama que el mundo es guerra de 
todos contra todos. Un grito de exasperación, 
hasta de cólera, brota de sus páginas: más le 
valdría al hombre no haber nacido y volver a 
la cueva de su nada. 

Según este Gracián que atestigua la situa- 
ción de la España del siglo xvii, al hombre de 
su sociedad no le cabe otro recurso que dedi- 
carse a la salvación del alma, refugiándose en 
un patético intimismo. «Era el sueño vulgar 
alivio de mis penas, de mi soledad.» Solo que 
en ese intimismo forzado se revuelve contra la 
propia calidad de la condición humana, repi- 
tiendo las palabras de Hobbes, que, a su vez, 
las copiaba de un dicho de Plauto: «Dichoso tú 
que te criaste entre las fieras, pues cada hom- 
bre es un lobo para el otro, si ya no es peor 
el ser hombre... Tienen una lengua más afi- 
lada que las navajas de los leones, con que 
desgarran las personas y despedazan las hon- 
ras. Tiene una mala intención más torcida que 
los cuernos de un toro y hiere más a ciegas. 
Tiene unas entrañas más dañinas que las víbo- 
ras, unos ojos envidiosos y malévolos más que 
los de un basilisco... De modo que solo el hom- 
bre tiene juntas todas las armas ofensivas que 

298 



se hallan repartidas entre las fieras.» En rá- 
pida ojeada sobre el mundo, a España le toca 
simbolizar la soberbia, a Francia la codicia, a 
Italia el engaño, a Alemania la gula, a Ingla- 
terra la inconstancia, a Moscovia la astucia, a 
Suecia la atrocidad; en la parte tercera del 
libro es más amable, en el plano estático, y 
dice que la vistosa cara de Europa es giave 
en España, linda en Inglaterra, gallarda en 
Francia, discreta en Italia, fresca en Alemania, 
rizada en Suecia y ceñuda en Moscovia. No dul- 
cifica en nada su opinión del género humano, 
que coincide con la de la mayoría de los es- 
critores españoles de la época. «Todo el mundo 
anda al revés y todo cuanto hay en él es a la 
trocada. El Desengaño, para bien ir, había de 
estar en la misma entrada del mundo, en el 
umbral de la vida... Los hombres no han de- 
jado cosa en su lugar; todo lo han revuelto 
de alto abajo, con el desconcierto que hoy le 
vemos y lamentamos.» 

El estoicismo de Baltasar Gracián plasma en 
un reforzamiento de la idea de la libertad del 
individuo, entendida como libertad de pensa- 
miento al no poder traducirse en libertades 
externas por la tiranía de las estructuras socia- 
les vigentes. La acción en colectividad no le 
interesa. La personalidad se convierte en el 
tema básico, diríamos más bien como pretexto 
para la negativa o participar en nuevas mi- 
siones comunitarias. Lo cierto es que a par- 
tir de esos instantes, la sociedad sería contro- 
lada por pequeñas minorías sin raigambre po- 
pular. La inhibición del pueblo fue la respues- 

299 



ta a la falsedad y trampa con que esos grupos 
conducían la vida pública. «Tal es la tiranía de 
la afectada fama, la violencia de dar a enten- 
der todo lo contrario de lo que las cosas son.» 
Lo que eran esas cosas fue motivo de un 
examen valeroso en Gracián. Nada quedaba 
a salvo de su escalpelo: la necedad de los prín- 
cipes, el engolamiento de los ministros, las 
varas de la justicia «tan delgadas, al fin jun- 
cos, que ceden al soplo del favor», la incuria, 
el empobrecimiento. «En España se está hoy 
del mismo modo que Dios lo crió... Los mon- 
tes se están tan zahareños como al principio; 
los ríos innavegables, corriendo por el mismo 
camino que les abrió la Naturaleza; los cam- 
pos se están páramos; las tierras, incultas; de 
suerte que no ha obrado nada la industria.» 
Con aquella balanza de ruina material y moral 
España se encaminaría a la primera etapa de 
la industrialización; mas por encima de la 
cruda verdad, planeaba la soberbia interesada, 
empeñándose en querer presentar al país una 
imagen deformada de los hechos que aún hicie- 
ron creer a los españoles en una situación ha- 
lagüeña. Gracián pediría atención al informar- 
se, en el Oráculo manual y arte de la pruden- 
cia, y pretendió, sin fruto, provocar un revul- 
sivo de la conciencia nacional. Paró en la nada 
su intento. Lo único que los españoles apren- 
dieron era el recurso a la libertad interior y 
un individualismo insolidario. Así, no era el 
momento de abordar el problema de la liber- 
tad en la comunidad inexistente, ni ningún 
otro de los grandes principios que habrían re- 

300 



querido remover la charca en que estaba ane- 
gado el país. 

Al mismo tiempo que El Criticón, Thomas 
Hobbes, defensor de la causa realista en la 
Revolución puritana publicaba el Leviatán, 
o la materia, forma y poder de una comunidad 
eclesiástica y civil. De acuerdo con la filosofía 
mecanicista, que trataba de aplicar a las acti- 
didades humanas unas leyes paralelas a las del 
movimiento que Galileo definía como el prin- 
cipio ordenador de todos los fenómenos físi- 
cos, Hobbes pretendió construir un sistema 
intelectual de validez universal para la natu- 
raleza, el hombre y la sociedad. El Leviatán, 
obra de aquel filósofo y matemático, tiene ma- 
yor trascendencia de la que suele otorgársele, 
ya que sus conclusiones son el punto de par- 
tida del materialismo y determinismo que van 
a impregnar el mundo occidental hasta alcan- 
zar su cumbre en los momentos presentes. 

La opinión de Hobbes sobre la humanidad 
ofrece una extraña similitud con la desenga- 
ñada visión de Gracián. Este habla de su in- 
trínseca maldad, aquel del estado de lucha in- 
discriminada y constante como consustancial 
al hombre. La diferencia es que Gracián cree 
que la única posibilidad reside en potenciar la 
indificultad con la práctica de virtudes estoi- 
cas, mientras que Hobbes no concibe al hom- 
bre sino en colectividad, marcando implícita- 
mente la tesis que hoy mina y prevalece en la 
sociedad industrial: la representación mate- 
mática de lo humano, la consideración de la 
humanidad como si fuera integrada por con- 

301 



juntos estadísticos similares a los que consti- 
tuyen el campo de observación de la moderna 
mecánica cuántica. Por eso, Gracián fustiga al 
despotismo en tanto que el Leviatán entiende 
que la búsqueda del orden, el progreso y la 
felicidad solo es factible con el absolutismo. 
La forma política que propugna es la monar- 
quía absoluta, aunque el poder total y centra- 
lista lo justifique en el previo contrato social. 
Tal es la falsa alternativa que venía a someter, 
propia de todas las dictaduras: opresión o anar- 
quía. En estos términos se rechaza formalmen- 
te cualquier perspectiva concreta de la liber- 
tad, ignorándola en su auténtica vertiente. 

Hobbes fue, en efecto, un prototipo de la 
manipulación de los razonamientos para dis- 
frazar el objetivo de la tiranía. Defendió como 
primera premisa de su silogismo el concepto 
de la igualdad: «La naturaleza ha hecho a los 
hombres tan iguales, en las facultades corpo- 
rales y mentales, que aunque se encontrara 
que un hombre es algunas veces manifiesta- 
mente más fuerte en cuerpo o más rápido de 
mente que otro, la diferencia entre hombre y 
hombre no es tan considerable que uno pueda 
reclamar por consiguiente para sí ningún be- 
neficio al que el otro no pueda pretender tanto 
como aquel.» Pero esa igualdad de capacidades 
no revierte en algo específico, sino en «la igual- 
dad de esperanza en conseguir nuestros fines». 

Dichas frases son, obviamente, discursivas. 
Lo que Hobbes tiene en mente es el aforismo 
de Plauto, «homo hominis lupus», que lleva a 
sus últimas consecuencias para definir lo que 

302 



sería hoy la máxima estratégica de Mao: «En 
la naturaleza del hombre hallamos tres causas 
principales de lucha. Primero, la competencia; 
segundo, la desconfianza; tercero, la gloria... 
De ahí se infiere que mientras los hombres vi- 
van sin un común poder que mantenga a todos 
en el temor, estarán en la condición que deno- 
minamos guerra; y dicha guerra es la de cada 
hombre contra cada hombre... La naturaleza 
de la guerra consiste no en lucha efectiva, sino 
en la conocida disposición para que no haya 
seguridad del contrario.» Después de unas con- 
sideraciones interesantes respecto de la causa- 
lidad del estado de conflicto inherente a la so- 
ciedad, Hobbes concluye que únicamente el 
sistema de terror puede superarlo. Y, como 
ha sido patentado por las dictaduras de siem- 
pre, se las presenta como el medio de lograr 
el orden y la justicia. Así, cuanto no es absolu- 
tismo se concibe como caos. «En esta guerra 
de cada hombre contra cada hombre, ocurre 
también que nada puede ser injusto. Las no- 
ciones de recto y equivocado, justicia e injus- 
ticia, no tienen allí lugar. Donde no hay un 
poder común, no hay ley; donde no hay ley, 
hay injusticia.» 

La misma línea sigue Hobbes al enfocar di- 
rectamente el tema de la libertad. «El derecho 
natural es la libertad de cada hombre a utili- 
zar su poder como lo quiera, para la preserva- 
ción de su naturaleza, es decir, de su vida... 
Por libertad se entiende, conforme a la más 
propia significación de la palabra, la ausencia 
de impedimentos externos.» Mas esta defini- 

303 



ción, que hizo suya el liberalismo del siglo xix, 
era inmediatamente contrarrestado por Hobbes 
con su doctrina de la soberanía. Quizá una frase 
del Leviatán sirva para conocer hasta qué pun- 
to aquella teoría era acertada en cuanto a la 
necesidad de una fuerte estructura estatal, adap- 
tada a las complejas características de la so- 
ciedad moderna, y se desarrollaba, no obstan- 
te, hasta el extremo de solicitar la aniquilación 
de la personalidad: «Pertenece a la soberanía 
juzgar sobre las opiniones y doctrinas que son 
peligrosas y las que conducen a la paz.» Cu- 
riosa coincidencia de lenguaje con el de otras 
actitudes ideológicas, que califican como aten- 
tado a la paz las ideas que no se identifiquen 
con los criterios de los grupos ocupantes del 
Estado. 

Coetáneo de Hobbes y de Gracián, Quevedo 
comparte el pesimismo respecto de la calidad 
del hombre. Como dice Buendía en la nota pre- 
liminar a los escritos políticos de Quevedo, 
este era un demócrata porque buscaba la me- 
joría de las condiciones morales y sociales del 
pueblo, inspirándose en un profundo humanis- 
mo. Es una afirmación exagerada, si conside- 
ramos la acepción moderna de la democracia. 
En realidad, para ese espléndido ejemplo de 
rebelde creador que fue Francisco de Quevedo, 
la totalidad del orden político debía quedar so- 
metido a la preeminencia ilimitada del monar- 
ca, cuyo origen divino proclama constantemen- 
te; sin embargo, recogiendo la tradición me- 
dieval y renacentista española, tuvo el coraje 
cívico de oponerse al nuevo Estado aristocrá- 

304 



tico y burocrático que habían consolidado los 
últimos Austrias, basado en los privilegios in- 
controlables de los dirigentes. Así estableció 
el principio de la igualdad de deberes de todos 
los vasallos, cualquiera que fuera su posición 
social. Tal actitud era un auténtico desafío en 
momentos donde el progresivo anquilosamien- 
to del poderío hispano llevaba consigo un pa- 
radójico refuerzo de los poderes de una corte 
inmovilista. De igual modo que las Cortes y 
los fueros habían significado un freno a las 
atribuciones de la realeza, tratando de institu- 
cionalizar objetivamente la administración de 
la justicia sin supeditarla a clase alguna, lo 
que Quevedo deseaba era el equilibrio entre la 
autoridad y la libertad. 

Ningún menosprecio al pueblo late en las 
páginas políticas o literarias de Quevedo. Sen- 
tía el mismo desaliento que Gracián sobre el 
presente y el futuro histórico del país, idén- 
tica conciencia de que había terminado la épo- 
ca de las empresas magnas, igual convicción 
de que el mejor escape era el ensimismamiento 
en la existencia privada mediante el cultivo del 
estoicismo cristiano. Fustiga aún más duramen- 
te las lacras de su tiempo, haciéndole olvidar 
su generoso temperamento la prudencia en la 
defensa de sus intereses personales. Salvo el 
rey, no hay nadie que se libre de su fusta en 
los Sueños, en el Buscón, en los libros políti- 
cos y morales. Rezuma de ellos la energía. Res- 
pecto de la libertad, se polariza en el ataque 
a las tiranías, en la proclamación de los prin- 
cipios éticos más apreciados en la cultura es- 

305 

20 



pañola; el personalismo, junto con la idea de 
la igualdad, surgen en Quevedo como una rei- 
vindicación ante el despotismo cortesano que 
entonces se afianzaba. 

En el capítulo II de Política de Dios y go- 
bierno de Cristo constan unas palabras que 
parecían revolucionarias en el contexto de la 
época. «Todos los príncipes, reyes y monarcas 
del mundo han padecido servidumbre y escla- 
vitud: solo Jesucristo fue rey en toda libertad.» 
Dejaba bien claro que esa libertad y majestad 
fueron realidad porque su reino no era de 
este mundo, permitía la cruz y la corona de 
espinas, sin ser vasallo de pasiones ni esclavo 
de algún vicio; porque fue rey pobre y no ne- 
cesitó del lujo ni de la vanidad para imponer 
su eterna guía espiritual. Pedía Quevedo al 
monarca que se sujetase a leyes éticas univer- 
sales, en forma que sonaría a impertinente 
audacia si no respondiese al lenguaje que des- 
de los visigodos han oído los reyes con mayor 
frecuencia de la que quisieran. «La primera 
virtud de un rey es la obediencia. Ella, como 
sabedora de lo que vale la templanza y mode- 
ración, dispone con suavidad el mandar en el 
sumo poder. No es la obediencia mortificación 
de los monarcas; que noblemente reconocen 
las grandes almas vasallaje a la razón, a la 
piedad y a las leyes. Quien a estas obedece bien, 
manda; y quien manda sin haberlas obede- 
cido, antes martiriza que gobierna.» 

Es un reforzamiento de la doctrina del Es- 
tado de derecho, único en que podría desarro- 
llarse la libertad. Estado de derecho incom- 

306 



patible con la tiranía. «Los tiranos — dice en 
Marco Bruto — son tan malos que las virtudes 
son su riesgo. Si prosiguen en la violencia, se 
despeñan; si se reportan, los despeñan; de 
tal condición es su iniquidad que la obstina- 
ción los edifica y la enmienda los arruina.» 

La lucha contra la tiranía, el consiguiente 
primado de la libertad, era aquí el sentido de la 
sutil tarea de Quevedo, inmerso en un ambien- 
te hostil. Así lo vemos en la oración de Bruto. 
«Perder la libertad es de bestias; dejar que 
nos la quiten, de cobardes. Quien por vivir 
queda esclavo, no sabe que la esclavitud no 
merece nombre de vida, y se deja morir de 
miedo de no dejarse matar.» 

Pese a todo, es preciso no olvidar que en- 
contramos escasas frases sueltas sobre la li- 
bertad, un embrión ideológico que era fruto 
estéril. La grandeza de Quevedo estriba tanto 
en su ingente aportación literaria como en la 
fidelidad de sus retratos de la situación social 
de su tiempo. En este último aspecto, el pa- 
norama que nos lega es desolador: vileza en 
el trato cortesano, miseria de los habitantes, 
atonía política, corrupción moral. Por doquier, 
España olía a podredumbre, lanzada a una pen- 
diente de desgarramiento interno y de descon- 
fianza que iba a ser cada vez más pronunciada. 
En esa situación, como intuían Quevedo y Gra- 
cián, tenía que producirse el ensimismamiento; 
la libertad, que tan fuertes pasos había dado 
en el Medioevo y en los albores de la Edad 
Moderna, dejaba de plantearse como quehacer 
político, se transformaba en aislamiento indi- 

307 



vidual. Llegaba la era del despotismo, de la 
desintegración nacional, del control de la so- 
ciedad por los caciques que sucedieron a una 
aristocracia dimitida de sus responsabilidades. 
El diablo Cojuelo podía reír ante el espectácu- 
lo de tejas abajo: todo iba a ser una fea dispu- 
ta, un mero ansia por sobrevivir, un desprecio 
hacia los ideales comunitarios. La libertad no 
tenía sitio; cada vez más se convertiría en 
especulación de contados intelectuales o, como 
ocurriría durante el siglo xix y primera mi- 
tad del XX, en una bandería para el medro de 
algunos grupos políticos. 



La idea de la libertad en la etapa 
anterior al despegue económico 

En el siglo y medio que transcurre desde el 
fracaso de los ejércitos de Napoleón, imperó 
el clima de guerra civil, alcanzaron el punto crí- 
tico las luchas fratricidas a que condujeron 
los extremismos políticos y el país llegó con 
tal retraso y debilidad a la revolución indus- 
trial que ello le costó hundirse en la situación 
de subdesarrollo económico. No es extraño que, 
durante ese periodo en que el ensimismamiento 
histórico revierte en violencia desatada, la re- 
flexión sobre el tema de la libertad tuviese lu- 
gar en torno a dos ejes principales: el interro- 
gante sobre el propio ser nacional y lo que Laín 
Entralgo sintetiza como «la dramática inhabi- 
lidad de los españoles para hacer de su patria 

308 



un país mínimamente satisfecho de su consti- 
tución política y social». 

Desde que se entra, con el reinado de Fer- 
nando VII, en una etapa de caótica inestabili- 
dad, a lo largo de constantes pronunciamien- 
tos militares y movimientos revolucionarios en 
que fracasan los tímidos ensayos de europei- 
zación iniciados en el siglo xviii, mientras la 
ruina general acarrea la pérdida de los vesti- 
gios finales de prestigio y peso en el exterior, 
se plantea con angustia la pregunta sobre lo 
que es España, incluso sobre lo que pudieran 
significar su cultura y pasado histórico. 

Como recuerda Laín en su estudio del gran 
historiador y esteta que fue Marcelino Menén- 
dez Pelayo, este intentó dar una respuesta 
positiva buceando en aquel pasado cuanto fue- 
ra ejemplar y aleccionador para nuestro pue- 
blo, no escandaloso ni desalentador; algo que 
contribuyese a parar la oleada de insatisfac- 
ción y pesimismo de una sociedad que ponía 
en tela de juicio la vigencia de los valores reli- 
giosos y morales preservados todavía. Revol- 
viéndose contra la tesis de la decadencia en el 
siglo XVII, vio con claridad que la difuminación 
histórica había sido producto de una derrota 
acaecida por la enormidad de los esfuerzos rea- 
lizados en el imperio, y sondeó en las grande- 
zas pretéritas para sostener que nada estaba 
comprometido definitivamente. Su confianza 
en la persistencia de la raza a que pertenecía 
— concibiendo erróneamente la raza, al princi- 
pio de su obra, como instrumento primario de 
la Historia — evolucionó luego hacia la tesis 

309 



de la continuidad del modo de ser de ese pue- 
blo, la persistencia de su estilo distintivo, del 
genio nacional. 

Sin duda, la ciclópea labor de investigación 
que llevó a cabo Menéndez Pelayo, cuya ex- 
tensión probablemente no igualará ningún otro 
hombre en lo que se refiere a capacidad de 
almacenamiento de información, es notablemen- 
te exagerada en la valoración de las consecu- 
ciones españolas; pero esa misma ceguera para 
nuestros fallos, ese mismo cristal de aumento 
para las virtudes, eran imprescindibles para 
crear un revulsivo en el ambiente de negación, 
abandonismo e imitación sistemática de lo que 
se pensaba y ejecutaba fuera de las fronteras. 
Pese a lo que se le ha criticado, presentándolo 
como un prototipo del tradicionalismo reac- 
cionario, le debemos mucho: entre otras cosas, 
un balance histórico al que tiene que referirse 
forzosamente cualquier investigación ulterior 
y, muy especialmente, la idea capital de que 
España, cuando vive en la historia, no es sino 
una empresa hacia el futuro; empresa caracte- 
rizada por el universalismo, la tendencia a la 
acción, la reafirmación del yo, la libertad y el 
criticismo. 

La mejor glosa de la aportación de Menén- 
dez Pelayo se encuentra en estas frases de 
Laín: «En su madurez irá ad virtiendo con cla- 
ridad cada vez más luciente cómo la univer- 
salidad de los españoles estaba más en el vue- 
lo del espíritu que en la castiza condición de 
la estirpe. Su sueño no será entonces excavar 
en el subsuelo castizo de la historia pasada sino, 

310 



apoyándose en esta, volar, volar hacia una his- 
toria futura y creadora.» Cierto es que, en el mo- 
mento de coadyuvar a la definición de ese fu- 
turo donde el país recupere fuerza y confianza, 
las ideas concretas del polígrafo santanderino 
no tienen proyección actual, al estar condicio- 
nadas por una interpretación del pasado exclu- 
sivamente centrada en el aspecto religioso, así 
como por un encuadre político demasiado limi- 
tado. En efecto, al postular la monarquía tra- 
dicional, la intransigencia doctrinal y las liber- 
tades populares emplea un lenguaje y sostiene 
unos postulados que no son viables en la nue- 
va civilización hoy en marcha. Peca de unilate- 
ralidad en la visión de la unidad española, que 
atribuía únicamente al Cristianismo. «España, 
evangelizadora de la mitad del orbe; España, 
martillo de herejes, luz de Trento, espada de 
Roma, cuna de San Ignacio; esa es nuestra 
grandeza y nuestra unidad: no tenemos otra. 
El día en que acabe de perderse, volverá al 
cantonalismo de los Arévacos y de los Vecto- 
nes, o de los reyes de Taifas.» Fue, innegable- 
mente el Cristianismo pilar y sustento de la 
unidad nacional, pero otros factores se le su- 
man para explicar el papel ejercido en la his- 
toria. Más amplia — y comprensiva del funda- 
mento religioso de nuestra cultura — era la 
concepción de la existencia de un pueblo como 
quehacer, proyecto, empresa. Ortega y Gasset 
sería quien moldearía la idea, haciendo de ella 
la plataforma de la actitud política renovadora 
que puede fraguar en el país. 

La indagación sobre la esencia de España 

311 



es frecuente en la etapa que precede al presente 
despegue económico. Idéntica la repulsa de 
aquellos hombres ante la realidad diaria que 
contemplaban, idéntica la convicción de que el 
pasado encerraba la enseñanza de una energía 
creativa que entonces parecía agonizante o 
muerta. Cajal clamaba que a patria chica, alma 
grande, confiando la solución del problema na- 
cional en el quijotismo del trabajo científico; 
y así adelantaba en muchos decenios uno de los 
lemas más urgentes e importantes de nuestro 
tiempo. Si hubiera sido oído no estaríamos tan 
marginados en la carrera de armamento cientí- 
fico en que radica la clave del desarrollo econó- 
mico, la seguridad y el progreso. Ortega y 
Gasset, que dio racionalismo, mesura y sensi- 
bilidad moderna a una cultura anegada por los 
extremistas y retrógrados, intentó repetidamen- 
te contestar lo que se formulaba en las Medita- 
ciones del Quijote: «Dios mío, ¿qué es esta 
España, este promontorio espiritual de Europa, 
esta como proa del alma continental?» 

Ortega dio a España nuevas formas de pen- 
sar que aspiraban a rellenar el quehacer de la 
vida nacional, fundiendo las más nobles leccio- 
nes de nuestro pasado con la problemática in- 
telectual y social contemporánea. Vio las ínti- 
mas conexiones culturales que nos unían con 
otros pueblos, eludió la xenofobia, probó con 
su perfecto estilo de expresión que era factible 
lograr un lenguaje fácil de entendimiento en el 
extranjero, desechó la falsedad de los mitos que 
cultivaban los demagogos. En el campo doctri- 
nal, pues, continuó el universalismo y el cri- 

312 



ticismo que son consustanciales a nuestra cul- 
tura, enseñó a dialogar, abrió las puertas a un 
viento de creatividad y modernidad. Así se en- 
frentó con el problema de la libertad: integran- 
do pasado y presente para proyectar las ideas 
hacia un futuro en que España quedara rein- 
corporada a las corrientes impetuosas de la 
historia. 

En El espectador, al contrastar las concep- 
ciones romanas y germanas, se plantea una ra- 
dical alternativa: la libertad como producto 
secundario de la ley o como consecuencia de la 
afirmación previa de la persona. «Si descende- 
mos de las apariencias al espíritu que inspira 
las grandes tendencias del derecho germano, 
hallaremos una resistencia a disolver lo perso- 
nal en lo público. Para Cicerón, libertad signi- 
ficaba imperio de la leyes establecidas. Para el 
germano, la ley es siempre lo segundo y nace 
después que la libertad ha sido conocida, y en- 
tonces libremente crea la ley. Pero ¿no es esto 
precisamente el principio del liberalismo mo- 
derno? Bajo la aparente coincidencia con las 
democracias antiguas ¿no inspira a las moder- 
nas una idea antagónica que jamás el griego 
o el romano entendieron, la libertad previa a 
la ley, al Estado?» En todo momento, nuestro 
eximio humanista defendió a la persona, fren- 
te a su masificación, a su ruptura en individua- 
lidades sin sentido, a su atropello por los tota- 
litarismos. Ortega era una paradoja en medio 
de la creciente violencia de una sociedad que ya 
no podía dirimir las diferencias y rencillas 
acumuladas sino mediante un terrible baño de 



313 



sangre. Como su admirado Max Scheler, se obs- 
tinó en decir no a la realidad; el quijotismo 
orteguiano se embarcó en la aventura de soñar 
un futuro distinto, rechazando la evidencia de 
los hechos que palpaba, actuando al margen 
de una situación de turbias maquinaciones en 
que nada eficaz le sería posible hacer de inme- 
diato. En muchos momentos, quizá en todos, 
escribía al margen de lo que era España, cen- 
trándose en lo que había sido o debía ser; has- 
ta semejante punto le influyó la escala de valo- 
res que propugnó a ultranza, la actitud de 
moderación que oponía a la virulencia de su 
contorno. «Nos repugna la tragedia política. 
Nos repugna que para obtener ciertos resulta- 
dos de carácter público — por ejemplo: consti- 
tuir un Estado fuerte y vigoroso — se cometan 
crueldades con las gentes, vejándoles, castigán- 
doles, atropellándoles. Por eso, a mi juicio es 
poco verosímil un fascismo español. ¿Y no es 
ello una superioridad de nuestro ethos? ¿No es 
algo finamente profundo, exquisitamente huma- 
no, esta ironía ante lo público, cuando lo pú- 
blico quiere, como un atroz Moloch, engullirse 
lo privado? La vida es antes y más hondamente 
vida privada que vida pública... Cuando Cice- 
rón gime por la libertad perdida, su idea de 
libertad no tiene nada que ver con la nuestra... 
La libertad romántica — la europea, que brota 
en la Edad Media y no en 1789, como una no- 
ción superficial supone — implica la resolución 
de poner coto al poder público, de limitarlo, 
abriendo un amplio margen del derecho al 
hombre privado como tal.» 

314 



Otra vez aparece en Ortega, como en Menén- 
dez Pelayo, como en todos los mejores his- 
toriadores españoles, la reivindicación del in- 
tento medieval de búsqueda de libertades con- 
cretas para proteger la personalidad. Es simi- 
lar a lo que describía Menéndez Pidal al retra- 
tar de mano maestra el proceso de democra- 
tización en Castilla, encarnándolo parcialmente 
en el héroe épico de naturaleza singular, el Cid. 

Para Ortega, la libertad es una condición 
inherente a la existencia humana, sin la cual 
el hombre y la sociedad se convierten en cosas 
inanimadas. «No tiene sentido hablar de liber- 
tad sino junto a la fatalidad... En un mundo 
fofo, sin férrea consistencia, no hay libertad.» 
Conviene tener presente que, según señalaba 
en el estudio de Goethe, «la vida es constitucio- 
nalmente acción y quehacer», «la vida humana 
es precisamente la lucha, el esfuerzo, siempre 
más o menos fallido, de ser sí mismo». Por con- 
siguiente, cuando escribe sobre la pasión de la 
libertad que invade la Europa del siglo xix, su- 
brayaba la vaguedad e imprecisiones que rodea- 
ban al nuevo ideal. «Desde 1780 se llamó en 
Europa libertad todo lo que enardecía y entu- 
siasmaba. El menestral de París moría tras la 
barricada gritando ''¡Libertad!'', mientras en 
la cátedra de Jena, a pocos metros del castillo 
donde Goethe trabajaba, Fichte gritaba ''¡Li- 
bertad! " desde el fondo de su alma espléndida, 
incandescente, frenética. Y la verdad es que 
ambos — el menestral y el meditador — se refe- 
rían con el mismo rumor a cosas nada parien- 
tes entre sí.» De ahí que, consciente de la va- 

315 



guedad y de las falsificaciones con que se 
abordaba el problema de la libertad, Ortega 
tuviese la sensación de que todo debía ser 
reelaborado, para dar contenido a la cambian- 
te sociedad; una sociedad que describió en La 
rebelión de las masas y que, en el plano na- 
cional, ofrecía el espectáculo analizado por 
España invertebrada. Ahito de la oscuridad 
que se cernía en virtud del dogmatismo y par- 
tidismo sobre la libertad, se daba cuenta de la 
necesidad de enfoques originales. «Muchas ve- 
ces, y desde hace muchos años, protesto contra 
el angostamiento de la idea de libertad que la 
doctrina y la propaganda liberales han ocasio- 
nado. Me ofendía, sobre todo, la pretensión 
que el liberalismo ostentaba de ser el descu- 
bridor y el realizador único de la libertad. Lo 
cual equivale a desconocer que el hecho nor- 
mal de la historia europea frente a la de Oriente 
ha sido la vida como libertad.» 

En este aspecto, es importantísimo el punto 
de vista orteguiano respecto de la libertad y de 
las libertades concretas; distinción claramente 
enraizada en nuestro Medioevo y que es hoy 
una de las cuestiones básicas de la política a 
construir. «A la libertad romana es esencial ser 
entendida en singular y como un todo, al paso 
que el liberalismo fragmenta la libertad en una 
pluralidad de libertades determinadas, esto es, 
que solo considera políticamente libre al hom- 
bre cuando este puede comportarse a su albe- 
drío en ciertas dimensiones de la vida muy 
precisas y prefijadas de una vez para siempre. 
Ahora bien, esto es un error. En principio, no 

316 



hay una sola libertad determinada de que el 
hombre no pueda prescindir y, sin embargo, 
continuar sintiéndose libre... No conviene ol- 
vidar cómo han sido las cosas, y es un hecho 
que el liberalismo ''sensu stricto" comenzó por 
proclamar la libertad de contrato, la libertad 
de comercio. El capitalismo es la economía de 
la producción: le es, pues, connatural una pro- 
ducción que no tenga límites... Mi tesis es esta: 
no existe ninguna libertad concreta que las 
circunstancias no puedan un día hacer mate- 
rialmente imposible; pero la anulación de una 
libertad por causas materiales no nos mueve a 
sentirnos coartados en nuestra libre condición. 
Viceversa: dimensiones de la vida en que hasta 
ahora no ha podido el hombre ser libre entra- 
rán alguna vez en la zona de liberación. La 
libertad humana — y se trata solo de la políti- 
ca — no está adscrita a ninguna forma determi- 
nada de ella... La cuestión de la vida como 
libertad es más honda y más grave que la 
cuestión de estas o las otras libertades... Vida 
como libertad — en sentido político — es toda 
aquella en que los hombres viven dentro de sus 
instituciones preferidas, sean estas las que 
sean.» 

Guerra civil, aislamiento político, marasmo 
económico, abismo entre los vencedores y ven- 
cidos en 1939. Luego, la industrialización, la 
modernización, otra generación dando un em- 
puje técnico insospechable, la elevación fulmi- 
nante y rápida del nivel material de vida, la 
ebullición universitaria, la revolución en los 
comportamientos sociales. Es la España en 

317 



transición de los años 60. Se realiza el despe- 
gue económico y empieza la revisión intelec- 
tual y política. El problema de la libertad va a 
surgir en la palestra nacional dentro de la con- 
figuración del futuro nuevo a que toda la socie- 
dad se encamina. 



318 



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CB Lar roque, Enrique 

4.25 El nuevo rumbo de la liber- 

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